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EDUCACIÓN ORIENTADA A LA VERDAD


Guía-resumen
 Nº 16 de los Ciclos de Cultura y Ética Social 2003
Expositor:
Lic. Juan Treglia - 2 de setiembre



Los avances tecnológicos del siglo XXI, el drama de la guerra, la pauperización de gran parte de la sociedad, el creciente individualismo y egoísmo, como asimismo un brote amplio de solidaridad, imponen hoy una renovación de la educación, que, al igual que la evangelización, debe ser nueva en su espíritu, nueva en su ardor y nueva en sus métodos. Nuestra sociedad argentina nos presenta hoy niños, adolescentes y jóvenes que carecen de:

Hábitos, de higiene, de urbanidad, de sociabilidad.

Disciplina y conducta, porque la sociedad ha abdicado y despreciado todo aquello que implica autoridad; y los que la ejercen, muchas veces son pésimos ejemplos a imitar.

Orden, consecuencia directa de la ausencia de hábitos y de un ambiente que promueva la puntualidad, la responsabilidad con la palabra empeñada, el compromiso.

Afecto y amor, cada vez viven más en una profunda soledad e insatisfacción consigo mismos y con su entorno.

Familia, sin duda, causa profunda de las privaciones enumeradas, y de la inexistencia de un hogar, en el pleno sentido de la palabra, sólo habitan en lugares diferentes, más parecidos a pensiones u hoteles, por la ausencia de cariño, afecto, preocupación, amor.

Dios, nuestros chicos viven prescindiendo de Él, no existe en sus vidas, ni se lo busca, pues se carece de perspectivas, sólo vale lo efímero, lo superficial, el presente.

Estas carencias, y muchas otras, llevan paulatinamente a la pérdida del sentido de la vida y de las cosas, y a un egoísmo profundo que sólo busca el placer o el gozo del momento. Cada carencia enumerada debe ser asumida como desafío a superar en la tarea educativa. Ante la ausencia de hábitos, hemos de recordar una vez más que el valor del ejemplo supera con creces las mil palabras exhortativas, por ello debemos encarnarlos en nuestra cotidianeidad a cada momento. Ante la inexistencia de conducta y disciplina, hemos de ser conscientes de que al ser educadores estamos revestidos de autoridad, que es  siempre servicio y búsqueda del bien común, y por ello la corrección, que es un acto de amor, es responsabilidad de todos, ya que será desde la más tierna infancia como se han de ir induciendo los hábitos  respectivos.

El orden es consecuencia directa de la conducta y la disciplina, por ello es necesario vivir la puntualidad en nuestras obligaciones, de promover en nuestros alumnos el asumir responsabilidades y compromisos de acuerdo a su edad y desarrollo, como asimismo ser nosotros testigos coherentes en la vivencia de nuestras propias obligaciones y en nuestra disponibilidad a asumir no sólo los compromisos escolares, sino con la sociedad toda.

Quizás la exigencia más notable que deben asumir los verdaderos maestros es el diálogo con cada uno de los alumnos, el involucrarse en sus necesidades más allá de lo estrictamente escolar, el considerarlos como personas que deben formar su criterio y su carácter para no dejarse manipular por una sociedad consumista y tecnocrática.

La pérdida del sentido de la vida, por haber prescindido de Dios, es la más grave de las carencias que nos obliga a ser y parecer Educadores Católicos, no como un simple adjetivo, sino siendo coherentes con nuestra Fe, sin permitir jamás que el mal ejemplo conduzca al escándalo a aquellos que nos fueron confiados para conducirlos a la virtud.

Cuando el hombre al dejar su niñez comienza a realizarse los interrogantes metafísicos, ¿quién soy, de dónde vengo, qué valgo, cuál es mi fin?, sus  respuestas dejarán ver su interioridad, enriquecida o no por un proceso educativo. Pero no de cualquier proceso educativo, sino de aquel que responda a la esencia de la educación.

Hay tres cualidades esenciales a todo proceso educativo: educar en la verdad, en el amor y en el servicio.

Educar en la Verdad, supone afirmar la existencia de la misma, y la capacidad del hombre de alcanzarla. Desde un ‘realismo filosófico’ hemos de afirmar que la ‘Verdad es la Realidad’, lo que las cosas ‘son’; y un conocimiento es verdadero cuando nuestro intelecto se adecua a esa realidad. Esto supone una inteligencia cuyo objeto es la verdad, capaz de alcanzarla y transmitirla, cualidad propia del ser humano que lo distingue del resto de las criaturas terrestres.

La verdad no es mera opinión, que se emite sin fundamento y requiere muchas veces del ‘consenso’ del ‘número’ para adquirir una supuesta validez general. La Verdad vale por sí misma, es una, objetiva y universal; por lo cual hemos de descartar esta visión del relativismo gnoseológico imperante que otorga similar validez al error y a la verdad, o admite múltiples verdades, incluso contrarias entre sí, sobre un mismo tema.

Sin búsqueda y transmisión de la verdad, no existe educación; sólo a través de ella el ser humano se plenifica y alcanza su desarrollo.

Educar en el amor, supone la vivencia plena de la vocación de ser ‘maestros’, ya que ama quien busca el bien del tú y el educar implica necesariamente el anhelo de esculpir en el alma del alumno la imagen de Cristo, el mayor bien al cual se puede aspirar.

Cómo no recordar aquí las enseñanzas de Eduardo Spranger acerca del amor pedagógico, ese amor propio de quien encarna la tarea de educar, y que busca la elevación, el crecimiento en la virtud del educando, ese amor que se vuelve corrección fraterna ante el error, y es expresión viva de la autoridad del maestro que es participación de la ‘Auctoritas’ de Dios, que ‘ama y sirve’ al hombre.

Amor que se reviste de mansedumbre ante la tardanza en el aprendizaje de los alumnos, ante las incomprensiones de una sociedad que ha abdicado del ejercicio de la autoridad y cuestiona toda firmeza en la fijación de límites al comportamiento de niños, adolescentes y jóvenes, que deben crecer en libertad con responsabilidad.

Educar en el servicio; como afirma el Papa Juan Pablo II, la auténtica educación supone la entrega; la misma vocación de ser Maestros entraña esta donación; y es, paradójicamente, en el desprendimiento de sí cuando la persona alcanza su verdadera felicidad, es en este proceso de entrega mutua donde el hombre va descubriendo el sentido de la vida; vale recordar aquí, las palabras conocidas ‘quien no educa para servir, no sirve para educar’.

La Virgen María, Madre de Cristo, así como su casto esposo San José, nos muestran el camino en la docilidad a la Voluntad de Dios y a la acción del Espíritu, educador por antonomasia. A los pies de María, que guardaba todo en su corazón, y siguiendo el ejemplo de Cristo, un ‘contemplativo en la acción’, suscitemos en nuestra Patria los Maestros que la sociedad y la Iglesia necesitan, fieles a la Verdad y decididos a ser Testigos, como el Cardenal Francisco Javier Van Thuan, quien nos dice que ser mártir hoy es no ponerse límites en el amor a Dios.


Esta guía resumen fue publicada en el
Boletín Semanal AICA Nº 2437 del 3 de setiembre de 2003


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