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MENSAJE A LOS CATEQUISTAS
Homilía de monseñor Héctor Aguer en la Misa del “Día del Catequista”
y colación del mandato a los egresados de las Escuelas Catequísticas
de
la
Arquidiócesis.
(Iglesia
Catedral, 20 de agosto de 2005)
La jornada que
celebramos anualmente como “Día del Catequista” se establece por su
vecindad en el calendario con la memoria litúrgica de San Pío X, el
Papa que a comienzos del Siglo XX dio un nuevo impulso a la
educación en la fe del pueblo cristiano. En realidad, Giuseppe Sarto
–ese era su nombre– fue catequista toda su vida: como simple
sacerdote y como obispo; era lógico que luego, elegido para ocupar
la cátedra de Pedro, se comportara espontáneamente como catequista
del mundo. Este año se cumple el centenario de la publicación de su
encíclica Acerbo nimis, en la que señaló como causa principal
de las situaciones críticas y amargas que por entonces sufría
la Iglesia,
la ignorancia de las cosas divinas. En aquel documento
citaba, para avalar su juicio, un pasaje del profeta Oseas: No
hay verdad ni misericordia, y no hay conocimiento de Dios en la
tierra; perjuran y mienten, matan, roban y adulteran, hacen
violencia, y un homicidio sigue a otro. Por esto el país está de
luto y desfallecen cuantos en él habitan (4, 1-3). El santo
pontífice impuso normas precisas y recordó la obligación particular
de los sacerdotes de empeñarse personalmente cada semana en la
instrucción catequística de niños, jóvenes y adultos como función
pastoral distinta de la homilía de la misa dominical; mandó asimismo
erigir en todas las parroquias
la Cofradía
de
la Doctrina
Cristiana, que ya existía desde el siglo XVI, para
que los laicos se incorporasen también a esta misión. Al hablar de
ignorancia de las cosas de Dios, se refería al olvido de las
verdades que se han de conocer en orden a la salvación eterna: el
misterio mismo de Dios,
la Encarnación
redentora, la gracia y el orden moral, el valor de los sacramentos.
El mundo ha
cambiado mucho desde entonces; sin embargo, no es necesario
discurrir tanto para notar la actualidad de estas advertencias. San
Pío X las pronunciaba en un contexto social y cultural en el que aún
se conservaba la memoria de la fe, a pesar del avanzado proceso de
descristianización que se desarrollaba en Europa y de los ataques a
la Iglesia
desencadenados allá y en tierras de América. Nosotros percibimos que
el problema de la ignorancia religiosa es quizá más grave que
entonces en
la Argentina
contemporánea, porque faltan aquí bases sólidas de cultura
cristiana, cuyos principios, convicciones y signos se han ido
desdibujando en la conciencia de la gente; en efecto, ha
desaparecido esa especie de catecumenado social que de modo casi
imperceptible pero eficaz puede transmitir y afianzar en la vida
cotidiana la referencia a Dios, la vinculación a lo eterno, el
sentido de lo sobrenatural. Como factores adversos se suman, en
nuestra época, una indiferencia religiosa más aguda, provocada por
la fuerte secularización de las costumbres, la confusión inducida
por el relativismo (“todas las religiones valen igual”), el
desplazamiento de la verdad por el sentimiento, la emoción o la
búsqueda de un “sentirse bien” puramente subjetivo, la falla de la
misión educadora de la familia, el influjo devastador de los medios
de comunicación.
Esta es la
realidad con la que cualquier catequista se enfrenta al dedicarse a
su tarea específica. Debemos reconocerlo con serenidad, pero sin
cargar las tintas, sin dramatizar con generalizaciones el
discernimiento que debemos practicar de ese fenómeno cultural.
Cuidémonos de dejarnos abatir por la previsión de las dificultades,
por el encuentro con ellas; lejos de amilanarnos tenemos que
considerarlas como una provocación, un desafío a nuestra fortaleza y
a nuestro amor. Porque la vocación catequística es una expresión del
amor a Cristo, a
la Iglesia,
a nuestros hermanos, una participación en la misión apostólica, que
puede ser limitada en sus alcances objetivos, pero que debe
arrebatar nuestro corazón, impregnar totalmente nuestra
subjetividad. ¡Qué bueno sería que cada catequista pudiera
apropiarse, a su modo, pero con verdad, las palabras de San Pablo
que hemos escuchado: sentíamos por ustedes tanto afecto que
deseábamos entregarles no solamente el Evangelio de Dios, sino
también nuestra propia vida! (1 Tes. 2, 8).
Como sabemos muy
bien, la catequesis constituye una dimensión esencial de la misión
de
la Iglesia;
así ha sido comprendido desde los orígenes. El momento inicial, el
primer ejercicio de esta misión, se encuentra en el anuncio del
Evangelio, buena noticia de la salvación, dirigido a los que aún no
lo han recibido, para que aceptándolo mediante una adhesión de fe se
incorporen a la comunidad cristiana. La catequesis, luego, hace
resonar como un eco la palabra de Dios para instruir y educar en la
fe a quienes han creído; los conduce a la iniciación sacramental y
los acompaña en el crecimiento espiritual para continuarse en la
acción pastoral permanente que se desarrolla en el ámbito de la
liturgia y de la vida eclesial. Cada uno de estos momentos, en
cuanto servicio de
la Palabra,
tenía su nombre en la antigüedad cristiana y esos nombres
manifestaban una identidad: kérygma, catequesis, homilía.
Aunque
actualmente estas tres acciones eclesiales se intercomuniquen y
sobrepongan entre sí, la catequesis conserva su carácter específico
de instrucción elemental y sistemática, de primera educación en la
fe, de fundamentación de las verdades y opciones de vida que se han
abrazado a partir del encuentro personal con Jesucristo.
El ejercicio de
la misión catequística implica la transmisión y el cultivo del
conocimiento de la fe, de la armoniosa síntesis de verdades que se
resumen en el Credo y que deben ser comprendidas y guardadas
en la memoria del creyente para auspiciar en él la contemplación del
misterio de Cristo. Pero le corresponde asimismo proponer la
integridad de la ley de Dios, interpretada por el Evangelio y la
tradición de
la Iglesia,
como camino de la verdadera felicidad, que puede ser hallado y
recorrido con la inspiración e impulso de la gracia. Hay algo más
que, como contenido de la educación en la fe, es competencia de la
función catequística: la experiencia del trato con Dios Padre, Hijo
y Espíritu Santo, de la intimidad divina que tiene su fuente en la
oración y sobre todo en
la Eucaristía,
en la celebración litúrgica del domingo y en las prácticas
consagradas de la piedad católica.
Queridos
catequistas… o más bien debo decir queridas catequistas, declinando
en género femenino, ya que la inmensa mayoría de ustedes aquí
presentes, y de quienes se sienten llamados en todas partes a
brindar este servicio a sus hermanos son mujeres; desde hace tiempo,
décadas por lo menos, es éste un ámbito de mayoritaria participación
femenina en la acción pastoral. Quizá este hecho pueda ayudarles
mejor a comprender el carácter eclesial de la función catequística,
porque todo catequista, mujer o varón, representa a
la Madre
Iglesia y debe aspirar a ser, según la expresión de
San Pablo como una madre que alimenta y cuida a sus hijos (1
Tes. 2, 7). ¡Tarea delicada y nobilísima, para la cual hay que
prepararse incesantemente y a la cual hay que entregarse con
generosidad, con pureza de intención, con absoluta fidelidad!
Ratifiquen hoy la decisión que les ha llevado a ofrecerse para este
servicio y den gracias al Señor que les ha concedido como un don el
poder desempeñarlo.
En esta ocasión
en que celebramos e invocamos al Papa San Pío X deseo recordarles
que la acción catequística no es una actividad privada, sino un
ministerio eclesial del cual ustedes participan como auxiliares del
obispo y de los presbíteros. Lo que se les encarga transmitir –y
reciben un mandato para ello– es la verdad católica, no sus
ocurrencias personales, u opiniones teológicas discutibles, o los
lugares comunes de una religiosidad chirle, acomodada a los
caprichos de una cultura decadente, o meras vaguedades moralistas y
sociológicas. Sólo la verdad de la revelación divina confiada a
la Iglesia
y por ella conservada, ilustrada y difundida. Por eso les recomiendo
nuevamente –como lo he hecho tantas veces– abrevar en el Catecismo
de
la Iglesia
Católica, que junto a
la Sagrada
Escritura debe ser para ustedes objeto constante de
estudio y meditación.
Deseo también que
asuman plenamente y lleven a la práctica el espíritu y las
indicaciones precisas que he promulgado en la instrucción pastoral
“Para que tengan Vida”, sobre la iniciación cristiana de los niños y
el lugar en ella del sacramento de
la
Confirmación. Estas disposiciones
son vinculantes, no optativas; la concepción del orden sacramental y
los principios de educación en la fe expresados en
la Instrucción
no deben ser aplicados con un criterio minimalista, para instaurar
una nueva rutina. He querido promover una renovación pastoral en el
área catequística para lograr la inserción de los niños y
adolescentes en la vida eclesial y concretamente en la parroquia,
porque no podemos conformarnos con que completen su iniciación con
la primera recepción de
la Eucaristía
para desertar enseguida de toda práctica religiosa y de la
vinculación real con
la Iglesia,
de la que son miembros. Ustedes pueden trabajar activamente para que
la preocupación por la catequesis no quede recluida en el “gremio”
de los catequistas, sino que sea efectivamente profesada por la
comunidad parroquial o educativa en su conjunto, para que sea
percibida y sentida como obra de
la Iglesia
que compromete a todos. Asimismo, la relación paciente, cordial,
perseverante con las familias, es decir, una auténtica misión de la
parroquia o del colegio con los padres de los catecúmenos, es
imprescindible para alcanzar aquel objetivo de plena vivencia de la
eclesialidad.
Finalmente, me
permito insistir en lo más importante: no puede sostenerse la
vocación catequística sin una intensa vida de oración, sin un amor
crecido al Señor que alimente una fecunda intimidad con él. Fecunda,
sí, porque de ella depende la comprensión de la verdad, la
identificación con el programa del Evangelio, el fervor apostólico
que incita a comunicar la dicha de ser discípulos. Al compartir hoy
la alegría de haber sido llamados a desempeñar este servicio de
hacer resonar como un eco el mensaje de la salvación, oremos los
unos por los otros y pidamos a Dios que haga prosperar la pastoral
catequística arquidiocesana. Por mi parte, con sentimientos de
profunda gratitud hacia todos los catequistas platenses, yo ruego
por ustedes con las palabras del apóstol dirigidas al Padre de
Nuestro Señor Jesucristo: Que él se digne fortalecernos
poderosamente por medio de su Espíritu, conforme a la riqueza de su
gloria, para que crezca en ustedes el hombre interior. Que Cristo
habite en sus corazones por la fe, y sean arraigados y edificados en
el amor. Así podrán comprender, con todos los santos, cuál es la
anchura y la longitud, la altura y la profundidad, en una palabra,
ustedes podrán conocer el amor de Cristo, que supera todo
conocimiento, para ser colmados por la plenitud de Dios (Ef. 3,
16-19).
Mons. Héctor Aguer,
arzobispo de La Plata
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