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Palabras del Nuncio Apostólico


El domingo 10 de junio de 2001, en un altar levantado, frente a la parroquia San Pedro Armengol, de los Padres Mercedarios, en avenida Hipólito Yrigoyen 2448, Gerli, en el límite entre los partidos de Avellaneda y Lanús, tuvo lugar el acto de inicio canónico de la diócesis de Avellaneda-Lanús. 


Cabría desear que este momento especial que vivimos, fuera momento de verdadera plenitud eclesial y que esta diócesis, con estos nuevos límites que tiene, que pueda ser de verdad un centro donde se impulse de manera nueva la vida de la Iglesia.

La intención por la que las dos diócesis en cuestión fueron retocadas en sus límites era, precisamente como se ha visto en esos dos decretos que acabo de leer, la de una mejor atención pastoral a los fieles. Estoy seguro de que así será. Y quiero en este momento en que estamos todos reunidos con gozo, y después de haber visto todas las pancartas de lo que era parte de dos diócesis antiguas y ahora son una nueva diócesis, el que mi saludo llegara a todos los fieles de esta nueva diócesis que empieza con muy buenos auspicios.

Saludar a los señores Intendentes de Avellaneda y de Lanús; saludar a las religiosas; saludar a todos los que ayudan de manera particular y que trabajan por el bien de la Iglesia. Saludar también a todos, absolutamente a todos los fieles, y en primer lugar -por eso los dejé para el final- a los queridos sacerdotes.

Y como estamos viviendo un momento eclesial de suma importancia, quiero decirles algo que quiero que se sepa en público, porque quiero con ello rendir un homenaje de gran cariño, de afecto, y felicitar a los sacerdotes por el ejemplo magnífico, eclesial, que han dado; creo que los fieles deben saberlo: cuando se empezó a hablar de la desmembración del partido de Lanús, algunos pensaron que se trataba de alguna anexión, o que, de alguna manera, iban a quedar en una situación de alguna forma de inferioridad.

Bastó que algunos sacerdotes vinieran a verme. Les expliqué la manera y les dije -ellos lo podrán decir-: ‘No acepto ninguna palabra porque no hay ninguna anexión. Hay dos partes que, en igualdad de dignidad, van a constituir esa diócesis que se llamará en adelante: Diócesis de Avellaneda-Lanús; pero, exactamente, en la misma dignidad que tiene todo hijo de Dios, que tiene todo miembro de una parroquia o de una cualquier circunscripción eclesial’.

Y no solamente lo aceptaron con una magnífica reacción, diciendo: ‘Señor Nuncio, en estas condiciones...’. Y cuando les dije: ‘van a tener un Pastor que va a ser el mismo Pastor, con el mismo corazón para una parte de lo que era su antigua diócesis; y con el mismísimo corazón, no dividido, sino dado a todos por entero en la nueva circunscripción eclesial’. Cuando les dije esto, de manera que quiero que lo sepan porque indica el sentido verdaderamente eclesial que tuvieron, me dijeron: ‘Señor Nuncio, no hace falta que nos diga nada más; y aceptamos de todo corazón lo que usted nos está diciendo en nombre de la Santa Sede, en nombre del Santo Padre’.

Termino transmitiendo mi felicitación, y no sólo la mía, sino también la que he recibido el encargo de transmitirles, porque la misma reacción fue la que se tuvo también en Roma cuando les dije: ‘los sacerdotes han decidido que quieren ser, y van a ser de verdad, una diócesis plenamente unida’. La reacción fue también tan favorable, tan positiva, que me encargaron que transmita esa felicitación y la complacencia del Santo Padre para que continúen de verdad trabajando en este magnífico Pueblo de Dios, de los dos departamentos; para que tengamos una Iglesia que ahora, digamos, está mejor distribuida en su extensión; para que constituyamos una Iglesia viva donde de verdad se vivan los valores del Evangelio y, todos juntos, alabemos al Señor y caminemos como Iglesia peregrina que va hacia el Padre con gozo y con esperanza».


Mons. Santos Abril y Castelló, Nuncio apostólico


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2326, del 18 de julio de 2001


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