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EDUCAR PARA LA LIBERTAD
Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata,
en la misa para los Educadores de la arquidiócesis
(Iglesia catedral, 3 de marzo de 2005)
Escuchen mi voz, así Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo
(Jeremías 7, 23). El profeta proclama una vez más el requisito
fundamental de la alianza: la obediencia de fe brindada con
sinceridad y entrega a la voluntad del Señor; lo hace recordando los
orígenes del pacto, cuando el Señor eligió misericordiosamente a
aquellas tribus esclavizadas en Egipto para constituir con ellas un
pueblo de su propiedad y para colmarlo de sus beneficios. Pero
también critica con severidad el formalismo religioso y los
subterfugios de aquella sociedad judía contemporánea suya que no
perseveró en la fidelidad debida a su Dios, sino que se desvió
siguiendo los impulsos de su corazón obstinado y perverso,
encaminándose así a la ruina. Así enajenó su identidad, frustró su
definición, se convirtió en un no-pueblo, en una no-nación; de ser
el pueblo de Dios pasó a ser la nación que no escuchó, que no quiso
aprender. Jeremías profiere la sentencia divina: ésta es la
nación que no ha escuchado la voz del Señor, su Dios, ni ha recibido
la lección; la verdad ha desaparecido, ha sido arrancada de su boca.
La
liturgia cuaresmal que estamos celebrando asocia aquella
reconvención del profeta a una manifestación rotunda de Jesús, una
especie de proverbio que excluye la neutralidad, las mediocridades y
componendas en la adhesión que los discípulos deben a Él, en el
seguimiento de su persona, su mensaje y su misión: El que no está
conmigo está contra mí; y el que no recoge conmigo desparrama
(Lucas 11,23). Es el llamado a una definición, a la aceptación de
una identidad que ha de ser recibida como un don, deseada y abrazada
con alegría y fervor. Nuestra felicidad se halla en estar con
Cristo, a su favor, de su lado, sin ambigüedades, con prontitud y
plena disponibilidad.
Como
todos los años, nos reunimos los educadores de la Arquidiócesis al
comienzo del ciclo lectivo para invocar la bendición de Dios sobre
las tareas que nos aguardan, para ratificar nuestra vocación y las
convicciones que la sustentan y para animarnos fraternalmente al
cumplimiento de la misión. Necesitamos, ¿qué duda cabe?, recurrir a
la oración, implorar la ayuda de la gracia para afrontar con las
mejores disposiciones del alma una tarea honrosa, bellísima, pero
también comprometida por riesgos y dificultades de todo género. En
el orden de la reflexión –y es ésta una circunstancia propicia para
acometerla- me parece oportuno, ante todo, recordar el propósito
esencial de la escuela católica, que es educar a la luz de la fe.
Este propósito, esta finalidad, es lo que otorga su identidad a un
proyecto educativo católico y lo distingue radicalmente de cualquier
otro.
La
misión de educar a la luz de la fe implica reconocer, confesar, que
esta luz, la del don teologal por el cual adherimos a la verdad
divina que se nos ha revelado en Cristo, es capaz de guiar tanto la
vida intelectual de nuestros niños y jóvenes, iluminando lo que
piensan, cuanto su vida moral, ofreciendo los criterios que se han
de plasmar en decisiones y conductas. El proceso educativo,
reductivamente considerado, consiste en una transmisión de la
verdad, y por ello equivale a educar para la libertad, porque la
libertad genuina se basa en el conocimiento de la verdad. Si
ustedes permanecen fieles a mi palabra –dice Jesús– serán
verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los
hará libres (Juan 8, 31ss). Por eso, lo primero que los
educadores católicos debemos reconocer es que la verdad revelada
constituye el más alto objeto de estudio que se pueda encarar; a
ella y al empeño por alcanzarla le corresponde iluminar y ordenar la
aplicación que se dedica a todas las disciplinas humanas. El estudio
de la verdad coincide con la búsqueda de la sabiduría, y no se
reduce a un orden meramente teórico, sino que enfoca y procura la
formación integral del hombre. Anotemos, a modo de curiosidad, que
el término latino studium significa no sólo la acción y el
efecto de estudiar, sino también aplicación, afición, cuidado,
pasión, deseo, propensión, voluntad, deleite, en suma: una realidad
vital, que compromete la inteligencia, la voluntad, la sensibilidad,
la persona toda. La búsqueda de la sabiduría exige que todos los
saberes humanos, enfocados desde sus raíces y principios, se vayan
articulando bajo el influjo suave y atractivo del conocimiento de la
verdad.
La
catolicidad o el catolicismo de nuestros institutos educativos no
puede limitarse a ofrecer en el programa una clase de religión o un
complemento catequístico, incluyendo los momentos sacramentales, que
se añadan desde afuera –por así decirlo– a un currículo de contenido
secular, laico, marcado por el positivismo, por las corrientes
psicopedagógicas posmodernas o por la intención utilitaria,
pragmática. Actualmente se puede incurrir, casi sin querer, en un
desliz antisapiencial; ocurre cuando no se percibe el peligro de
interpretar el ciclo polimodal como una especialización prematura y
superficial, de rápida adquisición, en pos de una utópica “salida
laboral”. Lo que realmente importa es la definición por la verdad;
en cada una de las disciplinas, cuyo objeto formal debe ser
respetado con rigor, ha de buscarse el conocimiento de la verdad, y
en el enfoque se debe incluir la intención de integrar el saber
particular en la armoniosa síntesis de la cosmovisión cristiana. Por
eso, la enseñanza religiosa escolar –es decir, la transmisión de los
contenidos de la revelación cristiana- tiene que cumplir una función
sapiencial ordenadora; no puede reducirse a un devaneo sobre temas
de actualidad o a una catequesis presuntamente vivencial, que a
duras penas facilita a los niños y adolescentes cumplir en la
escuela con una tradición sacramental que tiene mucho de atavismo
cultural y que no conduce a una aceptación personal del compromiso
cristiano ni a una inserción real en la comunidad de la Iglesia.
Si con
enormes esfuerzos, gastos y disgustos perseveramos en la tarea
educativa es porque nos cautiva y enardece este grandioso ideal que
asumimos como fin: ayudar a las nuevas generaciones a obtener la
genuina libertad, para vivir en ella, a través del conocimiento de
la verdad y la adhesión al bien. El conocimiento de la verdad: no el
escepticismo de gente tempranamente envejecida y desilusionada, ni
la indiferencia del falso pluralismo, ni el pragmatismo que
identifica lo verdadero con lo útil. La adhesión al bien: no la
entrega perezosa al gusto, o la sumisión gregaria a las modas,
impuestas caprichosamente por los mercaderes que medran con la
degradación de las costumbres.
Hoy
existe una dificultad específica, que torna más laborioso el oficio
de educar; tiene que ver con la definición y la identidad del sujeto
de la educación. Los adolescentes y jóvenes (¡y lo que es más grave,
aún los niños!) parecen alterados en su naturaleza, como si ésta se
hubiera transformado en otra, adventicia, fabricada por el ambiente,
la publicidad y los medios masivos de comunicación. No es éste el
momento de indagar en el fenómeno que suele llamarse la “cultura
joven” (¡habría tela de que cortar!); baste detenernos brevemente en
una vertiente de la misma. Me refiero a un hecho generalizado, que
parece de lo más normal, al punto de no causar asombro: los alumnos
de nuestros colegios, chicos y chicas, se han convertido en “carne
de boliche”, han sido atrapados por los usos, ritos y tics de la
“cultura rockera”. Nadie, o muy pocos, advierten la incompatibilidad
de la figura humana diseñada por esta moda estándar y adocenada con
la concepción cristiana del hombre, ni como se oponen las vivencias
características de semejante estilo a la virtudes propias de una
persona recreada por la gracia de Dios, a la profundidad de la vida
en Cristo. Asumen esas diversiones con un pathos casi
religioso: podrán faltar a misa los domingos, pero jamás
abandonarán, por nada del mundo, el culto semanal que se desarrolla
en esos antros peligrosos que frecuentan. Parece que no pueden vivir
sin esa especie de droga: el ruido violento –que no es música-, la
fascinación lumínica que desinhibe los instintos, los movimientos
elementales o convulsivos –que no son danza-, el nihilismo sin antes
ni después de un tiempo robado al descanso y a la vida familiar, la
aventura de llegar al límite de la resistencia en la intoxicación
alcohólica y en el escarceo erótico. ¡Por lo menos, el estado de
enajenación en el que entran les impide escuchar y comprender la
letra de las canciones que integran el repertorio correspondiente,
que suele ser imbécil o perversa y aún en ocasiones satánica!
Nuestros chicos y chicas son tributarios de esa “cultura”; ¿cómo
hacer entonces para educarlos en la identidad cristiana, en la
unidad de fe y vida, en la dimensión interior que es propia del
hombre nuevo, renovado por Cristo? Kierkegaard había percibido una
incompatibilidad de este tipo a mediados del siglo XIX, y decía:
El mundo en su estado presente, la vida entera, están enfermos. Si
yo fuese médico y me pidiesen un consejo, respondería: hagan
silencio, hagan callar a los hombres. La palabra de Dios no puede
ser oída así. Y si, recurriendo a medios brillantes se lograse
gritar con una fuerza tal como para llegar a ser oído en medio del
ruido, ya no sería la palabra de Dios. Por tanto, ¡hagan silencio!
Tal
dificultad, tales resistencias, nos presentan actualmente las niñas
y los muchachos que son sujetos del proceso educativo, y a los
cuales dedicamos nuestros desvelos. De hecho, constatamos con una
cierta resignación que muchos (¿no serán la mayoría?) de los jóvenes
que egresan de los colegios católicos, incluso después de haberlos
frecuentado durante doce años o más, pasan a engrosar el número de
los indiferentes, de los ateos prácticos, vacunados contra el
cristianismo y dispuestos a forjarse, si les hiciere falta, una
superstición a su medida. Pueden pensar ustedes que exagero al
pintar de esta manera los frutos de nuestro sistema educativo en lo
que hace a lo esencial, a la dimensión específicamente cristiana de
la educación que intentamos ofrecer en nuestros colegios. Sin
embargo, si la situación en nuestro campo fuera muy otra, otra sería
también –quiero decir: satisfactoria en el presente y auspiciosa
para el futuro– la situación religiosa, moral, humana, de la
juventud argentina en su conjunto.
Nuestra
pastoral escolar no puede conformarse con transmitir un mensaje
sentimental, amigable, rebajado en su poder de transformación, que
consagre con barniz de religiosidad el menoscabo de la personalidad
de nuestros jóvenes impuesto por la subcultura vigente. Con agudeza
decía Georges Bernanos que Cristo no declaró a sus discípulos miel
de la tierra, sino sal de la tierra; sal que con su gusto áspero y
picante preserva de la corrupción y realza los sabores. La propuesta
pastoral de la escuela católica es también una apuesta: lograr que
nuestros niños y adolescentes lleguen a protagonizar un encuentro
con Cristo vivo, de modo que el cristianismo sea para ellos un
acontecimiento real en sus vidas. Que con el rigor intelectual y la
seriedad ascética que corresponda a su edad y condición se vayan
forjando personalidades fuertes, capaces de distinguir el bien del
mal, enamorados de la verdad, la justicia y la santidad; hombres y
mujeres de carácter, auténticamente libres, que no se dejen tragar
por el mundo que gobierna el diablo, que se nieguen a someterse a la
tiranía de la masificación que aplana todo deseo de nobleza y de
perfección espiritual.
¡Tarea
apasionante, ésta que se nos ha confiado, obra maestra de paciencia
y de amor es la que se nos reclama; arte exquisito, propio de madres
y de padres que engendren nuevas generaciones argentinas en la
belleza de una plena humanidad!
Nos
ayude la intercesión de la Virgen Inmaculada, Madre del Verbo, Trono
de la Sabiduría, y de San Héctor Valdivielso, educador y mártir,
nuestro patrono.
Mons. Héctor Aguer,
arzobispo de La Plata |