|
AL
PASO DEL CORPUS
Homilía
de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata en la
Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
(Iglesia Catedral, 28 de mayo de 2005)
En el corazón de la Semana
Santa,
al comenzar la celebración del triduo pascual, la misa en recuerdo
de la Cena
del Señor concluye con una pequeña procesión de Corpus Christi.
Me refiero a la traslación del Santísimo Sacramento, que es
conducido al altar de la reserva, donde recibe luego la adoración de
los fieles. En esa noche se conmemora cómo Jesús marchó del Cenáculo
al Monte de los Olivos para entrar en su pasión. Es aquel un momento
de gran concentración espiritual, de íntimo recogimiento; se nos
invita entonces a meditar en el amor de Jesús, que se entregó por
nosotros.
Aquella
procesión se realiza en el interior del templo. En cambio, la que
hoy acabamos de cumplir no se limita al templo, sino que atraviesa
la ciudad –desafiando frecuentemente las inclemencias otoñales– con
la voluntad de manifestar al mundo el misterio eucarístico, de
proclamar ante él la presencia viviente del Señor, el pan vivo
bajado del cielo. En este otro momento del año, la solemnidad del
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo irradia la alegría pascual,
exhibe el triunfo del Resucitado, esperanza de la humanidad, y nos
convoca a los fieles a dar testimonio de una gozosa certeza: el
Señor está con nosotros, nos acompaña en el camino. Según narra el
libro del Éxodo, Moisés, buscando una respuesta que ratificara su
misión, imploraba: Si realmente me has brindado tu amistad,
dígnate, Señor, ir en medio de nosotros (Éx. 34, 9). Hoy
paseamos el Corpus por nuestras calles, pero es él en
realidad quien nos atrae, nos conduce, nos lleva consigo. Creemos,
en efecto, que él nos ha brindado su amistad; la prueba está en su
presencia verdadera, real y sustancial en el sacramento de su Cuerpo
y de su Sangre. La procesión del Corpus Christi representa
idealmente la marcha de la Iglesia, pueblo de Dios, hacia la tierra
prometida, guiada por el iniciador y consumador de nuestra fe
(Hebreos 12, 2); con él atravesamos el inmenso y temible desierto.
La
lectura del Deuteronomio, que inicia la liturgia de la Palabra en
esta misa, evoca la marcha de las tribus israelitas, arrancadas de
la esclavitud de Egipto y encaminadas por el Señor hacia la tierra
prometida a los patriarcas y hacia su propia identidad futura como
pueblo. Debían constituir una comunidad consagrada al culto divino,
señalada por la adoración y la fidelidad al Dios verdadero. A ese
pueblo se lo exhorta constantemente a reconocer lo que Dios ha hecho
por él: acuérdate, se le repite, no olvides… Se le
echa en cara también sus vacilaciones, sus dudas, su incredulidad.
Es que tuvo la audacia de rebelarse contra su creador, la tozudez de
resistirse a su conducción; se negaba a dirigirse hacia la meta, se
obstinaba contra la esperanza, renunciaba a su propio futuro
aspirando a volver a la tranquilidad material, grosera, de la
esclavitud. Llegó a denigrar a la tierra que se le ofrecía. Dice la
Escritura
que era una tierra fértil, un país de torrentes, de manantiales y
de aguas profundas que brotan del valle y de la montaña; una tierra
de trigo y cebada, de viñedos, de higeras y ganados, de olivares, de
aceite y miel (Deut. 8, 7 s.). Pero ellos se empeñaron en
ponerla en bajo concepto y estima: la tierra que recorrimos y
exploramos devora a sus propios habitantes (Números 13, 32); así
informaron mentirosamente los jefes de las tribus. Y eso hicieron de
ella, después de poseerla; la mancillaron con sus injusticias cada
vez que olvidaron la fidelidad jurada a la alianza, cuando se
resistieron a creer que el hombre no vive solamente de pan, sino
de toda palabra que sale de la boca del Señor (Deut. 8, 3).
Deberíamos meditar con mayor frecuencia en esos lances de la
historia sagrada, siempre dignos de reparo. San Pablo, refiriéndose
a aquellas experiencias del Antiguo Testamento, les decía a los
cristianos de Corinto: todo eso aconteció simbólicamente para
ejemplo nuestro… y está escrito para que nos sirva de lección
(1 Cor. 10, 6.11). Lecciones que valen para iluminar tantas
circunstancias de nuestra vida de fe, que pueden servir también como
clave para interpretar muchas situaciones personales y comunitarias.
Creo que sin incurrir en arbitrariedad podríamos intentar una
aplicación libre, parabólica, de aquellos viejos relatos a las
reiteradas frustraciones argentinas. ¿Acaso nuestro territorio
vastísimo y enriquecido por la Providencia no puede compararse
–incluso con ventaja– a la tierra que mana leche y miel? ¿Y no lo
consideraron así, como una tierra prometida, sucesivas generaciones
de inmigrantes? Sin embargo, nuestra historia todavía breve, pero
convulsa y por períodos sangrienta, demuestra que la Argentina
devora a sus propios hijos, se come con especial delectación a sus
mejores hombres. ¡Caso ambiguo, extraña suerte, la de esta tierra
donde al resentimiento se lo llama memoria, y a la venganza,
justicia! ¡Ojalá escucháramos la voz del Señor! Esa palabra asegura
en paz las fronteras del pueblo que la acepta y obedece, refuerza
los cerrojos de sus puertas, sacia y bendice a sus hijos (Cf. Salmo
147, 13-14).
El
hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la
boca del Señor.
Ante las urgencias sociales que nos apremian, cuando se nos imponen
a los cristianos serios requerimientos éticos, es preciso recordar
convencidos, proclamar y vivir la centralidad de la adoración, es
decir: estar a lo que Dios nos dice, a lo que sale de su boca. Es
eso lo que puede asegurar la dignidad del hombre. ¿Cómo podrán
sostenerse los valores humanos fundamentales si se ignora o
subvierte el orden natural de la creación? Si no se reconoce la
soberanía de Dios no puede haber orden ni libertad; la respublica,
el bien común, quedará a merced de la prepotencia de los sátrapas.
No podemos nosotros encarar los problemas graves de la vida
colectiva, que reclaman pronto remedio, con una mirada puramente
secular, profana, con criterios sociológicos, renunciando a una
visión más alta y profunda y entregándonos a acciones espasmódicas
que tornan estériles las mejores intenciones. Proudhon, el famoso
socialista del siglo XIX, en sus Confesiones de un revolucionario,
estampó estas notables palabras: es cosa que admira el ver de qué
manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con
la teología. Y el Cardenal Daniélou puso por título a uno de sus
libros La oración, problema político. Lo que se quiere decir,
redondamente, con estas expresiones, es que nada podrá resolverse
con el olvido de Dios, escamoteando la necesidad prioritaria de la
gracia, eludiendo el recurso imprescindible a la salvación de
Cristo. Éste es el significado de la procesión del Corpus,
esto hemos querido manifestar atravesando la ciudad con el
Santísimo, llevándolo y siguiéndolo, creyendo y cantando nuestra fe.
Lo que
sale de la boca del Señor es su Palabra encarnada, el pan vivo
bajado del cielo, el alimento que no conocieron los patriarcas, el
maná de todas las travesías y de todos los desiertos. En este día,
las palabras que Jesús pronunció enseñando en la sinagoga de
Cafarnaúm cobran un relieve particular. Las acabamos de escuchar con
devoción: él es el pan vivo, su carne es la verdadera comida y su
sangre la verdadera bebida. Al comer este alimento se verifica la
mutua inmanencia de Cristo en nosotros y de nosotros en él. Entramos
en la comunión de vida de la Trinidad:
Jesús está en el Padre y vive por el Padre siendo con él un solo
Dios; nosotros estamos en Cristo, ya que nos ha asumido en principio
al hacerse hombre y ahora nos asume al estar en nosotros por el
misterio de
la
Eucaristía
y al comunicarnos su Espíritu. La comida eucaristía nos inicia en la
vida eterna y nos promete la resurrección; es a la vez pan para el
camino y pregustación de la definitiva saciedad en el banquete del
cielo.
La
Eucaristía es la felicidad del cristiano, la felicidad de la
Iglesia.
Como
sabemos, por decisión del Papa Juan Pablo II, este año está
especialmente dedicado al misterio eucarístico. No se trata de un
eslogan, de un programa impuesto para un cumplimiento formal,
rutinario, desganado. Es un llamado de atención, una convocatoria al
reconocimiento admirado, gozoso, de nuestro mayor tesoro: Cristo
mismo en la misteriosa quietud del sacramento, en el que se halla
siempre en estado de entrega, como fruto de su sacrificio
actualizado en cada misa. El Año de la Eucaristía declara una
exigencia: que nuestra fe sea más luminosa, nuestro amor más
ferviente, nuestras comuniones más auténticas, esto es, mejor
preparadas, expresivas de un compromiso de caridad sincera, de una
conciencia verdaderamente eclesial. Nos recuerda, además, la
necesidad de la adoración, de la ofrenda de algún tiempo que se
queme como incienso ante el Señor, en intimidad con él ante el
sagrario. ¡Quédate con nosotros, Señor! decimos apropiándonos
de la súplica de los discípulos que iban a Emaús. Pues bien, él se
ha quedado; ¡quedémonos ahora con él nosotros, que tanta necesidad
tenemos de entender, de ver claro, de acometer con serenidad y
arrojo nuestras obligaciones cotidianas, de abrazar cada día nuestra
cruz!
En este
día de Corpus Christi corresponde, además, que asumamos una misión:
que nuestro pueblo, que los bautizados que constituyen la mayoría de
los habitantes de la Argentina,
descubran
la
Eucaristía, la celebración dominical de
la
Pascua
del Señor. Sería otra, seguramente, la suerte de esta Patria nuestra
si sus hijos reconocieran al Señor en la fracción del pan, si este
pueblo de bautizados fuera a misa. De la antigüedad cristiana nos
llega un ejemplo conmovedor. Durante la feroz persecución de
Diocleciano, a comienzos del siglo IV, un grupo de 49 cristianos de
Abitinia, en el norte de África, fueron sorprendidos mientras
celebraban con
la
Eucaristía
el día del Señor. A quienes los interpelaron respondieron: Sine
dominico non possumus, una expresión latina que significa: no
podemos vivir sin lo que es del Señor, no podemos vivir sin
la
Eucaristía dominical. La palabra Dominicum (lo propio del
Señor) designaba al domingo, el día del Señor, y éste no es tal sin
la Eucaristía. Contamos
con el relato de la pasión de aquellos mártires del África romana;
en él se lee a guisa de comentario: No puede haber cristiano sin
celebración dominical de
la
Pascua
del Señor… donde ésta se celebra, allí están los cristianos. Pues es
la Pascua
dominical la que hace al cristiano, así como el cristiano hace a
la Pascua
dominical, de modo que uno no puede existir sin la otra, y
viceversa. Cuando escuchas decir “cristiano”, entonces sabes que hay
una asamblea que celebra al Señor, y cuando sientes decir “asamblea”
entonces sabes que hay un cristiano”.
Que la
Virgen Inmaculada nos obtenga la gracia de llegar a ser hombres y
mujeres verdaderamente eucarísticos, y que nuestras comunidades,
transformadas por la presencia viva del Señor, puedan ser sal y luz
de la sociedad argentina. Ése es el humilde servicio que le debemos,
es nuestra vocación y nuestro destino.
Mons. Héctor Aguer,
arzobispo de La Plata
|