|
DE LA JUSTICIA Y LA MISERICORDIA
Homilía
de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata,
en la misa de
acción de gracias por el 70º aniversario de la Corporación de
Abogados Católicos
(Buenos Aires, parroquia Nuestra Señora de las Victorias, 18 de
agosto de 2005)
La primera vez
que entré a la capilla de un tradicional colegio católico de La
Plata, me causó extrañeza la frase latina que grabada en grandes
letras preside el presbiterio: misericordia et non justitia,
decía la inscripción. Me resultó chocante esa exclusión de la
justicia, e inmediatamente se presentó a mi memoria una expresión
bíblica como cita de reemplazo: superexaltat misericordia
judicium (Sant. 2, 13). El apóstol Santiago se refiere en ese
pasaje de su carta a una de las bienaventuranzas y dice: el que
no tiene misericordia será juzgado sin misericordia, pero la
misericordia blasona frente al juicio, es decir, se ufana contra
él; esto significa que en el juicio el misericordioso alza impávido
la cabeza, no puede temer. Pensé también en la luminosa sentencia de
Santo Tomás de Aquino: la justicia sin misericordia es crueldad;
la misericordia sin justicia es la madre de la disolución.
Todo sucedió en
mi cabeza, y en pocos segundos, mientras recorría el pasillo
central hacia el altar para iniciar la misa. Pero en esos términos,
lo reconozco, se plantea un problema capital de filosofía o teología
del derecho. Lo que con la expresión censurable se desea afirmar
–desmañadamente, en mi opinión– es que existe algo mayor, más alto
que la justicia, un orden superior: el del amor, y para decirlo en
términos indudablemente católicos, el orden de la caridad. La
caridad, el agápe de la nueva alianza, revelado en la cruz de
nuestro Señor y Salvador Jesucristo, es la plenitud de la ley, es el
contenido de la justicia del Reino. En realidad, la ley evangélica
es principalmente una ley interior, es la gracia del Espíritu Santo
que justifica a los creyentes y transforma sus corazones para que
puedan amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como el mismo
Cristo nos amó. Por eso también, el nombre definitivo de la
justicia, su nombre propiamente cristiano, es santidad. En
este orden nuevo y perdurable, sobrenatural, adquiere plena solidez,
se fundamenta y salvaguarda el orden humano, natural, de la
justicia.
La reflexión de
los filósofos se detuvo en la contemplación de lo que es justo y
estableció la medida de la relación correcta entre los hombres.
Conocemos la fórmula: unicuique suum, a cada uno lo suyo; eso
es el derecho, que asegura el respeto elemental del otro como
principio de la convivencia virtuosa en la sociedad. Ellos
destacaron también la centralidad de la justicia en el organismo
moral; es la virtud humana por excelencia, que perfecciona la
voluntad, la torna firme y constante en el querer del bien para
reconocer y otorgar a cada uno lo que le corresponde.
En la revelación
bíblica encontramos una interpretación religiosa de la justicia. La
integridad del hombre consiste en el ajuste con la voluntad de Dios,
en la observancia de sus preceptos; es fruto y derivación de la
integridad divina, de la justeza con que el Creador conduce el
universo y colma de bienes a sus creaturas. El orden del universo
manifiesta la justicia de Dios; es la justicia de Dios la que
constituye el orden de las cosas creadas, según la razón altísima de
su sabiduría. El orden total de la creación no se halla en una
omnipotencia arbitraria, sino en la sabiduría, que es la ley propia
de Dios, la verdad, que abarca vigorosamente todas las cosas, de
un cabo a otro, y las ordena todas con suavidad (Sab. 8, 1).
Habría que decir, más bien, la sabiduría y el amor, aquel Amor
–cantó el Dante– que mueve al sol y a las demás estrellas.
Demostrando una
exquisita comprensión del mensaje bíblico, Santo Tomás explica que
toda obra de la justicia divina presupone siempre la obra de su
misericordia y se funda en ella; es la misericordia la raíz primera
de todas las obras de Dios. Esto significa que lo último en una
reducción al fundamento, vale decir, lo absolutamente primero, es la
sola bondad de la voluntad divina, la sobreabundante generosidad del
Creador, que excede la proporción que podría requerirse y que
bastaría para conservar el orden de la justicia (cf. S. Th. I, q.
21). Jesús lo ilustró sencillamente con la parábola del patrón
generoso; el argumento puede resumirse en la respuesta del
propietario a los obreros que protestaban considerando que se había
violado el orden de la justicia: amigo, no soy injusto contigo…
¿por qué tomas a mal que yo sea bueno? (Mateo 20, 13.15). El
Señor justificaba de este modo el Evangelio; decía, simplemente: así
es Dios. Nosotros intentamos imitarlo, desde lejos. Los conceptos
humanos de justicia y misericordia sólo pueden aplicarse
analógicamente a la soberana elevación de su esencia, a su realidad
inefable. Dios es Dios, y aunque parezca una paradoja, habría que
decir que es justo porque es misericordioso y es misericordioso
porque es justo. Por eso suena tan exacta y atinada, como guía para
la imitación humana de la actitud divina, la expresión del Doctor
Angélico antes citada: la justicia sin misericordia es crueldad;
la misericordia sin justicia es la madre de la disolución
(Lectura super Matth., ed. Cai, 429).
Sabemos que, de
hecho, no puede sostenerse debidamente el orden de la justicia sin
la referencia trascendente, no sólo a la justicia de Dios, sino
también a su misericordia. No puede afianzarse plenamente la equidad
excluyendo el amor, prescindiendo de aquella benevolencia recíproca
que se llama amistad. El advenimiento de la caridad otorga forma
plena al orden de la justicia, y esto es así porque en realidad,
el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado (Gaudium et spes, 22), y sólo por la gracia que de él
procede alcanza el hombre la cabal estatura de su humanidad, el
cumplimiento de su vocación.
Una comprobación
fáctica –y actualísima– de esta realidad teológica se encuentra en
la acción desarrollada por la Iglesia, no sólo por su magisterio
supremo y por muchos de sus pastores, sino por numerosos grupos e
instituciones laicales, para velar por lo que es justo en esta
sociedad descristianizada y por tanto en agudo trance de
deshumanización. La verdad de la fe cristiana y la fortaleza
infatigable inspirada por la caridad son el baluarte más firme en la
defensa del hombre y de las formas elementales de justicia ante la
avalancha de la cultura de la muerte, de la perversión de las
costumbres, del desprecio y la violación del orden natural. Este
fenómeno de deshumanización llega a su colmo en la sanción de leyes
inicuas que constituyen una inversión del derecho y la irrisión de
lo justo: se procura la legitimación como derechos de aquellas
conductas que deberían ser consideradas delitos, o por lo menos
graves desviaciones morales; se las aprueba en función de una idea
perversa de la libertad. La verdad sobre el matrimonio y la familia,
el respeto del niño aún no nacido y del enfermo terminal, el orden
de la sexualidad humana, que corresponden a la naturaleza de la
persona y de sus actos, a la esfera natural de la creación, son de
hecho tutelados, reivindicados, por la cosmovisión católica como una
nueva categoría de “preámbulos de la fe”, porque sin el respeto de
la verdad de las cosas y de la coherencia y belleza del orden creado
difícilmente pueda ser escuchado, comprendido y aceptado al anuncio
del Reino de Dios y el ofrecimiento de una participación en la vida
divina. Algo semejante podría decirse del complejo y delicado tejido
de relaciones sociales, cuya sanidad depende de la subordinación de
la economía a la política y de ambas dimensiones a la ética, de todo
lo cual se ocupa la doctrina social de la Iglesia.
La Corporación de
Abogados Católicos, que hoy celebra sus setenta años de existencia,
es a la vez testigo y en buena medida protagonista de estos lances
históricos para instaurar un orden integral de justicia en la
sociedad argentina. En los últimos años, la necesidad de testimonio
exige tomar parte en un verdadero Kulturkampf, en una real y
efectiva contienda cultural. No es fácil cumplir aquí con este deber
vocacional; el clima político y social se encuentra sobremanera
trastornado e inquieto y reina entre nosotros una singular
confusión: los reclamos de justicia son más bien clamores de
venganza, los resentimientos se cubren con la máscara de la memoria
y las desigualdades injustas perduran, intocables, postergando las
legítimas esperanzas de quienes no se pliegan al clientelismo de la
queja o a la dialéctica de la protesta permanente.
La Corporación
tiene un papel a desempeñar en esta situación crispada, para aportar
la serenidad de un juicio ponderado que sirva de orientación a todos
los ciudadanos, especialmente a las jóvenes generaciones, para
procurar la concordia de quienes buscan con sinceridad el bien
común. Podrá llevar a efecto estos ideales como organismo
corporativo, como comunidad de interés público, si logra profundizar
entre todos sus asociados vínculos de amistad cristiana que les
ayuden a crecer en la fe y a empeñarse en un itinerario de formación
permanente; si consigue estimular en ellos el propósito de
participación en la vida de la república y les ofrece servicios
apropiados que los sostengan en el ejercicio virtuoso de la
profesión.
La práctica justa
del derecho, entendido éste como el conjunto de principios,
preceptos y reglas a que están sometidas las relaciones humanas,
requiere la rectitud de la voluntad en quienes profesan este
servicio imprescindible en la sociedad civil. Debe reinar en la
voluntad la virtud de la justicia. Pero hay que señalar, según la
teoría clásica de las virtudes, que el compromiso con el prójimo, en
lo cual consiste la voluntad firme de otorgarle lo que le
corresponde, tiene su causa en la luz de la prudencia, en el juicio
sapiencial, en el hábito del discernimiento por el cual la razón
puede imperar la realización del bien. Y no se sostendrá constante
la rectitud del querer si la grandeza de alma no añade fortaleza
para resistir a la violencia de los poderosos y a los halagos de la
corrupción, si las pasiones no han entrado en orden para que no se
embote la discreción ni desfallezca la voluntad. Según el Evangelio
–y estoy hablando a abogados católicos– hace falta aún el cimiento
macizo de la humildad y la paciencia del amor, la inclinación
inefable de la misericordia.
Queridos amigos:
con la Eucaristía, perfecta acción de gracias, conmemoramos este
aniversario septuagésimo de la Corporación. Es en la ofrenda de este
sacrificio del Señor, que nos admite a participar de él, donde
recibimos el don y la solicitud de una total comunión con Dios y con
nuestros hermanos. Vivir eucarísticamente, insertados en el misterio
pascual del Señor, implica una disposición al testimonio, al
martirio por la verdad y la justicia. Es esta aptitud gallarda,
generosa y apacible para el sacrificio la que permite comprender
que, en definitiva, el fundamento del derecho se encuentra en el
amor.
Mons. Héctor Aguer,
arzobispo de La Plata
|