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ORDEN POLÍTICO
Guía-resumen
Nº 19 de los Ciclos de Cultura y
Ética Social 2003
Expositor:
Dr. Vicente Massot
- 23
de
setiembre
¿Hay
que resignarse a la corrupción?
Como tantos otros
vicios nacidos con el mundo, a la corrupción se le puede poner coto
o marcar límites y tratar de reducirla a su mínima expresión. Lo que
no puede hacerse es cortarla de cuajo y eliminarla cual si fuera una
peste. Dicho de otra manera, la corrupción es inevitable. ¿Por qué?
se preguntarán muchos. En primera instancia por lo que cabría
denominar el presupuesto antropológico de la cuestión. Si alguien
lograse demostrar la bondad natural del género humano y consiguiese
cargar las culpas de nuestros vicios sobre las ya cansadas espaldas
de la sociedad, las clases sociales, el Estado o la religión, las
cosas serían diferentes. Pero mientras seamos buenos en determinadas
circunstancias y extremadamente perversos en otras, la corrupción
vivirá entre nosotros. Ciertamente ello no supone resignarse a la
corrupción, ni bajar los brazos frente a ella. Enunciar como punto
de partida el carácter inevitable de la corrupción arrastra el
propósito de situar el tema en términos realistas, nada más.
Corrupción movimientista
Los distintos
gobiernos que se sucedieron de cincuenta años a esta parte han
proclamado “urbi et orbi” que la corrupción sería el principal
enemigo que combatirían. Sinceros o no, el resultado ha terminado
sin excepción en el hecho que cada uno entregó a su sucesor un país
un poco más corrupto que el que encontró, con la coincidencia,
ciertamente nefasta, de que conforme transcurrió el tiempo los
vicios cambiaron: antes la corrupción era cosa de individuos
particulares; ahora se ha hecho “movimientista”.
Orden político y corrupción
Frente a una
corrupción que, como fenómeno social, se ha extendido a todos los
estratos infestando la misma urdimbre del tejido social, no caben
las “recetas mágicas”, pero sí una ordenada y coordinada acción
eficaz de todos los sectores que componen la sociedad a fin de
contrarrestarla. Si bien esto es responsabilidad de todos,
principalmente es responsabilidad de la autoridad pública
legítimamente constituida quien, a través de los diferentes
organismos encargados de cumplir sus funciones inherentes, debe
procurar el bien común de toda la comunidad. Ello conlleva
restablecer un conveniente orden político y jurídico conforme a
Derecho en donde tal orden se ha viciado o, virtualmente, se ha
“diluido” por razón de la misma extensión de la corrupción.
En tal sentido
debemos tener en cuenta que para que la organización jurídica y
política rinda sus ventajas propias, las autoridades deben actuar
con medios idóneos, conformes con las funciones específicas de su
competencia y con la situación actual de cada país. Resulta, pues,
atinado recordar los siguientes principios:
La autoridad pública y el bien común
El cometido que
debe perseguir todo Estado es procurar el bien común. Dicho bien
común, en palabras del Magisterio Auténtico de la Iglesia abarca el
conjunto de condiciones sociales que permiten a los ciudadanos el
desarrollo conveniente y pleno de su propia perfección. El orden
público, entendido como la aplicación de un conjunto de principios
políticos, jurídicos, económicos y sociales, esenciales para la
existencia, seguridad y desenvolvimiento normal de la sociedad (J.J.
Llambías) queda subsumido en el concepto de bien común y es, por
tanto, parte del fin y responsabilidad de toda autoridad.
La organización del Estado
El mencionado
orden público exige que “se dicte”, “se ejecute” y “se obligue al
cumplimiento por parte de los ciudadanos”; esto determina las
funciones propias de la autoridad constituida: legislativa,
ejecutiva y judicial. Mediante el dictado de leyes justas y
adecuadas se procuran las condiciones exigidas para la consecución
del bien común; mediante el dictado de leyes atinadas y convenientes
puede establecerse un fuerte “frente de batalla” ante la corrupción.
Dichas leyes deberán apuntar a dos factores importantes relacionados
con la práctica efectiva de la corrupción: la oportunidad y la
impunidad. Lo primero, minimizando las condiciones que crean tal
oportunidad: una excesiva burocratización que antes que favorecer
más bien entorpece el normal desarrollo de la sociedad en sus
diversos órdenes y favorece la implementación de mecanismos que
facilitan la “sensación” de que la corrupción es el único camino
viable (muy especialmente esto se refleja en el orden económico,
tanto en el sector público como, especialmente, en el privado). No
se quiere significar una ausencia absoluta de toda norma y control,
sino un equilibrado ejercicio de las mismas. Lo segundo, previendo
la aplicación de penas severísimas que repriman toda corrupción.
No basta con el
dictado de leyes anti-corrupción; a ello debe sumársele la
implementación eficaz de políticas públicas destinadas al desarrollo
sustentable cuya aplicación dé lugar a fomentar el protagonismo real
de los verdaderos sectores productivos de la comunidad, eliminando,
paulatinamente, la tentación en intereses espurios propios de un
comportamiento corrupto y a sus agentes y beneficiados. Es
responsabilidad de la autoridad decidir qué políticas, para qué
país, y sobre qué perfil nacional se deben implementar.
A ello debe
sumársele el rol de los organismos encargados de administrar
justicia. Si nuestra historia reciente no registra en sus anales
ninguna condena por corrupción, es evidente que falla el mecanismo
de enjuiciamiento; si las penas son leves y se dificulta demostrar
la culpabilidad del acusado, es imposible avanzar en contra del mal
de la corrupción. Si, en cambio, los hombres públicos fuesen
conscientes de que podrían ser enjuiciados, que deberían demostrar
su inocencia y, para ello, deberían dar razón de su patrimonio y
que, además, de ser hallados culpables, podrían ser llevados a
prisión, la impunidad recibiría un revés de consideración.
La participación ciudadana
En torno a la
lucha contra la corrupción se difunden muchos “mitos”, verdaderos
“lugares comunes” repetidos hoy hasta el hartazgo. Uno de ellos es
que la justicia y la democracia serían los únicos remedios para
acabar de una vez para siempre con la corrupción. De ser así, en
las grandes democracias occidentales, no existiría la corrupción, lo
cual no es cierto. Una democracia bien entendida se basa en la
participación del pueblo en la concreción efectiva del destino de la
comunidad. Pero para que tal participación sea verdaderamente digna
y humana, debe estar fundada en la idoneidad, la honestidad, y una
profunda vocación moral por el bien común. En la medida en que todos
comprendamos que la corrupción no es un problema que le acontece a
“los demás” y cuya solución no depende exclusivamente “de las
autoridades”, sino un problema de todos, que se morigerará con el
común accionar de todos, solo entonces habremos iniciado una
verdadera y convincente lucha contra este flagelo.
Esta guía resumen fue publicada en el
Boletín Semanal AICA Nº 2440 del 24 de setiembre de 2003
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