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El catequista, depositario de una vocación
Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el
Encuentro
Catequístico
de
la Región
Pastoral Platense (Basílica Nacional de Nuestra
Señora de Luján, 18 de septiembre de 2005)
La
parábola del patrón generoso, que hoy nos es propuesta en el Evangelio
de
la Misa,
revela la misteriosa altura de los pensamientos de Dios, las razones
impenetrables, desconcertantes, de su bondad. Dios es así, y así será
el arreglo de cuentas que habrá de hacerse cuando se manifieste
plenamente su Reino. Sin embargo, nosotros podemos permitirnos fijar
la atención en un detalle de la historia, al parecer curioso, pero
fundamental en la trama: el dueño de la viña salió ¡cinco veces en un
día! a buscar, a llamar, a contratar obreros para trabajar en ella.
Seguramente urgía la tarea, la necesidad de completar cuando antes la
vendimia; pero hay que reconocer también que la tenacidad del amo
mitigó un tanto la calamidad del desempleo y logró sacudir la
indolencia de algunos haraganes. Interesa asimismo señalar que hubo
quienes se deslomaron en largas horas de esfuerzo al calor del siroco
y otros en cambio emprendieron el trabajo cuando el fresco de la tarde
traía alivio a la ardiente jornada. Finalmente quedaron todos
igualados en el pago, un denario, obra de justicia y de aquella
justicia más alta que se llama misericordia. Prescindamos ahora de la
protesta de los resentidos y de la noble y serena respuesta que
recibieron, para confusión de su envidia. ¡No es nuestro caso!.
Apliquémonos, sí, queridos catequistas, la preciosa imagen del llamado
a trabajar en la viña del Señor. En efecto, él nos ha buscado, nos
llamó, nos invitó a sumarnos a su empresa; algunos hemos gastado años
en ella, otros recién se inician, aportando el vigor de la juventud.
Todos, felices de haber sido convocados, nos sentimos obreros de la
hora undécima, las cinco de la tarde, a los que no ha afectado el peso
del día y del calor; estamos contentos de antemano, poseyendo en
esperanza el denario prometido.
¿Qué
es el catequista sino el depositario de una vocación? No me refiero al
que ocasionalmente puede desempeñar ese papel, sino a quien se ofrece
y es llamado, a quien por tanto se le encomienda de modo estable este
ministerio al servicio de la fe. La función catequística aparece
delineada ya en el Nuevo Testamento como uno de los ministerios de la
comunidad cristiana. El verbo catequizar significa literalmente
hacer resonar al oído y de allí: instruir de viva voz;
se lo emplea en relación con otros como enseñar, transmitir, conversar
un maestro con sus discípulos, expresiones todas que se refieren al
proceso de educación en la fe de aquellos que habiendo aceptado el
mensaje de la predicación se preparan para integrarse de lleno en la
vida eclesial. Si la catequesis debe transmitir la verdad de Cristo,
el mensaje de salvación, supone entonces un compromiso personal del
catequista, quien se incluye a sí mismo en esa cadena de testigos por
la cual la verdad de la revelación divina pasa de generación en
generación. Él pone a disposición de sus hermanos lo que ha recibido.
Así se edifica
la Iglesia.
Hacer resonar al oído: esta descripción del acto
catequístico alude al origen de la fe. San Pablo afirma que la fe
viene del oír, y el oír por la palabra de Cristo (Rom. 10, 17). Somos
catequistas, podemos hacer resonar en el oído de los bautizados la
palabra de Cristo, porque antes la hemos oído nosotros; la hemos
obedecido acogiéndola por la fe en nuestro corazón. Porque la boca
habla de la abundancia del corazón (Mat 12, 34). En esa abundancia del
corazón se posa la vocación catequística, que se ejerce y desarrolla,
por tanto, en el orden de la fe. La abundancia del corazón es la
identificación de la vida con Cristo, creciente, plena, llamada a la
perfección del amor que es la santidad; incluye el conocimiento
luminoso de
la Verdad
que es él, la convicción arraigada en esa verdad, más allá de los
sentimientos tornadizos y de las emociones efímeras. Con la vocación
catequística genuina y la perseverancia en ella, se da la docilidad al
Espíritu Santo que vive en
la Iglesia
y realiza su catolicidad.
La
tarea del catequista debe ser asumida y vivida de modo tan personal,
tan íntimo, desde el corazón, pero no como una función privada, sino
como una misión eclesial. Él la ejerce en nombre de
la Iglesia
y con su mandato. Esta eclesialidad exige una identificación sincera y
total del catequista con
la Iglesia,
con lo que ella intenta hacer desde los orígenes para educar a sus
hijos en la fe. Lo que se transmite no son opiniones personales,
ocurrencias novedosas, las últimas hipótesis de los biblistas y
teólogos, sino el patrimonio común de la fe eclesial centrado en el
misterio de Cristo. El Catecismo de
la Iglesia
Católica marca no sólo los contenidos a transmitir
sino también las dimensiones esenciales de una educación en la fe que
abarca todos los aspectos de la vida cristiana: el conocimiento de
Dios y de su obra salvífica simbolizado en el Credo, la
iniciación en la vida litúrgica, fuente de la gracia santificante y
ámbito de integración en la comunidad cristiana, la adhesión al estilo
de vida señalado por los diez mandamientos, interpretados por el
Sermón de
la Montaña
y resumidos en el doble precepto de la caridad, el aprendizaje y la
vivencia de una intimidad religiosa con Dios en la oración, en el
trato con
la
Santísima Trinidad, que habita en los fieles por
medio de la gracia. En el ejercicio de la misión catequística es
la Iglesia
misma la que educa a sus hijos en la fe, y al hacerlo los dignifica y
los promueve y encamina hacia la realización más plena de su condición
humana, los torna concientes de su dignidad de hijos de Dios, llamados
a un destino eterno y feliz. Nosotros somos los representantes, los
agentes, de esa acción eclesial. Esa es nuestra dicha; en la tarea
encontramos nuestro premio: ser colaboradores de la gracia de Dios,
servidores de su palabra, obreros de su viña.
La
eclesialidad de la función catequística incluye otro aspecto: ella
debe articularse con los demás ministerios que integran la misión
pastoral de
la Iglesia. La
catequesis, aunque posee una identidad inconfundible, no puede ser
concebida como un área aislada del conjunto orgánico de la acción
pastoral y los catequistas no constituyen un gremio segregado de la
comunidad parroquial o escolar. Además, la catequesis no se reduce a
la instrucción elemental de los niños que deben completar su
iniciación bautismal; como sabemos, tienen una importancia decisiva la
preparación de las familias para el bautismo de sus hijos y de los
novios para la celebración del matrimonio, el catecumenado de los
adultos que se incorporan a
la Iglesia
y otras formas de educación en la fe; todas estas funciones eclesiales
deben ser concebidas y ejercidas orgánicamente, integradas bajo la
idea y el impulso de la misión evangelizadora. En el Directorio
General para
la Catequesis
podemos encontrar las indicaciones adecuadas para una renovación de
métodos, y sobre todo de enfoques y actitudes, que nos habilite para
hacernos cargo de la problemática religiosa de nuestra región, la cual
no difiere mayormente de la que es propia de
la Argentina
en su conjunto.
Hace
cien años, San Pío X publicó una encíclica sobre la importancia de la
catequesis, en la que señalaba la ignorancia de las cosas de Dios como
la causa de innumerables calamidades. Siguiendo las indicaciones del
Papa se inició un fecundo movimiento catequístico en nuestra patria.
Un siglo después debemos reconocer que persiste una situación análoga,
con otros rasgos característicos, pero quizás de gravedad peor:
constatamos una avanzada descristianización de nuestra sociedad, en la
que muchísima gente no piensa, ni siente, ni obra como cristiana. Un
altísimo porcentaje de bautizados en
la Iglesia
Católica, que parecen más bien vacunados contra el
cristianismo. Ha dejado de existir, si alguna vez tuvo plena vigencia
entre nosotros, esa especie de catecumenado social por el cual la
cultura, impregnada de sentido católico, iba educando en la fe a
través de las más variadas expresiones de su vida, de las costumbres,
del arte. En la actualidad, poderosos factores culturales, como los
medios masivos de comunicación, son usinas activas de opinión
anticristiana y de erosión de los valores humanos fundamentales. Todos
los años, una multitud de niños pasa por nuestras parroquias y
capillas, egresa de nuestros colegios, concluye su itinerario
catequístico con el momento sacramental de la primera comunión, o de
la confirmación, pero no se integra vital y activamente en la
comunidad eclesial y en su mayoría se incorpora al número ya
abundantísimo de los “no-practicantes”, de los indiferentes, llevando
a lo sumo sobre la piel de su alma el deslucido barniz de una vaga
religiosidad.
Al
asomarnos a la consideración de estos problemas, lejos de dejarnos
invadir por el desánimo, o por una medrosa preocupación, debe
encenderse en nosotros el fuego santo de la caridad, un celo ardiente
de amor a Dios y a nuestros hermanos. Podemos apoyarnos confiadamente
en todo lo bueno que se viene realizando en el área catequística,
gracias a la acción misteriosa del Espíritu del Señor, que suple
colmadamente nuestra imperfección, para renovar nuestro compromiso en
el empeño de cristianizar profundamente a
la Argentina.
No será posible sin una buena catequesis,
desarrollada con lucidez y fervor; buena quiere decir -según lo
explicaba Juan Pablo II- orgánica y sistemática, elemental pero lo
bastante completa, que sea una iniciación integral abierta a todas las
esferas de la vida cristiana (cf. Catechesi tradendae, 21).
¡Qué privilegio, qué gozo, qué responsabilidad, podernos ocupar en
esta tarea!. ¡Qué don recibir, y qué honor aceptar el encargo del
Señor de la viña y disponernos con prontitud y generosidad al trabajo!
Hoy
celebramos esta vocación catequística cobijándonos, en esta casa de
todos, bajo el amparo de Nuestra Señora de Luján. Ella entiende
cabalmente nuestras cosas, porque siendo la primera de los discípulos
de Jesús fue también de algún modo su catequista. En la conclusión de
la exhortación apostólica Catechesi tradendae, escribió Juan
Pablo II de María Santísima estas preciosas palabras: en su regazo
y luego escuchándola, a lo largo de la vida oculta en Nazaret, su
Hijo, que era el Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, ha
sido formado por ella en el conocimiento humano de las Escrituras y de
la historia del designio de Dios sobre su pueblo, en la adoración del
Padre. Por eso la contemplamos y proclamamos “catecismo viviente”,
“madre y modelo de los catequistas”. Que ella nos acompañe en nuestro
esfuerzo, alivie nuestras fatigas y prepare para nosotros, en la
tesorería del cielo, el denario que esperamos recibir, como puntuales
jornaleros, al fin de la jornada.
Mons. Héctor Aguer,
arzobispo de La Plata
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