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SEGUIR A CRISTO RESUCITADO


Homilía de monseñor Adriano Bernardini, Nuncio Apostólico, con motivo de la Inauguración de la sede definitiva del Seminario Pablo VI
de la diócesis de Avellaneda-Lanús
(3 de marzo de 2005)


Con placer vuelvo hoy para encontrarme con ustedes con motivo de la inauguración de esta nueva sede del Seminario y gozar con ustedes por este gran don del Señor. Aquí, efectivamente, continuarán pasando los días de su formación sacerdotal y, sin lugar a dudas, los más hermosos de su vida.

Permítanme que en esta ocasión les haga una pregunta, que en el fondo es preguntarse ¿para qué se encuentran en este lugar? Para prepararse a seguir a alguien… pero  ¿quién es este alguien? Estoy seguro de que todos ustedes me responderán ¡Jesús!

El Evangelio nos presenta tantos:

·  Está el Jesús de Belén frente al cual es fácil derramar lágrimas de ternura, dar vía libre a toda nuestra carga de sentimentalismo y ¡hasta escribir poesías!

·  Está el Cristo carpintero de Nazaret, que maneja el cepillo y lleva una vida ordinaria. Y también esto, no obstante, no lo comprendemos perfectamente (treinta años de oscuridad), es un Cristo bastante aceptable.

·  Está el Cristo de los milagros, que cambia el agua en vino, que sacia a una gran multitud. Y es éste un Dios exaltante, que nos llena de bravura y nos da ganas de aplaudir… Después de la multiplicación de los panes, sin más querían hacerlo Rey.

·  Está el Cristo del Tabor:Y se transfiguró ante ellos. Su rostro brilló como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve” (Mt. 17, 2). Y también nosotros como los tres apóstoles privilegiados, queremos plantar las tiendas y no descender más de aquella montaña de luz.

·  Pero está también el Cristo del Calvario, el hombre que conoce el sufrimiento. El hombre de los dolores, “…tan desfigurado estaba Su semblante que no tenía ya aspecto de hombre (Is. 52, 14). “No tiene apariencia ni belleza que atraiga nuestra mirada, ni esplendor digno de complacencia. Despreciado, desecho de la humanidad, hombre de dolores, avezado al sufrimiento, como uno ante el cual se oculta el rostro… Maltratado, se ha humillado, no ha abierto la boca” (Is. 53, 2-7).

Preguntémonos: ¿estamos realmente dispuestos a seguir a este Cristo? No es fácil, es verdad. Y a este propósito tenemos un ejemplo bastante ilustre. ¡Nada menos que el Primer Papa!

Pedro sobre el Tabor: “Señor, que bien se está aquí; si quieres haré tres tiendas” (Mt. 17, 4).

Pero después en Getsemaní, Pedro duerme. ¡Y Cristo suda sangre!

Pedro en el patio del sumo Sacerdote. Se está calentando las manos en el brasero. Pero hay una sierva petulante que mira todo: “También tú estabas con Jesús Nazareno”… Y la respuesta acompañada con juramento: “…no conozco a ese hombre”…

Pedro había salido animoso del Tabor, pero a lo largo del incómodo “camino de la cruz”, sus piernas se doblaron.

En realidad toda la vida de Cristo está orientada hacia el Calvario. Pero el camino de la Cruz, el camino de la Muerte desemboca en la Vida. Y la cruz plantada allá arriba es el tono del Cordero.

Sobre el Calvario, se observa, no se razona. Se contempla. Se aprende. “El Verbo se ha hecho carne para manifestársenos Dios”. El es la palabra de Dios: anuncio de Dios, manifestación de Dios. Pero es precisamente aquí cuando nos habla en forma más elocuente. Cristo sobre la Cruz nos anuncia en silencio lo que Dios es y lo que El hace. En sus milagros nos manifiesta el poder de Dios, así como su bondad.

En sus palabras se manifiesta la sabiduría de Dios, el conocimiento que tiene del secreto de los corazones y de la historia, así como su verdad. Pero allí, sobre la cruz, no habla más para enseñar, sino para perdonar y rezar. El Dios trascendente, que sobrepasa todo. No tiene más nada.

El Calvario, por lo tanto, como suprema manifestación de Dios. La Cruz como la más alta cátedra que existe en el mundo.

Es evidente que nuestro conocimiento de Dios será tanto más profundo y completo si vamos al Calvario no como peregrino-espectadores, sino como protagonistas; si no nos limitamos a contemplar la cruz, sino que nos acostamos sobre ella. La pasión es un drama de muerte y de vida que personalmente es revivido en la propia vida, en la propia carne. En todas sus etapas.

Hay un conocimiento glorioso de Dios. Lo tendremos en el Paraíso, gracias al así llamado “lumen gloriae”, del que hablan los teólogos. Sobre esta tierra hay otro conocimiento de Dios, gracias a lo que podemos llamar “lumen crucis”.

El rostro glorioso de Dios lo contemplaremos en el cielo, y el otro rostro, regado de sangre, lo podemos contemplar en esta tierra.

Y nuestro conocimiento (en sentido bíblico) será tanto más profundo y completo si también nuestras espaldas se curvan bajo el peso de la cruz. Si también nuestras manos y nuestros pies llevan el signo inconfundible e indiscutible de los clavos.

De todo lo dicho puede delinearse clara e indiscutible la finalidad del Seminario y responder a la pregunta formulada al comienzo ¿por qué nos encontramos en este lugar?: para aprender a conocer al Cristo de la Cruz.

Que la Virgen María nos enseñe todo esto… Ella que nos ha precedido en este camino.


Mons. Adriano Bernardini,
Nuncio Apostólico



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