Artículo escrito por el arzobispo de La Plata,
monseñor Héctor Aguer y publicado en el diario «El Día», el 18 de
agosto de 2001, en ocasión de realizarse en la capital bonaerense el XVI
Encuentro Nacional de Mujeres Autoconvocadas.
De la Revelación bíblica, de las primeras páginas
del Libro del Génesis, procede un dato antropológico fundamental: la
creatura humana es imagen viva de Dios; ha sido plasmada a semejanza del
Creador. Esta afirmación no se refiere sólo al hombre, al ser humano
genéricamente considerado, sino que vale para la dualidad concreta
varón-mujer: en la riqueza de esta duplicidad y en la consiguiente
«unidad de los dos» se expresa en plenitud la imagen divina. Mujeres y
varones son iguales en dignidad y derechos; son también diferentes, pues
se distinguen en el orden biológico y psicológico (cada uno exhibe su
índole, genio o personalidad peculiar: masculina o femenina), y están
destinados a complementarse en un don recíproco, en una comunión estable
de amor y de vida.
El trato de inferioridad que la mujer ha recibido a lo
largo de la historia, las injusticias que ha sufrido y las que
desgraciadamente conservan aún vigencia en nuestra época, constituyen
una degradación de la relación originaria. Cuando el varón hace de la
mujer un objeto de posesión y de dominio, cuando la somete al imperio
brutal de su masculinidad, menoscaba su propia dignidad y altera aquella
prístina armonía en la que se insinuaba la semejanza de Dios.
Este desorden ha afectado diversamente a las culturas y
es una característica del paganismo precristiano. La lenta inculturación
de los valores cristianos permitió que surgiera el verdadero aprecio de
la mujer y en ese proceso ha desempeñado un papel decisivo la figura de
la Virgen María. Al venerar a la Madre de Cristo, la Iglesia proclama que
la realización más íntegra y bella de una persona humana se ha
verificado en una mujer, ha sido una personalidad femenina.
Sin embargo los principios y valores de la
antropología cristiana no se han realizado plenamente; sus virtualidades
son capaces de transformar con mayor profundidad aún las culturas de la
tierra y el influjo mariano puede impulsar un proceso inédito de
promoción de la mujer, adecuado a las necesidades de una civilización en
peligroso trance de decadencia moral. Más todavía: un camino de
auténtica promoción de la mujer es la alternativa por la que corresponde
optar ante las demasías antinaturales del feminismo extremo.
El feminismo se desarrolló como movimiento social
durante el siglo XIX, y contribuyó a recuperar derechos y a alcanzar
metas valiosas a favor de la mujer, pero frecuentemente ha planteado la
relación de igualdad entre mujeres y varones en términos de
beligerancia, como una lucha por el poder, olvidando la diferencia que
permite identificarlos y desplazando el valor de la complementariedad. De
ese modo ha propuesto una tipología en la que se masculiniza a la mujer,
se la despoja de rasgos característicos, innegables, perennes de su
femineidad. En su formulación extrema, el feminismo introduce la
dialéctica en la intimidad de los sexos y considera la maternidad como
una esclavitud. Según esta ideología, el varón se beneficia con la
labor reproductiva de la mujer y este medio de opresión permite a la
cultura machista prolongar la vigencia de la familia tradicional.
Urge, en consecuencia, liberar a la mujer de la
dependencia que le impone la maternidad y de su referencia esencial a la
familia mediante la difusión de los medios anticonceptivos y la
legalización del aborto. Así se explica la obsesión, la manía
abortista de los grupos que, al amparo de las Naciones Unidas y con
ingentes recursos financieros, se manifiestan en reuniones y congresos
internacionales.
El feminismo extremo va todavía más allá: pretende
superar la distinción sexual, ya que ésta sería una especie de
maldición que encadena a la mujer. A este propósito utiliza el concepto
de género, acuñado por las ciencias sociales. Según la
«perspectiva de género», los papeles respectivos del varón y la mujer
y las mismas nociones de masculinidad y femineidad no surgen de una
diferencia biológica ni se fundan en ella, sino que son una construcción
cultural, histórica y cambiante. El hecho biológico, psicoético y
espiritual de ser varón o mujer se diluye en el personaje que ha sido
determinado para comportarse como varón o mujer según una tradición
cultural, impuesta a través de la educación recibida.
En este planteamiento se aplica una antropología de
inspiración cartesiana que escinde, en la realidad viviente del hombre,
la proyección de su libertad en la sociedad y en la cultura de la
dimensión biológica, física y corpórea. Esta última constituiría un
orden inferior, susceptible de ser manejado a voluntad, como si se tratara
de una «cosa» diversa del yo personal. Sostienen los feministas que cada
persona puede elegir su orientación sexual e incluso postulan la
existencia de un «continuo» sexual que incluiría intersexos como
variantes entre el varón y la mujer.
El concepto de género parece más bien una noción
operativa, un instrumento ideológico utilizado para promover un cambio
cultural en contra de la concepción natural de la familia (es decir, la
que se basa en el matrimonio de un varón y una mujer, del que traen su
origen los hijos) y para proponer nuevos «tipos» que incluyan las
uniones homosexuales. En todo caso, sólo existen dos sexos, y dos
géneros; si puede formularse un concepto aceptable de género, éste ha
de referirse a los papeles ejercidos por mujeres y varones, a sus
oportunidades y responsabilidades sociales, como despliegue de su ser
biológico, afectivo y espiritual, de su personalidad propia femenina o
masculina.
El movimiento en favor de la auténtica promoción de
la mujer debe procurar revertir la tendencia actual a presentar
negativamente la maternidad. En el documento que sirvió de base a las
discusiones en la Conferencia de Pekín, en 1995, el término «género»
aparece unas 200 veces y en cambio «madre» no más de una docena. Esta
palabra expresa lo que distingue prodigiosamente a la mujer: su capacidad
de amar, de engendrar y comunicar la vida. Si se atenúa su valor, si se
la desprecia, se está indicando una intención perversa, destructiva del
orden social. Tampoco suele apreciarse como es debido el trabajo de la
mujer en el hogar; es imprescindible destacar su importancia con nuevos
argumentos y reclamar que sea reconocido socialmente.
En varios países de Europa se está difundiendo un
enfoque realista y no ideológico de la promoción de la mujer; algunos lo
identifican como «neofeminismo». Entre los propósitos principales de
esta nueva actitud se encuentra el ayudar a armonizar, en la vida concreta
de las mujeres, la vocación profesional, la participación en la
actividad política, económica y social, con la vocación familiar y
materna. Para ello se requiere el favor de la leyes, la acción del Estado
y el empeño de las organizaciones intermedias.
La concepción individualista de la libertad y del
derecho, el rechazo de un orden ético fundado en principios objetivos y
universales, el desprecio de la naturaleza humana y de la trascendencia y
espiritualidad de la persona, componentes caracaterísticos de la
ideología feminista, continúan produciendo consecuencias ruinosas de
anarquía moral, de demolición familiar, y nuevas formas de frustración
y de violencia en la sociedad.
El futuro de la civilización requiere un nuevo orden
fundado en la justicia y en el amor; en su instauración ha de
resplandecer la verdad sobre la mujer, como ha escrito Juan Pablo II:
«Según el designio eterno de Dios, la mujer es aquella en quien el orden
del amor halla un terreno para echar su primera raíz en el mndo creado de
las personas». Lo peor que podría ocurrirnos es que la mujer deje de ser
mujer y prive al mundo de lo que sólo ella puede dar.
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata