LA
COMUNIÓN-UNIDAD
ES FUNDAMENTAL EN LA IGLESIA
Homilía pronunciada por el Nuncio Apostólico, monseñor Adriano
Bernardini, durante la Eucaristía presidida por él y concelebrada
por la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal y otros
cuarenta obispos, en la iglesia de Nuestra Señora del Socorro, el
jueves 21 de agosto de 2003, que constituyó su primer encuentro con
los obispos,
sacerdotes y fieles de la Argentina.
Eminencia, Excelencias, queridos Padres, Religiosos y Religiosas,
queridos fieles y todos ustedes aquí presentes:
En primer lugar
quiero expresar mi gratitud por este acto de “bienvenida” en tierra
argentina como Representante del Santo Padre: un gesto de parte de
ustedes muy gentil y significativo, considerando sobre todo que está
inserto en el que es el acto de “acción de gracias” por excelencia:
el sacrificio eucarístico.
Es, en efecto, en
la Eucaristía donde nosotros centramos todo y es la “Eucaristía que
hace la Iglesia”, a la que nosotros pertenecemos, en la que actuamos
y de la que recibimos “gracias sobre gracias”.
Es en el
sacrificio eucarístico que la Iglesia se hace presente no real y
físicamente, sino más bien de una manera mística, en esa fuerza que
es el misterio de su íntima conexión con Cristo. Sobre el altar, por
tanto, se hace presente tanto el Cuerpo de Cristo, como su Cuerpo
Místico, que es la Iglesia.
Siempre sobre el
altar y específicamente en tres momentos, se vive esta co-presencia
del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia: en el ofertorio, en la
consagración y en la comunión.
Esa co-presencia
–Cuerpo real y místico de Cristo– se tiene por tanto y antes que
nada en el ofertorio, que señala el momento en el cual el Cuerpo
Místico de Cristo, que es la Iglesia, a imitación de Jesús, su Jefe,
se ofrece al Padre.
La misma
co-presencia –Cuerpo real y místico de Cristo– se tiene luego en
la consagración, en las palabras: “Tomad y comed esto es mi Cuerpo”,
donde místicamente está presente la Iglesia. El mismo San Agustín
subraya esta realidad con las palabras: “Es nuestro misterio que se
celebra sobre el altar”.
Pero es aun y
sobre todo en la comunión sacramental, que se tiene esta
co-presencia de Cristo y del Cuerpo Místico de la Iglesia.
La comunión
sacramental, en efecto, hace la Iglesia en el sentido de lo que esto
significa, y en cuanto manifiesta y cumple su unidad.
Tenemos aquí un
nexo profundo entre consagración y comunión: Cristo, que en la
Consagración ofreció su Cuerpo al Padre en sacrificio por nosotros,
se nos da en la comunión. Entonces también nosotros estaremos en
grado de darnos y aceptarnos los unos a los otros, sólo si antes
somos consagrados, con Cristo, en sacrificio por los otros. Por
tanto, quienes se nutren del mismo pan, en torno a la misma mesa
–dice San Pablo en la primera carta a los Corintios– forman un solo
cuerpo.
Esta fue la
experiencia fortísima al inicio de la Iglesia: la comunión cristiana
se sentía nacer en torno a la Eucaristía. La Palabra de Dios los
convocaba, pero era la “fracción del pan” la que los reunía y hacía
de ellos un solo corazón y una sola alma.
Ahora se entiende
por qué debe ser así y por qué la comunión eucarística “hace la
Iglesia”. Cristo que viene a mí es el mismo Cristo indiviso que va
también al hermano que está junto a mí. Él, el Cristo, nos une los
unos a los otros en el momento en que nos une a todos en Él.
Yo no puedo
entonces desinteresarme más del hermano. No puedo rechazarlo sin
rechazar al mismo Cristo y separarme así de la unidad. Quien
pretende andar o vivir en la comunión, creyendo amar y estar unido a
Cristo, y no pide perdón al prójimo o no piensa pedirlo, sería como
quien considera que está amando al hermano y se alza para darle un
beso en la frente, pero, por otra parte, le está pisando el pie con
un zapato con clavos.
¡Cuántas veces
sucede esto en nuestra sociedad burocrática y llamada cristiana o,
peor, en la misma Iglesia institucional-jerárquica, que se deja
abrumar por la institucionalidad.
Hermanos, el
espíritu de caridad de Cristo admite diversidad de ideas, pero no
separación de espíritus. Con la separación de espíritus no “se hace
la Iglesia” ...al contrario, se le hace un mal.
En la
consideración de este maravilloso misterio de Comunión, no podemos
dejar de considerar a María.
“Entonces Jesús,
viendo a su Madre y junto a Ella al discípulo amado –leemos en San
Juan– dijo a su Madre: Mujer, ahí tienes a tu Hijo” (Jn. 19,26).
La Virgen al pie
de la Cruz agotó toda posibilidad de dar, no quedándole nada por
entregar. El Hijo, en cambio, tenía algo para dar: ¡a su misma
Madre! Y la dona a todos sus innumerables hermanos. Así el despojo
del Calvario resulta completo.
María de su
parte, encuentra una nueva fecundidad. A más de treinta años de
distancia se vuelve a convertir en Madre: Madre de la Iglesia, Madre
de todos los creyentes en el Hijo.
María desciende
del Calvario un poco más encorvada y con el paso ligeramente más
pesado. No puede tener más aquel paso ligero y rápido con el cual
había ido de Nazaret a Ain-Karim para visitar a su prima Isabel. Y
se dispone pacientemente a la espera.
María es así
Madre de Cristo y de la Iglesia, y su espera aún no ha terminado.
Hemos llegado nosotros y otros habrán de llegar. Ella estará siempre
allí para esperarnos y realizar el mandato de Cristo: conservarnos
en la unidad y en la Comunión con el Hijo.
Queridos hermanos
en el Episcopado, en el sacerdocio ministerial y en todo lo común:
habrán notado que en estas breves reflexiones he subrayado el
elemento de la Comunión-unión y su importancia: ¡Comunión-unidad,
por tanto, con Cristo y con los hermanos!
De aquí deriva
más específicamente la Comunión-unión de los Obispos con el Obispo
de Roma, el Santo Padre... la Comunión-unidad de los diversos
Pastores de las Iglesias locales con los sacerdotes y de éstos con
los fieles.
Se trata de un
círculo de amor... de Aquel mismo que circula en Dios y da origen a
las Personas de la Santísima Trinidad y sus acciones.
En realidad la
Comunión-unidad es el elemento que caracteriza a la Iglesia
Católica, a tal punto que no existe Iglesia Católica sin
comunión-unidad. Sin Comunión-unidad, por tanto, ustedes pueden
denominar a nuestra Madre Iglesia con cualquier otro nombre, pero no
con el de “Católica”.
Que nos sirvan de
ayuda y de fortaleza la Liturgia de la Palabra de hoy y la
intercesión de San Pío X, de quien hoy celebramos la memoria, y
sobre todo la Bendición del Santo Padre, quien al recibirme hace
unas semanas, me pidió traérsela a todos ustedes. Yo pude ver en ese
pedido el cariño y la estima que el Santo Padre tiene al pueblo
argentino.
¡El Papa!... He
aquí el gran don que el Señor ha hecho a Su Iglesia... El Pontífice
es el centro de esta Comunión eclesial que es, a su vez, el término
último de su misión como Pastor de la Iglesia Universal. Por tanto,
ayudémosle con un particular recuerdo ante el Señor en esta misión
nada fácil que Dios le ha encomendado.
Queridos
hermanos, la Eucaristía, María y el Santo Padre son tres elementos
inseparables e insustituibles. Sin ellos no hay “Iglesia Católica”
...y tampoco la comunión eclesial.
Que el Señor y la
Virgen María de Luján nos concedan reforzar la Comunión Eclesial en
la Iglesia Argentina.
Mons. Adriano Bernardini,
Nuncio Apostólico |