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Juntos hemos trabajado, sufrido y rezado durante 19 años


Palabras de despedida de Mons. Ubaldo Calabresi
(Catedral metropolitana, 28 de abril de 2000)


1.
En el lejano 1981, cuando llegué a Buenos Aires para empezar mi misión como Nuncio Apostólico en la República Argentina, vine expresamente a esta hermosa Catedral para postrarme a los pies de la Santísima Virgen y ofrecerle el homenaje de mi filial entrega, devoción y servicio. Vine como humilde peregrino para saludar a la Virgen, manifestarle mi confianza plena en su «Omnipotencia Suplicante» e implorar su bendición maternal sobre mis actividades futuras. Me acompañaban en esa feliz circunstancia muchos Señores Obispos, varios sacerdotes y Religiosos y una selecta porción del Pueblo de Dios.

Hoy, a distancia de 19 años, antes de dejar definitivamente el País, he sentido la necesidad de volver a este Templo esplendoroso para cumplir con una deuda de gratitud, y susurrar a los oídos de María una sola palabra. Palabra breve, sencilla, común pero densa de reconocimiento y amor, que brota de lo más hondo del corazón; la palabra: ¡Gracias!

Gracias por el largo tiempo transcurrido en este amado País, cuyo cielo, tierra y mar, lagos, montañas y bosques y toda su naturaleza, tan rica y exhuberante, constituyen un canto continuo a la gloria de Dios.

Gracias por el materno amparo que Ella me ha brindado en toda circunstancia, defendiéndome de tantos peligros y allanando cotidianamente mi camino.

Gracias por las luces, las fuerzas, las energías necesarias que me ha prodigado en todo momento para que pudiese responder a las exigencias de mi cometido.

Gracias por los innumerables dones acordados a esta Nación en todos los ámbitos y, muchas veces, sin que nadie se diera cuenta.


2.
Pero, gracias sobre todo ¡Oh Madre! por el lindo campo de trabajo en el que me has puesto y que ha sido labrado y fecundado por los esfuerzos de tantos y santos Pastores que nos han precedido en el signo de la fe y ahora duermen el sueño de la paz. Quiero recordar, entre todos ellos, las luminosas figuras de los eminentísimos cardenales Eduardo Pironio y Antonio Quarracino que nos han dejado hace dos años...

Gracias por los abnegados Pastores que has dado a la Iglesia de Tu Hijo en esta República! Hombres de carne y hueso como los demás, pero adornados de virtud, de celo, de amor para con Dios y para con sus hermanos: fúlgidos ejemplos de fidelidad y perseverancia para sus comunidades.

Gracias por todos los sacerdotes diocesanos y religiosos que he encontrado en esta Iglesia particular que milita en la Argentina. Varones solícitos de la gloria de Dios y del bien de las almas; incansables trabajadores de la viña del Señor, desprendidos de los bienes materiales y dedicados únicamente a su servicio.

Gracias por todos los religiosos y las religiosas y los otros miembros de vida consagrada que trabajan en esta Nación. ¡Son legión! Y les anima a todos la misma fe, los mismos ideales evangélicos y el mismo amor a Cristo crucificado Quien es su sostén y fuerza.

Gracias, por fin, Madre, por todo el Pueblo de Dios que peregrina en esta tierra y que bajo el cuidado de sus Pastores lucha, reza y trabaja por la difusión del Reino entre sus hermanos.


3.
Queridos Hermanos en el Episcopado, queridos Sacerdotes, queridos Religiosos y Religiosas, almas consagradas y querido Pueblo de Dios. Estos sentimientos de gratitud que acabo de expresar creo que son también vuestros, pues juntos hemos trabajado, juntos hemos sufrido, juntos hemos rezado durante estos diecinueve años. Ahora, sin embargo, nuestros caminos se bifurcan: el mío hacia Roma y el vuestro aquí. Esa lejanía física, todavía no afecta y no puede afectar nuestra cercanía espiritual ni puede entorpecer nuestra carrera común hacia la meta definitiva que es Cristo, Alfa y Omega de todo lo creado, nuestra Esperanza y nuestro Gozo. Hacia El nos impulsaba el autor de la Carta a los Hebreos escribiendo: «Corramos resueltamente al combate que se nos presenta. Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús, el cual, en lugar del gozo que se le ofrecía soportó la Cruz sin tener en cuenta la infamia y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios» (Heb.12,1-2). El «certamen» es decir la lucha a la que se refiere el Apóstol, sigue aún hoy y seguirá hasta el fin del mundo. Es la lucha de la luz contra las tinieblas, de la Verdad contra la mentira; del Bien contra el mal; de la Virtud contra el vicio. Enfrentemos, pues, esos desafíos anclados en la fe y sostenidos por la Esperanza que no defrauda. La fe en Cristo la fe en María, Madre de Dios; la fe en la Iglesia continuadora de la salvación de Cristo en el mundo; la fe en el Papa, Vicario de Cristo en la tierra y roca inconmovible sobre la cual está fundada la verdadera Iglesia del Señor.

Sobre todo, tengamos fe en la Eucaristía. Es el Pan vivo bajado del cielo y que da la Vida al mundo. Allí está el Cristo, el Hijo de Dios viviente, El sólo que ha podido presentarse a los hombres como el Camino, la Verdad y la Vida y proclamar a todas las generaciones «¡Yo soy la Resurrección y la Vida!». Vayamos entonces, a este «certamen» con fe viva y con la mirada siempre fija en el Autor y Perfeccionador de nuestra fe, Cristo Jesús.

Lo que nos reconforta en esta lucha es que el Señor está con nosotros y nos sostiene con su gracia: «Ecce ego vobiscum sum omnibus diebus usque ad consumationem saeculi».

Nos acompaña, también, constantemente la protección de la Virgen María que «con amor materno cuida de los hermanos de su Hijo que peregrinan en la tierra y se debaten entre angustias y dificultades hasta que lleguen a la Patria Feliz».

Nos sostiene la fuerza poderosa del Espíritu, Quien vela sobre la Iglesia de Cristo y la mantiene íntegra en su doctrina, en su unidad y en su santidad.

Nos alienta por fin la Palabra de Jesús, a quien hemos contemplado en las recientes Fiestas Pascuales como triunfador del pecado, de la muerte y de los ínferos, que nos repite: «Confidite! ... Ego vici mundum».(1 Jn. 5, 4). ¡«Et haec est victoria quae vincit mundum - añade el Apóstol - fides nostra» y esa es la victoria que triunfa sobre el mundo: nuestra Fe.

Agradezco a Su Eminencia Reverendísima el Señor Cardenal Juan Carlos Aramburu, Arzobispo Emérito de Buenos Aires, su presencia entre nosotros que altamente me honra. Agradezco infinitamente a Su Excelencia Monseñor Jorge Bergoglio, Pastor de esta arquidiócesis y a sus Auxiliares, así como a todos los Señores Obispos, Sacerdotes, Religiosos y Religiosas y todos los presentes, por haberme acompañado en esta Santa Misa y haber unido sus oraciones a las mías con fraterno espíritu de caridad. Les agradezco también todas sus atenciones hacia mi persona y por la devoción profunda que nutren hacia el Romano Pontífice a Quien va, en este momento, nuestro pensamiento filial y nuestras plegarias. ¡Que Dios los recompense con creces de tanta bondad! Ahora y para siempre.


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº  2263, del 3 de mayo de 2000


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