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PASCUA ES ESPERANZA Y ES VIDA
Reflexión del arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, en
el programa
“Claves para un mundo mejor”, en su emisión del sábado 19 de marzo
de 2005
En este
Sábado Santo nos estamos preparando para la gran celebración pascual
que empieza esta noche con la Solemne Vigilia. La fiesta de Pascua
es el momento central del año cristiano porque en él nosotros
actualizamos y vivimos el misterio central de nuestra fe que es la
Resurrección de Jesús.
Me parece que
convendría recordar que cuando hablamos de resurrección no estamos
pensando en un retorno de Jesús a la vida que llevaba antes en su
condición mortal porque, en estos tiempos, se suele hablar de
resurrección cuando se reanima a una persona que ha vivido, por
ejemplo, un paro cardíaco y se la reanima médicamente y se dice que
se la resucita.
La Resurrección
de Jesús tampoco se compara ni con la resurrección de la hijita de
Jairo, ni del hijo de la viuda de Naim, ni de la resurrección de
Lázaro, ni de cualquier otra resurrección milagrosa que pudiera
hacerse en beneficio de cualquier persona humana porque es sería
sólo un retorno a la vida.
La verdad es que
la resurrección de Jesús es un paso a la vida definitiva, es un
traslado a otra dimensión porque ella, tiene aquí, el valor de ser
un acontecimiento en la historia de la humanidad porque Jesús es el
hijo de Dios hecho hombre.
En la
encarnación, Nuestro Señor, asumió nuestra condición humana limitada
por la precariedad y por la muerte y, a través de esa muerte y
venciendo la muerte con su entrega de amor a la voluntad del Padre y
el sacrificio por los pecados del mundo, Cristo pasa a la vida
nueva, a la vida definitiva, a la vida de la resurrección.
En Jesucristo se
anticipa la resurrección final de los muertos que habían previsto,
mirándola lejanamente, los profetas del Antiguo Testamento.
Es la
resurrección de Cristo la que nos proporciona el sentido completo de
la existencia humana. Por la encarnación, la muerte y resurrección
del Hijo de Dios nosotros aprendemos a valorar el segmento tan
pequeño y tan limitado de nuestra existencia temporal que viene de
Dios, porque Dios es nuestro creador. En nuestra generación humana
se inscribe también la obra creadora de Dios, y luego estamos
destinados a la vida eterna y a la resurrección corporal.
Por eso la
Iglesia aprecia tanto la vida y se preocupa tanto por el modo como
el hombre orienta su vida y lo está llamando a una esperanza más
alta y trascendente.
Esperanza es,
quizás, la palabra que mejor corresponde a la Pascua. La Pascua
reanima en nosotros la esperanza que ante todo se dirige a aquella
meta trascendente y definitiva de la vida eterna y de la
resurrección.
Esa es la primera
y la gran esperanza del cristiano. Nosotros la llamamos esperanza
teologal porque esperamos apoyándonos en Dios y esperamos como meta
de nuestra existencia la unión definitiva con Dios.
Es esa esperanza
trascendente del cristiano la que justifica, anima y da sentido a
nuestras legitimas esperanzas humanas en especial en aquellos
momentos en que el horizonte parece cerrarse y la oscuridad se hace
más tensa es, entonces, cuando el cristiano puede proporcionar a sus
hermanos, a sus contemporáneos ese suplemento de esperanza fundado
en la reyesía de Cristo.
Y todo eso
fundado en esa Palabra de Cristo que nos dice: Confíen, tengan
confianza Yo he vencido al mundo. Cristo ha vencido al pecado, a la
muerte y nos da la fuerza para que nosotros vayamos realizando, de
acuerdo al plan, la voluntad y la providencia del Padre, nuestras
legítimas esperanzas humanas.
Esperar
humanamente hablando, cristianamente hablando, no significa sentarse
a esperar sino lanzarse a la acción pero con una meta que esta fija
en aquella esperanza trascendente que da sentido a nuestras
esperanzas y a nuestras metas humanas.
Por eso la
esperanza cristiana es el término medio, pero no un término medio de
mediocridad, sino de excelencia y superación ante dos extremos
igualmente viciosos.
El optimismo, el
falso y utópico optimismo, y el pesimismo que nos deprime y nos
inhibe para cumplir nuestra tarea en el mundo.
Es este el
pensamiento que tenemos que nutrir especialmente en el momento que
nos saludemos y digamos: Felices Pascuas.
Mons. Héctor Aguer,
arzobispo de La Plata |