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«LA LUCHA DEL BIEN Y DEL MAL»
EN LA HISTORIA HUMANA
Guía-resumen
Nº 21 de los Ciclos de Cultura y
Ética Social 2003
Expositor:
Pbro. Dr. Ricardo Irigaray
- 7
de octubre
La divina
revelación nos muestra la inmensidad del bien. En efecto, todo lo
que es, es bueno (metafísicamente), porque “Dios miró todo lo que
había hecho, y vio que era muy bueno» (Gen 1,31). Dentro de esa
inmensidad del bien aparece el mal como una discordancia, como la
ausencia de un bien debido.
En el contexto
general de la creación el mal es algo pequeño, pero en nuestra
historia humana a veces parece sobreponerse al bien. Esta sensación
que todos hemos tenido muchas veces viene explicada especialmente en
el Apocalipsis. Allí se nos enseña que después de la rebelión de
Lucifer y sus ángeles “no hubo ya lugar para ellos en el cielo”, y
entonces la Serpiente “fue arrojada a la tierra, y sus ángeles
fueron arrojados con ella” (Ap. 12, 8-9). Haciendo pecar a Adán y
Eva y sus descendientes, el demonio adquiere dominio sobre la
humanidad y sobre el mundo: “se le concedió hacer la guerra a los
santos y vencerlos, se le concedió poderío sobre toda raza, lengua,
pueblo y nación” (Ap. 13,7). También en su primera carta nos
dice San Juan: “Sabemos que somos de Dios, y que el mundo entero
yace en poder del Maligno” (I Jn 5,19).
De aquí que estén
condenados al fracaso todos los esfuerzos puramente humanos para
rehacer el paraíso en la tierra (G. et S. nº 10), ya sea el paraíso
marxista o el paraíso capitalista, o cualquier otro intento
meramente humano: porque el hombre no tiene mayor poder que el
demonio. Y así “toda la vida humana, la individual y la
colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el
bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre
se nota incapaz de domeñar con eficacia los ataques del mal, hasta
el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor
vino en persona a liberar y vigorizar al hombre, renovándolo
interiormente y expulsando al príncipe de este mundo (Jn 12,31), que
lo retenía en la esclavitud del pecado” (Gaudium et Spes,
nº 13).
Por eso el
Apocalipsis es un libro destinado a levantar la esperanza en el
corazón de los creyentes: porque todas las calamidades y
destrucciones que anuncia, son la destrucción del imperio del mal
sobre la tierra, del orden injusto que ha impuesto sufrimiento sobre
sufrimiento a todas las generaciones de la humanidad. El
Apocalipsis, entonces, anuncia la liberación de los justos que
estaban oprimidos por el mal, su redención definitiva, el triunfo
del Cordero, y la venida de “un cielo nuevo y una tierra nueva”, de
la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que baja del cielo” (Ap. 21,
1-2). De allí que “el espíritu y la esposa dicen ¡ven, Señor Jesús!”
(Ap. 22,17): porque hasta que no se produzca la segunda venida y el
Juicio de las Naciones, la tierra no se verá libre del mal y de la
injusticia, no importe qué régimen político, qué sistema económico,
qué receta social se intente.
¿Y mientras
tanto? ¿Sólo nos queda suspirar con impaciencia la segunda venida?
De ninguna manera. Porque como la providencia divina conduce todos
los tramos de la historia humana (dentro de la cual se va realizando
su plan de salvación), nosotros sus hijos hemos de aportar nuestros
esfuerzos para que se vayan realizando ya en este mundo aquellos
bienes que son como anticipaciones del bien definitivo, y que son
los que permiten alentar la esperanza del mismo en el corazón de los
hombres. “Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente
progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el
primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad
humana, interesa en gran medida al reino de Dios” (G. et S. nº 39).
Magisterio de la Iglesia
Concilio
Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes, nº 13:
“Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por
instigación del demonio, en el propio exordio de la historia, abusó
de su libertad, levantándose contra Dios. Conocieron a Dios, pero no
le glorificaron como a Dios. Oscurecieron su estúpido corazón y
prefirieron servir a la criatura, no al Creador. Lo que la
Revelación divina nos dice coincide con la experiencia. El hombre,
en efecto, cuando examina su corazón, comprueba su inclinación al
mal y se siente anegado por muchos males, que no pueden tener origen
en su santo Creador. Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios
como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin
último, y también toda su ordenación, tanto por lo que toca a su
propia persona como a las relaciones con los demás y con el resto de
la creación. Es esto lo que explica la división íntima del hombre.
Esta guía resumen fue publicada en el
Boletín Semanal AICA Nº 2442 del 8 de octubre de 2003
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