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LA DEUDA
ARGENTINA A LA LUZ DEL AÑO JUBILAR
Intervención del arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, en la
apertura de la Audiencia Pública celebrada en el Salón Azul del Senado
de la Nación, el 22 de agosto del año 2000.
Es reconfortante que el Congreso Nacional haya
respondido a la iniciativa del grupo "Parlamentarios para el
Jubileo", suscitado a su vez por la exhortación del papa Juan Pablo
II expresada en su Carta Apostólica «Tertio millennio adveniente». El
punto de ese documento que hoy motiva nuestra reunión es el referido a la
deuda externa internacional y es conveniente recordar cómo lo plantea
textualmente Papa. Dice así, en la sección pertinente del párrafo 51:
«...En el espíritu del Libro del Levítico (25, 8-28), los cristianos
deberán hacerse voz de todos los pobres del mundo, proponiendo el Jubileo
como un tiempo oportuno para pensar entre otras cosas en una notable
reducción, si no en una total condonación, de la deuda internacional,
que grava sobre el destino de muchas naciones».
El año jubilar era declarado santo, es decir,
consagrado a Dios Creador del universo y Señor del tiempo. Las
prescripciones establecidas por la ley no eran meras determinaciones
económicas y sociales, sino que expresaban el sentido de la fe bíblica y
de sus exigencias; manifestaban que la tierra pertenece a Dios, el único
verdadero propietario, y que los hombres son, en realidad, extranjeros y
huéspedes en ella. Si el Señor de la historia ha liberado a su pueblo de
la esclavitud y le ha dado una tierra en posesión, cada uno de sus fieles
está llamado a imitar la generosidad de Dios en su actitud para con los
dependientes y desposeídos. De allí que la intencionalidad objetiva del
año jubilar se dirigiera a restablecer cierta igualdad entre los miembros
del pueblo de Dios, otorgando una nueva oportunidad a los que habían
perdido su propiedad y hasta su libertad personal. Proclamaba también la
necesidad de un gobierno justo, el cual según la tradición bíblica
consiste sobre todo en la protección de los débiles. La preocupación
por los pobres, por los que habían quedado sin recursos propios,
inspiraba también la prohibición de la usura.
Los principios teológicos y éticos que fundaban el
ideal del año jubilar fueron retomados por los profetas. Ellos
vislumbraron un año de gracia, un tipo de liberación que va mucho más
allá del retorno de la propiedad a sus primitivos poseedores y de la
remisión de las deudas. En el Libro de Isaías (61, 1-2), leemos: «El
espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Él
me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones
heridos, a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los
prisioneros, a proclamar un año de gracia del Señor».
Jesús se aplicó a sí mismo el texto de Isaías al
declarar solemnemente: «Este pasaje de la Escritura se ha cumplido hoy»
(Lucas 4, 2l). Siguiendo sus huellas, la Iglesia ha hecho una
«relectura» del año jubilar interpretándolo en el contexto del tiempo
inaugurado por el Mesías, nueva dispensación vigente hasta el fin de la
historia. En el ejercicio de su misión evangelizadora, la Iglesia propone
una justicia superior: la del Reino de Dios. Como lo explicó el papa
Pablo VI, ella ofrece la salvación a todos los hombres, no una salvación
puramente inmanente, a medida de las necesidades materiales e incluso
espirituales que se agotan en el cuadro de la existencia temporal, sino
una salvación que desborda esos límites para realizarse en la comunión
con Dios; una salvación que comienza ciertamente en esta vida, pero que
tiene su cumplimiento en la eternidad (cf. «Evangelii nuntiandi», 27).
Esto no significa que la obra de la evangelización pueda o deba olvidar
las cuestiones extremadamente graves, tan discutidas hoy en día, que
atañen a las relaciones de justicia y de solidaridad entre las personas y
las sociedades, y que deben ser juzgadas y orientadas en referencia al
orden moral.
La enseñanza del Evangelio acerca del amor al prójimo
que sufre o padece necesidad, inspira y anima la preocupación social de
la Iglesia, que ha sido plasmada conceptualmente en un cuerpo doctrinal.
Ella se refleja también en la propuesta de celebrar como un Gran Jubileo
el bimilenario del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo y en el
carácter inseparable que atribuye a sus dos dimensiones, temporal y
espiritual.
El contexto religioso en que el Papa ha ubicado el tema
de la deuda demuestra por sí mismo que no se trata de una cuestión
eminentemente económica ni comercial, sino que en ella van involucradas
sobre todo consideraciones propias de la ética y de la teología moral, y
que inciden directamente sobre el derecho internacional.
En efecto, ya desde tiempo antes la Iglesia ha venido
advirtiendo acerca del sentido perverso que la deuda internacional
comenzó a adquirir cuando sus términos se apartaron manifiestamente de
la justicia, al alterarse la relación original entre acreedores y
deudores. Me refiero a la modificación unilateral de los intereses
aplicada por los acreedores, medida viciosa que engendró otros males
gravísimos.
En 1986 la Pontificia Comisión Justicia y Paz se
expidió sobre el tema de la deuda internacional a través de un documento
titulado «Al servicio de la comunidad humana: Una consideración ética
de la deuda internacional». Allí se afirma expresamente que el total de
la deuda daña gravemente la economía y el nivel de vida de los países
en desarrollo, y que en este cuadro los reembolsos exigibles cada año
constituyen el factor más grave. Y cual consecuencia de lo dicho, señala
textualmente que «otros comportamientos deberían ser examinados, como la
aceptación de moratoria, la remisión parcial o incluso total de las
deudas».
Un año después, en su encíclica «Sollicitudo rei
socialis», el papa Juan Pablo II se refirió a la cuestión en términos
esclarecedores que me permito repetir:
"La razón que movió a los países en vías de
desarrollo a acoger el ofrecimiento de abundantes capitales disponibles,
fue la esperanza de poderlos invertir en actividades de desarrollo. En
consecuencia, la disponibilidad de los capitales y el hecho de aceptarlos
a título de préstamo pueden considerarse una contribución al desarrollo
mismo, cosa deseable y legítima en sí misma, aunque quizás imprudente y
en alguna ocasión apresurada".
"Habiendo cambiado las circunstancias en los
países endeudados como en el mercado internacional finianciador, el
instrumento elegido para dar una ayuda al desarrollo se ha transformado en
un mecanismo contraproducente. Y esto ya sea porque los países
endeudados, para satisfacer los compromisos de la deuda, se ven obligados
a exportar los capitales que serían necesarios para aumentar o incluso
mantener su nivel de vida, ya sea porque, por la misma razón, no pueden
obtener nuevas fuentes de financiación indispensables igualmente".
"Por este mecanismo, el medio destinado al
desarrollo de los pueblos se ha convertido en un freno, por no hablar de,
en ciertos casos, hasta de una acentuación del subdesarrollo".
En 1989, la conferencia episcopal de los Estados Unidos
de América produjo un documento de título tan extenso como elocuente:
"Alivio de la carga de la deuda del Tercer Mundo. Llamamiento a la
corresponsabilidad, la justicia y la solidaridad", y allí expresaba:
"Hace tres años comenzamos nuestra carta pastoral llamada Justicia
económica para todos, exponiendo tres criterios fundamentales por los que
creemos que debería medirse una economía: ‘Cualquier perspectiva
humana, moral y cristiana sobre la vida económica necesariamente se
configura a partir de tres preguntas: ¿Qué hace la economía por el
pueblo?; ¿cómo afecta la economía al pueblo?, y ¿cómo participa el
pueblo en ella?’ Entre las cuestiones de política pública que
examinamos a la luz de estas tres preguntas figuró la de qué hacer
acerca de la deuda de los países en desarrollo (...). Instamos a nuestros
banqueros comerciales, incluidos muchos que son católicos, a que
comprendan y acepten la corresponsabilidad para la solución de este
urgente y crucial problema (...). Instamos a los banqueros estadounidenses
a que den más prioridad a las consideraciones de la justicia y la
corresponsabilidad que a la pérdida o ganancia financiera a corto
plazo".
En 1991, en su encíclica "Centessimus
annus", dice Juan Pablo II: "No se puede pretender que las
deudas contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables", sino
que es necesario encontrar soluciones "compatibles con el derecho
fundamental de los pueblos a la subsistencia y al progreso".
Y para concluir con estas citas demostrativas de la
preocupación de la Iglesia por la deuda internacional, que han hecho de
ésta uno de los temas centrales del año jubilar, también Juan Pablo II
expresó el 3 de noviembre de 1999 que "es necesario aplicar una
ética de la supervivencia que regule las relaciones entre acreedores y
deudores, de manera que el deudor en dificultades no se vea presionado por
un peso insoportable (...). Hoy, en el contexto de la economía
globalizada, el problema de la deuda internacional se hace todavía más
espinoso, si no queremos afrontar una catástrofe general".
La Argentina no se encuentra de ninguna manera fuera de
las consideraciones que la Iglesia ha venido formulando sobre la
peligrosidad e injusticia contenidas en el problema de la deuda externa.
Por el contrario, los intereses que por ese concepto paga nuestro Estado
Nacional alcanzan al 18,8 por ciento de su Presupuesto General, con un
crecimiento continuo que vuelve cada vez más dificil aplicar remedios a
la desocupación y al empobrecimiento colectivo.
No es posible desconocer la gravedad de la deuda
externa argentina, ni es legítimo intentar disimularla señalando otros
aspectos de la realidad económica. Tales actitudes no sólo cooperan con
el mantenimiento de una situación moral y jurídicamente inaceptable,
sino que también llevan al fatal incumplimiento con los acreedores,
quienes, si seguimos por este camino, no encontrarán en los deudores ni
aquella clásica libra de carne humana que reivindicaba el hasta ahora
más famoso de todos los usureros.
En buena hora aumenten las exportaciones, funcione
mejor el sistema tributario y vuelvan al país los capitales emigrados,
pero nada de ello sucederá sin que antes la Argentina asegure para sus
habitantes niveles de vida más elevados, porque sólo así se
reiniciarán la actividad productiva, el trabajo para todos y los modos de
convivencia honesta propios de un pueblo desarrollado y en paz.
Suele escucharse, sin embargo, una interpretación
según la cual, tanto la Iglesia como los Estados de naciones
desarrolladas y organismos internacionales que han encarado la reducción
de la deuda de algunos países especialmente empobrecidos, no se refieren
ni siquiera tangencialmente a la Argentina. Desde luego que muchas
comunidades nacionales han sido más duramente castigadas por la deuda y
otros flagelos, cosa que no nos alivia de nuestros males. Pero es
sugestivo comprobar que los perdones recaídos sobre esos pobrísimos
deudores coinciden con el punto en que los pagos exigidos excedían ya los
recursos disponibles, es decir, cuando ya no podían seguir pagando.
¿Pueden la Argentina y sus países hermanos de
América Latina considerarse definitivamente a salvo de destino semejante
cuando su deuda conjunta ha evolucionado en abierta contradicción con el
principio jurídico y moral que establece relaciones racionales entre lo
pagado y lo debido? Recordemos que la deuda externa de América Latina,
constituida cuando la fiebre de los petrodólares, ascendía en su origen
a 300.000 millones de dólares, pagados desde entonces por lo menos dos
veces como consecuencia de los cambios unilaterales de tasas y de los
anatocismos sobrevinientes, pese a lo cual en 1999 la deuda subsistía,
pero hipertrofiada a un volumen de 750.000 millones de dólares.
Una pesada lápida amenaza caer sobre nosotros
sepultando nuestro propósito y deber de constituir efectivamente una
Nación libre, justa y soberana. Ya puede adivinarse la inscripción
mortuoria: "Aquí yace la República Argentina. Vivió pagando,
murió debiendo".
No corresponde a la Iglesia aportar las soluciones
técnicas al problema de la deuda externa, pero sí recordar a políticos
y economistas la obligación que les corresponde de dedicar sus esfuerzos
a las cuestiones concretas que afectan a los pueblos. La deuda externa es
causa de profundos sufrimientos humanos, intensificados a menudo por
frustraciones personales, desintegración familiar y pérdida de los
hábitos de trabajo, consecuencias muy unidas a la desocupación y a la
subocupación prolongadas y a la carencia crónica de recursos. Dios
bendiga las iniciativas que surjan en esta jornada, capaces de aportar
orientaciones válidas, e ilumine también a los legisladores para que
asuman plenamente el mandato patriótico y constitucional de adoptar
decisiones fundamentales sobre la deuda pública. Con todo el respeto que
merecen los Representantes del pueblo y de nuestras Provincias, les digo:
Apuren las iniciativas que tienen a su consideración, elaboren fórmulas
congruentes con la magnitud del problema, y háganlo pronto, conscientes
de que no habrá paz ni amistad social duraderas mientras se desconozca la
justicia y se olvide la caridad.
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2297, del 27 de diciembre de 2000
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