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 DIGNIDAD DE LA PERSONA


Intervención del Nuncio Apostólico, Mons. Santos Abril y Castelló, 
en la Audiencia Pública sobre «Dignidad de la Persona», promovida por la Comisión Bicameral Jubileo 2000, efectuada el martes 4 de julio de 2000 
en el salón Manuel Belgrano del anexo del Senado de la Nación.

 

Señor Presidente de la Comisión Bicameral Jubileo 2000:

1. Permítame que en primer lugar le exprese mi agradecimiento por la honrosa invitación que me cursara para participar, en calidad de disertante, en esta Audiencia Pública sobre la Dignidad de la Persona Humana. Y que lo hiciera en el ámbito del recinto parlamentario de la Nación Argentina, encarnación de la soberanía de un pueblo y umbral de elaboración de las normas legales dictadas para el bien común y para la convivencia en paz, en armonía, en justicia y mutua solidaridad de todos los argentinos. En este sentido le ruego acepte la expresión de mi máxima consideración a esta alta Instancia y que reciba mis palabras como muestra del mayor respeto y afecto hacia el pueblo aquí representado, por el que siento una gran estima, como representante del Santo Padre, como hombre de Iglesia y como Persona.

Querría a la vez felicitarle sinceramente por el hecho de que el Parlamento Argentino haya constituido una Comisión Bicameral para el Jubileo del Año 2000, y que quiera hacer objeto de especial atención tres temas de vital importancia social para los legisladores de cualquier militancia política, de cualquier confesión religiosa o de pertenencia al más heterogéneo grupo de personas de buena voluntad, respetuosas de las convicciones ajenas y amantes del bien solidario a tutelar.

Con este Encuentro - Debate de hoy y con otros pasados o por venir quieren preparar el Jubileo de los Responsables de la Cosa Pública a realizarse el próximo 5 de noviembre en Roma.


2. Hoy queremos ocuparnos de la dignidad de la Persona Humana. Un tema de trascendental importancia, porque todo el amplio e importante complejo de los derechos humanos, en las cinco subdivisiones clásicas en las que suelen clasificarse, tienen su base en la dignidad de la persona humana. Sin una consideración ética y antropológica correctas, esos derechos carecerían de fundamento y de posibilidad de legítima tutela. El solo pragmatismo no ofrecería suficiente sostén.

Siendo el Representante de la Santa Sede e interviniendo en un acto que hace referencia a un gran evento de la Iglesia Católica Universal, a nadie extrañará que trate de recoger en esta intervención el sentir de la Santa Sede y el de mis hermanos los Señores Obispos de la Argentina. Es el pensamiento del que he hablado, también, con numerosos Senadores y Diputados en encuentros individuales.


3. Para la Iglesia, la Persona Humana -nombre o mujer sin distinción- es el ser más alto que puebla la tierra. Es el custodio del mundo creado, que debe respetar, cuidar y mejorar. Es un ser libre capaz de pensar, de buscar la verdad, la belleza, de descubrir un universo ético de conducta, de crear una familia y una sociedad, de realizar portentosos progresos científicos, económicos, sociales, y de elevarse con su razón a descubrir el sentido de la vida que "no puede encontrar solución sino es en el absoluto". Un camino, éste, sostenido por un diálogo confiado y una amistad sincera.1 

Pero si es verdad que esa mirada filosófica sobre el ser humano puede ser común a una amplia parte de pensadores, incluso no cristianos o hasta no religiosos, es evidente que el horizonte se esclarece y consolida con fundamentos mucho más sólidos cuando abrimos nuestra reflexión a la luz de la fe.


4. En efecto, Juan Pablo II, ya en su primera Encíclica Redemptor Hominis, que evidenció muchas de sus reflexiones vividas antes del comienzo de su Pontificado, resume de manera espléndida lo que iba a ser una de las líneas maestras de su enseñanza como Papa, condensadas en su profundo, claro y reiterado concepto del humanismo cristiano.

En él, el pensamiento sobre la dignidad de la persona humana alcanza una verdadera altura de cimas expresivas. No es un pensamiento ausente en sus Predecesores o en la reflexión eclesial, pero sí halla intuiciones nuevas y delineamientos de nuevo plasticismo filosófico - teológico.

El hombre, dirá por eso, recordando palabras del Concilio Vaticano II, halla la cumbre de su dignidad en que "mediante la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre"2 . Por ello, la Iglesia trabaja para "que todo hombre pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la Verdad acerca del hombre y del mundo contenida en el misterio de la Encarnación y de la Redención, con la potencia del amor que irradia de ella".3 

Jesucristo se hace así "el camino principal de la Iglesia. El mismo es nuestro camino hacia la casa del Padre y es también el camino hacia cada hombre...Esta es la experiencia del bien temporal y del bien eterno del hombre". De este modo se logrará que "la vida en el mundo sea más conforme a la eminente dignidad del hombre" en todos sus aspectos, para hacerla "cada vez más humana". En nombre de esa solicitud "la Iglesia, que ...de ninguna manera se confunde con la comunidad política y no está vinculada a ningún sistema político, es al mismo tiempo el signo y la salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana".

El objeto de esta premura eclesial "es el hombre en su única e irrepetible realidad humana, en la que permanece intacta la imagen y semejanza con Dios mismo".7  Un hombre que "es en la tierra la única creatura que Dios ha querido por sí misma", que ha "elegido" eternamente destinándola a la gracia y a la gloria eterna. Este es el hombre al que Jesucristo hace partícipe de su misterio de amor "en cada uno de los cuatro mil millones [hoy son seis mil] de hombres vivientes sobre nuestro planeta, desde el momento en que es concebido en el seno de la madre".

Estos son los fundamentos más sólidos de la eminente dignidad del ser humano, hombre o mujer: ser amado por Dios, que en su Hijo se hace hombre como los demás, excepto en el pecado. Ser que lleva en sí la imagen de Cristo, el cual le acompañará en su camino terreno. Ser al que Dios ama hasta dar a su Hijo para redimirlo. Ser llamado al amor de y para con los demás. Ser que cuando es ayudado, Dios toma esa acción como un servicio prestado a El mismo.10  Y ser destinado a una felicidad eterna, herencia ofrecida a quienes considera como sus hijos11 . La mente humana no podía soñar una tal altura para el ser humano, hombre o mujer, grande o pequeño, sin distinción de color, etnia o condición. Eso explica el antropocentrismo concreto del Papa y de la Iglesia.


5. Lamentablemente, esta jerarquía de altos valores se ve con frecuencia ofuscada en la práctica con la vigencia de no pocos antivalores, que hacen ver las consecuencias trágicas de la falta de respeto a la dignidad de la persona humana. Basta hacer una rápida visión panorámica, aunque sea incompleta, sobre el gran teatro del mundo, para descubrir una sucesión histórica de vida y de muerte, de amor solidario hasta el heroísmo, frecuentemente, en nombre de la fe y también de envilecimiento del ser humano.

Las continuas guerras, el afán por subyugar unos a otros, el desarraigo violento de unos veinte millones de esclavos hecho por países cristianos
-con la colaboración de jefes locales africanos- para trasplantarlos a América, la explotación inhumana de los indios americanos, las cruzadas de defensa propia y de no pocos abusos, las inquisiciones impositivas de conductas forzadas por razones políticas, las divisiones religiosas con trasfondos de prestigio humano o político y tantos otros tristes fenómenos, son un cuadro demasiado amplio para esta intervención.

6. Pero no podría dejar de aludir a algunos hechos de nuestros tiempos recientes, que pueden servir de advertencia.

Hablando al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, en enero pasado, el Papa Juan Pablo II hacía este balance del siglo apenas acabado: "la memoria de las sangrientas guerras que han aniquilado a millones de personas y provocado éxodos masivos, vergonzosos genocidios [como el Holocausto y otros] que hieren nuestras memorias, la carrera armamentista que alimenta desconfianza y temor, el terrorismo y conflictos étnicos que han aniquilado pueblos que habían vivido juntos en el mismo territorio, todo ello nos obliga a ser modestos y en muchos casos a tener un espíritu penitente... La globalización, que ha transformado profundamente los sistemas económicos, creando insospechadas posibilidades de crecimiento, ha provocado también que muchos pueblos se queden al margen del camino. De ahí, desempleo en los países más desarrollados y extrema pobreza en demasiados países del hemisferio sur, que continúan manteniendo a millones de mujeres y hombres lejos del progreso y prosperidad..." Y, sin embargo "hoy más que nunca no seremos felices ni estaremos en paz unos sin otros, mucho menos, los unos contra los otros"12 

A este punto no podemos olvidar tampoco el genocidio de 800.000 ruandeses y muchos burundeses pertenecientes a una etnia enemiga de otra,13  las venganzas resultantes y los excesos más inaceptables en países dominados por el tribalismo; las aberraciones, las violaciones y los campos de muerte en la Europa Balcánica de nuestros días; los 215 millones de refugiados y desplazados en el mundo y el millón y medio de refugiados balcánicos de los que aún quedan unos 600.000 en la sola Yugoslavia; la salida de casi un millón de pobladores del Kosovo -luego regresados, mientras otros 200.000 partían- con su compañía de abusos, muerte y destrucción.14  Y ello sin que a veces la misma ONU estuviera a la altura debida, como reconocido por ella misma, por falta de tempestiva intervención en Ruanda-Burundi, Srebrenica o Bosnia-Hercegovina entera.15 

Cómo no aludir también, al menos de paso, a los abusos de tantas dictaduras, con su multitud de deportaciones por motivos ideológicos o religiosos (los llamados "enemigos del pueblo") con sus justicias dudosamente imparciales, con sus desaparecidos, a veces niños, sin que se haya logrado el consuelo de una respuesta?

Cómo no mencionar, asimismo, las tantas guerras "olvidadas" o no que en diverso grado están ensangrentando a varios Países del mundo? Ahí están Sudán, Angola, Argelia, Iraq, Chechenia, con miles de civiles muertos. Ahí están los tantos lugares donde fundamentalismos radicales, que explotan falsos motivos religiosos, crean discriminación contra la mujer, quizá -ella- la mayor esperanza de libertad futura. Ahí están los focos de intolerancia entre grupos sociales y Países, los de quienes se erigen en árbitros de la cultura, en policías de un presunto orden divino, o los que se erigen en dueños de la vida. Se pretende ignorar que la vida es sagrada, que hombre o mujer tienen los mismos derechos y que -como dijo muy acertadamente el Papa actual- "nadie puede pretender matar en nombre de Dios". En ese contexto intransigente, poseer para uso privado una Biblia, libro de amor, puede conducir a la cárcel o a peores condenas. Es la negación simple de la dignidad libre de la persona.


7. A veces, al lado de matanzas aparecen intereses políticos, económicos, hegemónicos, que no son los proclamados por las potentes campañas mediáticas que a veces decantan hacia un lado u otro el resultado de una guerra. Aparecen absurdos de venta de armas, como en Medio Oriente y otros lugares, a la parte no precisamente amiga o a ambas partes beligerantes. O se entregan barcos de artefactos bélicos que rompen equilibrios pactados. O se prolongan luchas que se apagaban, porque gobiernos o potentes industrias de armamentos han de mantener el triste equilibrio entre fabricación abundante (que produce ingentes ganancias), necesidad del rápido uso de armas (para que no queden obsoletas ni acumuladas) y mayor perfeccionamiento técnico de nuevas armas (que facilite dominio y mayores ganancias).

A veces se dan prontas reacciones en lugares donde hay ciertos intereses, mientras se olvidan situaciones no menos graves de violación de los derechos humanos, cuando las conveniencias sugieren una indulgente, interesada mirada.

Pensando en el primer derecho del ser humano, el derecho a la vida, impresiona, por ejemplo, que en el Estado de Illinois se suspendan sólo ahora las ejecuciones capitales -como se hizo en Pennsylvania- porque se constató que en 23 años se había ejecutado a 12 inocentes y que de 300 condenas a muerte dictadas, 260 tuvieron que ser anuladas por graves irregularidades. Y hablamos de Países de tradición democrática.

8. Frente a la violación repetida de la justicia y de los legítimos derechos del ser humano, la humanidad ha sentido la necesidad de defenderse con adecuados instrumentos jurídicos.

Hoy vivimos en gran parte de la legalidad que la comunidad internacional se dio, por consenso, tras el shock terrible de la segunda guerra mundial y de las atrocidades del nazismo y de sus aliados.

La conciencia ética mundial no podía permitir que crímenes de tal magnitud quedaran impunes. La respuesta fue el Tribunal de Nuremberg. Y para ordenar la situación y evitar que aquellos horrores se repitieran, se creó la Organización de Naciones Unidas con su Carta Fundamental, el Consejo de Seguridad y otros Organismos, la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, las Convenciones I a IV de Ginebra, llamadas Derecho Internacional Convencional Humanitario, la Convención para la Prevención y Sanción del delito de Genocidio, y la Convención sobre la Imprescriptibilidad de Crímenes de Guerra y de Lesa Humanidad.16 


9. Ese conjunto legal reseñado (con otros documentos que no cito) sientan un principio claro: la violación masiva y repetida de los derechos humanos no es crimen de jurisdicción exclusiva de cada Estado, sino también internacional, que abre el paso al complejo problema de la injerencia humanitaria.

Lógicamente, ello puede plantear problemas serios de incompatibilidad entre dos principios de derecho internacional: el derecho de soberanía, que es igual para cada Estado, y el derecho - deber de hacer justicia. Sobre todo en caso de crímenes de lesa humanidad.17 

Ahí se entremezclan tres aspectos: el moral, el legal, el político. Eso crea situaciones complejas, con argumentos para posiciones diversas.

Es verdad que no sería tampoco aceptable la injerencia de "Estados gendarmes" aislados, ni se puede admitir esa intervención al margen de la legalidad internacional representada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, como sucedió en el caso del Kosovo. Aunque si se dan violaciones masivas y crímenes contra la humanidad surgen delicadas preguntas de no fácil respuesta en el estado actual del derecho internacional.18 

10. La respuesta eficaz puede venir de una Corte Penal Internacional, ya creada y ratificada por muchos Países, pero lamentablemente no por otros que reconocen su necesidad, pero quieren mantener su competencia en materias que debieran someterse a una legalidad imparcial y universal. La de dicha Corte.

En su Mensaje para la Jornada de la Paz de este año 2000, el Papa se pronunció con rotunda claridad: "quien viola los derechos humanos, ofende la conciencia humana en cuanto tal y ofende a la humanidad misma. El deber de tutelar tales derechos trasciende, pues, los confines geográficos y políticos dentro de los que son conculcados. Los crímenes contra la humanidad no pueden ser considerados asuntos internos de una Nación. En este sentido, la puesta en marcha de la institución de una Corte Penal que los juzgue es un paso importante. Tenemos que dar gracias a Dios de que siga creciendo, en la conciencia de los Pueblos y de las Naciones, la convicción de que los derechos humanos, universales e indivisibles, no tienen fronteras".19  Palabras que pueden hacer reflexionar, porque la ley justa obliga a todos.


11. Entre esos derechos a proteger están los del niño y los de la mujer, objeto de Convenciones especializadas, que forman parte de la Carta Fundamental de Naciones Unidas.

Los millones de niños -20 sólo en América, 250 en todo el mundo- obligados a trabajar en minas, campos y trabajos duros desde tierna edad -mano de obra barata y explotada porque no protesta, cuyos dedos pequeños pueden tejer alfombras y objetos más cotizados en el mercado- son una afrenta para la humanidad.

Niños reclutados sin escrúpulo alguno para la guerra -más de 300.000 en todo el mundo- envenenados en su espíritu por el odio, traumatizados prematuramente. Niños "meninos da rua" delincuentes para sobrevivir, cazados en redadas organizadas. Hoy se está pidiendo que los adolescentes no puedan ser contratados para ciertos empleos antes de los 18 años, desde los 15 que marcan ciertos textos legales actuales. Una legalidad a perfeccionar, para proteger mejor.

Niñas vendidas -o niños- en una prostitución exótica de ricos de países ricos y "civilizados", que quieren evitar el sida, aunque sea atropellando la infancia y la indefensión de la pobreza.

Mujeres objeto de violencia hasta en casa -lo vemos con excesiva frecuencia en TV- sometidas a normas no iguales que el hombre, temerosas de denunciar su trágica situación. Mujeres explotadas sin escrúpulo por bandas mafiosas. Mujeres mutiladas física y síquicamente -hasta 6 millones en Africa y otras partes- en nombre de prejuicios seudo - religiosos y de costumbres ancestrales que practican la excisión.

Son cuadros que requieren la aplicación y ajuste de la legalidad actual para que el abuso y el crimen encuentren un dique eficaz. Sin olvidar nunca el aspecto moral de la vida y de la ley, la de los Diez Mandamientos de Dios -que como lo recordó el Papa al visitar hacer poco el Sinaí- "son la ley de la libertad: no la libertad de seguir las ciegas pasiones, sino la libertad de amar, de elegir el bien".20  Así, a la sombra de Dios, se respetará más eficazmente la dignidad de todo ser humano.


12. En este marco amplio que he querido esbozar para presentar los fundamentos de la dignidad de la persona, así como el reverso del mismo problema que es la exigencia de respeto a sus derechos, hay dos puntos que creería oportuno precisar mejor en el contexto concreto argentino: son la dignidad de la mujer y de la vida humana incipiente, así como las circunstancias ambientales en las que esa vida surge.

En la Carta Apostólica Mulieris dignitatem, un canto a la dignidad de la mujer, que halla su paradigma máximo en la Virgen María, Madre del Hijo de Dios encarnado, Juan Pablo II dice refiriéndose al hombre y a la mujer que "ambos son seres humanos en el mismo grado, tanto el hombre como la mujer; ambos fueron creados a imagen de Dios".21  Pero va mucho más lejos cuando afirma: "la fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial al hombre, es decir, al ser humano"22 .


13. Sin embargo, en la práctica queda mucho por hacer para alcanzar esa igualdad. Es un campo en el que la Iglesia debe mostrar todo su compromiso. Por ello, además de cuanto expuse antes, es urgente procurar con todos los medios prácticos y legales que cese toda discriminación contra la mujer y la madre: "hay que alcanzar en todas partes la efectiva igualdad de los derechos de la persona y, por tanto, igualdad de salario respecto a igualdad de trabajo, tutela de la trabajadora - madre, justas promociones en la carrera, igualdad de las esposas en los derechos de familia, reconocimiento de todo lo que va unido a los derechos y deberes del ciudadano en un régimen democrático. Se trata de un acto de justicia";23  "en definitiva, por la dignidad misma de su ser"24 

Ahí estará también la defensa contra toda forma de violencia sexual, la lucha contra la cultura hedonística y comercial que explota a la mujer, contra toda forma de machismo social agresivo, favoreciendo el real acceso de la mujer a la cultura, a la igualdad de oportunidades para su inserción en todos los niveles de la sociedad.25  Además, como reconocido ya en Copenhague, se debería dar el reconocimiento adecuado al trabajo, hoy no remunerado, de la mujer que trabaja en casa y que tiene su particular valor social.26  Todas estas son metas prioritarias, altas y urgentes en la sociedad.


14. Pero al mismo tiempo la Santa Sede y los Obispos argentinos seguirán enseñando, como guía del pueblo católico, que no se puede favorecer -por conveniencia no sólo ética sino igualmente social- un ambiente sobrecargado de erotismo y promiscuidad, de imposición, prevalentemente a la mujer, de métodos de control de natalidad cuya nocividad para su salud no es frecuentemente expuesta con claridad. Y serían mucho menos aceptables, tales métodos si son la puerta a la práctica real de la eliminación de un ser humano mediante el aborto, aunque se usen eufemismos como "interrupción del embarazo", "salud reproductiva sana" u otros. El pretendido "derecho" permisivo de la madre, de la sociedad y del Estado cesan frente al derecho seguro de otra vida humana que no puede ser suprimida impunemente. Tanto más que es la de un ser inocente e indefenso, que la ley debe proteger.

Y no se quiera pretender que la vida incipiente no es la de una persona plenamente humana. La genética moderna es clara en sus conclusiones. Por ello, entre otros muchos organismos altamente cualificados del mundo científico más solvente, la Academia Nacional de Medicina y la Comisión Nacional de Etica Biomédica han dictaminado con su autoridad "que la vida humana comienza su existencia desde el momento de la unión de los dos gametos, masculino y femenino, esto es, del espermatozoide con el óvulo".27  Ello figura en la Constitución Nacional.28 


15. A los que tienen experiencia en la materia a causa de estudios hechos, suele causar una cierta sorpresa constatar que cuando se discuten estos temas en foros públicos se repiten ciertas constantes: el bloqueo de voces discordes en determinados medios de comunicación social, la presentación de cifras exageradas de los males existentes, la promesa de solucionar esos males, aunque las cifras ofrecidas por organismos objetivos e independientes muestren que ciertas pretendidas soluciones aumentan el número de los casos a solucionar, etc.

Ciertamente hay que ofrecer a la juventud una correcta información sexual para prevenir graves males y enfermedades. Pero no se podría excluir en ese terreno la función moralizadora ni la información que corresponde a la familia y a otras instancias responsables. La atribución prioritaria de esa responsabilidad a la autoridad pública, sería una violación y usurpación de funciones que son subsidiarias -no únicas- del Estado o de la autoridad pública. Lo contrario pudiera quizá tocar hasta principios constitucionales. Como lo sería la falta de respeto a la libertad de conciencia de los agentes médicos que podrían legítimamente sentirse avasallados por normas y métodos poco democráticos.


16. Y no se diga que la Iglesia, al exponer sus reflexiones morales y sus reservas sobre comportamiento sexual y sobre ciertos sistemas de limitación de natalidad, procede de modo irresponsable proponiendo como ideal cualquier número de hijos que puedan tenerse.

La Iglesia, acepta y enseña una paternidad responsable, decidida sin imposiciones coactivas externas o que puedan llegar a inaceptables regulaciones logradas con prácticas mutilatorias o establecidas por países o consorcios que mueven ingentes capitales.

Es por ello un tanto extraño que mientras se asegura querer ayudar a los más pobres, ofreciéndoles incentivos que constituyen una presión o distribuyendo productos que presentan no pocos límites y aun riesgos, no se hable ni se quiera propagar en las debidas condiciones los métodos naturales, que no presentan peligro alguno para la salud, que son en la práctica tan seguros y más que los otros difusamente propuestos y que, además, no son tan costosos. Habría que examinar las motivaciones de fondo de tales conductas.


17. Señor Presidente: En unión con los Obispos argentinos he expuesto algunas líneas principales, no todas, sobre la dignidad de la persona humana en concordancia con el pensamiento de la Iglesia y del respeto de los derechos humanos, también en una situación concreta.

Consciente de que ciertos países no sólo no proceden en ese sentido que lamentan males no menores después de aplicar medidas que no han resuelto problemas que aquí se debaten ahora, la Iglesia hace una llamada a la nivelación moral hacia arriba, no hacia abajo. La norma moral y los principios que la Argentina ha defendido, ayer y hoy, pueden ser un ejemplo para otros, incluso para quienes recurren, quizá, a presiones poco respetuosas de la personalidad de un pueblo que quiera ser él mismo.

Con la ayuda y esfuerzo de sus dirigentes y de todos, con el respeto de ideales éticos altos, hay que luchar por disminuir eficazmente, lo más posible, los males sociales existentes y ayudar a sus víctimas. Con comprensión y sentido solidario, con la máxima atención por quien más sufra y con la mirada puesta también en Dios, fuerza e inspiración para elevar la dignidad de la persona y de los pueblos.


Notas

(1)   Fides et ratio, 28, 33 y nota 28; 34 y nota 29, 35, 50, 51, 68, 78, 80, 81, 82

(2)   Gaudium et Spes, 22

(3)   Redemptor Hominis, 13

(4)   ibi

(5)   ibi; Gaudium et Spes, 91, 38.

(6)   ibi, 76

(7)   Gen 1, 27

(8)   Gaudium et Spes, 24

(9)   Redemptor Hominis, 13

(10) Mt. 25, 40, 45

(11) Mt. 25, 34; Ej. 1, 5, 11, 14

(12) L´Osservatore Romano, 10 enero 2000.

(13) ABC, 12.11.1999

(14) Le Monde, 12.11.1999

(15) ABC, 12.11.1999

(16) C.López Dawson, "Impunidad y Justicia" en "Diplomacia":, abril - junio 1999, Santiago de Chile, pp. 21-33; R. Abril Stoffels, "La asistencia humanitaria y los principios jurídicos recogidos en el D.I.Humanitario." en "Rev.de la Facultad de Derecho Universidad Complutense de Madrid", n89(1997)pp. 23-24; M.del C. Márquez Carrasco, "En qué condiciones es legítima la Intervención Humanitaria?"en "Crítica", nov.1999, pp. 36-39.

(17) C. López Dawson, ibi, p.27-32; M.del Carmen Carrasco, ibi, 38; Kofi Annan "Deux concepts de la souveraineté. Le Monde 22.09.1999

(18) Kofi Annan, ibi.

(19) Juan Pablo II, "Mensaje para la celebración de la Jornada de la Paz", 1 enero 2000, n.7

(20) Vatican Information Service, 26.02.200

(21) Mulieris dignitatem, n.6

(22) ibi, 30

(23) Carta de Juan Pablo II a la Mujeres, 29 junio 1995; cf. Carta de las Naciones Unidas, preámbulo, apartado 2.

(24) ibi, 3

(25) ibi, 5, 6, 8, 9, 12; Mensaje de Juan Pablo II a la Secretaria de la Conferencia de Pekín, 26 de marzo de 1995, 5.

(26) Informe sobre la posición de la Santa Sede en la Conferencia de Pekín, 20 de junio 1995

(27) Reunión del 30 de septiembre de 1999

(28) artículo 75, inc. 22

Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2273, del 12 de julio de 2000


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