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HISTORIA DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA


Desgrabación de la Conferencia Magistral de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el ámbito de la Cátedra Libre de Pensamiento Cristiano de la Universidad Nacional de La Plata, presentando el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia traducido al castellano (6 de mayo de 2005)



La Encíclica Rerum Novarum, publicada por León XIII en 1891 ha sido señalada frecuentemente como el inicio de la formulación moderna de la Doctrina Social de la Iglesia. Y subrayo: “de su formulación moderna”, porque en realidad la Doctrina Social de la Iglesia comienza en el Evangelio, y aun puede reconocer raíces en el Antiguo Testamento.


Iniciativa del Papa

El Papa León XIII en 1891 publica este texto que lleva como subtítulo “sobre la condición de los obreros”. Y por las circunstancias de la época, rápidamente surgió esta asombrosa constatación: la palabra papal, por tanto la intervención de la Iglesia, llegó tarde ante una situación social crispada como consecuencia del desarrollo reciente pero intensísimo del capitalismo industrial ¿Llegó tarde realmente esta voz que todos reconocieron como profética?

Parece que los mismos colaboradores inmediatos del Pontífice le incitaban en los primeros años de su pontificado a publicar una Encíclica o un documento de otra naturaleza sobre la problemática de los obreros. El Papa había sido anteriormente arzobispo de Peruggia, y ahí se había destacado por sus inquietudes sociales y por las pastorales que había emitido como obispo sobre esos temas. Pero a la objeción de que cómo era posible que todavía en su pontificado ya extenso por aquella fecha no hubiera dado la voz de alarma desde esa altísima atalaya sobre la situación oprobiosa que vivían los obreros, el Papa respondía: “una carta pastoral puede preparar el terreno; una Encíclica, en cambio, debe encontrarlo casi listo”.

Publicó la Rerum Novarum precisamente cuando consideró que el terreno estaba listo. Hubo, en efecto, una lenta preparación. Una preparación que venía de décadas atrás.


Antecedentes próximos

En primer lugar, habría que citar la crítica de los Círculos Católicos a la sociedad surgida de la Revolución Francesa y sobre todo al liberalismo económico que se fue imponiendo gradual pero implacablemente. Los Papas anteriores habían emitido juicios condenatorios sobre las ideologías, tanto Pío IX como Gregorio XVI antes. El proceso de secularización que se llevó a cabo en Europa a partir de la Revolución Francesa, conllevó también la mutación de un orden social, un orden social que podríamos calificar de tradicional, y que tenía sus raíces en una concepción cristiana del hombre, de la familia y de la sociedad.

Es así como estos Círculos que he mencionado fueron promoviendo la vigencia de un Catolicismo Social, llamémosle así, que se intensifica en los años 70 del Siglo XIX. Este Catolicismo Social estaba apoyado en estudios muy serios: aportes de la Sociología a la Doctrina Tradicional y a la enseñanza de Santo Tomás. No se concretó solamente en lucubraciones teóricas, sino que se reflejó en experiencias prácticas: el comienzo de sindicatos, la creación de mutuales, de cooperativas, y aun el intento de partidos políticos de orientación cristiana en Bélgica, Alemania, Francia, Suiza e Italia. El mismo León XIII se había acercado a la solución que iba a ofrecer en la Rerum Novarum abordando los cambios de la sociedad de entonces, desde principios del S. XIX, y especialmente enfocando el problema de la constitución de los Estados, la filosofía de los Estados, en todo caso.


La cuestión obrera

En la Rerum Novarum se plantea, fundamentalmente, lo que entonces se llamaba la “cuestión social”; y la cuestión social era entonces la cuestión obrera. Notaba el Papa que se había producido el advenimiento de una nueva forma de propiedad que es el capital, y de una nueva forma de trabajo a saber el asalariado. Todo esto como consecuencia de una mutación muy profunda de la sociedad europea.

El trabajo asalariado era considerado como una mercancía, y por tanto imponía relaciones de dependencia y de injusticia en la relación. Se llegó en la sociedad a una división profunda de clases que reflejaba el conflicto entre el capital y el trabajo.

Ya la alternativa a ese estado de cosas era muy notoria: era el socialismo que por medio de la Revolución y de la Lucha de Clases pretendía producir un cambio profundo en estas relaciones sociales. León XIII ya había advertido la malicia del socialismo cuando éste era sólo una filosofía que proponía suprimir la propiedad privada, y por tanto produjo una rápida condena de la lucha de clases. Esa no era la solución para resolver la cuestión social, la problemática obrera.


Trabajo y propiedad privada

Resumo en cinco puntos, aproximadamente, el centro doctrinal de la Rerum Novarum.

En primer lugar, el Papa proclama la dignidad del trabajador y del trabajo, su dimensión personal y social. Asocia el trabajo, el derecho y el deber del trabajar, a la familia y al Bien Común de la sociedad. Nadie trabaja para sí mismo: se trabaja para los demás. Esta concepción del trabajo consiste en una aplicación correcta de la noción de la persona humana. Es decir, el Papa descubre la inhumanidad de las relaciones laborales de entonces, y protesta por la situación de los obreros. Entonces, tenía plena vigencia lo que hoy todavía llamamos y lamentamos “capitalismo salvaje”.

El segundo punto es la afirmación del derecho a la propiedad privada como un derecho natural. Derecho a poseer lo necesario para el desarrollo de la persona y la familia. Y esto es muy interesante: el derecho es para poseer lo necesario al desarrollo de la persona y la familia, porque ese derecho natural a la propiedad privada no tiene un valor absoluto: está regulado, debe ser regulado en su uso, en sus aplicaciones, por otro principio superior, a saber, el destino universal de los bienes materiales. Por eso, el uso de los mismos bienes materiales debe mirar no sólo al bien propio, sino también al ajeno. Este principio va a ser luego retomado en los sucesivos desarrollos históricos de la Doctrina Social de la Iglesia, y guarda aun hoy día una enorme actualidad, frente a las tendencias recurrentes del colectivismo y del liberalismo. Sobre todo, la doctrina posterior va a insistir en la importancia de la difusión de la propiedad. Y ya el ideal que plantea León XIII en la Rerum Novarum, es que todos los obreros sean propietarios. Ese es el camino, en todo caso, para superar esa aguda división de clases que por otra parte desencadenaba una serie de conflictos implacables en la sociedad.


Gremios, justicia y “amistad”

El tercer punto sería la afirmación que hace aquí el Papa de otro derecho natural, a saber: a la Asociación Profesional. Uno de los puntos más graves, como consecuencia de la Revolución Francesa, ha sido la destrucción del carácter orgánico del trabajo en la antigua sociedad cristiana de Occidente. Y por eso, los obreros ante el nuevo desarrollo del capitalismo, han quedado inermes y todos los intentos hasta entonces realizados por el Catolicismo Social habían sido insuficientes. El Papa insiste en el derecho natural a la asociación, esto es, a la creación de sindicatos. Y junto a éste otros derechos, que expresan la dignidad del trabajador como persona humana y el aprecio del papel que tiene que cumplir en la sociedad en orden al Bien Común, a saber: derecho a la limitación de las horas de trabajo (es sabido que en el capitalismo del S. XIX y aun en ciertas formas actuales todavía, se trabaja en exceso), el derecho al legítimo descanso, al cumplimiento de los deberes religiosos, y a un trato diversificado para las mujeres y los niños (hay documentos históricos conmovedores acerca de la situación tremenda de mujeres y niños sometidos a un trabajo esclavizante).

El cuarto punto es el principio del salario justo, que ya está aquí claramente enunciado. “Salario justo –dice el Papa- que no puede dejarse determinar por el libre acuerdo de las partes”, porque esto llevaría a perpetuar el abuso de los poderosos sobre los débiles, y por tanto la forma de esclavitud del trabajo asalariado. No puede dejarse librado a relaciones meramente individuales y pragmáticas, a la mera negociación directa de patrones y obreros. Es necesaria, dice el Papa, una intervención del Estado en orden a asegurar la justa distribución, la justicia distributiva, para atender sobre todo al bienestar del trabajador. Pero, observa ya desde entonces muy perspicazmente, que esta intervención del Estado es solamente instrumental, y por eso debe ser limitada. Juan XXIII en la Mater et Magistra, veremos luego, elabora abundantemente este punto.

Por último, el Papa expresa aquí la correcta relación entre el Estado y los ciudadanos, y critica simétricamente al socialismo y al liberalismo, como ideologías que en su praxis incluso alteran la recta relación del ciudadano con el Estado. El principio elemental de una sana organización política exige que el Estado dedique un cuidado especialísimo a la protección de los obreros. Y por tanto, aquí el Papa hace ver que es insuficiente la mera apelación a la justicia, sino que es necesario ir implantando en la sociedad otro tipo de relación que él llama, siguiendo a Santo Tomás de Aquino, “amistad”, “amistad social”. Otro principio que va a ser retomado en la sucesión de las exposiciones magisteriales sobre temas sociales: Pío XI hablará de “caridad social”, Juan Pablo II enunciará el principio de “solidaridad”, y Pablo VI había hablado también de la “Civilización del Amor”. Entonces, es insuficiente la Justicia, hace falta algo más. Aquí encontramos la veta propiamente evangélica de nuestra Doctrina Social.


Misión de los laicos

La Rerum Novarum tuvo una proyección extraordinaria, a pesar de las críticas y de las reacciones contrarias. Desde muchos ángulos al Papa se lo tachó de comunista. La Encíclica suscitó un movimiento intensísimo, sobre todo entre los católicos, que se vieron impulsados a una acción capilar y múltiple en la sociedad de su tiempo. De allí que se plantean nuevos problemas en la misma Iglesia acerca de la inserción de los cristianos en una sociedad secularizada.

Surge la controversia sobre el carácter de los sindicatos, sobre todo en Alemania ¿Han de ser estos sindicatos de patrones y obreros o sólo de obreros? ¿han de ser confesionales, o pueden admitir a personas de distintas confesiones religiosas? La problemática que está detrás de esto es cómo enfocar el conflicto social sin caer en la lucha de clases. Es decir, abrir y profundizar un camino alternativo a la propuesta presuntamente alternativa del socialismo.

También se plantea el problema de la participación política de los católicos, más allá de esas iniciativas prácticas del Cristianismo Social. El problema de un “partido político católico”. Hay que señalar, a propósito del Cristianismo Social, su origen ultramontano. Eso es algo curioso, porque en el S. XX ha habido fórmulas de socialismo cristiano pero inficionadas de marxismo que procedían del liberalismo burgués, de posturas reformistas burguesas. En cambio, en el Siglo XIX, y como terreno preparatorio para la Rerum Novarum, el Cristianismo Social reaccionó ante el liberalismo económico y ante la ruptura de la sociedad orgánica producida por la Revolución Francesa. Entonces, procede del integrismo, procede del ultramontanismo. Por eso, después de la Rerum Novarum se plantea un problema en la inserción política de los católicos en sociedades que van adaptándose al liberalismo político y una orientación de los Estados a la luz de esa ideología.


Después de 1914

La importancia de la Rerum Novarum ha sido tal que las formulaciones posteriores de la Doctrina Social de la Iglesia se refieren siempre a ella. Más aun, ha habido una serie de documentos papales publicados para celebrar los distintos aniversarios de la Rerum Novarum. Yo voy a seguir aproximadamente esta línea de exposición.

Se ha dicho muchas veces que el S. XIX termina con la Primera Guerra Mundial, en 1914. Porque hasta 1914 se agitaban los problemas que yo he mencionado posteriores a la publicación de la Rerum Novarum: la búsqueda de una adaptación del pensamiento cristiano y de la praxis de los católicos en el orden social para ubicarse en una sociedad política impregnada de liberalismo ante posturas económicas que profundizaban los intentos del capitalismo inicial y antes del proceso revolucionario que llevaba adelante siempre el socialismo en sus distintas formas.

Pero entre las dos Guerras Mundiales del S. XX se plantearon nuevos problemas: la persistencia fuertemente laicista de la organización liberal, sobre todo en regímenes republicanos muy anticlericales persecutorios de la Iglesia; la aparición de regímenes totalitarios, o más bien autoritarios que luego viraron hacia el totalitarismo; una mayor participación de los laicos y la diversificación de asociaciones católicas, tanto en la vida interna de la Iglesia como en su diálogo y confrontación con la sociedad secularizada; la preferencia por una organización corporativa de la economía y de la sociedad toda a partir de los años 20 del Siglo pasado; la consolidación del comunismo en Rusia y luego la persecución comunista en México y España; y nuevas instancias de estudios sociales por parte de los católicos. Esto es muy importante porque así como la Rerum Novarum fue preparada en la praxis y también en los laboratorios cristianos de pensamiento en Europa, así también la obra del Papa Pío XI y la Encíclica Quadragesimo Anno que publicó precisamente en 1931 para celebrar los 40 años de la Rerum Novarum, fue preparada por otras instancias de estudio. El famoso Don Sturzo, por ejemplo, recalcó sobre todo la importancia de los cuerpos intermedios; los estudios de Maritain, de Jacques Leclerq, de la Escuela Austríaca, de los jesuitas keningsvinker y el social worker en Inglaterra; los estudios sobre el derecho natural y elaboraciones muy valiosas de los padres Cathering, Page, Nelbroiling, Gunland; los trabajos de la Unión de Malinas que estudiaron los problemas sociales a la luz de la moral católica, procurando emitir directivas concretas (el famoso Cardenal Mercier amparó estos trabajos). Todo eso llevó a la publicación de Quadragesimo Anno.


La Iglesia y la cuestión social

Allí el Papa Pío XI reivindicó la competencia de la Iglesia para intervenir en cuestiones sociales. Porque quienes recibieron con disgusto la Rerum Novarum trataron de objetar precisamente eso: que la Iglesia se ocupara de estos temas. Tanto León XIII como Pío XI de un modo mucho más amplio, mostraron que efectivamente esto era solamente un eco de la predicación del Evangelio, y que la Iglesia faltaría gravemente a su deber si no se pronunciara sobre estos asuntos, que tienen que ver con la salvación eterna del hombre, pero que tienen que ver también con la organización de su vida en la tierra, que es un medio fundamental para alcanzar la salvación.

Además, Pío XI confirmó los principios y las directrices de la Rerum Novarum, pero aclarando cuestiones dudosas. Y aquí se muestra cómo la Doctrina Social de la Iglesia va adaptándose analógicamente a las nuevas problemáticas, y va produciendo respuestas que sirven para iluminar los problemas contemporáneos. No se contenta simplemente con repetir los principios que ya han sido enunciados. Se apoya en ellos para nuevos avances.

En efecto, entonces, en la Quadragesimo Anno Pío XI produce una nueva clarificación sobre la propiedad privada, y aquí ya al derecho natural que la fundamenta le adscribe necesariamente lo que se va a llamar en adelante la función social. Entonces, en adelante, cada vez que la Iglesia recuerde la legitimidad de la propiedad privada, y aun de la propiedad privada de los medios de producción, recordará siempre su función social.

Luego rechaza la opinión de quienes consideraban injusto el régimen del salario, aunque se queja de la inhumanidad con que se determina normalmente el salario. Y entonces, avanzando sobre lo dicho por León XIII, sostiene que hay que suavizar el contrato de trabajo con el contrato de sociedad. Y ya postula aquí la participación de los empleados y los obreros en la propiedad, en la gestión y en la ganancia de las empresas. Cuestiones que se van a suscitar muy agudamente después, porque todo esto va a ser discutido y al intentar llevarse a la práctica va a producir enormes reacciones. No es fácil aplicar estos principios. Pero ya a esta altura de las cosas, es importante notar que en un documento de la máxima autoridad de la Iglesia se afirma semejante cosa.


Cristianismo y comunismo

En el mismo contexto, el Papa vuelve a recordar la oposición entre cristianismo y comunismo. Publicaría luego en 1937 la encíclica Divini Redemptoris, donde recuerda que el comunismo es intrínsecamente perverso. Pero tampoco puede aceptarse, dice, un socialismo moderado.

La nomenclatura entre socialismo y comunismo, a esta altura es muy variable, muy flexible. Entonces, el comunismo es visto como un socialismo extremo, por eso se hablaba de un socialismo moderado para decir un socialismo “no comunista”. Pensemos que a esta altura ya las ideologías han tenido realizaciones prácticas, con consecuencias tremendas; entonces, el vocabulario se va afinando poco a poco.

Dice que si el socialismo sigue siendo tal, se opone a la verdad cristiana porque se opone a la concepción del hombre y de la sociedad que es propia del cristianismo. Denuncia también la prepotencia económica que ha reemplazado al mercado libre. Esto es, la utopía del mercado libre lleva frecuentemente a la prepotencia de los poderosos, a la prepotencia del dinero, digamos. Los calificativos que brinda a la economía de su tiempo, críticos, son muy notables. Habla de una economía dura, implacable y cruel, porque el Estado se ha puesto al servicio de los poderosos, y fustiga el Imperialismo Internacional del Dinero. Estas formulaciones, análogamente, son perfectamente aplicables a la situación económica de hoy, tanto en el orden global como en el orden interno de la vida de las naciones.

Por último, digamos que también siguiendo a León XIII, Pío XI proclama como leyes supremas de la sociedad la Justicia y la Caridad; y postula un orden jurídico nacional e internacional que permita armonizar los intereses particulares y el Bien Común. El principio del Bien Común, el Compendio que hoy presentamos lo va a recordar, es el principio fundamental de la Doctrina Social de la Iglesia.


Guerra y posguerra

La obra del Papa Pío XII, 1939-1958, fue realmente monumental. Porque por primera vez, esto ha sido notado con frecuencia, un Pontífice se ocupaba de todos los problema suscitados en su tiempo, especialmente aquellos producidos por los cambios políticos, sociales y culturales.

El Papa Pío XII tuvo que hacer frente a los totalitarismos que arreciaron en el S. XX, y después de la II Guerra Mundial al problema que planteaba la expansión del comunismo. Ha tenido que ocuparse de la reconstrucción de la paz. Defendió el respeto a las minorías y reelaboró una doctrina tradicional acerca del papel de la aristocracia, que él ahora ampliaba al de las élites de todo tipo, de toda clase de élites en la sociedad. Propuso las condiciones de una verdadera democracia; eso lo hizo en el famoso discurso de Navidad de 1944, pidiendo la necesidad de definir un orden político que coincida con las exigencias actuales de la vida de la sociedad, y especialmente que respete los derechos humanos. Fue un gran jurista Pío XII, y proyectó esa mirada de jurista sobre todo defendiendo el derecho de las minorías avasalladas, de los ciudadanos a quienes se imponían regímenes totalitarios. Puso así las bases de un orden internacional basado en el derecho.


Propiedad, subsidiariedad y la familia

Pío XII no publicó una Encíclica social. Pero al producirse el cincuentenario de la Rerum Novarum, pronunció una alocución radial, un radiomensaje en la fiesta de Pentecostés de 1941, que comienza con las palabras “La solennità”, es muy conocido este texto. Piensen que estamos en pleno desarrollo de la II Guerra Mundial. Allí destaco tres puntos importantísimos que significan otros tantos avances respecto de Rerum Novarum.

En primer lugar, afirma el Papa que el derecho al uso de los bienes necesarios (recuerden que León XIII definía la propiedad privada como el derecho de poseer lo necesario para el desarrollo de la persona y de la familia), el derecho al uso de los bienes necesarios es superior a cualquier otro, incluso tiene prioridad sobre el derecho de propiedad privada. Esto es un principio tradicional, clásico de la moral católica. La propiedad privada es un derecho natural, pero no puede impedir que los bienes materiales lleguen equitativamente a todos. Aquí se plantea un problema ético. Y hace una afirmación el Papa sorprendente, acerca de en qué consiste la riqueza económica de un pueblo. Dice que ésta no puede definirse por la abundancia de bienes, por la acumulación de bienes, sino que debe definirse por la justa distribución, de tal manera que un pueblo que sobreabundara en bienes materiales y que tuviera las finanzas saneadas, una caja extraordinaria... pero donde las riquezas no estuvieran equitativamente distribuidas, ese no sería un pueblo económicamente rico, sino económicamente pobre. Con lo cual introduce en la Economía de lleno la problemática moral, la definición misma de riqueza y de pobreza. Me parece que este principio tiene la máxima actualidad, hoy día que estamos fascinados a lo mejor por ciertas metas macroeconómicas, cuando la situación de la gente sigue igual.

El segundo punto que quiero destacar es otra vez la elaboración teológica y doctrinal sobre el trabajo, el trabajo como derecho y deber. El Estado sólo debe intervenir cuando los particulares no puedan o quieran establecer entre sí las condiciones de la relación laboral. Fíjense cómo León XIII, en un momento de máxima urgencia, pedía la intervención del Estado, aunque reconocía que ésta debía ser instrumental y limitada. Aquí, después de la experiencia de los totalitarismos del S. XX, Pío XII introduce una ligera variante: dice que el Estado intervendrá sólo cuando los particulares no puedan o no quieran establecer entre sí las condiciones de la relación laboral. Aquí hay una aplicación del principio que se llama de subsidiariedad, que es otro de los principios claves de la Doctrina Social de la Iglesia.

Por último, me parece importante notar que en este discurso Pío XII subraya la importancia de la familia en relación con la propiedad y con el trabajo. “La propiedad contribuye a su solidez y a su libertad”, es decir, otra vez, la propiedad en función de un bien superior.


En la Guerra Fría

En 1961 el Papa Juan XXIII celebró el septuagésimo aniversario de Rerum Novarum con la Encíclica Mater et Magistra. La situación había cambiado notablemente, en pocos años. Después de la II Guerra Mundial viene la recuperación de Europa y comienza el auge de las doctrinas desarrollistas pero que no son mera teoría, sino que se usaron en la práctica y con un resultado notable. Porque, efectivamente, los pueblos de Europa Occidental van surgiendo de la catástrofe de la II Guerra Mundial.

Contemporáneamente ocurre la liberación política de los pueblos africanos, una liberación política que hoy todavía es fuente de enormes enigmas, porque no se han resuelto los problemas principales de esos pueblos. Mater et Magistra muestra la continuidad de la Doctrina Social de la Iglesia desde Rerum Novarum, y resume los aportes de Pío XI y de Pío XII.

Resumo la enseñanza de Juan XXIII también en cinco puntos.


El Estado y la “sociabilización”

En primer lugar, acerca de la intervención del Estado en el orden económico. Fíjense ustedes cómo recurren los mismos problemas, y veamos cómo cada vez se ajusta el principio a la nueva realidad que se presenta. Aquí se enuncia con toda claridad el principio de subsidiariedad. Y el principio de subsidiariedad es como una especie de carril que permite que las relaciones sociales discurran correctamente en el orden de la Justicia. Si se sofocara la intervención privada por una intervención desmedida del Estado, se podría llegar al estancamiento en el crecimiento de ese pueblo, y aun a una tiranía desde el punto de vista económico o político. Pero en el otro extremo, omitir la acción del Estado lleva a dejar campo abierto al abuso de los poderosos. Entonces, es importante una regular intervención del Estado de acuerdo al principio de subsidiariedad. Algunos propósitos plantea aquí el Papa: disminuir los desniveles que se dan entre sectores de una sociedad o entre regiones de un país; ir conteniendo las crisis, evitar la desocupación; adaptar las instituciones y los métodos; esa es una tarea propia del Estado que puede ir desarrollando respetando este principio de subsidiariedad.

Un punto que se destacó importante en la Mater et Magistra y que dio mucho que hablar, es cómo el Papa nota la multiplicación de las relaciones comunitarias y de asociación, lo que él llama la “socialización”, y señala las ventajas y peligros de estas tendencias, que es una tendencia que se ha dado en el mundo en esa época, al conjuro de los procesos de desarrollo. Hay valores y disvalores en el proceso de “socialización”. El Papa advierte contra el peligro de la automatización, contra el excesivo influjo del ambiente sobre las decisiones personales. Una especie de manipulación de la persona y de las instituciones menores por aquellos que en todo caso van capitalizando el proceso de “socialización”.


Remuneración, cogestión y desarrollo

El tercer punto es acerca de la remuneración del trabajo. Constata todavía Juan XXIII el contraste entre salarios miserables y la opulencia de los menos. Y sostiene que son necesarios criterios de Justicia y Equidad en la fijación de los salarios. Fíjense cómo se sostiene en la fijación de los salarios como justos, pero se insiste en la dificultad de su aplicación. Entonces, el cuidado con que la autoridad pública debe velar para que las relaciones laborales sean correctas. Aquí hay algo interesante como avance. Entre esos criterios de Justicia y Equidad para la fijación del salario, Juan XXIII recomienda observar cuánto aporta cada uno a la producción, la situación económica de la Empresa, qué exige en cada caso el bien de la comunidad, el bien del Estado, y también la situación internacional. Son factores que inciden, querámoslo o no, en la problemática laboral y en la fijación del salario. Pero eso debe observarse con justicia y equidad.

Hay también una elaboración interesante acerca de la Empresa. A propósito, sostiene que el contrato de trabajo debe moderarse por el contrato de sociedad, tal como había sido planteado en momentos anteriores del desarrollo de la Doctrina. Y recuerda los problemas que suscitó la cogestión empresaria de los obreros en tiempos de Pío XII; por tanto, la participación de los obreros en la propiedad y en la gestión de las empresas, debiera irse aplicando gradualmente, poco a poco, a través por ejemplo de una cuota adicional por mayor producción, de modo que se fuera llevando en ese proceso a concebir la empresa como una comunidad de personas, y no solamente como una comunidad circunstancial de producción. Aquí está funcionando en todo caso una concepción humanista del orden social y de las relaciones laborales.

El último punto, que introduce aquí Juan XXIII como una novedad, es la problemática del desarrollo y del subdesarrollo. Después de la II Guerra Mundial se advierte ese contraste y se lo teoriza. Propone que la ayuda a los países en vías de desarrollo, como eufemísticamente se los llama y se los llamaba (algunos son países en vías de subdesarrollo permanente), la ayuda debe ser respetuosa, para evitar formas nuevas de colonialismo. Al parecer no se tuvo muy en cuenta esta observación, porque el neocolonialismo ha sido el rostro cruel que se ocultaba detrás de estas máscaras que intentaban ayudar a los países para salir de un subdesarrollo crónico. A propósito del desarrollo y del subdesarrollo, el Papa apunta al problema demográfico y protesta contra la pretensión de resolverlo evitando la natalidad, esto en 1961. Pocos años después algunos países, sobre todo EEUU, van a poner en marcha un proceso tremendo de disminución de la población de los países en vías de desarrollo. El famoso informe Kissinger de 1974 sostiene que hay que evitar que los países subdesarrollados sigan creciendo demográficamente, porque se ponen en peligro los intereses ultramarinos de los EEUU; pero el Papa ha hablado desde muy temprano, como se ve.


Pablo VI

El Concilio Vaticano II, entre tantos documentos, ha aprobado la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, en la que se ofrece ya un pequeño compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, ampliando los horizontes de la órbita económico-social y yendo a la problemática política y sobre todo al tema de la cultura. A partir del Vaticano II vamos a ver los documentos de Juan Pablo II sobre todo, se engloban las problemáticas económicas, laborales, políticas, en un clima o en un ámbito mayor que es el de la cultura.

Pablo VI ha brindado un aporte que hacía falta en este momento, y que podemos calificar de pedagógico. Porque el patrimonio doctrinal a esta altura de las cosas, ya está prácticamente establecido. Pero Pablo VI puso el acento en una pedagogía más práctica, y en la necesidad de ejercitar un discernimiento sobre los fenómenos sociales

En 1967 publicó la Encíclica Populorum Progressio precisamente sobre el tema del desarrollo, a partir de aquél germen que había dejado Juan XXIII en la Mater et Magistra. Allí muestra la dimensión mundial de la cuestión social. Casi una definición esto: la cuestión social que partió en 1891 como la condición de los obreros, ahora es un problema mundial y abarca todos los ámbitos de vida de la sociedad.

En la Populorum Progressio el Papa propone la concepción de un desarrollo plenamente humano, y lo enuncia así: un desarrollo integral de todo el hombre y de todos los hombres. Es decir, de todas las dimensiones de la persona y de todos los miembros de una comunidad; y para eso, hace jugar las categorías de “ser” y “tener”; y propone la fundación o la recreación de una escala de valores para resolver las situaciones injustas que amenazan la paz. El desarrollo, dice, es el nuevo nombre de la paz.

Hay una sugerencia concreta en Populorum Progressio, que permite ilustrar los distintos niveles de la Doctrina Social de la Iglesia porque ésta, como veremos en seguida, consiste ante todo en el enunciado de principios que tienen que ver con una concepción del hombre, de la familia y de la sociedad. Pero también en la observación de los fenómenos sociales, sugiere vías de solución; e incluso puede hacer alguna proposición concreta. En la Populorum Progressio Pablo VI propuso la creación de un fondo mundial que evite los inconvenientes de la ayuda bilateral para el desarrollo; tampoco se hizo caso: ese fondo se creó, pero los países que se comprometieron a aportar se echaron atrás, y sólo hubo tres o cuatro que hicieron un aporte insignificante.


Octogesima Adveniens

Para celebrar el octogésimo aniversario de Rerum Novarum, fíjense ustedes cómo se encadenan las menciones a esa Encíclica fundante, Pablo VI publicó la Octogesima Adveniens, que es valiosa no tanto por la actualización de Rerum Novarum sino por la discusión que el Papa propone allí de las grandes ideas políticas y sociales, y por algunas conclusiones prácticas.

Ante todo, subraya la importancia de un proyecto político para guiar la acción. Fíjense, la problemática social no tiene respuesta definitiva y satisfactoria en el mero orden económico-social, sino que en el fondo es una cuestión política. Y esto nosotros lo vemos observando las peripecias de la Argentina. Un proyecto político para guiar la acción; si no hay un proyecto político, y un proyecto político nacional, nunca se resolverán los problemas económicos y sociales.

Pero es muy importante que el Estado o los partidos políticos no pretendan imponer una ideología, sino que el modelo (ya se habla de “modelo” a esta altura de las cosas), el modelo de sociedad debe ser el resultado del diálogo, del debate entre los grupos culturales y religiosos que desarrollan sus convicciones sobre el hombre y sobre la sociedad en un cuerpo social determinado. Aquí hay un llamado en todo caso a una dinámica social, fundada en el diálogo, como instrumento adecuado para la constitución de un modelo.

En segundo lugar, propone un discernimiento notando la ambigüedad de las ideologías. Y allí analiza simétricamente al marxismo y al liberalismo; y muestra cómo la alienación se da en ambas ideología, ya que ambas bloquean el acceso del hombre a la trascendencia, y escamotean las condiciones necesarias para un verdadero humanismo.

A partir de ese discernimiento crítico sobre las ideologías observa el Papa que se abre una nueva oportunidad para el cristianismo, que debe hacer frente al positivismo de la técnica y a la alienación de esas dos ideologías que eluden la cuestión sobre el sentido, el sentido de la vida personal y el sentido de la vida en la comunidad.


Las utopías de 1970

Hay una curiosa reflexión sobre la utopía, porque por entonces, en los años ’70, estaba de moda el tema de la utopía y las publicaciones acerca de la utopía como fórmula para impulsar el desarrollo de la sociedad. Utopía, etimológicamente, dice algo no muy bueno, porque quiere decir que no hay sitio, no hay nada. La utopía es algo inexistente en todo caso. Pero el Papa acoge un sentido positivo de la utopía; es un discernimiento crítico. Dice: “la utopía está proponiendo la destrucción del estado presente de la sociedad”, y esa crítica de la sociedad estimula la imaginación prospectiva y hace prever posibilidades hasta entonces ignoradas. El problema es que la utopía se encierre sobre ella misma, rehuse una apertura de este método que de suyo es ambivalente. Pero si aceptara una apertura realista, en todo caso podría acercarse a la proposición de un ideal, de un ideal que sea razonable. Por eso, se trata en el fondo de un problema de discernimiento sobre los problemas sociales y del modo como la idea influye en esos mismos fenómenos.

Toda esta Carta Apostólica es un ejercicio de discernimiento. Para ello hace falta el aporte de las ciencias humanas. Aquí dice el Papa que la Doctrina Social de la Iglesia no pretende aportar un modelo prefabricado, tampoco se limita a recordar principios generales, sino que es una reflexión al contacto de realidades cambiantes. Sobre ella proyecta una experiencia de siglos, porque es la innovación creadora que requiere la situación del mundo. En cada época la Doctrina Social de la Iglesia actualiza sus proposiciones a la luz de los principios inmutables.

En aquellos años ’70 sonó muy pacificadora esta palabra: “la Iglesia se interesa más por el cambio de los corazones que por el cambio de las estructuras económico-sociales”, porque si no se da el cambio de los corazones, la conversión, será imposible que aquellas estructuras cambien para mejor. El compromiso del cristiano en un mundo pluralista consiste en el ejercicio de la prudencia y de la solidaridad.

Durante el pontificado de Pablo VI arreciaron problemas gravísimos, no sólo una crisis interna de la Iglesia, en la Fe, en las formulaciones morales, sino también conflictos sociales, el surgimiento de movimientos guerrilleros que proponían la revolución violenta, sobre todo en América Latina; el problema teórico y práctico de la colaboración con el marxismo, ahora más bien práctico en los años ’70; la Teología de la Liberación convertida en praxis revolucionaria.


Juan Pablo II

Así llegamos al pontificado de Juan Pablo II. Y aquí yo voy a resumir rápidamente porque tendríamos que detenernos por un largo rato, ya que en realidad los documentos sociales, las tres Encíclicas sociales de Juan Pablo II y otras intervenciones de este carácter, se inscriben en un Magisterio mucho más amplio y en su pensamiento teológico y filosófico.

El Papa Wojtyla insistió en el contenido del anuncio cristiano, es decir en el anuncio del Dios Uno y Trino, de Cristo único Redentor del hombre; y luego, propuso la determinación de ese contenido que se expresa en la vida temporal de los pueblos.

Así se abarca la temática de la cultura esbozada en la Gaudium et Spes, sobre todo en la Encíclica Slavorum Apostoli sobre el problema del mundo eslavo y su integración en Europa; es un caso histórico muy interesante, pero que le sirvió a él para teorizar la problemática católica de la inculturación, el tema de la transfiguración de las culturas. Y luego, con motivo del Quinto Centenario de la Evangelización de América Latina. Ahí propuso otra vez la problemática de la cultura, de la evangelización de la cultura y de la inculturación del Evangelio.


Tres documentos

Los tres documentos sociales de mayor envergadura han sido la Encíclica Laboren Exercens en el nonagésimo aniversario de Rerum Novarum en 1981, que es todo un tratado filosófico y teológico sobre el trabajo, con una fuerte proyección pastoral. El trabajo es la clave de la cuestión social, así lo había comprendido ya León XIII, pero fíjense que al cabo de este arco de desarrollo cuántos otros temas han ido apareciendo.

Reaparece ahora el tema del trabajo, pero expuesto en una profundidad inusitada, sobre todo destacó al hombre como sujeto del trabajo. Por eso, en esta Encíclica, vale sobre todo el concepto del trabajo subjetivo, es decir, el trabajo como vocación, como instrumento de realización personal. Entonces, aquí se vuelca la experiencia personal del Papa, su reflexión antropológica.

También se refiere a la prioridad del trabajo sobre el capital, y esto pasa a ser otro principio, un nuevo principio, una nueva explicitación del principio de la relación entre el trabajo y el capital. La prioridad del trabajo sobre el capital. El trabajo es causa eficiente primaria; el capital es causa instrumental, y para que no quepa confusión lo dice escolásticamente de manera muy técnica.

Esta Encíclica se extiende en el enunciado de los derechos del trabajador, y sobre todo de una espiritualidad del trabajo. Lo que hoy nosotros llamamos a veces con demasiada rapidez: una cultura del trabajo. Es algo mucho más profundo, mucho más intenso y mucho más definitivo para la persona humana de lo que se puede pensar.


Centesimus Annus

En el centenario de Rerum Novarum, Juan Pablo II publicó la Centesimus Annus. Antes, en 1987, había emitido una Encíclica, Sollicitudo Rei Socialis, para conmemorar los veinte años de Populorum Progressio de Pablo VI. Y en la Sollicitudo Rei Socialis es donde define a la Doctrina Social de la Iglesia como un aspecto, una parte, un capítulo de la Teología Moral. Con lo cual, nos está mostrando que todo ese desarrollo histórico no es más que un desarrollo del conocimiento de la Fe, es una aplicación del conocimiento de la Fe.

Pero vayamos a la Centesimus Annus porque aquí se pone en ejercicio esta concepción de los distintos niveles de la Doctrina Social de la Iglesia.

Aquí lo que hace el Papa es una relectura de la Rerum Novarum cien años después, tratando de mirar las cosas nuevas. Rerum Novarum significa “de las cosas nuevas”. Entonces, ahora dice Juan Pablo II, hay cosas nuevas que son otras novedades respecto de las novedades que tuvo que afrontar León XIII en 1891. Hay que mirar estas cosas nuevas, para poder mirar correctamente hacia el futuro.

Entonces, no sólo recuerda los principios fundamentales de Doctrina, expuestos por la autoridad del Magisterio, sino también hace un análisis de acontescimientos históricos. Y dice: “esto no atañe específicamente al Magisterio”, por eso no puede dar aquí juicios definitivos, es otro orden respecto del de los principios.


1989

Sin embargo, el centro de la Centesimus Annus, es precisamente el discernimiento que el Papa hace de lo que sucedió en 1989, y el capítulo se llama así, “1989”; es el capítulo III de Centesimus Annus. Después de analizar las novedades registradas en las últimas décadas, enfoca los cambios producidos en ese año 1989, a saber la caída de los regímenes opresores, esto es, la caída del comunismo no sólo en Rusia sino en los países de Europa Oriental. Y aquí expone los factores de la caída del comunismo:

En primer lugar, la violación de los derechos del trabajador en la dictadura del proletariado. Aquí está la gran contradicción. La dictadura del proletariado resulta una máquina de violación de los derechos del trabajador. El ha seguido de cerca la experiencia de Polonia, la lucha pacífica contra esa violación de los derechos del trabajador. La caída del régimen comunista en Polonia y que precipitó la caída del comunismo en toda su extensión como realización del socialismo real, comenzó allí: en la protesta de los trabajadores de Solidaridad. “Los trabajadores desautorizaron la ideología –dice el Papa-, y desde la praxis han descubierto los valores de la Doctrina Social de la Iglesia”.

El segundo factor de la caída del comunismo ha sido la ineficiencia de un sistema económico que violaba el derecho a la iniciativa, la propiedad privada y la libertad económica; pero con eso también ofuscaba la dimensión cultural de una nación. Ponía en jaque el sentido de la misma existencia personal. “La verdadera causa –dice- de la caída del comunismo ha sido el vacío espiritual provocado por su ateísmo”. Lo que ha fallado es ese intento de instaurar una religión política, una religión secular para construír un paraíso terrestre.

El Papa nota cómo se ha dado un nuevo encuentro entre la Iglesia y el movimiento obrero, porque ha habido una reacción ética de los trabajadores polacos que ha sido fundamentalmente cristiana, y se han registrado formas espontáneas de conciencia obrera renovadas, después de la experiencia del comunismo. Esto en un contexto más amplio, un movimiento más general, de liberación de la persona y de consolidación de los Derechos Humanos.

Esto muestra también el error de los compromisos entre el marxismo y el cristianismo, y de una falsa Teología de la Liberación. Fue otro el camino.


Modelos sociales

Pero nota el Papa también el peligro del momento: la explosión de odios y rencores. Esto desgraciadamente se cumplió, y no ha cesado del todo. La dificultad entre construir material y moralmente los países. Entonces, ahora se plantea la cuestión: ¿con qué modelo?

En el Capítulo IV de la Centesimus Annus plantea otra vez el problema de la propiedad privada y del destino universal de los bienes. Vuelve el mismo principio a iluminar una situación nueva. Reconoce el Papa el valor de la moderna economía de empresa, pero también hace notar que es imprescindible que ella se afiance en el uso de una responsable libertad. Señala los límites del mercado, es un instrumento eficaz. Pero hay exigencias humanas que escapan a la lógica del mercado, hay necesidades fundamentales que no tienen salida en el mercado. Acá hay un problema cultural que se plantea, y que se plantea no sólo en el contexto del socialismo que ha perdido, sino también en el capitalismo triunfante.

Mucha gente hoy día no puede entrar, efectivamente, en el sistema del mercado, en el sistema de la empresa. Se dan nuevas formas de marginación. Y la vigencia del capitalismo primitivo, de aquél contra el cual reaccionó León XIII después de tantos avatares todavía. Juan Pablo II señala la “situación despiadada (son sus términos), la explotación inhumana, los casos de semi esclavitud de la mayoría de los habitantes del Tercer Mundo. Qué difícil es conseguir un acceso equitativo de los países en vías de desarrollo al mercado internacional. ¡Si lo sabremos nosotros!

Señala también la importancia de la justa función de los beneficios, pero que este no es el único índice para constatar la marcha de la Empresa. Es necesario subrayar el valor de la existencia de la empresa como comunidad (lo que decía Juan XXIII en Mater et Magistra).

También señala la gravedad de la deuda internacional, que debe ser pagada con sacrificios insoportables; los problemas ecológicos y el desarrollo de hábitos consumistas y estilos de vida materialistas que son perjudiciales, que recrean la problemática de vacío espiritual en un nuevo contexto.

También dice el Papa que la acción y la lucha por la Justicia son legítimas cuando se enfocan contra un sistema económico en el que rige el predominio absoluto del capital y los medios de producción sobre la libre subjetividad del trabajo del hombre. Entonces, la libre subjetividad del trabajo del hombre es un principio fundamental para la concepción de la Empresa y para las relaciones de mercado. Es clave en la lucha contra las injusticias destacar precisamente este principio.


Modelo alternativo

¿Cuál es el modelo alternativo, una vez que han caído los modelos de socialismo real? ¿Qué se debe proponer a los países en vías de desarrollo? El capitalismo es el sistema vencedor, pero ¿es un modelo para el Tercer Mundo?

El Papa propone como alternativa una sociedad basada en el trabajo libre, en la empresa y en la participación; y observa cómo el triunfo del capitalismo conlleva en los países de Occidente un nuevo caso de alienación, distinta de la que se daba en el comunismo: la pérdida del sentido de la existencia por la satisfacción en el consumo de expectativas falsas, superficiales, por los casos de esclavitud en el trabajo, la inversión entre medios y fines, por el rechazo de la trascendencia y de la capacidad de donación del hombre. Esto se da en las sociedades occidentales donde se ha superado la explotación, dice, pero no se ha superado la alienación.

Lo que aquí está en juego, en definitiva, es el sentido de la libertad. Sí, la libertad, pero la libertad tal como se entiende en el occidente capitalista ¿nos hace verdaderamente felices? ¿Permite establecer en la sociedad relaciones de auténtica justicia? ¿da cabida a una amistad social? ¿deja el modelo establecido abierta la dimensión de la trascendencia? ¿Es entonces el capitalismo el modelo a proponer a los países del Tercer Mundo? Y hay una respuesta doble.

La respuesta es positiva, dice, si por capitalismo se entiende que uno afirma como positivo el papel de la empresa, del mercado, de la propiedad privada de los medios de producción, de la responsabilidad y de la libre creatividad. Pero en ese caso, más que capitalismo habría que llamar a ese método, a ese Estado, a ese proyecto, a ese modelo, “economía de empresa”, “economía de mercado” o “economía libre”, y no usar el término “capitalismo”.

¿Es el capitalismo el modelo a proponer a los países del Tercer Mundo? La respuesta es negativa si por capitalismo se entiende que la libertad económica no queda encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la liberación humana integral. Porque aquí lo que se plantea es el riesgo de difusión de una ideología radical de tipo capitalista.


¿Un capitalismo humano?

La Iglesia, subraya el Papa, no propone un modelo: ofrece orientaciones ideales e indispensables. Hay reformas posibles al capitalismo.

Es interesante señalar que ha habido una serie de trabajos, incluso aquí en la Argentina pienso en la obra de Carlos Moyano Llerena, por ejemplo, que ha notado las diferencias entre los modelos capitalistas de la Europa Occidental, de Estados Unidos y de Japón.

Hay reformas posibles del capitalismo, ya que su forma liberal o neoliberal ha sido un fracaso al aplicarse a los países en vías de desarrollo; al menos en Occidente. Algunos ya han destacado el caso especial de Japón en los países del Este de Asia, donde ha jugado un papel importante los restos de cultura confusiana, con valores morales tradicionales diferentes del occidente de la ilustración.

De parte de algunos estudiosos, la problemática del fracaso de las posturas liberales, capitalistas, o neocapitalistas o neoliberales en los países en vías de desarrollo tienen que ver más bien con la problemática de la ilustración, los resabios de la Revolución Francesa. Aquellos países de Oriente que no han sufrido esa historia, en todo caso, se han encontrado con valores tradicionales que le han permitido morigerar los efectos letales de un modelo capitalista radical a ultranza.

Entonces, aquí queda abierta la discusión acerca de la posibilidad de un capitalismo humano.


Elaboración de la Doctrina Social

Este es el desarrollo histórico, a grandes líneas, a través de documentos capitales de la Doctrina Social de la Iglesia. Ahora bien, ¿qué es ella, después de todo? Podríamos sacar una conclusión de este desarrollo.

En parte, en la Octogesima Adveniens de Pablo VI y en la Centesimus Annus de Juan Pablo II, hay una cierta conclusión acerca de esto.

En primer lugar, hay que señalar por lo menos dos niveles en la proposición de la Doctrina Social de la Iglesia. Ella está elaborada a partir de los Documentos Pontificios, y también de ciertos documentos episcopales. Podemos mencionar documentos recientes del Episcopado latinoamericano, de los Obispos norteamericanos sobre economía (una carta pastoral muy interesante), aportes de muchos estudiosos que han enfocado la problemática social en un contexto cultural más amplio. La reflexión teológica y la praxis pastoral de la Iglesia. Todo eso aporta a la elaboración de la Doctrina Social. Entonces, le daría dos niveles.


El nivel teórico

El primero es lo que habría que llamar Doctrina Social de la Iglesia o Enseñanza Social de la Iglesia propiamente dicha en cuanto doctrina o en cuanto enseñanza. A saber: un cuerpo de verdades y de principios de orden ético que tienen su fuente en la Revelación y en la interpretación de la Ley Natural. Esto tiene que ver con una concepción del hombre.

Es, podríamos decir, antropología teológica. Juan Pablo II en la Sollicitudo Rei Socialis, dice que es Teología Moral. Entonces, no es “sociología”, no está sometiéndose al influjo de la “moda sociológica”, o de las doctrinas o de los dogmatismos económicos o de los fenómenos sociales.

Hay una continuidad en el tiempo que yo he tratado de subrayar en esta exposición diacrónica que he hecho de la misma. Pero hay un núcleo permanente de verdades y de normas que van aplicándose analógicamente a lo largo del tiempo y van acopiando nuevas reflexiones.


El nivel práctico

Y hay un segundo nivel en el cual van bajando estos principios a iluminar la realidad y a proponer soluciones concretas. Observaba Pablo VI la necesidad de mirar la realidad. La apreciación fundada en los principios de la situación histórica. Los nuevos avances, las nuevas formulaciones de la Doctrina Social de la Iglesia, proceden de la actualización de los principios a la luz de la situación histórica. Hay como grados en el descenso de los principios a la práctica, y por eso también forman parte de la Doctrina Social de la Iglesia un conjunto de juicios prácticos y prudenciales que cuanto más se acercan a la acción concreta se abren a un mayor pluralismo. Porque la situación concreta tiene que ser esclarecida con la luz del Evangelio, y proyectando sobre ella estos principios.

Pero en este nivel, la Doctrina Social de la Iglesia comporta afirmaciones u opiniones más o menos conjeturales. No ofrece programas o recetas, no traza un modelo de sociedad. El realismo de una Doctrina ordenada a la acción. Porque si es Teología Moral, se trata de una Doctrina ordenada a la acción.


Universidad y Doctrina Social

Hemos visto cómo ha ido madurando históricamente este corpus doctrinal. Y termino señalando su carácter pastoral. La Doctrina Social de la Iglesia ha sido señalada para la contemplación, sino para la acción. Pero en este proceso de descenso de los principios a la realidad, en esta aplicación de juicios prudenciales a las situaciones concretas, se supone que la Doctrina Social de la Iglesia, el Magisterio, sobre todo los pastores de la Iglesia, necesitan el aporte interdisciplinario de muchas ciencias: de las ciencias sociales, de la economía, de los otros factores de la cultura. Las Universidades tendrían que ser como la usina en las cuales la Doctrina Social de la Iglesia baja a la realidad para ofrecer las vías más concretas de solución.

Fíjense cómo en la Universidad Nacional de Buenos Aires durante la última crisis argentina se elaboró un Plan Fénix que yo creo que las autoridades ni siquiera han leído, yo sí lo leí, que fue interdisciplinario y pluridoctrinal (ahí había gente católica y gente que no lo era). Y yo creo que era un plan perfectamente aplicable, y sigue siéndolo para la situación argentina de hoy. Eso se ha hecho en un grupo de estudio de la Universidad.

Bueno, la Doctrina Social de la Iglesia engancha, entonces, se enlaza con las acciones pastorales de la misma Iglesia, que tienen que promover la aplicación de estos principios. Y luego esto tendrá que ser acogido por los partidos políticos. No nos interesa que los partidos políticos cada tanto se llenen la boca con una adhesión verbal a la Doctrina Social de la Iglesia. Se trata de que los principios y luego los juicios prácticos y prudenciales que brotan de esa misma doctrina, puedan ser concretados en proyectos fundamentales que saquen al país de las coyunturas en las que se encuentra. Pero eso ya tiene que ver con otros sujetos y con otras aplicaciones.


Conclusión

Yo termino, como para introducir al Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia leyendo un párrafo acerca de la naturaleza de esta Doctrina Social, que resume lo que he dicho. Es el Número 72:

“La doctrina social de la Iglesia no ha sido pensada desde el principio como un sistema orgánico, sino que se ha formado en el curso del tiempo, a través de las numerosas intervenciones del Magisterio sobre temas sociales. Esta génesis explica el hecho de que hayan podido darse algunas oscilaciones acerca de la naturaleza, el método y la estructura epistemológica de la doctrina social de la Iglesia. Una clarificación decisiva en este sentido la encontramos, precedida por una significativa indicación en la “Laborem exercens”, en la encíclica “Sollicitudo rei socialis”: la doctrina social de la Iglesia “no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral”. No se puede definir según parámetros socioeconómicos. No es un sistema ideológico o pragmático, que tiende a definir y componer las relaciones económicas, políticas y sociales, sino una categoría propia: es la “cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana”.

Tenemos el Compendio, entonces. Ahora, hay que estudiarlo.


Mons. Héctor Aguer,
arzobispo de La Plata



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