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CORRUPCIÓN DE LA DEMOCRACIA


Guía-resumen
 Nº 11 de los Ciclos de Cultura y Ética Social 2003
Expositor:
Dr. Miguel Ángel Mirabella - 1 de julio



Uno de los problemas que aquejan a la sociedad contemporánea es la pérdida del prestigio cultural del lenguaje. Es frecuente la conversión de términos unívocos en análogos y de términos análogos en equívocos, sin que ello represente la loable y lícita evolución del lenguaje, producida por la dinámica histórica del pensamiento. La primera lectura del título me provoca una pregunta acerca de qué se quiere decir cuando se habla de “democracia”, palabra que vive en boca de todos, como sucede con el amor, la justicia, la igualdad o la libertad. El hechizo que provoca esta palabra la convierte en punto de partida y referencia de todo lenguaje actualizado y moderno, a tal punto que su ausencia o eventual rechazo despierta sospechas de indignidad humana. En un segundo momento me fue posible entender que la palabra “democracia” se ha distanciado de su etimología, a partir de su segundo nacimiento revolucionario y representa, en algunos casos, un decir contestatario en favor de un ideal político; en otros, una nueva forma de vida, un dogma de la civilización o un sinónimo de libertad en la igualdad. Estos variados sentidos ponen en evidencia que la palabra “democracia” no es un término, sino una exposición afectiva de múltiples aspiraciones que postulan libertades normativas y fraternales igualdades, en el amanecer de un hombre nuevo nacido en la modernidad, luego de vivir milenios en la ignorancia y la esclavitud. La falta de definición y su amplio campo de aplicación, convierten a la “democracia” en una verdadera ideología. Sus postulados afectivos le otorgan un dinamismo permanente y le permiten ser partícipe de los más variados voluntarismos. Abandonado el trabajoso ascenso cultural de las virtudes, se busca el atajo que representa la idealización de la realidad que surge del conflicto entre el deber ser ético y el ideal de perfección ontológica que lo define. Como toda idealización de la realidad, la ideología escapa de la realidad del ser y vive de sus apariencias. No obstante, cuando las apariencias muestran sus espaldas vacías, amanece la desilusión y el desencanto, luego el resentido, luego el cinismo y por último la violencia que, en la madurez, se la llama “pecado de juventud”. Esta nueva y aparente docilidad adulta, incita y retroalimenta el fanatismo ideológico de los hijos, que vuelven en búsqueda de las abandonadas aspiraciones de sus mayores. Nuevamente la inteligencia repite consignas, la voluntad pone en acto los postulados afectivos y la realidad idealizada se reitera en los postulados del hombre nuevo. De esta forma, fuera de sus innumerables aplicaciones, la palabra “democracia” provoca una revolución constante que va, desde las proclamas afectivas de fraternidad, igualdad y libertad, a la conquista o recuperación de una nueva realidad, hecha a su medida y deformada por sus mismos procedimientos. Esta sería la razón de las nuevas e ingeniosas tentativas de ordenar el desorden que provocan sus falsos supuestos.

A manera de conclusión conviene dar algunos ejemplos que explican porqué la democracia moderna no puede ser otra cosa que una palabra sin contenidos conceptuales, una especie de variable afectiva que la convierte en una ideología excluyente, absoluta, disolvente y provocativa. Si yo empiezo por suponer que el hombre es el lobo del hombre, pongo en marcha la falsa identidad entre el poder inteligente y la fuerza bruta, como instrumento de defensa y ataque en lo económico, en lo social y en lo política. Ni el hombre es el lobo del hombre ni el hombre es siempre bueno y justo en sus acciones. Si yo supongo que todos los hombres son naturalmente buenos, porque niego el pecado original o la conflictiva conducta humana, buscaré el origen del mal en la familia, por el “autoritarismo” paterno, en la sociedad, por la propiedad privada, en el orden jurídico, por las leyes represivas o en el Estado, por ser una superestructura de poder o en la Iglesia, por su antigua ética y sus rígidos dogmas. Si yo supongo que todos los hombres son iguales, como individuos de una especie, renuncio a la definición genética y a la existencia de la persona como sujeto único e irrepetible. Por el mismo motivo renuncio a la desigualdad, como fundamento de la solidaridad y a la jerarquía, como primer principio político. Por último, al renunciar a la riqueza inevitable de lo diverso, me convierto en generador de envidias y resentimientos. Si yo supongo que los hombres son hermanos, huérfanos de padre y abandonados en un mundo inhóspito, convierto la fraternidad en una suerte de asociación afectiva, autónoma y autárquica, dispuesta a dictar sus propias leyes, definir sus propios valores y disponer de su propia vida. Si yo supongo que los hombres son libres cuando no tienen que dar respuesta de sus actos ni ante otros ni ante Dios, declaro al hombre sujeto titular de derechos sin deberes. Ese modelo humano pasa su vida conquistando derechos ante el mundo natural, ante sus semejantes y ante Dios. De esta forma sus derechos sólo terminan donde empiezan los ajenos, siempre que el otro se acuerde de ejercerlos. En otras palabras, he fundado el reino de los psicópatas en revolución desleal y permanente. Como la democracia moderna, no puede corregir la corrupción de sus principios, se ordena al desorden y por esta razón más que hablar de la corrupción de la democracia, convendría hablar de la corrupción democrática.


Magisterio de la Iglesia

[Pío XII, Benignitas et Humanitas, nº 16]: “Pueblo y multitud amorfa, o, como suele decirse, “masa”, son dos conceptos diferentes. El pueblo vive y se mueve por su vida propia; la masa es de por sí inerte y sólo puede ser movida desde fuera. (...) El Estado, (...), puede servirse también de la fuerza elemental de la masa, manejada y aprovechada con habilidad; (...) puede, con el apoyo de la masa, reducida a simple máquina, imponer su capricho a la parte mejor del verdadero pueblo; el interés común queda así gravemente lesionado por largo tiempo, y la herida es con frecuencia muy difícil de curar”. [nº 17]: De esta distinción se deduce otra clara consecuencia: la masa –tal como Nos ahora la hemos definido– es la enemiga capital de la verdadera democracia y de su ideal de libertad y de igualdad”.


[Juan Pablo II: Centesimus annus, nº 46]:
“Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho sobre la base de una recta concepción de la persona humana. (...) Hoy se tiende a afirmar que (...) cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos”.

 
Esta guía resumen fue publicada en el
Boletín Semanal AICA Nº 2428 del 2 de julio de 2003


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