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EN EL AÑO DE DIOS PADRE


Mensaje de los obispos del NOA, dado al término de su reunión anual, 
el 4 de marzo de 1999


Reunidos en Jujuy, bajo el amparo del Santísimo Salvador y de Nuestra Señora del Rosario y Paypaya, los obispos de la región pastoral del Noroeste Argentino hemos celebrado nuestra fe cristiana y hemos revisado nuestra vida y nuestra actividad de pastores, llamados a asumir un modo de vivir que nos asemeje a Aquel que dijo de Sí mismo: ‘Yo soy el buen pastor’.

Compartimos nuestras preocupaciones pastorales en un clima cordial y fraterno. Confiando en el Padre de Nuestro Señor Jesucristo estudiamos nuestro compromiso de sostener la formación permanente de nuestros hermanos presbíteros, próvidos colaboradores de nuestro ministerio, a quienes queremos agradecer su tarea pastoral y empeñarnos con ellos en nuestra propia formación para poder servir con corazón de pastores al Pueblo de Dios que peregrina en el Noroeste Argentino.


No responden al sentir de los fieles

Estudiamos la exhortación apostólica ‘Iglesia en América’ que, como fruto del Sínodo de los Obispos de América, el Santo Padre Juan Pablo II nos regaló el pasado 22 de enero en México, a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe. Queremos agradecer al Papa esta nueva muestra de su preocupación pastoral por esta tierra americana. Descubrimos en ello un gesto que se suma a los muchos de su afecto por todos los americanos y, como argentinos, le agradecemos su acompañamiento a lo largo de su pontificado, no sólo en el ámbito de lo eclesial, sino aun en momentos dolorosos de la vida de nuestra Patria. Estamos convencidos de que los argentinos vemos en él al padre y al amigo. Afirmaciones recientes, por todos conocidas, no responden al sentir de nuestros fieles.

La lectura del documento sinodal nos hizo experimentar la necesidad urgente de renovar nuestro encuentro con Cristo vivo y de reafirmar nuestra disponibilidad de servir a la dignidad y a la vocación de cada uno de nuestros hermanos entregándoles a Jesucristo, su persona y su mensaje en este hoy de la Argentina que, como parte de América, experimenta los desafíos que el Papa señala.

Nos abrimos al llamado de Cristo a la conversión y nos hacemos eco de la misma para decirles con El: ‘El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en el Evangelio’. Esta urgencia de la llamada de Jesús adquiere una actualidad especial en este año en el que experimentamos la proximidad del Gran Jubileo con ansia creciente. Queremos trabajar para que nuestras diócesis sean verdaderos signos de comunión que, formadas en la mesa de la Palabra y de la Eucaristía empiecen y fomenten el encuentro de todos los miembros del Pueblo de Dios con Jesucristo, en el respeto de la pluralidad y de la diversidad que no obstaculizan la unidad, sino que le confieren un carácter de comunión.


Un espacio de libertad

Siguiendo la misma exhortación apostólica, compartimos nuestra preocupación por la cuestión educativa. Advertimos que es necesario que nuestras provincias avancen con rapidez y firmeza en una transformación educativa respetuosa de la dignidad de la persona humana, recordando que, ‘de la dignidad del hombre en cuanto hijo de Dios nacen los derechos humanos y las obligaciones’, por ello, la dimensión religiosa está inscrita en lo más profundo de la condición humana. Ignorarla es un atropello a la persona y a la sociedad. A partir de allí, afirmamos que no corresponde marginar la enseñanza de la religión de nuestras aulas.

Recordamos que ‘la Iglesia necesita un espacio de libertad en el campo de la enseñanza, lo cual no debe entenderse como un privilegio, sino como un derecho, en virtud de la misión evangelizadora confiada por el Señor. Además, los padres tienen el derecho fundamental y primario de decidir sobre la educación de sus hijos y, por este motivo, los padres católicos han de tener la posibilidad de elegir una educación de acuerdo con sus convicciones religiosas. La función del Estado en este campo es subsidiaria. El Estado tiene la obligación de garantizar a todos la educación y la obligación de respetar y defender la libertad de enseñanza.


Cifras alarmantes

La exhortación postsinodal recuerda: ‘Dios escucha el clamor de los pobres y la Iglesia ha de estar atenta al clamor de los necesitados’. Ha resonado en nuestros corazones el clamor de los pobres de nuestras comunidades. Nuestras provincias tienen entre sus habitantes importantes sectores de su población, que en algunas zonas llegan a cifras alarmantes, con sus necesidades básicas insatisfechas. Agrava esta situación el elevado y creciente desempleo y la inseguridad social.


Justicia, honestidad y trasparencia

Creemos que, así como una deuda externa que agobia a nuestros países, la deuda interna para con las regiones del interior es real y es un deber de justicia saldarla. Duele constatar que por motivos político-partidarios, el juego de fuerzas de poder grave sobre provincias o municipios afectando siempre a los más pobres. Exhortamos a los responsables de la administración pública y a las fuerzas empresariales y profesionales a responder a las exigencias del bien común y a los administradores de los fondos de acción social a ser honestos y estrictos en la equitativa distribución de los mismos. La justicia social, la honestidad y la transparencia son presupuestos indispensables para una vida social pacífica que sostenga el sistema democrático.

Pedimos y exhortamos a todos los dirigentes, muchos de ellos católicos, a no sucumbir a la tentación de usar a las personas como ‘clientes’ a quienes se pretende engañar con fáciles promesas. El servicio a los pobres ha de ser fiel reflejo de la actitud de Jesús. Ofender a los pobres es ofenderlo a El, que se identifica con los más necesitados. Sólo una respuesta de laboriosidad, solidaridad y honestidad que ataque toda forma de corrupción destructora de la vida social será digna de nuestra patria, de nuestros hermanos necesitados, de nuestra fe y de nuestra condición humana. Todos los cristianos debemos sentirnos interpelados por la gravedad de la hora. No hemos de escatimar esfuerzos por ‘establecer un orden económico en el que no domine sólo el criterio del lucro, sino también el de la búsqueda del bien común, la distribución equitativa de los bienes y la promoción integral de los pueblos’.

En el año del Padre de las misericordias, caminamos hacia el umbral del tercer milenio y queremos encontrarnos con toda la Iglesia con Cristo vivo para ser instrumentos de encuentro del Señor con nuestros hermanos. Queremos estar abiertos a la comunión y a la solidaridad y empeñarnos en la nueva evangelización. Con esperanza y gratitud invitamos a nuestros sacerdotes, a nuestros consagrados y consagradas y a todos los laicos a vivir según el Espíritu, conscientes de las exigencias del Evangelio y de nuestras obligaciones con los hermanos, alcanzando la fuerza de la gracia indispensable para perseverar en el bien.

Ponemos nuestra diócesis en el Corazón de María, hija amada del Padre, la Virgen del Magníficat y saludamos a cada uno de nuestros hermanos en la Paz de Jesús Resucitado.


Mons. Moisés Blanchoud, (Salta), Mons. Mario Cargnello (coadjutor Salta), Mons. Antonio Baseotto (Añatuya), Mons. Elmer Miani (Catamarca), Mons. Bernardo Witte (Concepción), Mons. Marcelo Palentini (Jujuy); Mons. Cipriano García Fernández (Cafayate) Mons.Pedro Olmedo Rivero (Humahuaca), y Mons. Domingo Michelini (Santiago del Estero).


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2204, del 17 de marzo de 1999


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