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25 ANIVERSARIO del PONTIFICADO de JUAN PABLO II


Homilía pronunciada por el Nuncio Apostólico, monseñor Adriano Bernardini,
en la catedral de Buenos Aires - 16 de octubre de 2003


El motivo de esta Liturgia Eucarística es aquel de cada año... de cada aniversario de elección al Pontificado de Juan Pablo II: el rezar y conmemorar la figura y la obra del Santo Padre. Y este año más de nunca porque celebramos 25 años del Pontificado de Juan Pablo II.

Han pasado así 25 años de aquella tarde en la cual el Cardenal Karol Wojtyla aparecía, por primera vez, vestido de Pontífice al balcón central de la Basílica de San Pedro.

25 años... un largo Pontificado... un Pontificado que `por su duración es superado solamente por dos Pontífices: Pío IX y León XIII.

Son ya 25 años que el atlético Papa viajero camina por el mundo: visita a la gente, conforta a los enfermos, va a las cárceles y derrama el agua sobre la frente de los niños, que el Bautismo hace todos iguales: sean blancos, negros o amarillos.

En este su camino ha encontrado hombres de buena voluntad, como de no tan buena voluntad. Fuera de cada ceremonial no ha titubeado nunca el hablar fuerte y franco con el dictador de turno, impuesto por el protocolo.

Estos 25 años no han sido fáciles para el mundo en general, como para la Iglesia Universal, como para la misma Curia Romana. A veces ha bastado una sonrisa, entre lo irónico y lo piadoso, para pacificar y devolver vigor a la Iglesia.

En una visión periodística Juan Pablo II viene descrito como un minero obstinado que va adelante con la pequeña luz en frente decidido a dar luz, a todos lo que pueda, en medio de la oscuridad del mundo. Como incansable viajero no desafía a la historia. Busca solo permanecer en ella: en los buenos momentos, como en los malos.

Él sabe y camina. Camina porque sabe, mientras muchos caminan, pero no saben a dónde van y -lo que es peor- no saben a dónde pueden conducir a otros. Y esto es más desastroso si tienen en la mano los destinos de un pueblo.

Juan Pablo II ha sido:

El primero en entrar en una iglesia luterana;

El primero en entrar en una mezquita en Siria;

El primero en hablar, en Casablanca, Marruecos, en una asamblea de jóvenes islámicos;

El primero en ser acogido en la sinagoga de Roma por los “hermanos mayores”;

El primero en rezar por la paz en Asís, junto con los hijos de todas las religiones.

Juan Pablo II es un Papa anciano, pero su corazón permanece joven.

 

¡Tiene en sus activos 25 años de Pontificado!

Si no estoy confundido:

Ha visitado más de 130 naciones, recorriendo la distancia tres veces superior a la que hay entre la tierra y la luna;

Ha dado al pueblo de Dios más de cien documentos pontificios;

Ha celebrado ocho consistorios y quince Sínodos;

Ha proclamado más de 500 santos y 1.200 beatos;

Ha concedido más de 1.000 audiencias generales en el Vaticano, recibiendo 18 millones de fieles;

Ha realizado más de 140 visitas pastorales a diócesis italianas y ha visitado 730 parroquias.

Ciertamente, la edad de 83 años parece no pararlo. Ha puesto fin a la cuestión de la dimisión con una simple frase: “la fuerza de andar adelante, no es un problema mío, sino de Cristo que me ha llamado”.

El año pasado, como cada año, ha tenido acontecimientos felices y menos felices:

 

Entre los eventos felices, podemos recordar:

a) La conmemoración del 40 aniversario de la “Pacem in Terris” de Juan XXIII: el documento del Papa bueno, que con el pasar del tiempo se ha hecho profético.

Aquel documento dirigido a todos los hombres de buena voluntad, tenía un único objetivo: la construcción de un mundo de paz. Cerraba así la antigua disertación teológica sobre la guerra “justa”: en la era de las armas nucleares y de las guerras mundiales no se puede hablar de “guerra justa”.

La misma “Pacem in Terris”, daba comienzo a una era de diálogo entre las principales confesiones religiosas, sean cristianas, como no cristianas, del Islam, del judaísmo, del budismo, del shintoísmo, etc., usando acercamientos y encuentros, que en un tiempo eran juzgados simplemente como de inoportunos.

Se vivían los acontecimientos de los misiles de Cuba, que habían colocado al mundo ante el peligro de un conflicto mundial.

 

b) Viajes del Santo Padre

Sin duda los acontecimientos más gratificantes para el Santo Padre son los viajes. Así el de Croacia, el de Bosnia, el de Eslovaquia y sobre todo el de España.

El 4 de mayo en la Plaza de Colón, frente a un millón de personas, Juan Pablo II recordará al pueblo católico de España, su historia estrechamente ligada a la Evangelización de los Pueblos de Latinoamérica y la invitará a redescubrir su vocación misionera. En la tarde anterior del tres, ante un millón de jóvenes conquistados por su cariño, lanza en el aeródromo de Cuatro Vientos, en Madrid, su primer mensaje: “Manteneos lejos de toda forma de nacionalismo exasperado, de racismo y de intolerancia. Testimoniad con vuestra vida que las ideas no se imponen, sino que se proponen”. Como ninguna otra persona sabe hacerlo en el mundo, el Papa se metió en el bolsillo, entre bromas y veras, la multitud ruidosa y multicolor, entablando un diálogo bromista sobre su edad. Y mientras los muchachos responden, el Santo Padre se autodefine “un joven de 83 años”.

Al mismo tiempo, el Papa invita a los jóvenes a no dejarse empequeñecer por los problemas de España. Partiendo de la enseñanza de la Virgen María “a no separar nunca la acción de la contemplación”, los invita a hacer realidad de ese modo un gran sueño: “el nacimiento de la nueva Europa del espíritu. Una Europa fiel a sus raíces cristianas, no encerrada en si misma sino abierta al diálogo y a la colaboración con los demás pueblos de la tierra”: ¡Europa del Espíritu! Algo más importante después la “Europa de la moneda” y la “de la defensa”.

Les pide que entreguen su corazón a Cristo para asumir el compromiso de la nueva Evangelización. Aunque es una “tarea en que los laicos tienen un papel protagonista, especialmente los matrimonios y las familias cristianas”.

En todo esto no se puede dejar de ver la preocupación del Santo Padre por la constitución de una Europa secularizada... incapaz de reconocer sus raíces cristianas.

 

Entre los eventos menos felices del año se debe sin duda enumerar:

En primer lugar: la guerra en Irak, ¡aún sin terminar!

Hoy como en la época de la guerra del 91, la oposición del Santo Padre a la intervención armada fomenta el rótulo de una Iglesia Católica “pacifista”... de una Iglesia contraria por doctrina al uso de la fuerza. Hoy como entonces, la oposición de la Iglesia es mal interpretada. No se trata de un principio de pacifismo, ni de una controversia sobre la cuestión de la “guerra justa”, sino de una discrepancia radical sobre el modo de enfrentar el “choque de civilizaciones”. Por tanto: no Iglesia pacifista, sino pacificadora.

Por esto el Santo Padre no ha dudado –aún en vano- de enviar a sus representantes ante las partes contendientes y exhortar a cuantos Jefes de Estado, de Gobierno y Ministros de Asuntos Exteriores que han pasado por el Vaticano, a encontrar puntos comunes de encuentro para construir la paz... convencido de que el uso de la fuerza conlleva irremediablemente a la fuerza... y que la violencia engendra violencia.

 

Los acontecimientos de la Ciudad Santa: Jerusalén.

Esta ciudad, cuya misión debería ser la de “faro entre los pueblos”, resulta contrariamente la imagen de la esposa litigada, que todos consideran como propia.

Una ciudad vivida con emoción por las tres religiones monoteístas, pero reducida a una:

- Babel en su constitución geográfica: allí se encuentra el barrio hebreo, el musulmán, el cristiano y el armenio;

- Babel en su liturgia: se hablan unas quince lenguas con siete alfabetos diferentes;

- Babel en la adoración del único Dios: mil modos diferentes, en la convicción de que todos tienen un único e insustituible vínculo.

Una ciudad que vive en torno a tres piedras:

- para los hebreos es la piedra del Muro occidental del templo de Salomón, llamado “el muro de las lamentaciones”. Aquellas piedras son un poco el corazón de la fe y de la historia de Israel;

- la segunda piedra es el Santo Sepulcro, que los cristianos de Oriente llaman la Resurrección, el misterio cristiano de la fe cristiana;

- la tercera piedra es aquella cubierta de la cúpula dorada de la llamada Mezquita de Omar. Los musulmanes la llaman la “cúpula de la Roca”, el monte donde Abraham estaba listo para sacrificar a su hijo Isaac.

Estas tres piedras son el fundamento de las tres religiones monoteístas, las cuales se presentan profundamente laceradas entre ellas, teniendo una raíz común en una misma persona, Abraham, en un mismo Dios y en una misma ciudad.

Ahora todo esto que debería ser más que un motivo suficiente para una comunión entre las religiones monoteístas, se ha convertido en causa de destrucción y terrorismo. Lógicamente para el Santo Padre resulta una cosa muy penosa, más aún cuando está convencido de que tales problemas no se resuelven con muros, matanzas entre ellos, y menos aún de otros, sino con la mutua comprensión y el respeto, a la luz de los principios singulares de cada una de las religiones.


Queridos hermanos y hermanas, con la esperanza de haberles ofrecido algunas consideraciones más sobre la persona y actividad del Santo Padre y sobre todo de su importante misión, les pido una vez más sus oraciones por él.

Que el Señor y la Virgen de Luján, continúen asistiéndolo y colmándolo de realizaciones en beneficio de toda la Iglesia Católica y de todos los hombres de buena voluntad.


Mons. Adriano Bernardini,
Nuncio Apostólico



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