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La
esperanza de una Argentina posible
Alocución del arzobispo de
La Plata, monseñor Héctor Aguer,
en la conmemoración del 185º Aniversario de la Independencia
Nacional,
celebrada en la basílica de San Ponciano, el 9 de julio de 2001.
El aniversario de la declaración de nuestra independencia parece estar,
por el momento, a salvo del olvido. Lo celebramos conmovidos por graves
inquietudes que perturban el debido regocijo y excitan un sentimiento de
nostalgia. No se advierte ya en las fiestas de julio la efusión de aquel
hondo entusiasmo colectivo que caracterizaba a las conmemoraciones de
antaño, como si el talante de reciedumbre cívica que corresponde exhibir
en estos días se hubiera ido debilitando en el curso de la trayectoria
vital de nuestro pueblo. Permanece el Te Deum, y esta plegaria tradicional
de acción de gracias sobresale espontáneamente como el gesto central de
la jornada. Venimos a implorar: «Descienda tu misericordia, Señor, sobre
nosotros, como lo hemos esperado de ti»; y declinamos en plural el
último versículo de este himno: «En ti esperamos, Señor, no quedemos
defraudados para siempre».
Es oportuno recordar que
once de los treinta y nueve representantes que firmaron el acta de nuestra
independencia eran sacerdotes. Son bien conocidos sus nombres ilustres;
todos ellos designan calles de la capital de la República, y sin embargo
no es siempre notoria su condición sacerdotal: Fray Cayetano y el Dr.
Antonio Sáenz; Acevedo y Colombres; Castro Barros y Miguel del Corro;
Gallo y Uriarte; Aráoz y Thamés; Fray Justo Santa María de Oro. Habría
que sumar otros dos congresales: Pacheco de Melo y Sánchez de Loria... Un
historiador ha señalado que esta presencia de hombres de iglesia en el
Congreso de Tucumán no se explica sólo porque integraban el sector más
culto de la sociedad, sino porque muchos debieron ver en el sacerdote
el último baluarte a donde refugiarse en horas de tanta indecisión y de
tan evidentes peligros. Y concluye con este expresivo
argumento: El clero, que, por
razones ascéticas es optimista, extendió aquella mano misteriosa que
llamamos esperanza.
Quisiéramos estar a la
altura de aquellos varones patriotas para proclamar la esperanza de una
Argentina posible. Quisiéramos contemplar reverdecido en todos los hijos
de esta tierra el temple anímico que distingue al hombre que se nutre de
esperanza: la fortaleza, la magnanimidad de quien se lanza al cumplimiento
de una vocación, a la conquista de un destino apetecible; la valentía
serena para afrontar las dificultades y los riesgos. Los cristianos
recibimos el don de una esperanza más alta. Más allá de todas las
cumbres deseables, aspiramos a alcanzar un bien divino: la posesión de
Dios, la vida eterna. Pero así como el amor sobrenatural de caridad asume
bajo su influjo, purifica y transfigura los legítimos afectos humanos,
también la gracia de la esperanza teologal es capaz de comunicar lozanía
al mustio plantío de nuestras esperanzas temporales. Apoyados en la
omnipotencia misericordiosa del Señor, esperamos la realización presente
y futura de la Argentina como un bien arduo y posible. Nosotros, que
reconocemos no tener aquí abajo ciudad permanente y que buscamos la del
cielo (cf. Hebreos 13, 14), amamos la existencia de esta patria carnal y
anhelamos sea un reflejo anticipado de la eterna. Las fuentes de esta
esperanza están en Dios y en nosotros; no se trata de sentarse a esperar,
sino de lanzarse a la acción.
La declaración de la
independencia significó en su momento una de esas decisiones
trascendentales en que se da sentido a la vida arriesgándolo todo. El
movimiento americano que propugnaba la autonomía había quedado reducido
a la región del Río de la Plata y se veía amenazado por un nuevo orden
internacional manifiestamente hostil. Nuestro Congreso de Tucumán asumió
su sentido de responsabilidad en grado heroico. La independencia
proclamada el 9 de julio de 1816 no se limitaba a los rioplatenses, sino
que se extendía a todas "las Provincias Unidas en Sudamérica",
clara demostración de que se encaraba una política internacional
desbordante, cuyo alcance no podía reconocer todavía fronteras. Actitud
muy distinta de la que hoy nos suele ser recomendada bajo el rótulo de globalización:
el sacrificio de la soberanía nacional en tributo a un cosmopolitismo de
signo puramente financiero. Lejos se encuentra esta propuesta de un
auténtico orden internacional basado en el derecho y la justicia, un
mundo de patrias donde cada parte concurra con sus valores específicos a
formar un bien universal común. Es, por otro lado, el criterio que
aplican los países centrales, los cuales, como sabemos, no abdican de sus
intereses nacionales ni hacen ofrenda de sus políticas de Estado en
homenaje a globalización ninguna.
Tal es la enseñanza
provechosa que puede impartirnos la actual coyuntura internacional. Para
darle debida aplicación no bastan, empero, las buenas intenciones. Será
preciso también revivir el espíritu de patriotismo militante que
evocamos en esta fecha. Lamentablemente, mientras se desarrollan
ceremonias como ésta en que participamos, por todo el territorio
argentino cunden un desaliento y una sensación de peligro que algunos
reducen al cómputo del "riesgo país". En verdad, lo que debe
angustiarnos es la certeza de que el nuestro es un "país en
riesgo", en riesgo de disolverse en el nuevo desorden global y en la
miseria espiritual y material, de quedar sin independencia ni bien común.
Lo que está en peligro es
la obra consumada el 9 de julio de 1816, y esta circunstancia es oportuna
para recordar que en aquella fecha se resolvió un conflicto que desde
seis años antes corroía a nuestra sociedad política: la contradicción
entre la autoridad formal y la autoridad efectiva. En rigor, la autoridad
es un fenómeno político en el cual el gobernante ejerce el poder en
razón de que los gobernados le reconocen virtud y eficacia para ello.
Desde 1810 se gobernaba formalmente en nombre de un Rey que luego de
retornar al trono exhibía completa indiferencia por sus súbditos
americanos, salvo para reclamarles una obediencia ciega que las
circunstancias habían vuelto imposible. Creía el monarca que la mera
ostentación de sus títulos formales al mando político equivalía a la
posesión de esa autoridad hecha de virtud y de eficacia que los súbditos
-lo hemos dicho- deben observar para conceder su obediencia.
Por su parte, los nuevos
gobiernos patrios desconfiaban de sí mismos en cuanto a la legitimidad de
sus títulos, pero la gestión cotidiana de los intereses colectivos les
fue convenciendo de que la autoridad sólo formal del Rey no era, en el
fondo, autoridad. De manera ordenada, con asambleas y congresos, y
también entre violencias y tumultos, la cuestión se resolvió aquel 9 de
julio al ponerse fin a la ambigüedad con la declaración de la
independencia, que reunía las formas y la sustancia de la autoridad en la
naciente soberanía de las Provincias Unidas en Sudamérica.
También existían entonces
amenazas interiores para la integridad del nuevo Estado, que perdieron
mucho de su peligrosidad con el acto de la independencia. Y a nosotros nos
afligen asimismo situaciones que contienen causas de posible disgregación
nacional. Algunas de ellas, es verdad, vienen desde afuera, montadas en la
globalización, réplica contrahecha del orden internacional. Por ceder
frívolamente a ella, se han intensificado en el país gravísimos
problemas de desempleo, pobreza e inseguridad. Los mismos han alcanzado ya
niveles que resultan insoportables para quienes los padecen, y, cuando
alcanzan a sobrellevarlos, les hacen experimentar un amargo sentimiento de
injusticia. Es relativamente extraño que en semejante clima social las
reacciones de protesta no hayan resultado más violentas aún que las
producidas en las pasadas semanas. Pero la prolongada paciencia e
impotencia de tantos sectores sociales castigados no garantizan la
continuidad tranquila de la situación actual. Cuando el poder político
ha dejado de identificarse ante los gobernados con la autoridad efectiva,
queda despojado moralmente de los atributos del mando y se presentan las
crisis de legitimidad, con las consiguientes oportunidades para que las
protestas justificadas sean instrumentadas por quienes no son sus
auténticos protagonistas, y se tornen así en desórdenes catastróficos.
En este 9 de julio, como en
el de 1816, se trata de proclamar la esperanza de una Argentina posible,
de reconocer con unánime convicción y sentimiento que el nuestro es un
país viable, pero que no lo es como un hecho de la naturaleza, sino en
cuanto permanencia de un acto de decisión virtuoso, activo, poderoso para
obrar, de todos sus ciudadanos, especialmente de sus gobernantes. Éstos
deben aceptar con humildad que la sola autoridad formal de sus cargos y
del ordenamiento legal que se los atribuye no es suficiente para la
responsabilidad que pesa sobre ellos. Les corresponde restituir autoridad
a su poder, demostrar con sus acciones lo que en sus palabras sobreabunda,
asumir riesgos propios del que manda.
Dios no es argentino, como
tantas veces se ha dicho con picardía injuriosa o para cubrir nuestra
indolencia. Es el Creador todopoderoso y Padre de todos los pueblos, que
nos ha colmado de ingentes beneficios y que se manifiesta en los peligros
como la roca firme de nuestra esperanza. La apacible exaltación que
proporciona la esperanza nos anima a recoger las enseñanzas de la
historia para corregir las deficiencias del presente. Que no sea este 9 de
julio una formalidad de protocolo, sino una llamada vibrante a las
conciencias de todos los argentinos. Porque todos tenemos la posibilidad y
la obligación, en nuestro empeño cotidiano, de asegurar el rumbo de la
Patria. Ése es el servicio leal y generoso que nuestra piedad le debe.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2328 del 1 de agosto de 2001 |