|
BODAS DE PLATA SACERDOTALES DE
MONSEÑOR NICOLA GIRASOLI
Palabras de agradecimiento de monseñor Nicola Girasoli, Consejero de
la Nunciatura Apostólica en Buenos Aires antes de la bendición
final, en la misa por sus Bodas de Plata sacerdotales (Iglesia del
Corazón Eucarístico de Jesús,
Buenos Aires, 16 de junio de 2005)
Hermanos y
hermanas:
Permítanme
compartir con ustedes estos sentimientos. Estoy profundamente
agradecido al Señor Jesús por haberme llamado a seguirlo por el
camino del sacerdocio. Hoy se cumplen exactamente los veinticinco
años de haber recibido el Orden Sagrado por la imposición de manos
de Su Santidad Juan Pablo II en la basílica de San Pedro en Roma.
He vivido siempre
con entusiasmo este ministerio, que por pura gracia de Dios he
recibido. Siento en mi interior que, por limitaciones humanas, no he
correspondido perfectamente al inmenso amor que Jesús me entregó y
me sigue entregando; por eso me atrevo a decirle como Pedro: “Señor,
Tú sabes todo, Tú sabes que te amo”.
He nacido en la
pequeña ciudad de Ruvo, cerca de Bari, en tierra de la Región Puglia.
Quiero agradecer profundamente al Señor por mi hogar paterno: mi
padre Miguel y mi madre Ángela que ciertamente me están acompañando
desde el cielo, y a mis tres hermanos, Marianna, religiosa salesiana
de Don Bosco, y a Valerio y Dominga, ambos casados y a sus hijos.
Fui ordenado
sacerdote a los veintitrés años. Después de haber completado los
estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana en Roma y de
prepararme en la Pontificia Academia Eclesiástica, fui llamado al
servicio directo de la Santa Sede.
Quiero elevar mi
oración y pleno agradecimiento al queridísimo y difundo Pontífice,
el Siervo de Dios Juan Pablo II, que me ordenó sacerdote, y expresar
mi profunda, total y renovada obediencia, fidelidad, devoción y
afecto al Papa Benedicto XVI, felizmente reinante.
Hoy tengo el
honor de estar revestido con la casulla que el Papa Juan Pablo II
usó durante su visita a la Argentina en el año 1987, y que donó a la
Nunciatura. Tiene bordado su emblema.
Mi vida
sacerdotal transcurrió en los siguientes países: Indonesia (en
Asia), Australia (en Ocenaía), Roma, en la Secretaría de Estado,
Hungría y Bélgica (en Europa), Estados Unidos y Argentina (en
América).
Es en la
Argentina donde llevo el período más prolongado, cinco años, bajo la
guía y premura de dos Nuncios: Mons. Santos Abril y Castelló y Mons.
Adriano Bernardini, a quienes agradezco su confianza y ayuda. Quiero
tener también un recuerdo muy especial por Mons. Ubaldo Calabresi,
en el primer aniversario de su fallecimiento.
Mi gracias al
Señor por este servicio diplomático y pastoral en esta bendita
Nación Argentina, a la que, por el afecto que he recibido y las
especiales situaciones de trabajo que he encontrado, puedo
considerar, como les ha pasado también a tantísimos extranjeros,
como mi segunda patria.
Agradezco al
cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de esta arquidiócesis, y a
todos los obispos argentinos que me han recibido fraternalmente y de
quienes pude aprender tanto.
A Su Excelencia
Mons. Oscar Sarlinga, le expreso mi sentido ¡gracias! por haber
tenido la amabilidad de pronunciar la homilía. Sus palabras, que sé
no merecer, me han llegado sinceramente al corazón. Cor ad cor
loquitur... retribuyo por lo tanto con verdadero afecto sus
palabras.
Un particular
agradecimiento a ustedes Señores Obispos que esta noche, no obstante
sus múltiples compromisos pastorales, han querido acompañarme en
esta Eucaristía jubilar.
Gracias Mons.
Mario Serra por su paternidad.
Gracias Mons.
Justo Oscar Laguna por su cercanía espiritual.
Gracias Mons.
Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda, por la amistad que
siempre me ha brindado.
Gracias Mons.
José Luis Mollaghan, obispo de San Miguel, por la simpatía con la
que me ha acompañado en estos años.
Gracias Mons.
Guillermo Rodríguez-Melgarejo, obispo de San Martín, especialmente
por la colaboración prestada durante su cargo de secretario general
de la Conferencia Episcopal.
Gracias Mons.
Carlos Humberto Malfa, obispo de Chascomús, por nuestra especial
amistad nacida en Roma durante los inolvidables años de formación en
el Pontificio Seminario Lombardo.
Gracias Mons.
Joaquín Sucunza y Mons. Eduardo Horacio García, Vicario y Pro
Vicario General de esta querida arquidiócesis de Buenos Aires, por
su cordial fraternidad y ayuda eficaz y siempre cercana.
Gracias Mons.
Eduardo María Taussig, Obispo de San Rafael, y Mons. Antonio Marino,
Obispo Auxiliar de La Plata, por las profundas conversaciones
espirituales y teológicas compartidas.
A ustedes
queridos amigos sacerdotes que están aquí rodeando este altar: los
abrazo uno a uno, porque a cada uno de ustedes me une un vínculo de
amistad particular. El afecto que me han demostrado en estos años lo
llevaré siempre en mi corazón y espiritualmente permaneceremos
siempre unidos. Me siento edificado y deudor de todos.
Un cordial
agradecimiento a la Comunidad de las Esclavas del Sagrado Corazón de
Jesús, quienes desde hace cinco años me reciben cada sábado a las 8
y cada domingo a las 9 para la celebración de la Santa Misa y a
todas las Religiosas presentes, entre ellas menciono a la Comunidad
de las Hermanas de Ravasco, las Hijas de María Auxiliadora y las
Hermanas de Schoensttat, que directamente colaboran o han colaborado
con la Nunciatura.
Un saludo
especial al Secretario de Culto, embajador Guillermo Oliveri, y a
las autoridades de la Cancillería Argentina. Un abrazo particular a
los embajadores y a los demás colegas miembros del Cuerpo
Diplomático. Deseo mencionar especialmente al Cónsul General de
Italia, Dr. Plácido Vigo, de mi tierra natal, y al colega Hans Ruedi
Bortis, Consejero de la Embajada de Suiza, que por tantos años han
sido oficial de la Guardia Suiza Pontificia y que conocí cuando
presté servicio en la Secretaría de Estado en Roma.
En esta Iglesia
del Corazón Eucarístico de Jesús he tenido oportunidad de conocer a
muchos laicos con quienes comparto una verdadera amistad. ¡Gracias a
todos por estar aquí esta noche! a Valeria Mazza y Alejandro Gravier,
amigos desde hace unos años, y a todos los que han tenido la
amabilidad de compartir la alegría de mis Bodas de Plata
Sacerdotales. Gracias especialmente a Mons. Antonio Aloisio que con
su característica experiencia y sabiduría ha organizado y dirigido
esta Celebración Eucarística.
Antes de terminar
quiero hacerles una confidencia: ¡Admiro y quiero a la Argentina! A
través de la obra “Historia de la Iglesia Argentina” del Padre
Cayetano Bruno, la primera que llegó a mis manos cuando fui
destinado a Buenos Aires, traté de conocer la historia religiosa de
esta Nación católica a la que vine a servir. Y siguiendo el ejemplo
del Siervo de Dios, Mons. José Canovai, quien ocupó mi cargo
anteriormente, me estimulé para cumplir mi misión como un buen
discípulo.
En estos cinco
años he tenido la oportunidad de visitar casi todas las provincias y
las diócesis y no dejo de admirar la belleza de su suelo, mares y
montañas, así como su arte, música y literatura.
Me ha emocionado
mucho la gente. El pueblo argentino es un pueblo que se hace querer
por su generosidad, solidaridad y hospitalidad. Y como miembro y
servidor de la familia Pontificia, me ha impactado el amor que el
pueblo argentino tiene por el Romano Pontífice.
Termino estas
palabras con una oración a la Virgen Inmaculada, a quien desde niño
aprendí a amar: “Virgen Bendita, a ti te pido que me concedas ser
siempre fiel a la Voluntad de Dios “Fiat Voluntas Tua” hasta el
último instante de mi vida, sirviendo a la Iglesia Santa de Dios.
Amén.
Mons. Nicola Girasoli,
Consejero de la
Nunciatura Apostólica |