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BENEDICTO, BENITO, BENDITO


Artículo de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata,
publicado en el diario "El Día" de La Plata el 29 de junio de 2005



Cuando el 19 de abril pasado fue elegido Papa el cardenal Joseph Ratzinger, nos sorprendió a todos el nombre con el que quiso ser llamado en su ejercicio del ministerio petrino: Benedicto XVI. Pocos días después el mismo pontífice explicó por qué lo había escogido. Intentaba con esa decisión vincularse idealmente a Benedicto XV, que guió a la Iglesia en un período marcado por la “gran guerra” que asoló al mundo entre 1914 y 1918. Pero también quería el nuevo papa evocar la extraordinaria figura de San Benito de Nursia, el patriarca del monacato occidental y por ello padre de la cultura romano-cristiana. Benedicto es, en realidad, un latinismo que equivale a Benito (la traducción castellana del “Benedictus” original) y significa, sencillamente, bendito.

Para los antiguos el nombre no era una designación convencional. Ellos procuraban que el lenguaje se ajustara al pensamiento y a través de éste a la realidad; el nombre expresaba el ser, la actividad o el destino de su portador. Tal es el valor de los nombres bíblicos. Por eso, la doble referencia expresada en el nombre Benedicto XVI resulta particularmente significativa como fuente de valoración espiritual y manifiesta realidades evangélicas y eclesiales de vigencia permanente.

Se ha dicho que el estallido de la primera guerra mundial señaló el fin del siglo XIX; si es así, podemos considerar a Benedicto XV, elegido en septiembre de 1914, como el primer papa del grandioso y torturado siglo XX. Se prodigó al máximo para aliviar los sufrimientos causados por aquel  sangriento conflicto de los pueblos; exhortó con frecuentes llamamientos, y presentando propuestas concretas, a una paz justa y estable; analizó con lucidez las raíces de semejante calamidad: la sociedad se ha alejado de Cristo. Denunció el exterminio de los armenios  y el menoscabo del derecho de las naciones a la vida y a la libertad. Fue también el reformador e impulsor de las misiones católicas y promovió la evangelización de las regiones descristianizadas. Actualmente, la atención de los historiadores se vuelve con interés hacia la figura de este pontífice de fina espiritualidad y de tenaz iniciativa apostólica. Benedicto XVI señaló que como él desea poner su ministerio al servicio de la reconciliación y la armonía entre los hombres y los pueblos, convencido de que el gran bien de la paz es ante todo un don de Dios que es preciso invocar, conservar y construir día a día con la aportación de todos.

La referencia a San Benito evoca al autor y legislador de una nueva experiencia de vida religiosa caracterizada por su moderación y sentido práctico, que ubica la vocación contemplativa en el corazón de la Iglesia y al servicio de la salvación del mundo. La oración y el trabajo, el culto de Dios y el servicio a la comunidad son el fundamento de esta interpretación del discipulado cristiano. La regla benedictina dio origen a una “paideia”; su difusión y la multiplicación de monasterios que adoptaron esa guía crearon avanzadas del Evangelio y de la civilización. La meditación de la palabra divina, la alabanza de Dios y el culto eucarístico fueron fuente de cultura; el trabajo y la paz de la vida comunitaria –valores profundamente humanos– se extendieron del monasterio a la sociedad civil. Este programa de vida se halla sintetizado en dos preceptos de la regla: “no anteponer absolutamente nada a Cristo”, “no anteponer nada al amor de Cristo”. El nuevo pontífice reconoce esta filiación espiritual y dice: “al inicio de mi servicio como Sucesor de Pedro pido a San Benito que nos ayude a mantener firmemente a Cristo en el centro de nuestra existencia. Que él ocupe siempre el primer lugar en nuestros pensamientos y en todas nuestras actividades”.

La elección del cardenal Ratzinger ha sido un hecho providencial. Dios lo preparó durante largos años bendiciéndolo con dones eximios de la naturaleza y de la gracia. Resumir su pensamiento teológico y su trayectoria pastoral excede los límites y el cometido de esta nota. Valga a propósito la confesión que él mismo ha pronunciado, la gratitud por haber podido dedicar su vida “al servicio de la palabra de Dios que busca y consigue ser escuchada entre las mil palabras de los hombres”. Como verdadero hombre de Iglesia se ha nutrido de la gran tradición, siempre nueva y siempre viva, y ha sido protagonista, como consejero teológico, del Concilio Vaticano II y del difícil proceso de aplicación que le siguió. En ese período fue necesario aguzar el discernimiento para distinguir la auténtica renovación de las desviaciones que sólo renovaban antiguos errores para someter a la Iglesia a las modas ideológicas en desmedro de su identidad católica. Al comienzo del tercer milenio se plantea a la Iglesia la necesidad y la misión de suscitar el sentido de la verdad en el pensamiento y la cultura profana, y para ello el deber de asegurar la rectitud de la fe en la inteligencia y el corazón de los creyentes: la adhesión a Cristo, Verbo de Dios y a la armonía y belleza de la síntesis católica; la unión a él mediante la virtud teologal de la fe, que no puede confundirse con un vago sentimiento religioso. La adoración de Dios es lo que da pleno sentido a la acción evangelizadora de la Iglesia y al testimonio de los cristianos en el mundo.

Ante la muerte del gran pontífice Juan Pablo II y ante la elección de su sucesor no faltaron algunas voces discordantes. Fueron los conocidos de siempre, que desafinan según la clave de sus prejuicios y nostalgias; creyendo interpretar al pueblo desconocen invariablemente su espíritu. Son los que desde hace años venían escribiendo la agenda del nuevo papa: mimetizar a la Iglesia con el mundo haciéndole aceptar lo inaceptable y urgiéndola a renunciar a lo que constituye su fuerza, su juventud y su gloria. Los fieles católicos, en cambio, a quienes se unieron multitudes de hombres y mujeres de buena voluntad, acompañaron con ánimo agradecido el paso a la inmortalidad del Papa Wojtyla y saludaron con gozo la llegada del Papa Ratzinger. A él con ellos le decimos: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Y le dedicamos la vieja aclamación: ¡A Benedicto, Sumo Pontífice y Padre Universal, vida!


Mons. Héctor Aguer,
arzobispo de La Plata



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