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LA REDENCIÓN DEL MIEDO
Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la
celebración del Domingo de Ramos
(Iglesia catedral, 20 de marzo de 2005)
La Pasión según San Mateo, que acabamos de escuchar, dispone las
últimas horas de la vida de Jesús en la trama de un relato claro y
lineal, pero también solemne, hierático, apto para ser leído como
una proclamación litúrgica. Lo sucedido en aquel lapso que va desde
los preparativos de la cena pascual hasta la crucifixión es el
cumplimiento de las Escrituras, todos los acontecimientos de la
pasión son contemplados y descritos bajo la inspiración de la fe,
iluminados por la gloria de la resurrección. El evangelista los
exhibe como quien pronuncia un canto de victoria: cuando todo parece
perdido, comienza un nuevo mundo, una nueva dispensación de la obra
de Dios.
Jesús
se comporta, en este relato, con una autoridad soberana; al ser
conducido a la muerte, es él quien, en realidad, conduce los
acontecimientos, de los que tiene una lúcida y dolorosa presciencia.
Su voluntad se concentra en el propósito de llevar a buen término el
designio y la voluntad de su Padre. Después de la oración en el
Huerto habla poco el Señor: la confesión grave, majestuosa, ante
Caifás, un simple tú lo dices, como respuesta a Pilato que le
pregunta si es el rey de los judíos, la exclamación de desamparo
dirigida a Dios desde la cruz y el clamor con voz potente,
sin palabras, al entregar su espíritu. ¡Silencio elocuente, este
silencio final del Verbo, rúbrica exacta de toda su enseñanza!
El
texto de Mateo contiene varios datos originales que no registran los
otros evangelios: el fin desastrado de Judas, la intervención de la
mujer de Pilato a favor de Jesús, el gesto del gobernador que se
lava las manos como declaración de inocencia y la inmediata reacción
del pueblo que asume la responsabilidad por la sangre que se va a
derramar, la conmoción cósmica que se produce al morir el Señor y el
signo anticipado de la resurrección de los muertos, las
preocupaciones de las autoridades judías para custodiar el sepulcro.
Cada
vez que escuchamos o leemos el relato de la pasión se presentan
espontáneamente imágenes a nuestra memoria, experimentados
sentimientos de conmoción, de piedad, de arrepentimiento, de
gratitud, podríamos detenernos largamente a meditar con amor una u
otra escena, a recoger una palabra, a ofrecer nuestra respuesta. En
la celebración del Domingo de Ramos resalta el contraste entre el
triunfo de Cristo, expresado simbólicamente en la procesión de
ingreso y en nuestros cánticos de alabanza, y la austera gravedad
de la misa que conmemora la dolorosa pasión. El misterio pascual,
representado y actualizado cada año por la Iglesia con sobria
solemnidad, abraza y contiene dos dimensiones profundamente humanas
de la existencia: la tristeza y el júbilo, la agonía y el éxtasis;
señala un paso de la muerte a la vida y enseña que la vida triunfa
de la muerte en la misma muerte, por medio de la muerte. La gloria
de la resurrección no anula, suprime ni olvida la cruz, porque la
cruz es el camino que conduce a ella. Hemos aclamado con hosannas al
que marcha a la muerte porque su muerte es su victoria.
Sin
embargo, no se debe pensar que nuestro Señor y Salvador Jesucristo
afronta la pasión como quien emprende una obra titánica, con aires
de héroe sobrehumano. Al contrario, la pasión comienza en aquel
olivar llamado Getsemaní con un episodio desconcertante, que provoca
en quien lo considera detenidamente una especie de vértigo
teológico. Jesús no oculta que su corazón está aterrado, deja ver
que el sufrimiento moral ha abierto una grieta en su alma y que se
debate en una dramática tentación; Jesús lucha contra el miedo. Este
dato lo anotan los cuatro evangelistas, que hablan de tristeza
mortal, angustia, terror, turbación, de entrar en agonía, de sudor
como grumos de sangre. El autor de la Carta a los Hebreos describe
así la oración de Cristo en el huerto. Él dirigió durante su vida
terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel
que podía salvarlo de la muerte...(Hebr 5,7); Aquel espanto
inédito no fue un simple temor a la soledad y a la muerte, o pánico
ante los azotes y la cruz. En ese momento en que comienza su pasión,
Jesús percibe y sufre en toda su hondura lo que implica para él la
redención del mundo, es entonces cuando asume en plenitud todos los
pecados de todos los hombres de todos los tiempos. No los cargó
exteriormente, como quien se echa un fardo al hombro; los hizo
suyos, por una especie de delegación, para constituirse víctima
inmaculada y pacificadora (cf. Prefacio de Cristo Rey),
experimentó la contradicción, la repugnancia, entre la sordidez del
pecado y la santidad de su alma. San Pablo , hablando de la
reconciliación obrada por intermedio de Cristo, expone el último
porqué de esta escena de la pasión y declara un riguroso misterio:
a aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el
pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados
por él (2 Corintios 5, 21).
La
oración
de
Jesús:
angustia,
miedo
clamor
y
lágrimas,
comporta una total adoración –cayó con el rostro en tierra (Mateo
26, 39)–; pide en ella verse libre de la suerte mortal que le
aguarda porque su naturaleza de hombre se rebela espontáneamente
ante ella, pero su coraje y su amor se imponen al desaliento y
somete su voluntad humana a la voluntad del Padre. No se haga mi
voluntad, sino la tuya: comprende y acepta que el retorno al
Padre y la redención del mundo pasa por la cruz. La Carta a los
Hebreos revela el sentido y el fruto de aquella oración... fue
escuchado por su humilde sumisión y aunque era Hijo de Dios,
aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa
obedecer, de este modo, él alcanzó la perfección y llegó a ser causa
de salvación eterna para todos los que le obedecen (5, 7-9). En
ese momento, cuando el Señor trémulamente pronuncia su fiat, cuando
dice que se haga tu voluntad, entonces giran las edades y la
derrota se convierte en triunfo. Ahora ha llegado el juicio de este
mundo –dice Jesús– ahora el príncipe de este mundo será arrojado
afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra atraeré a
todos hace mí (Juan 12, 31 s) . En este punto crucial el miedo es
redimido, y fluye para los cristianos la gracia de la fortaleza y la
aptitud para el testimonio.
El
Señor había exhortado reiteradamente a sus discípulos a no temer a
los perseguidores, porque contarían con la protección providente del
Padre y con la inspiración del Espíritu Santo. Les digo esto para
que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir, pero
tengan valor: yo he vencido al mundo (Juan 16, 33). Los cristianos
de todos los tiempos se vieron enfrentados a la tentación del miedo.
Los apóstoles no resistieron la primera prueba e hicieron un triste
papel en las circunstancias de la pasión. San Mateo no se avergüenza
de reconocerlo: entonces todos los discípulos lo abandonaron y
huyeron (26,56). La mayoría de los mártires debió triunfar de la
misma tentación. Santo Tomás Moro, que escribió un libro precioso
sobre la agonía de Cristo mientras él mismo esperaba el patíbulo,
dice: El miedo a la muerte o a los tormentos nada tiene de culpa,
sino más bien de pena. Es una aflicción de las que Cristo vino a
padecer y no a escapar. Ni se ha de llamar cobardía al miedo y
horror ante los suplicios. Por lo demás, no importa cuán perturbado
y estremecido por el miedo esté el ánimo de un soldado; si a pesar
de todo avanza cuando lo manda el capitán, y marcha y lucha y vence
al enemigo, ningún motivo tiene para temer que aquel su primer miedo
pueda disminuir el premio. De hecho debería recibir incluso mayor
alabanza, puesto que hubo de superar no sólo al ejército enemigo,
sino también su propio temor; y esto último, con frecuencia, es más
difícil de vencer que el mismo enemigo.
En
varias regiones del mundo, hoy mismo, los cristianos sufren el
abierto atropello de los poderosos al modo de las antiguas
persecuciones, el siglo XX ha conocido nuevas legiones de mártires.
Pero en la actualidad es bastante común –y hasta podríamos pensar
que es casi universal– otro tipo de hostilidad, que no amenaza la
integridad física de los fieles, pero sí su honra, su serenidad, el
pleno ejercicios de la libertad de manifestar la verdad. Es una
suerte de presión ambiental que los somete al riesgo de la
descalificación y del ridículo, a los caprichos de la manipulación
mediática, a una tácita condena, el ostracismo social. Estos conatos
anticatólicos proceden a veces de manera solapada, con ataques
indirectos, pero tendiendo siempre a coartar el influjo de la buena
doctrina (cf. 2 Tim 4,3) y a desplazar de la cultura del pueblo
aquellas convicciones de orden natural sobre la persona, la familia
y la sociedad que son avaladas e inculcadas por la enseñanzas de la
Iglesia. Los adalides de lo que se llama el pensamiento progresista
enarbolan reiteradamente los derechos humanos el pluralismo y la
democracia, pero en la realidad, la atmósfera se torna opresiva,
discriminatoria, intolerante, siempre en sentido anticatólico. Se
comprueba con cuánta razón el Papa Juan Pablo II ha dicho que una
democracia sin valores se convierte con facilidad en un
totalitarismo visible o encubierto (Enc. Centesimus annus, 46). Hace
muy poco, en un país europeo, un pastor luterano fue procesado por
el delito de repetir los pasajes donde la Sagrada Escritura declara
la malicia moral de la sodomía. ¿Llegará el día en que marcharemos
presos por leer la Biblia en nuestras iglesias?
Desde
los orígenes del cristianismo, los fieles debieron afrontar
numerosos obstáculos externos para perseverar en su fidelidad al
Evangelio, pero también la tentación del miedo, del encogimiento en
la proclamación de la verdad, de la defección. Todos estamos
expuestos a repetir el papelón de los apóstoles en la noche inicial
de la pasión. En los escritos del Nuevo Testamento se destaca una
actitud típicamente apostólica, que los pastores contagiaban a sus
comunidades: se llama parresía. Esta palabra designa la libertad
total de hablar, una libertad interior, que se manifiesta aun cuando
las condiciones del ambiente son desfavorables, porque procede de la
constancia de ánimo y de la firme persuasión de la verdad. Por esa
libertad no se teme decir con claridad lo que corresponde, es lo
opuesto a callar por timidez o a expresarse crípticamente, con
disimulo. Merced a la parresía, que los animaba, apoyada en una
gozosa confianza en Dios, los apóstoles, vueltos ya de sus
primitivos miedos, no vacilaban en amonestar, si era preciso, con
toda franqueza. Y los fieles se atrevían a hacerse eco de la
enseñanza apostólica y a proyectarla con coherencia en su vida y
costumbres, como testimonio rendido a la verdad.
Es
reconfortante aclamar a Cristo Rey el Domingo de Ramos, sumarse a la
muchedumbre jubilosa que eleva sus cánticos. Pero hay que
acompañarlo también en la noche de Getsemaní y vencer con él el
miedo. Dijo muy bien Pascal que Jesús estará en agonía hasta el
fin del mundo: no hay que dormirse durante ese tiempo.
Mons. Héctor Aguer,
arzobispo de La Plata |