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“NUESTRA SALVACIÓN ES LIBERACIÓN DE LA POBREZA A TRAVÉS DE LA
POBREZA DE CRISTO”
Homilía del Nuncio Apostólico, monseñor Adriano Bernardini,
pronunciada el 15 de setiembre en la catedral de Salta, al celebrar
las fiestas del Milagro 2005
Señor
Arzobispo, señores Obispos, señor Gobernador y otras autoridades
civiles y militares, queridos sacerdotes y seminaristas y todos los
aquí presentes:
Debo
en primer lugar, expresar mi alegría por la invitación que me ha
hecho el excelentísimo señor arzobispo de venir a Salta para
participar de la solemne celebración en honor del Señor y de la
Virgen del Milagro. Desde hace tiempo quería venir aquí.
Cuando el Santo
Padre me destinó a la Argentina, viniendo de Oriente pasando por
Roma, me dijo entre otras cosas, que sabía de una ciudad -no
recordaba el nombre- ‘con gente que reza en silencio, que reza
realmente’. Después descubrí que esa ciudad era Salta.
Esta manera de
vivir la propia fe hace mucho honor a esta comunidad y es aún más
hermoso ver cómo en estas celebraciones se encuentra el momento más
significativo alrededor del altar, con la celebración de la
Eucaristía.
Estamos en el Año
de la Eucaristía, es alrededor de ella que nosotros podemos poner la
fundación de nuestra Fe. La vida es vida si se la recibe de Dios en
la Eucaristía.
Nosotros vivimos
con Dios, por Dios y en Dios, esa es la gran realidad de nuestra Fe.
No es un Dios que vive en el cielo solamente, vive permanentemente
dentro de nosotros. Esta es la realidad y belleza de nuestro
cristianismo. Y si nosotros no entendemos o nos olvidamos de esto,
no podemos decir: ‘Yo soy católico’.
Permítanme
algunas reflexiones acerca del tema evangélico, pero particularmente
sobre el tema de la cruz, ignominia para quien no cree en Cristo y
por el contrario, gloria de los cristianos.
Ven cómo en el
cristianismo hay tantas cosas raras, pero cuanto más extrañas, más
reflejan el Evangelio. Cuando nosotros queremos adaptar el Evangelio
a nuestra vida, traicionamos el Evangelio.
En el Calvario se
establecen dos pobrezas, la pobreza radical del hombre, consecuencia
y signo del pecado y la pobreza de Dios que haciéndose carne se ha
vaciado anonadado por nuestros pecados y se ha bajado hasta
nosotros, por nosotros. De este encuentro de dos pobrezas nació
nuestra salvación. Las cosas más grandes de Dios salen de las cosas
más humildes. Nuestra salvación es liberación de la pobreza a través
de la pobreza de Cristo.
En la historia de
la Salvación, como siempre, Dios no falta a su Palabra, su promesa a
Abraham se realiza plenamente en el Calvario. La salvación nos ha
venido a través de un desconcertante misterio de pobreza y
debilidades.
Refiriéndose de
la crucifixión, Juan habla de elevación, lo cual es una
contradicción. Paradójicamente el momento de elevación en la cruz,
es el punto más bajo de la trayectoria de Cristo durante su
encarnación, pero no nos olvidemos de que es el momento de su
glorificación. Cruz de sangre, pero también Cruz de luz. Patíbulo,
instrumento de tortura, ese suplicio es la más grande victoria, su
humillación que significa exaltación.
“Cuando sea
levantado de la tierra, a todos los atraeré hacia mi”, se lee en el
evangelio de Juan. La cruz de Cristo se convierte así, en un colosal
e irresistible imán que anula la fuerza de gravedad del pecado y no
se reactiva en la órbita divina. Esa es la belleza de este
instrumento, que en el mundo romano era el signo de la esclavitud y
máxima pena.
Miremos ahora
nuestra cruz. Si nosotros somos seguidores de Cristo, la cruz que
fue el centro de la vida de Cristo, debe entrar en nuestra vida.
Ahora bien, ¿Cuál es esta cruz? Es muy simple reconocerla, es
aquella que no nos va bien.
La cruz no es un
vestido o un par de zapatos que deben calzar bien. La cruz nunca
está de acuerdo con nuestros gustos y exigencias particulares.
Tampoco a Cristo le andaba bien su cruz, no le caía bien la traición
de Judas, el sueño de sus apóstoles, la conjura de los poderosos, la
fuga de los amigos, la negación de Pedro, el grito feroz de la
multitud.
La cruz para ser
tal, no debe andarnos bien; así esa cruz que se nos desploma encima
en el momento menos oportuno, por ejemplo, una enfermedad que nos
toma cuando tenemos tantas cosas para resolver y nos echa al viento
tantos proyectos... esa es nuestra cruz.
Aquella cruz que
jamás habíamos esperado, aquel golpe vil que nos viene de un amigo,
aquella acusación, aquella calumnia que nos ha dejado sin aliento...
esa es la cruz que nos une a Cristo.
Aquella cruz que
nos parece excesiva, desproporcionada a nuestras débiles fuerzas,
que nos pesa, es precisamente nuestra cruz.
No nos
ilusionemos, la cruz a medida no existe. Para ser cruz debe estar
fuera de la medida, y aquí otro elemento fundamental en la sociedad
de hoy. No se educa, no se forma la sociedad en el sacrificio. Los
padres, los educadores, evitan lo más posible el sacrificio, o por
lo menos el necesario para la formación de sus hijos, y esto no les
hace bien, no los forman sino que los deforman.
Vemos el
sacrificio en un plano social, en la cultura del trabajo. Quien no
está preparado para el sacrificio no está preparado para la vida de
cada día, para el trabajo. La sociedad no puede progresar. Esto no
es sólo un fenómeno espiritual, es un fenómeno que se refleja en
nuestra vida de cada día.
Busquemos,
examinemos, evaluemos atentamente si encontramos la cruz hecha para
nosotros. Si es así arrojémosla fuera, porque esa seguramente no es
la nuestra. Esto no es masoquismo, eso es ver la realidad tal cual
es y tomar al hombre en su naturaleza. Sobre este hombre y esa
naturaleza, construir la persona que vale algo.
Los signos de la
Cruz que es de verdad nuestra son imprevistos, desconcertantes,
disgustos, imposibilidades, inoportunidades. Si se nos presenta como
antipática, desagradable, excesiva, insoportable, no dudemos en
cargarla sobre la espalda. Esa cruz nos pertenece. Por otra parte,
no importa que sea nuestra desde el comienzo, la vida progresa y va
adelante sobre la base de nuestras vivencias, día a día, también del
sacrificio puede salir algo deseable.
El hombre
encuentra su perfección, su totalidad en la realización de si mismo.
Llegara a hacerlo a lo largo del camino, a través de una cierta
familiaridad con el sufrimiento, pero justificada por el sentido que
se descubre poco a poco caminando.
Cuando el
significado no resulta claro, está siempre la fe, que nos invita a
dejarnos conducir con la guía de alguien que sabe. No se puede
marchar sin fe y éste es otro punto que da una base al sacrificio, a
la cruz, y sin el cual no podemos vivir.
Fe quiere decir,
simplemente, saber que Él sabe. Él es nuestro Padre. Y si nosotros
tenemos fe, debemos tener confianza porque Él nos da todo lo que
queremos, Él está con nosotros y sabe lo que es bueno para nosotros.
Nosotros estamos
en la oscuridad. En estas solemnidades, adelante entonces con la
cruz que no nos queda bien, que es nuestra salvación, nuestra
posibilidad de entrar en la dimensión de Cristo, en su plan de
salvación. La cruz que no está hecha a medida es la verdadera Cruz
de Cristo.
Lo que importa no
es que la cruz esté a nuestra medida, sino que nosotros estemos en
la medida de entrar en la dinámica de la Gracia de Cristo. Dios vive
en una dinámica de amor, tenemos que entrar en la misma dinámica de
amor de la Trinidad.
Finalmente,
pidamos la gracia a Maria del Milagro, Maestra de la Cruz, para
conocer lo que quiere Su Hijo de nosotros y nos ayude a seguirlo por
el camino cotidiano, con nuestra verdadera cruz.
Dios no quiere
grandes cosas de nosotros, quiere pequeñas cosas en lo cotidiano. Si
nosotros hacemos bien, encontraremos la unión con Dios. Esta es la
santidad, la unión con Dios que se encuentra en las pequeñas cosas.
Que el Señor los acompañe y que la Virgen esté con todos ustedes y
sobre todo en el corazón de sus familias.
Mons. Adriano Bernardini,
Nuncio Apostólico |