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HISTORIA DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA
Desgrabación de la Conferencia Magistral de monseñor Héctor
Aguer, arzobispo de La Plata, en el ámbito de la Cátedra Libre de
Pensamiento Cristiano de la Universidad Nacional de La Plata,
presentando el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia traducido
al castellano (6
de mayo de 2005)
La
Encíclica Rerum Novarum, publicada por León XIII en 1891 ha sido
señalada frecuentemente como el inicio de la formulación moderna de
la Doctrina Social de la Iglesia. Y subrayo: “de su formulación
moderna”, porque en realidad la Doctrina Social de la Iglesia
comienza en el Evangelio, y aun puede reconocer raíces en el Antiguo
Testamento.
Iniciativa del Papa
El
Papa León XIII en 1891 publica este texto que lleva como subtítulo
“sobre la condición de los obreros”. Y por las circunstancias de la
época, rápidamente surgió esta asombrosa constatación: la palabra
papal, por tanto la intervención de la Iglesia, llegó tarde ante una
situación social crispada como consecuencia del desarrollo reciente
pero intensísimo del capitalismo industrial ¿Llegó tarde realmente
esta voz que todos reconocieron como profética?
Parece que los mismos colaboradores inmediatos del Pontífice le
incitaban en los primeros años de su pontificado a publicar una
Encíclica o un documento de otra naturaleza sobre la problemática de
los obreros. El Papa había sido anteriormente arzobispo de Peruggia,
y ahí se había destacado por sus inquietudes sociales y por las
pastorales que había emitido como obispo sobre esos temas. Pero a la
objeción de que cómo era posible que todavía en su pontificado ya
extenso por aquella fecha no hubiera dado la voz de alarma desde esa
altísima atalaya sobre la situación oprobiosa que vivían los
obreros, el Papa respondía: “una carta pastoral puede preparar el
terreno; una Encíclica, en cambio, debe encontrarlo casi listo”.
Publicó la Rerum Novarum precisamente cuando consideró que el
terreno estaba listo. Hubo, en efecto, una lenta preparación. Una
preparación que venía de décadas atrás.
Antecedentes próximos
En
primer lugar, habría que citar la crítica de los Círculos Católicos
a la sociedad surgida de la Revolución Francesa y sobre todo al
liberalismo económico que se fue imponiendo gradual pero
implacablemente. Los Papas anteriores habían emitido juicios
condenatorios sobre las ideologías, tanto Pío IX como Gregorio XVI
antes. El proceso de secularización que se llevó a cabo en Europa a
partir de la Revolución Francesa, conllevó también la mutación de un
orden social, un orden social que podríamos calificar de
tradicional, y que tenía sus raíces en una concepción cristiana del
hombre, de la familia y de la sociedad.
Es
así como estos Círculos que he mencionado fueron promoviendo la
vigencia de un Catolicismo Social, llamémosle así, que se
intensifica en los años 70 del Siglo XIX. Este Catolicismo Social
estaba apoyado en estudios muy serios: aportes de la Sociología a la
Doctrina Tradicional y a la enseñanza de Santo Tomás. No se concretó
solamente en lucubraciones teóricas, sino que se reflejó en
experiencias prácticas: el comienzo de sindicatos, la creación de
mutuales, de cooperativas, y aun el intento de partidos políticos de
orientación cristiana en Bélgica, Alemania, Francia, Suiza e Italia.
El mismo León XIII se había acercado a la solución que iba a ofrecer
en la Rerum Novarum abordando los cambios de la sociedad de
entonces, desde principios del S. XIX, y especialmente enfocando el
problema de la constitución de los Estados, la filosofía de los
Estados, en todo caso.
La cuestión obrera
En
la Rerum Novarum se plantea, fundamentalmente, lo que entonces se
llamaba la “cuestión social”; y la cuestión social era entonces la
cuestión obrera. Notaba el Papa que se había producido el
advenimiento de una nueva forma de propiedad que es el capital, y de
una nueva forma de trabajo a saber el asalariado. Todo esto como
consecuencia de una mutación muy profunda de la sociedad europea.
El
trabajo asalariado era considerado como una mercancía, y por tanto
imponía relaciones de dependencia y de injusticia en la relación. Se
llegó en la sociedad a una división profunda de clases que reflejaba
el conflicto entre el capital y el trabajo.
Ya
la alternativa a ese estado de cosas era muy notoria: era el
socialismo que por medio de la Revolución y de la Lucha de Clases
pretendía producir un cambio profundo en estas relaciones sociales.
León XIII ya había advertido la malicia del socialismo cuando éste
era sólo una filosofía que proponía suprimir la propiedad privada, y
por tanto produjo una rápida condena de la lucha de clases. Esa no
era la solución para resolver la cuestión social, la problemática
obrera.
Trabajo y propiedad privada
Resumo en cinco puntos, aproximadamente, el centro doctrinal de la
Rerum Novarum.
En
primer lugar, el Papa proclama la dignidad del trabajador y del
trabajo, su dimensión personal y social. Asocia el trabajo, el
derecho y el deber del trabajar, a la familia y al Bien Común de la
sociedad. Nadie trabaja para sí mismo: se trabaja para los demás.
Esta concepción del trabajo consiste en una aplicación correcta de
la noción de la persona humana. Es decir, el Papa descubre la
inhumanidad de las relaciones laborales de entonces, y protesta por
la situación de los obreros. Entonces, tenía plena vigencia lo que
hoy todavía llamamos y lamentamos “capitalismo salvaje”.
El
segundo punto es la afirmación del derecho a la propiedad privada
como un derecho natural. Derecho a poseer lo necesario para el
desarrollo de la persona y la familia. Y esto es muy interesante: el
derecho es para poseer lo necesario al desarrollo de la persona y la
familia, porque ese derecho natural a la propiedad privada no tiene
un valor absoluto: está regulado, debe ser regulado en su uso, en
sus aplicaciones, por otro principio superior, a saber, el destino
universal de los bienes materiales. Por eso, el uso de los mismos
bienes materiales debe mirar no sólo al bien propio, sino también al
ajeno. Este principio va a ser luego retomado en los sucesivos
desarrollos históricos de la Doctrina Social de la Iglesia, y guarda
aun hoy día una enorme actualidad, frente a las tendencias
recurrentes del colectivismo y del liberalismo. Sobre todo, la
doctrina posterior va a insistir en la importancia de la difusión de
la propiedad. Y ya el ideal que plantea León XIII en la Rerum
Novarum, es que todos los obreros sean propietarios. Ese es el
camino, en todo caso, para superar esa aguda división de clases que
por otra parte desencadenaba una serie de conflictos implacables en
la sociedad.
Gremios, justicia y “amistad”
El
tercer punto sería la afirmación que hace aquí el Papa de otro
derecho natural, a saber: a la Asociación Profesional. Uno de los
puntos más graves, como consecuencia de la Revolución Francesa, ha
sido la destrucción del carácter orgánico del trabajo en la antigua
sociedad cristiana de Occidente. Y por eso, los obreros ante el
nuevo desarrollo del capitalismo, han quedado inermes y todos los
intentos hasta entonces realizados por el Catolicismo Social habían
sido insuficientes. El Papa insiste en el derecho natural a la
asociación, esto es, a la creación de sindicatos. Y junto a éste
otros derechos, que expresan la dignidad del trabajador como persona
humana y el aprecio del papel que tiene que cumplir en la sociedad
en orden al Bien Común, a saber: derecho a la limitación de las
horas de trabajo (es sabido que en el capitalismo del S. XIX y aun
en ciertas formas actuales todavía, se trabaja en exceso), el
derecho al legítimo descanso, al cumplimiento de los deberes
religiosos, y a un trato diversificado para las mujeres y los niños
(hay documentos históricos conmovedores acerca de la situación
tremenda de mujeres y niños sometidos a un trabajo esclavizante).
El
cuarto punto es el principio del salario justo, que ya está aquí
claramente enunciado. “Salario justo –dice el Papa- que no puede
dejarse determinar por el libre acuerdo de las partes”, porque esto
llevaría a perpetuar el abuso de los poderosos sobre los débiles, y
por tanto la forma de esclavitud del trabajo asalariado. No puede
dejarse librado a relaciones meramente individuales y pragmáticas, a
la mera negociación directa de patrones y obreros. Es necesaria,
dice el Papa, una intervención del Estado en orden a asegurar la
justa distribución, la justicia distributiva, para atender sobre
todo al bienestar del trabajador. Pero, observa ya desde entonces
muy perspicazmente, que esta intervención del Estado es solamente
instrumental, y por eso debe ser limitada. Juan XXIII en la Mater et
Magistra, veremos luego, elabora abundantemente este punto.
Por
último, el Papa expresa aquí la correcta relación entre el Estado y
los ciudadanos, y critica simétricamente al socialismo y al
liberalismo, como ideologías que en su praxis incluso alteran la
recta relación del ciudadano con el Estado. El principio elemental
de una sana organización política exige que el Estado dedique un
cuidado especialísimo a la protección de los obreros. Y por tanto,
aquí el Papa hace ver que es insuficiente la mera apelación a la
justicia, sino que es necesario ir implantando en la sociedad otro
tipo de relación que él llama, siguiendo a Santo Tomás de Aquino,
“amistad”, “amistad social”. Otro principio que va a ser retomado en
la sucesión de las exposiciones magisteriales sobre temas sociales:
Pío XI hablará de “caridad social”, Juan Pablo II enunciará el
principio de “solidaridad”, y Pablo VI había hablado también de la
“Civilización del Amor”. Entonces, es insuficiente la Justicia, hace
falta algo más. Aquí encontramos la veta propiamente evangélica de
nuestra Doctrina Social.
Misión de los laicos
La
Rerum Novarum tuvo una proyección extraordinaria, a pesar de las
críticas y de las reacciones contrarias. Desde muchos ángulos al
Papa se lo tachó de comunista. La Encíclica suscitó un movimiento
intensísimo, sobre todo entre los católicos, que se vieron
impulsados a una acción capilar y múltiple en la sociedad de su
tiempo. De allí que se plantean nuevos problemas en la misma Iglesia
acerca de la inserción de los cristianos en una sociedad
secularizada.
Surge la controversia sobre el carácter de los sindicatos, sobre
todo en Alemania ¿Han de ser estos sindicatos de patrones y obreros
o sólo de obreros? ¿han de ser confesionales, o pueden admitir a
personas de distintas confesiones religiosas? La problemática que
está detrás de esto es cómo enfocar el conflicto social sin caer en
la lucha de clases. Es decir, abrir y profundizar un camino
alternativo a la propuesta presuntamente alternativa del socialismo.
También se plantea el problema de la participación política de los
católicos, más allá de esas iniciativas prácticas del Cristianismo
Social. El problema de un “partido político católico”. Hay que
señalar, a propósito del Cristianismo Social, su origen
ultramontano. Eso es algo curioso, porque en el S. XX ha habido
fórmulas de socialismo cristiano pero inficionadas de marxismo que
procedían del liberalismo burgués, de posturas reformistas
burguesas. En cambio, en el Siglo XIX, y como terreno preparatorio
para la Rerum Novarum, el Cristianismo Social reaccionó ante el
liberalismo económico y ante la ruptura de la sociedad orgánica
producida por la Revolución Francesa. Entonces, procede del
integrismo, procede del ultramontanismo. Por eso, después de la
Rerum Novarum se plantea un problema en la inserción política de los
católicos en sociedades que van adaptándose al liberalismo político
y una orientación de los Estados a la luz de esa ideología.
Después de 1914
La
importancia de la Rerum Novarum ha sido tal que las formulaciones
posteriores de la Doctrina Social de la Iglesia se refieren siempre
a ella. Más aun, ha habido una serie de documentos papales
publicados para celebrar los distintos aniversarios de la Rerum
Novarum. Yo voy a seguir aproximadamente esta línea de exposición.
Se
ha dicho muchas veces que el S. XIX termina con la Primera Guerra
Mundial, en 1914. Porque hasta 1914 se agitaban los problemas que yo
he mencionado posteriores a la publicación de la Rerum Novarum: la
búsqueda de una adaptación del pensamiento cristiano y de la praxis
de los católicos en el orden social para ubicarse en una sociedad
política impregnada de liberalismo ante posturas económicas que
profundizaban los intentos del capitalismo inicial y antes del
proceso revolucionario que llevaba adelante siempre el socialismo en
sus distintas formas.
Pero
entre las dos Guerras Mundiales del S. XX se plantearon nuevos
problemas: la persistencia fuertemente laicista de la organización
liberal, sobre todo en regímenes republicanos muy anticlericales
persecutorios de la Iglesia; la aparición de regímenes totalitarios,
o más bien autoritarios que luego viraron hacia el totalitarismo;
una mayor participación de los laicos y la diversificación de
asociaciones católicas, tanto en la vida interna de la Iglesia como
en su diálogo y confrontación con la sociedad secularizada; la
preferencia por una organización corporativa de la economía y de la
sociedad toda a partir de los años 20 del Siglo pasado; la
consolidación del comunismo en Rusia y luego la persecución
comunista en México y España; y nuevas instancias de estudios
sociales por parte de los católicos. Esto es muy importante porque
así como la Rerum Novarum fue preparada en la praxis y también en
los laboratorios cristianos de pensamiento en Europa, así también la
obra del Papa Pío XI y la Encíclica Quadragesimo Anno que publicó
precisamente en 1931 para celebrar los 40 años de la Rerum Novarum,
fue preparada por otras instancias de estudio. El famoso Don Sturzo,
por ejemplo, recalcó sobre todo la importancia de los cuerpos
intermedios; los estudios de Maritain, de Jacques Leclerq, de la
Escuela Austríaca, de los jesuitas keningsvinker y el social worker
en Inglaterra; los estudios sobre el derecho natural y elaboraciones
muy valiosas de los padres Cathering, Page, Nelbroiling, Gunland;
los trabajos de la Unión de Malinas que estudiaron los problemas
sociales a la luz de la moral católica, procurando emitir directivas
concretas (el famoso Cardenal Mercier amparó estos trabajos). Todo
eso llevó a la publicación de Quadragesimo Anno.
La Iglesia y la cuestión social
Allí
el Papa Pío XI reivindicó la competencia de la Iglesia para
intervenir en cuestiones sociales. Porque quienes recibieron con
disgusto la Rerum Novarum trataron de objetar precisamente eso: que
la Iglesia se ocupara de estos temas. Tanto León XIII como Pío XI de
un modo mucho más amplio, mostraron que efectivamente esto era
solamente un eco de la predicación del Evangelio, y que la Iglesia
faltaría gravemente a su deber si no se pronunciara sobre estos
asuntos, que tienen que ver con la salvación eterna del hombre, pero
que tienen que ver también con la organización de su vida en la
tierra, que es un medio fundamental para alcanzar la salvación.
Además, Pío XI confirmó los principios y las directrices de la Rerum
Novarum, pero aclarando cuestiones dudosas. Y aquí se muestra cómo
la Doctrina Social de la Iglesia va adaptándose analógicamente a las
nuevas problemáticas, y va produciendo respuestas que sirven para
iluminar los problemas contemporáneos. No se contenta simplemente
con repetir los principios que ya han sido enunciados. Se apoya en
ellos para nuevos avances.
En
efecto, entonces, en la Quadragesimo Anno Pío XI produce una nueva
clarificación sobre la propiedad privada, y aquí ya al derecho
natural que la fundamenta le adscribe necesariamente lo que se va a
llamar en adelante la función social. Entonces, en adelante, cada
vez que la Iglesia recuerde la legitimidad de la propiedad privada,
y aun de la propiedad privada de los medios de producción, recordará
siempre su función social.
Luego rechaza la opinión de quienes consideraban injusto el régimen
del salario, aunque se queja de la inhumanidad con que se determina
normalmente el salario. Y entonces, avanzando sobre lo dicho por
León XIII, sostiene que hay que suavizar el contrato de trabajo con
el contrato de sociedad. Y ya postula aquí la participación de los
empleados y los obreros en la propiedad, en la gestión y en la
ganancia de las empresas. Cuestiones que se van a suscitar muy
agudamente después, porque todo esto va a ser discutido y al
intentar llevarse a la práctica va a producir enormes reacciones. No
es fácil aplicar estos principios. Pero ya a esta altura de las
cosas, es importante notar que en un documento de la máxima
autoridad de la Iglesia se afirma semejante cosa.
Cristianismo y comunismo
En
el mismo contexto, el Papa vuelve a recordar la oposición entre
cristianismo y comunismo. Publicaría luego en 1937 la encíclica
Divini Redemptoris, donde recuerda que el comunismo es
intrínsecamente perverso. Pero tampoco puede aceptarse, dice, un
socialismo moderado.
La
nomenclatura entre socialismo y comunismo, a esta altura es muy
variable, muy flexible. Entonces, el comunismo es visto como un
socialismo extremo, por eso se hablaba de un socialismo moderado
para decir un socialismo “no comunista”. Pensemos que a esta altura
ya las ideologías han tenido realizaciones prácticas, con
consecuencias tremendas; entonces, el vocabulario se va afinando
poco a poco.
Dice
que si el socialismo sigue siendo tal, se opone a la verdad
cristiana porque se opone a la concepción del hombre y de la
sociedad que es propia del cristianismo. Denuncia también la
prepotencia económica que ha reemplazado al mercado libre. Esto es,
la utopía del mercado libre lleva frecuentemente a la prepotencia de
los poderosos, a la prepotencia del dinero, digamos. Los
calificativos que brinda a la economía de su tiempo, críticos, son
muy notables. Habla de una economía dura, implacable y cruel, porque
el Estado se ha puesto al servicio de los poderosos, y fustiga el
Imperialismo Internacional del Dinero. Estas formulaciones,
análogamente, son perfectamente aplicables a la situación económica
de hoy, tanto en el orden global como en el orden interno de la vida
de las naciones.
Por
último, digamos que también siguiendo a León XIII, Pío XI proclama
como leyes supremas de la sociedad la Justicia y la Caridad; y
postula un orden jurídico nacional e internacional que permita
armonizar los intereses particulares y el Bien Común. El principio
del Bien Común, el Compendio que hoy presentamos lo va a recordar,
es el principio fundamental de la Doctrina Social de la Iglesia.
Guerra y posguerra
La
obra del Papa Pío XII, 1939-1958, fue realmente monumental. Porque
por primera vez, esto ha sido notado con frecuencia, un Pontífice se
ocupaba de todos los problema suscitados en su tiempo, especialmente
aquellos producidos por los cambios políticos, sociales y
culturales.
El
Papa Pío XII tuvo que hacer frente a los totalitarismos que
arreciaron en el S. XX, y después de la II Guerra Mundial al
problema que planteaba la expansión del comunismo. Ha tenido que
ocuparse de la reconstrucción de la paz. Defendió el respeto a las
minorías y reelaboró una doctrina tradicional acerca del papel de la
aristocracia, que él ahora ampliaba al de las élites de todo tipo,
de toda clase de élites en la sociedad. Propuso las condiciones de
una verdadera democracia; eso lo hizo en el famoso discurso de
Navidad de 1944, pidiendo la necesidad de definir un orden político
que coincida con las exigencias actuales de la vida de la sociedad,
y especialmente que respete los derechos humanos. Fue un gran
jurista Pío XII, y proyectó esa mirada de jurista sobre todo
defendiendo el derecho de las minorías avasalladas, de los
ciudadanos a quienes se imponían regímenes totalitarios. Puso así
las bases de un orden internacional basado en el derecho.
Propiedad, subsidiariedad y la familia
Pío
XII no publicó una Encíclica social. Pero al producirse el
cincuentenario de la Rerum Novarum, pronunció una alocución radial,
un radiomensaje en la fiesta de Pentecostés de 1941, que comienza
con las palabras “La solennità”,
es muy conocido este texto. Piensen que estamos en pleno desarrollo
de la II Guerra Mundial. Allí destaco tres puntos importantísimos
que significan otros tantos avances respecto de Rerum Novarum.
En
primer lugar, afirma el Papa que el derecho al uso de los bienes
necesarios (recuerden que León XIII definía la propiedad privada
como el derecho de poseer lo necesario para el desarrollo de la
persona y de la familia), el derecho al uso de los bienes necesarios
es superior a cualquier otro, incluso tiene prioridad sobre el
derecho de propiedad privada. Esto es un principio tradicional,
clásico de la moral católica. La propiedad privada es un derecho
natural, pero no puede impedir que los bienes materiales lleguen
equitativamente a todos. Aquí se plantea un problema ético. Y hace
una afirmación el Papa sorprendente, acerca de en qué consiste la
riqueza económica de un pueblo. Dice que ésta no puede definirse por
la abundancia de bienes, por la acumulación de bienes, sino que debe
definirse por la justa distribución, de tal manera que un pueblo que
sobreabundara en bienes materiales y que tuviera las finanzas
saneadas, una caja extraordinaria... pero donde las riquezas no
estuvieran equitativamente distribuidas, ese no sería un pueblo
económicamente rico, sino económicamente pobre. Con lo cual
introduce en la Economía de lleno la problemática moral, la
definición misma de riqueza y de pobreza. Me parece que este
principio tiene la máxima actualidad, hoy día que estamos fascinados
a lo mejor por ciertas metas macroeconómicas, cuando la situación de
la gente sigue igual.
El
segundo punto que quiero destacar es otra vez la elaboración
teológica y doctrinal sobre el trabajo, el trabajo como derecho y
deber. El Estado sólo debe intervenir cuando los particulares no
puedan o quieran establecer entre sí las condiciones de la relación
laboral. Fíjense cómo León XIII, en un momento de máxima urgencia,
pedía la intervención del Estado, aunque reconocía que ésta debía
ser instrumental y limitada. Aquí, después de la experiencia de los
totalitarismos del S. XX, Pío XII introduce una ligera variante:
dice que el Estado intervendrá sólo cuando los particulares no
puedan o no quieran establecer entre sí las condiciones de la
relación laboral. Aquí hay una aplicación del principio que se llama
de subsidiariedad, que es otro de los principios claves de la
Doctrina Social de la Iglesia.
Por
último, me parece importante notar que en este discurso Pío XII
subraya la importancia de la familia en relación con la propiedad y
con el trabajo. “La propiedad contribuye a su solidez y a su
libertad”, es decir, otra vez, la propiedad en función de un bien
superior.
En la Guerra Fría
En
1961 el Papa Juan XXIII celebró el septuagésimo aniversario de Rerum
Novarum con la Encíclica Mater et Magistra. La situación había
cambiado notablemente, en pocos años. Después de la II Guerra
Mundial viene la recuperación de Europa y comienza el auge de las
doctrinas desarrollistas pero que no son mera teoría, sino que se
usaron en la práctica y con un resultado notable. Porque,
efectivamente, los pueblos de Europa Occidental van surgiendo de la
catástrofe de la II Guerra Mundial.
Contemporáneamente ocurre la liberación política de los pueblos
africanos, una liberación política que hoy todavía es fuente de
enormes enigmas, porque no se han resuelto los problemas principales
de esos pueblos. Mater et Magistra muestra la continuidad de la
Doctrina Social de la Iglesia desde Rerum Novarum, y resume los
aportes de Pío XI y de Pío XII.
Resumo la enseñanza de Juan XXIII también en cinco puntos.
El Estado y la “sociabilización”
En
primer lugar, acerca de la intervención del Estado en el orden
económico. Fíjense ustedes cómo recurren los mismos problemas, y
veamos cómo cada vez se ajusta el principio a la nueva realidad que
se presenta. Aquí se enuncia con toda claridad el principio de
subsidiariedad. Y el principio de subsidiariedad es como una especie
de carril que permite que las relaciones sociales discurran
correctamente en el orden de la Justicia. Si se sofocara la
intervención privada por una intervención desmedida del Estado, se
podría llegar al estancamiento en el crecimiento de ese pueblo, y
aun a una tiranía desde el punto de vista económico o político. Pero
en el otro extremo, omitir la acción del Estado lleva a dejar campo
abierto al abuso de los poderosos. Entonces, es importante una
regular intervención del Estado de acuerdo al principio de
subsidiariedad. Algunos propósitos plantea aquí el Papa: disminuir
los desniveles que se dan entre sectores de una sociedad o entre
regiones de un país; ir conteniendo las crisis, evitar la
desocupación; adaptar las instituciones y los métodos; esa es una
tarea propia del Estado que puede ir desarrollando respetando este
principio de subsidiariedad.
Un
punto que se destacó importante en la Mater et Magistra y que dio
mucho que hablar, es cómo el Papa nota la multiplicación de las
relaciones comunitarias y de asociación, lo que él llama la
“socialización”, y señala las ventajas y peligros de estas
tendencias, que es una tendencia que se ha dado en el mundo en esa
época, al conjuro de los procesos de desarrollo. Hay valores y
disvalores en el proceso de “socialización”. El Papa advierte contra
el peligro de la automatización, contra el excesivo influjo del
ambiente sobre las decisiones personales. Una especie de
manipulación de la persona y de las instituciones menores por
aquellos que en todo caso van capitalizando el proceso de
“socialización”.
Remuneración, cogestión y desarrollo
El
tercer punto es acerca de la remuneración del trabajo. Constata
todavía Juan XXIII el contraste entre salarios miserables y la
opulencia de los menos. Y sostiene que son necesarios criterios de
Justicia y Equidad en la fijación de los salarios. Fíjense cómo se
sostiene en la fijación de los salarios como justos, pero se insiste
en la dificultad de su aplicación. Entonces, el cuidado con que la
autoridad pública debe velar para que las relaciones laborales sean
correctas. Aquí hay algo interesante como avance. Entre esos
criterios de Justicia y Equidad para la fijación del salario, Juan
XXIII recomienda observar cuánto aporta cada uno a la producción, la
situación económica de la Empresa, qué exige en cada caso el bien de
la comunidad, el bien del Estado, y también la situación
internacional. Son factores que inciden, querámoslo o no, en la
problemática laboral y en la fijación del salario. Pero eso debe
observarse con justicia y equidad.
Hay
también una elaboración interesante acerca de la Empresa. A
propósito, sostiene que el contrato de trabajo debe moderarse por el
contrato de sociedad, tal como había sido planteado en momentos
anteriores del desarrollo de la Doctrina. Y recuerda los problemas
que suscitó la cogestión empresaria de los obreros en tiempos de Pío
XII; por tanto, la participación de los obreros en la propiedad y en
la gestión de las empresas, debiera irse aplicando gradualmente,
poco a poco, a través por ejemplo de una cuota adicional por mayor
producción, de modo que se fuera llevando en ese proceso a concebir
la empresa como una comunidad de personas, y no solamente como una
comunidad circunstancial de producción. Aquí está funcionando en
todo caso una concepción humanista del orden social y de las
relaciones laborales.
El
último punto, que introduce aquí Juan XXIII como una novedad, es la
problemática del desarrollo y del subdesarrollo. Después de la II
Guerra Mundial se advierte ese contraste y se lo teoriza. Propone
que la ayuda a los países en vías de desarrollo, como
eufemísticamente se los llama y se los llamaba (algunos son países
en vías de subdesarrollo permanente), la ayuda debe ser respetuosa,
para evitar formas nuevas de colonialismo. Al parecer no se tuvo muy
en cuenta esta observación, porque el neocolonialismo ha sido el
rostro cruel que se ocultaba detrás de estas máscaras que intentaban
ayudar a los países para salir de un subdesarrollo crónico. A
propósito del desarrollo y del subdesarrollo, el Papa apunta al
problema demográfico y protesta contra la pretensión de resolverlo
evitando la natalidad, esto en 1961. Pocos años después algunos
países, sobre todo EEUU, van a poner en marcha un proceso tremendo
de disminución de la población de los países en vías de desarrollo.
El famoso informe Kissinger de 1974 sostiene que hay que evitar que
los países subdesarrollados sigan creciendo demográficamente, porque
se ponen en peligro los intereses ultramarinos de los EEUU; pero el
Papa ha hablado desde muy temprano, como se ve.
Pablo VI
El
Concilio Vaticano II, entre tantos documentos, ha aprobado la
Constitución Pastoral Gaudium et Spes, en la que se ofrece ya un
pequeño compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, ampliando los
horizontes de la órbita económico-social y yendo a la problemática
política y sobre todo al tema de la cultura. A partir del Vaticano
II vamos a ver los documentos de Juan Pablo II sobre todo, se
engloban las problemáticas económicas, laborales, políticas, en un
clima o en un ámbito mayor que es el de la cultura.
Pablo VI ha brindado un aporte que hacía falta en este momento, y
que podemos calificar de pedagógico. Porque el patrimonio doctrinal
a esta altura de las cosas, ya está prácticamente establecido. Pero
Pablo VI puso el acento en una pedagogía más práctica, y en la
necesidad de ejercitar un discernimiento sobre los fenómenos
sociales
En
1967 publicó la Encíclica Populorum Progressio precisamente sobre el
tema del desarrollo, a partir de aquél germen que había dejado Juan
XXIII en la Mater et Magistra. Allí muestra la dimensión mundial de
la cuestión social. Casi una definición esto: la cuestión social que
partió en 1891 como la condición de los obreros, ahora es un
problema mundial y abarca todos los ámbitos de vida de la sociedad.
En
la Populorum Progressio el Papa propone la concepción de un
desarrollo plenamente humano, y lo enuncia así: un desarrollo
integral de todo el hombre y de todos los hombres. Es decir, de
todas las dimensiones de la persona y de todos los miembros de una
comunidad; y para eso, hace jugar las categorías de “ser” y “tener”;
y propone la fundación o la recreación de una escala de valores para
resolver las situaciones injustas que amenazan la paz. El
desarrollo, dice, es el nuevo nombre de la paz.
Hay
una sugerencia concreta en Populorum Progressio, que permite
ilustrar los distintos niveles de la Doctrina Social de la Iglesia
porque ésta, como veremos en seguida, consiste ante todo en el
enunciado de principios que tienen que ver con una concepción del
hombre, de la familia y de la sociedad. Pero también en la
observación de los fenómenos sociales, sugiere vías de solución; e
incluso puede hacer alguna proposición concreta. En la Populorum
Progressio Pablo VI propuso la creación de un fondo mundial que
evite los inconvenientes de la ayuda bilateral para el desarrollo;
tampoco se hizo caso: ese fondo se creó, pero los países que se
comprometieron a aportar se echaron atrás, y sólo hubo tres o cuatro
que hicieron un aporte insignificante.
Octogesima Adveniens
Para
celebrar el octogésimo aniversario de Rerum Novarum, fíjense ustedes
cómo se encadenan las menciones a esa Encíclica fundante, Pablo VI
publicó la Octogesima Adveniens, que es valiosa no tanto por la
actualización de Rerum Novarum sino por la discusión que el Papa
propone allí de las grandes ideas políticas y sociales, y por
algunas conclusiones prácticas.
Ante
todo, subraya la importancia de un proyecto político para guiar la
acción. Fíjense, la problemática social no tiene respuesta
definitiva y satisfactoria en el mero orden económico-social, sino
que en el fondo es una cuestión política. Y esto nosotros lo vemos
observando las peripecias de la Argentina. Un proyecto político para
guiar la acción; si no hay un proyecto político, y un proyecto
político nacional, nunca se resolverán los problemas económicos y
sociales.
Pero
es muy importante que el Estado o los partidos políticos no
pretendan imponer una ideología, sino que el modelo (ya se habla de
“modelo” a esta altura de las cosas), el modelo de sociedad debe ser
el resultado del diálogo, del debate entre los grupos culturales y
religiosos que desarrollan sus convicciones sobre el hombre y sobre
la sociedad en un cuerpo social determinado. Aquí hay un llamado en
todo caso a una dinámica social, fundada en el diálogo, como
instrumento adecuado para la constitución de un modelo.
En
segundo lugar, propone un discernimiento notando la ambigüedad de
las ideologías. Y allí analiza simétricamente al marxismo y al
liberalismo; y muestra cómo la alienación se da en ambas ideología,
ya que ambas bloquean el acceso del hombre a la trascendencia, y
escamotean las condiciones necesarias para un verdadero humanismo.
A
partir de ese discernimiento crítico sobre las ideologías observa el
Papa que se abre una nueva oportunidad para el cristianismo, que
debe hacer frente al positivismo de la técnica y a la alienación de
esas dos ideologías que eluden la cuestión sobre el sentido, el
sentido de la vida personal y el sentido de la vida en la comunidad.
Las utopías de 1970
Hay
una curiosa reflexión sobre la utopía, porque por entonces, en los
años ’70, estaba de moda el tema de la utopía y las publicaciones
acerca de la utopía como fórmula para impulsar el desarrollo de la
sociedad. Utopía, etimológicamente, dice algo no muy bueno, porque
quiere decir que no hay sitio, no hay nada. La utopía es algo
inexistente en todo caso. Pero el Papa acoge un sentido positivo de
la utopía; es un discernimiento crítico. Dice: “la utopía está
proponiendo la destrucción del estado presente de la sociedad”, y
esa crítica de la sociedad estimula la imaginación prospectiva y
hace prever posibilidades hasta entonces ignoradas. El problema es
que la utopía se encierre sobre ella misma, rehuse una apertura de
este método que de suyo es ambivalente. Pero si aceptara una
apertura realista, en todo caso podría acercarse a la proposición de
un ideal, de un ideal que sea razonable. Por eso, se trata en el
fondo de un problema de discernimiento sobre los problemas sociales
y del modo como la idea influye en esos mismos fenómenos.
Toda
esta Carta Apostólica es un ejercicio de discernimiento. Para ello
hace falta el aporte de las ciencias humanas. Aquí dice el Papa que
la Doctrina Social de la Iglesia no pretende aportar un modelo
prefabricado, tampoco se limita a recordar principios generales,
sino que es una reflexión al contacto de realidades cambiantes.
Sobre ella proyecta una experiencia de siglos, porque es la
innovación creadora que requiere la situación del mundo. En cada
época la Doctrina Social de la Iglesia actualiza sus proposiciones a
la luz de los principios inmutables.
En
aquellos años ’70 sonó muy pacificadora esta palabra: “la Iglesia se
interesa más por el cambio de los corazones que por el cambio de las
estructuras económico-sociales”, porque si no se da el cambio de los
corazones, la conversión, será imposible que aquellas estructuras
cambien para mejor. El compromiso del cristiano en un mundo
pluralista consiste en el ejercicio de la prudencia y de la
solidaridad.
Durante el pontificado de Pablo VI arreciaron problemas gravísimos,
no sólo una crisis interna de la Iglesia, en la Fe, en las
formulaciones morales, sino también conflictos sociales, el
surgimiento de movimientos guerrilleros que proponían la revolución
violenta, sobre todo en América Latina; el problema teórico y
práctico de la colaboración con el marxismo, ahora más bien práctico
en los años ’70; la Teología de la Liberación convertida en praxis
revolucionaria.
Juan Pablo II
Así
llegamos al pontificado de Juan Pablo II. Y aquí yo voy a resumir
rápidamente porque tendríamos que detenernos por un largo rato, ya
que en realidad los documentos sociales, las tres Encíclicas
sociales de Juan Pablo II y otras intervenciones de este carácter,
se inscriben en un Magisterio mucho más amplio y en su pensamiento
teológico y filosófico.
El
Papa Wojtyla insistió en el contenido del anuncio cristiano, es
decir en el anuncio del Dios Uno y Trino, de Cristo único Redentor
del hombre; y luego, propuso la determinación de ese contenido que
se expresa en la vida temporal de los pueblos.
Así
se abarca la temática de la cultura esbozada en la Gaudium et Spes,
sobre todo en la Encíclica Slavorum Apostoli sobre el problema del
mundo eslavo y su integración en Europa; es un caso histórico muy
interesante, pero que le sirvió a él para teorizar la problemática
católica de la inculturación, el tema de la transfiguración de las
culturas. Y luego, con motivo del Quinto Centenario de la
Evangelización de América Latina. Ahí propuso otra vez la
problemática de la cultura, de la evangelización de la cultura y de
la inculturación del Evangelio.
Tres documentos
Los
tres documentos sociales de mayor envergadura han sido la Encíclica
Laboren Exercens en el nonagésimo aniversario de Rerum Novarum en
1981, que es todo un tratado filosófico y teológico sobre el
trabajo, con una fuerte proyección pastoral. El trabajo es la clave
de la cuestión social, así lo había comprendido ya León XIII, pero
fíjense que al cabo de este arco de desarrollo cuántos otros temas
han ido apareciendo.
Reaparece ahora el tema del trabajo, pero expuesto en una
profundidad inusitada, sobre todo destacó al hombre como sujeto del
trabajo. Por eso, en esta Encíclica, vale sobre todo el concepto del
trabajo subjetivo, es decir, el trabajo como vocación, como
instrumento de realización personal. Entonces, aquí se vuelca la
experiencia personal del Papa, su reflexión antropológica.
También se refiere a la prioridad del trabajo sobre el capital, y
esto pasa a ser otro principio, un nuevo principio, una nueva
explicitación del principio de la relación entre el trabajo y el
capital. La prioridad del trabajo sobre el capital. El trabajo es
causa eficiente primaria; el capital es causa instrumental, y para
que no quepa confusión lo dice escolásticamente de manera muy
técnica.
Esta
Encíclica se extiende en el enunciado de los derechos del
trabajador, y sobre todo de una espiritualidad del trabajo. Lo que
hoy nosotros llamamos a veces con demasiada rapidez: una cultura del
trabajo. Es algo mucho más profundo, mucho más intenso y mucho más
definitivo para la persona humana de lo que se puede pensar.
Centesimus Annus
En
el centenario de Rerum Novarum, Juan Pablo II publicó la Centesimus
Annus. Antes, en 1987, había emitido una Encíclica, Sollicitudo Rei
Socialis, para conmemorar los veinte años de Populorum Progressio de
Pablo VI. Y en la Sollicitudo Rei Socialis es donde define a la
Doctrina Social de la Iglesia como un aspecto, una parte, un
capítulo de la Teología Moral. Con lo cual, nos está mostrando que
todo ese desarrollo histórico no es más que un desarrollo del
conocimiento de la Fe, es una aplicación del conocimiento de la Fe.
Pero
vayamos a la Centesimus Annus porque aquí se pone en ejercicio esta
concepción de los distintos niveles de la Doctrina Social de la
Iglesia.
Aquí
lo que hace el Papa es una relectura de la Rerum Novarum cien años
después, tratando de mirar las cosas nuevas. Rerum Novarum significa
“de las cosas nuevas”. Entonces, ahora dice Juan Pablo II, hay cosas
nuevas que son otras novedades respecto de las novedades que tuvo
que afrontar León XIII en 1891. Hay que mirar estas cosas nuevas,
para poder mirar correctamente hacia el futuro.
Entonces, no sólo recuerda los principios fundamentales de Doctrina,
expuestos por la autoridad del Magisterio, sino también hace un
análisis de acontescimientos históricos. Y dice: “esto no atañe
específicamente al Magisterio”, por eso no puede dar aquí juicios
definitivos, es otro orden respecto del de los principios.
1989
Sin
embargo, el centro de la Centesimus Annus, es precisamente el
discernimiento que el Papa hace de lo que sucedió en 1989, y el
capítulo se llama así, “1989”; es el capítulo III de Centesimus
Annus. Después de analizar las novedades registradas en las últimas
décadas, enfoca los cambios producidos en ese año 1989, a saber la
caída de los regímenes opresores, esto es, la caída del comunismo no
sólo en Rusia sino en los países de Europa Oriental. Y aquí expone
los factores de la caída del comunismo:
En
primer lugar, la violación de los derechos del trabajador en la
dictadura del proletariado. Aquí está la gran contradicción. La
dictadura del proletariado resulta una máquina de violación de los
derechos del trabajador. El ha seguido de cerca la experiencia de
Polonia, la lucha pacífica contra esa violación de los derechos del
trabajador. La caída del régimen comunista en Polonia y que
precipitó la caída del comunismo en toda su extensión como
realización del socialismo real, comenzó allí: en la protesta de los
trabajadores de Solidaridad. “Los trabajadores desautorizaron la
ideología –dice el Papa-, y desde la praxis han descubierto los
valores de la Doctrina Social de la Iglesia”.
El
segundo factor de la caída del comunismo ha sido la ineficiencia de
un sistema económico que violaba el derecho a la iniciativa, la
propiedad privada y la libertad económica; pero con eso también
ofuscaba la dimensión cultural de una nación. Ponía en jaque el
sentido de la misma existencia personal. “La verdadera causa –dice-
de la caída del comunismo ha sido el vacío espiritual provocado por
su ateísmo”. Lo que ha fallado es ese intento de instaurar una
religión política, una religión secular para construír un paraíso
terrestre.
El
Papa nota cómo se ha dado un nuevo encuentro entre la Iglesia y el
movimiento obrero, porque ha habido una reacción ética de los
trabajadores polacos que ha sido fundamentalmente cristiana, y se
han registrado formas espontáneas de conciencia obrera renovadas,
después de la experiencia del comunismo. Esto en un contexto más
amplio, un movimiento más general, de liberación de la persona y de
consolidación de los Derechos Humanos.
Esto
muestra también el error de los compromisos entre el marxismo y el
cristianismo, y de una falsa Teología de la Liberación. Fue otro el
camino.
Modelos sociales
Pero
nota el Papa también el peligro del momento: la explosión de odios y
rencores. Esto desgraciadamente se cumplió, y no ha cesado del todo.
La dificultad entre construir material y moralmente los países.
Entonces, ahora se plantea la cuestión: ¿con qué modelo?
En
el Capítulo IV de la Centesimus Annus plantea otra vez el problema
de la propiedad privada y del destino universal de los bienes.
Vuelve el mismo principio a iluminar una situación nueva. Reconoce
el Papa el valor de la moderna economía de empresa, pero también
hace notar que es imprescindible que ella se afiance en el uso de
una responsable libertad. Señala los límites del mercado, es un
instrumento eficaz. Pero hay exigencias humanas que escapan a la
lógica del mercado, hay necesidades fundamentales que no tienen
salida en el mercado. Acá hay un problema cultural que se plantea, y
que se plantea no sólo en el contexto del socialismo que ha perdido,
sino también en el capitalismo triunfante.
Mucha gente hoy día no puede entrar, efectivamente, en el sistema
del mercado, en el sistema de la empresa. Se dan nuevas formas de
marginación. Y la vigencia del capitalismo primitivo, de aquél
contra el cual reaccionó León XIII después de tantos avatares
todavía. Juan Pablo II señala la “situación despiadada (son sus
términos), la explotación inhumana, los casos de semi esclavitud de
la mayoría de los habitantes del Tercer Mundo. Qué difícil es
conseguir un acceso equitativo de los países en vías de desarrollo
al mercado internacional. ¡Si lo sabremos nosotros!
Señala también la importancia de la justa función de los beneficios,
pero que este no es el único índice para constatar la marcha de la
Empresa. Es necesario subrayar el valor de la existencia de la
empresa como comunidad (lo que decía Juan XXIII en Mater et Magistra).
También señala la gravedad de la deuda internacional, que debe ser
pagada con sacrificios insoportables; los problemas ecológicos y el
desarrollo de hábitos consumistas y estilos de vida materialistas
que son perjudiciales, que recrean la problemática de vacío
espiritual en un nuevo contexto.
También dice el Papa que la acción y la lucha por la Justicia son
legítimas cuando se enfocan contra un sistema económico en el que
rige el predominio absoluto del capital y los medios de producción
sobre la libre subjetividad del trabajo del hombre. Entonces, la
libre subjetividad del trabajo del hombre es un principio
fundamental para la concepción de la Empresa y para las relaciones
de mercado. Es clave en la lucha contra las injusticias destacar
precisamente este principio.
Modelo alternativo
¿Cuál es el modelo alternativo, una vez que han caído los modelos de
socialismo real? ¿Qué se debe proponer a los países en vías de
desarrollo? El capitalismo es el sistema vencedor, pero ¿es un
modelo para el Tercer Mundo?
El
Papa propone como alternativa una sociedad basada en el trabajo
libre, en la empresa y en la participación; y observa cómo el
triunfo del capitalismo conlleva en los países de Occidente un nuevo
caso de alienación, distinta de la que se daba en el comunismo: la
pérdida del sentido de la existencia por la satisfacción en el
consumo de expectativas falsas, superficiales, por los casos de
esclavitud en el trabajo, la inversión entre medios y fines, por el
rechazo de la trascendencia y de la capacidad de donación del
hombre. Esto se da en las sociedades occidentales donde se ha
superado la explotación, dice, pero no se ha superado la alienación.
Lo
que aquí está en juego, en definitiva, es el sentido de la libertad.
Sí, la libertad, pero la libertad tal como se entiende en el
occidente capitalista ¿nos hace verdaderamente felices? ¿Permite
establecer en la sociedad relaciones de auténtica justicia? ¿da
cabida a una amistad social? ¿deja el modelo establecido abierta la
dimensión de la trascendencia? ¿Es entonces el capitalismo el modelo
a proponer a los países del Tercer Mundo? Y hay una respuesta doble.
La
respuesta es positiva, dice, si por capitalismo se entiende que uno
afirma como positivo el papel de la empresa, del mercado, de la
propiedad privada de los medios de producción, de la responsabilidad
y de la libre creatividad. Pero en ese caso, más que capitalismo
habría que llamar a ese método, a ese Estado, a ese proyecto, a ese
modelo, “economía de empresa”, “economía de mercado” o “economía
libre”, y no usar el término “capitalismo”.
¿Es
el capitalismo el modelo a proponer a los países del Tercer Mundo?
La respuesta es negativa si por capitalismo se entiende que la
libertad económica no queda encuadrada en un sólido contexto
jurídico que la ponga al servicio de la liberación humana integral.
Porque aquí lo que se plantea es el riesgo de difusión de una
ideología radical de tipo capitalista.
¿Un capitalismo humano?
La
Iglesia, subraya el Papa, no propone un modelo: ofrece orientaciones
ideales e indispensables. Hay reformas posibles al capitalismo.
Es
interesante señalar que ha habido una serie de trabajos, incluso
aquí en la Argentina pienso en la obra de Carlos Moyano Llerena, por
ejemplo, que ha notado las diferencias entre los modelos
capitalistas de la Europa Occidental, de Estados Unidos y de Japón.
Hay
reformas posibles del capitalismo, ya que su forma liberal o
neoliberal ha sido un fracaso al aplicarse a los países en vías de
desarrollo; al menos en Occidente. Algunos ya han destacado el caso
especial de Japón en los países del Este de Asia, donde ha jugado un
papel importante los restos de cultura confusiana, con valores
morales tradicionales diferentes del occidente de la ilustración.
De
parte de algunos estudiosos, la problemática del fracaso de las
posturas liberales, capitalistas, o neocapitalistas o neoliberales
en los países en vías de desarrollo tienen que ver más bien con la
problemática de la ilustración, los resabios de la Revolución
Francesa. Aquellos países de Oriente que no han sufrido esa
historia, en todo caso, se han encontrado con valores tradicionales
que le han permitido morigerar los efectos letales de un modelo
capitalista radical a ultranza.
Entonces, aquí queda abierta la discusión acerca de la posibilidad
de un capitalismo humano.
Elaboración de la Doctrina Social
Este
es el desarrollo histórico, a grandes líneas, a través de documentos
capitales de la Doctrina Social de la Iglesia. Ahora bien, ¿qué es
ella, después de todo? Podríamos sacar una conclusión de este
desarrollo.
En
parte, en la Octogesima Adveniens de Pablo VI y en la Centesimus
Annus de Juan Pablo II, hay una cierta conclusión acerca de esto.
En
primer lugar, hay que señalar por lo menos dos niveles en la
proposición de la Doctrina Social de la Iglesia. Ella está elaborada
a partir de los Documentos Pontificios, y también de ciertos
documentos episcopales. Podemos mencionar documentos recientes del
Episcopado latinoamericano, de los Obispos norteamericanos sobre
economía (una carta pastoral muy interesante), aportes de muchos
estudiosos que han enfocado la problemática social en un contexto
cultural más amplio. La reflexión teológica y la praxis pastoral de
la Iglesia. Todo eso aporta a la elaboración de la Doctrina Social.
Entonces, le daría dos niveles.
El nivel teórico
El
primero es lo que habría que llamar Doctrina Social de la Iglesia o
Enseñanza Social de la Iglesia propiamente dicha en cuanto doctrina
o en cuanto enseñanza. A saber: un cuerpo de verdades y de
principios de orden ético que tienen su fuente en la Revelación y en
la interpretación de la Ley Natural. Esto tiene que ver con una
concepción del hombre.
Es,
podríamos decir, antropología teológica. Juan Pablo II en la
Sollicitudo Rei Socialis, dice que es Teología Moral. Entonces, no
es “sociología”, no está sometiéndose al influjo de la “moda
sociológica”, o de las doctrinas o de los dogmatismos económicos o
de los fenómenos sociales.
Hay
una continuidad en el tiempo que yo he tratado de subrayar en esta
exposición diacrónica que he hecho de la misma. Pero hay un núcleo
permanente de verdades y de normas que van aplicándose
analógicamente a lo largo del tiempo y van acopiando nuevas
reflexiones.
El nivel práctico
Y
hay un segundo nivel en el cual van bajando estos principios a
iluminar la realidad y a proponer soluciones concretas. Observaba
Pablo VI la necesidad de mirar la realidad. La apreciación fundada
en los principios de la situación histórica. Los nuevos avances, las
nuevas formulaciones de la Doctrina Social de la Iglesia, proceden
de la actualización de los principios a la luz de la situación
histórica. Hay como grados en el descenso de los principios a la
práctica, y por eso también forman parte de la Doctrina Social de la
Iglesia un conjunto de juicios prácticos y prudenciales que cuanto
más se acercan a la acción concreta se abren a un mayor pluralismo.
Porque la situación concreta tiene que ser esclarecida con la luz
del Evangelio, y proyectando sobre ella estos principios.
Pero
en este nivel, la Doctrina Social de la Iglesia comporta
afirmaciones u opiniones más o menos conjeturales. No ofrece
programas o recetas, no traza un modelo de sociedad. El realismo de
una Doctrina ordenada a la acción. Porque si es Teología Moral, se
trata de una Doctrina ordenada a la acción.
Universidad y Doctrina Social
Hemos visto cómo ha ido madurando históricamente este corpus
doctrinal. Y termino señalando su carácter pastoral. La Doctrina
Social de la Iglesia ha sido señalada para la contemplación, sino
para la acción. Pero en este proceso de descenso de los principios a
la realidad, en esta aplicación de juicios prudenciales a las
situaciones concretas, se supone que la Doctrina Social de la
Iglesia, el Magisterio, sobre todo los pastores de la Iglesia,
necesitan el aporte interdisciplinario de muchas ciencias: de las
ciencias sociales, de la economía, de los otros factores de la
cultura. Las Universidades tendrían que ser como la usina en las
cuales la Doctrina Social de la Iglesia baja a la realidad para
ofrecer las vías más concretas de solución.
Fíjense cómo en la Universidad Nacional de Buenos Aires durante la
última crisis argentina se elaboró un Plan Fénix que yo creo que las
autoridades ni siquiera han leído, yo sí lo leí, que fue
interdisciplinario y pluridoctrinal (ahí había gente católica y
gente que no lo era). Y yo creo que era un plan perfectamente
aplicable, y sigue siéndolo para la situación argentina de hoy. Eso
se ha hecho en un grupo de estudio de la Universidad.
Bueno, la Doctrina Social de la Iglesia engancha, entonces, se
enlaza con las acciones pastorales de la misma Iglesia, que tienen
que promover la aplicación de estos principios. Y luego esto tendrá
que ser acogido por los partidos políticos. No nos interesa que los
partidos políticos cada tanto se llenen la boca con una adhesión
verbal a la Doctrina Social de la Iglesia. Se trata de que los
principios y luego los juicios prácticos y prudenciales que brotan
de esa misma doctrina, puedan ser concretados en proyectos
fundamentales que saquen al país de las coyunturas en las que se
encuentra. Pero eso ya tiene que ver con otros sujetos y con otras
aplicaciones.
Conclusión
Yo
termino, como para introducir al Compendio de la Doctrina Social de
la Iglesia leyendo un párrafo acerca de la naturaleza de esta
Doctrina Social, que resume lo que he dicho. Es el Número 72:
“La
doctrina social de la Iglesia no ha sido pensada desde el principio
como un sistema orgánico, sino que se ha formado en el curso del
tiempo, a través de las numerosas intervenciones del Magisterio
sobre temas sociales. Esta génesis explica el hecho de que hayan
podido darse algunas oscilaciones acerca de la naturaleza, el método
y la estructura epistemológica de la doctrina social de la Iglesia.
Una clarificación decisiva en este sentido la encontramos, precedida
por una significativa indicación en la “Laborem exercens”, en la
encíclica “Sollicitudo rei socialis”: la doctrina social de la
Iglesia “no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la
teología y especialmente de la teología moral”. No se puede definir
según parámetros socioeconómicos. No es un sistema ideológico o
pragmático, que tiende a definir y componer las relaciones
económicas, políticas y sociales, sino una categoría propia: es la
“cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre
las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en
el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición
eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades,
examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio
enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez,
trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana”.
Tenemos el Compendio, entonces. Ahora, hay que estudiarlo.
Mons. Héctor Aguer,
arzobispo de La Plata
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