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La
deuda externa y la convocatoria papal
Intervención del
arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, en la Audiencia Pública
celebrada en la Legislatura de la provincia de Buenos Aires
el 10 de octubre de 2000.
Es posible que sea la Argentina uno de los países en
los cuales ha hallado eco más claro la convocatoria formulada por el papa
Juan Pablo II, al anunciar el Jubileo del Año 2000, para que se procure
una solución al gravísimo problema de la deuda internacional. Esta
audiencia pública de la Legislatura de Buenos Aires, como antes la
similar celebrada en el Congreso de la Nación y las que se anuncian en
otras provincias, manifiestan a la vez una toma de conciencia sobre el
tema y una inquietud docente para que, también en esta oportunidad
histórica, el pueblo sepa de qué se trata.
No es poca cosa en un ambiente donde la mayoría de los
medios de comunicación social, faltando a sus obligaciones éticas de
informar con veracidad a la opinión pública, intentan propagar un
optimismo suicida sobre la naturaleza de nuestra deuda externa,
presentándola como una cuestión menor de la cual no se debe hablar
porque sólo si nos ocupamos de ella puede volverse peligrosa.
Pero su peligrosidad no logran ocultarla ni la
conspiración del silencio ni los sofismas de ciertos economistas cuando
un documento público como el Presupuesto General de la Nación detalla
explícitamente que en el año 2001 el Estado deberá desprenderse de
11.143 millones de dólares para pagar intereses de deuda y otros 18.457
millones para amortizaciones de la misma, suma esta última que se espera
integrar con nuevos endeudamientos, llamados, creo que eufemísticamente,
"fuentes financieras".
Tales cifras deben ser consideradas en un cuadro
general caracterizado por una desocupación creciente, por la anemia de la
actividad económica en los sectores de clase media y por la falta de
recursos que afecta a los poderes públicos, impidiéndoles prestar con
eficiencia servicios elementales como los requeridos para garantizar la
seguridad, la salud y la educación de los habitantes del territorio
argentino.
He señalado que quizás sea nuestro país uno de los
ámbitos donde mayor atención se ha concedido a las exhortaciones
pontificias; sin embargo, habrá quienes objeten que esos mensajes fueron
mejor escuchados en los casos de cuarenta y un países, calificados como
pobres y altamente endeudados, a quienes sus acreedores han acordado
reducciones o remisión de sus obligaciones. En realidad, ha ocurrido
allí todo lo contrario de lo que pide el Papa: esas desdichadas naciones,
en parte principal a causa de sus deudas hipertrofiadas por la usura,
llegaron al punto final de sus posibilidades de pago y aun de su
subsistencia material, con la que nada les queda ya para entregar.
La Argentina no tiene por qué rodar hasta un abismo
similar para decidirse a asumir el problema de la deuda externa y
emprender las vías de solución o por lo menos sensible mitigación que
le ofrece el orden jurídico internacional. No sería prudente ni justo
arrastrar miserias crecientes hasta desembocar en una imposibilidad de
pago, a la cual tal vez se quisiera disimular con la apelación a nuevos
endeudamientos, que serían otros tantos descensos en el círculo perverso
de la inequidad social y la desintegración nacional.
Por ello, es obligación de todo cristiano
comprometerse, cada uno en la medida de sus posibilidades, no solamente
con las medidas de justicia que se instrumenten para lograr la solución
del problema de la deuda externa, sino también para modificar las
condiciones que la hicieron posible.
En efecto, esta deuda externa ha aumentado con un ritmo
propio, independiente de las necesidades humanas, pero sujeta a
contabilidades subordinadas a los nuevos ídolos de la economía,
llámeselos globalización, mercados, o como se guste. Para que ello haya
sido posible, tuvo que haberse registrado antes un acostumbramiento al
concepto de que la economía se desenvuelve de acuerdo con leyes propias,
más semejantes a las de la física y de la química que a las de la
psicología y de la ética. Para usar una expresión en boga, todo sería
cuestión de que los "números cierren". Unos números que, de
ser signos, pasan a transformarse en seres con vida propia.
John Maynard Keynes, en su Teoría general sobre el
empleo, el interés y la moneda, afirma que es preciso reivindicar con
honor la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre la usura, una doctrina
que la escuela clásica ha repudiado como absurda y pueril, pero que
adquiere mayor relevancia y actualidad a medida que se constatan las
consecuencias nefastas de una economía prevalentemente dineraria. Esta
posición de la moral católica se basa en una recta consideración del
dinero, puro instrumento de medida del valor de los bienes, privado de
valor intrínseco y referido esencialmente al trabajo, fuente prioritaria
de la producción de riqueza. Cuanto más se reconoce al dinero fertilidad
y productividad intrínsecas, tanto más se debilita la primacía del
trabajo, el cual resulta tiranizado por el poder del capital financiero
desvinculado de los riesgos de la producción. Estos principios
constituyen una fuente genuina de inspiración para emprender la necesaria
reforma del sistema financiero internacional y el desmontaje de la
maquinaria siniestra de una economía de especulación.
Los economistas manchesterianos hablaban de la
"mano invisible" para significar que se debe dejar la marcha de
la economía librada a sí misma, sin interferencias de acciones
conscientes humanas. Los sucesores de esta escuela no modificaron la
esencia de sus enseñanzas, que el famoso antinatalista Robert Malthus
interpretó como una ciencia sombría, a la cual, sin embargo, rendía su
homenaje.
Sombría, en efecto, debe ser una interpretación de la
actividad productiva del hombre que considera precisamente al hombre un
instrumento, una tuerca dentro de un engranaje, y no un objetivo con valor
en sí mismo. Una teoría económica, por consiguiente, que no tiene como
prioridad la satisfacción de las necesidades podrá obtener quizás con
su aplicación coherente la generación de bienes abundantes y de
tecnologías maravillosas, pero fracasará en cuanto a la distribución
justa de esos frutos y en cuanto a utilizarlos como elementos de orden y
progreso en la sociedad. Lejos de ello, la acumulación de riqueza en unos
sectores, confrontada con las carencias externas de las mayorías
populares, enciende la lucha de clases y abre el camino de la
disgregación y de los totalitarismos.
Así lo precisaba el papa Juan Pablo II cuando expresó
ante la Conferencia Episcopal de Méjico estas palabras igualmente
aplicables a nuestra situación argentina: "La crisis económica tan
extendida y la carga de la deuda externa afectan profundamente a las
gentes de vuestro país, obstaculizando en gran medida el justo desarrollo
a que aspiran y que les es debido. No se trata ahora de ahondar en los
conflictos sociales que aquejan a la sociedad mejicana, sino de promover
una sociedad solidaria, en la que se compaginen legítimamente las
exigencias económicas con el respeto a la dignidad del hombre; en la que
se reconozca sin ambages la prioridad del ser humano sobre los
instrumentos de producción, sin sacrificar la eficacia de los métodos
económicos, pero que tenga en cuenta la prioridad de los valores
éticos".
Conozco las dificultades con que se tropezará en la
urgente tarea, que está aún por acometerse, de procurar el remedio para
los males que esta hipertrófica deuda externa provoca en la sociedad
argentina. Me gustaría, con todo, que se tratara, en realidad, de
oportunidades ofrecidas a los dirigentes políticos y sociales para que
demuestren su entrega al servicio del bien común. La construcción de un
orden justo que nos aleje definitivamente de los modelos inhumanos
requiere muestras cabales de ejemplaridad personal, porque no se trata de
cambiar de manos invisibles, sino de que las responsabilidades concretas
se asuman a la luz del día, sin omisiones ni disimulos.
En el tema de la deuda externa, además, brota la
ocasión de demostrar que las formas de "pensamiento único" con
las cuales se pretende amodorrar el juicio crítico de nuestro pueblo no
han de prosperar, pues, a pesar de lo refinado de sus métodos, están
llamadas a estrellarse contra la solidez de la verdad. Y una vez más se
podrá decir, con el aval de la experiencia y con la autoridad del
Evangelio, que sólo la verdad nos hace libres.
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2297, del 27 de diciembre de 2000 |