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CORRUPCIÓN DE LA CIENCIA Y DE LA TÉCNICA
Guía-resumen
Nº 10 de los Ciclos de Cultura y
Ética Social 2003
Expositor:
Padre Enrique Laje S.J.
- 24
de junio
La corrupción de la ciencia y de la técnica es un hecho que afecta a
la cultura moderna desde la aparición del nominalismo de Ockham en
el siglo XIV. El nominalismo corrompe a la ciencia, primero en su
mismo concepto, en su relación con la verdad, y luego en su uso, lo
mismo que a la técnica, porque las divorcia de la ética.
La relación con la verdad
El nominalismo corrompe a la ciencia en su relación con la verdad
porque primero corrompe la inteligencia al afirmar que los conceptos
son puros nombres, que no expresan la esencia de las cosas. Son
útiles solamente para ordenar la experiencia sensible. Tal planteo
conduce a la negación de la prioridad del intelecto, como facultad
de lo real sobre la razón, facultad discursiva. Dicha inversión
condiciona y corrompe la comprensión de la verdad y de la ciencia.
Prioridad del intelecto.
El libro del Génesis dice que Dios creó todas las cosas y se las
presentó al hombre para que les pusiera nombre (Gén. 2, 19-20). Dios
creó todas las cosas de la nada (2 Mac. 7, 28). Por eso el mundo
depende totalmente de Dios en su ser y en su obrar (Dt. 10, 14-15).
La revelación bíblica nos presenta así dos hechos de suma
importancia para nuestro tema. El primero es que Dios es el creador
del mundo y de todo cuanto en él existe (Gén. 1,1 hasta Ap. 4, 11).
Esto significa que Dios pensó y puso en la existencia a todas las
cosas que no son Dios. Por eso todas tienen su causa ejemplar en una
idea divina y su causa eficiente en el acto creador. Por eso también
todas son inteligibles. El segundo hecho es que el hombre puede
descubrir esa inteligibilidad pues les pone nombre. El hombre
aprehende con su intelecto lo que las cosas son, lo expresa en un
concepto y lo comunica con una palabra.
El intelecto es la facultad de lo real. Su objeto adecuado es todo
ente. Pero su objeto proporcionado es la “quidditas” (qui-didad)
de las cosas sensibles. El intelecto posee una capacidad dinámica,
siempre en acto, llamada intelecto agente, que abstrae del fantasma,
por la simple aprehensión, la quidditas de la cosa sensible
iluminándola y formando la especie inteligible que informa al
entendimiento posible. De esta manera el objeto se hace presente de
manera intencional en la inteligencia. Tal presencia intencional del
objeto en la inteligencia es la condición de posibilidad del
conocimiento en general.
La verdad es una relación entre el intelecto y la cosa. Se dice que
una cosa es verdadera (verdad ontológica) cuando ésta corresponde a
su causa ejemplar, es decir, a su idea. Se considera que el juicio
es verdadero cuando afirma lo que la cosa es realmente (verdad
lógica).
El criterio último y universal de la verdad de una cosa es la
evidencia. Es decir, la claridad con la que un objeto aparece a una
facultad de conocimiento. Cuando hay evidencia se tiene certeza, de
lo contrario solo opinión o duda.
Prioridad de la razón.
El nominalismo introduce y encierra al pensamiento moderno en el
principio de inmanencia, que cuestiona la capacidad del intelecto
para conocer las cosas en sí (noumena), pues sólo conoceríamos la
apariencia de las cosas (phainomenon). El sujeto determina (pone) el
objeto y prescribe sus leyes. Un objeto observable lo es en virtud
de una catego-rización previa que lo apronta para que pueda ser
percibido como tal (Kant-Popper). Por eso todos los enunciados de
las ciencias solo son y serán siempre hipótesis, suposiciones,
conjeturas, pues no podrán agotar la necesidad de reconsideración (Popper).
El criterio de verdad será la “falsabilidad”.
Por otro lado, el empirismo de Hume desembocó en el positivismo de
Comte. La ciencia se ciñe a describir los hechos y su legalidad. El
criterio de verdad será la “verifi-cabilidad”. Por eso Juan
Pablo II exhorta a recuperar la confianza en la capacidad del
intelecto para conocer la verdad (Fides et Ratio).
La relación con la ética
Ciencia y técnica son un instrumento del hombre para cumplir su
misión de dominar la tierra (Gén. 1, 28). El sentido esencial de
este dominio consiste en la prioridad de la ética sobre la técnica,
en el primado de la persona sobre las cosas, en la superioridad del
espíritu sobre la materia (Redemptor Hominis, 16).
Pero el nominalismo comete también el error de darle a la voluntad,
facultad ciega, prioridad sobre la inteligencia. Concibe por eso la
ley moral como heterónoma y arbitraria. Algo es bueno porque está
mandado, es malo porque está prohibido. Conduce de esta manera, por
rebeldía, a la autonomía moral, y al divorcio de la ética de la
ciencia y de la técnica.
Daña así al mundo material porque convierte al hombre en el mayor
depredador. Problema ecológico: contaminación de aire y agua,
cambios climáticos, agotamiento de recursos no renovables. Amenaza
de las armas de destrucción masiva. Daña al mismo hombre
sometiéndolo al mundo a través de la organización de la vida
comunitaria, el sistema de producción, la planificación familiar. Lo
manipula mediante los mass-media, la ingeniería genética, las
drogas. Daña también a los pueblos sometiéndolos a los imperialismos
políticos, económicos y culturales sustentados por la superioridad
tecnológica.
Por eso Juan Pablo II advierte que la ley moral no es autónoma,
tampoco heterónoma sino teonomía participada (Veritatis Splendor).
La ciencia y la técnica deben respetar el orden natural y la
apertura a la trascendencia.
Esta guía resumen fue publicada en el
Boletín Semanal AICA Nº 2427 del 25 de junio de 2003 |