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ministros de la
redención
Homilía de monseñor Héctor
Aguer, arzobispo de La Plata, en la
misa de
ordenación sacerdotal (Iglesia Catedral, 24 de setiembre de 2005)
¡Qué
circunstancia tan propicia y tan bella, qué ámbito espiritual más
sugestivo:
una fiesta
mariana, día indicado para celebrar la ordenación sacerdotal!
Podríamos pensar que la feliz coincidencia ocurre especialmente en
nuestro caso, cuando la Iglesia recuerda a la Madre de Dios en su
advocación de Nuestra Señora de la Merced. En efecto, este título está
asociado históricamente a la orden religiosa fundada por San Pedro
Nolasco para rescatar a los cristianos cautivos del Islam y
preservarlos así de la apostasía de la fe, pero sobre todo evoca el
misterio de la redención obrada por Cristo. Él, Sumo y Eterno
Sacerdote, nos mereció con su sacrificio la verdadera libertad de los
hijos de Dios, nos hizo la gran merced de rescatarnos de la esclavitud
del pecado, de un destino infernal. Él puso término, al precio de su
sangre, al vejamen a que estaba sometida nuestra dignidad, a la
extrema penuria que afligía a nuestra condición; nos ha comprado para
Dios (cf. Apoc. 5, 9).
La acción
redentora de Cristo se identifica con el ejercicio de su sacerdocio.
Él fue ungido y enviado para proclamar la liberación de los cautivos,
de los que estaban sometidos al poder del demonio, para inaugurar el
jubileo de la gracia con la cual quiso Dios, rico en misericordia,
agraciar al género humano y levantarlo de su postración (cf. Isaías
61, 1 ss.). Cumplió cabalmente esta misión al ofrecerse en sacrificio
de obediencia filial; así llegó a ser causa de salvación eterna para
quienes se unen a él por las fe (cf. Hebr. 5, 1-11).
A la Virgen
María, a Nuestra Señora de la Merced, la Iglesia la reconoce como
abogada nuestra y dispensadora de los tesoros de la redención por
estar totalmente entregada a la obra de su Hijo, asociada
inseparablemente a él. El sacerdocio de Cristo se inicia en el momento
de la encarnación. María, con su consentimiento, suministró el sujeto
de la unción sacerdotal y prestó su seno virginal como templo para la
consagración del Sumo y Eterno Sacerdote. Ella hizo posible, por su
función maternal, el sacerdocio de Jesucristo y también el sacerdocio
ministerial, que en la Iglesia es sacramento del sacerdocio de
Jesucristo. En ella tuvo origen la función pontifical y por un
designio admirable de la Providencia permanece para siempre asociada a
la actividad sacerdotal de religar a los hombres de Dios y de
comunicar a los hombres los dones divinos. Según hemos escuchado en el
Evangelio (Jn. 2, 1-11), en las bodas de Caná Jesús dio cita a su
Madre para la hora de la cruz. Más aún, representó proféticamente esa
hora en el signo del agua trocada en vino, signo debido a la discreta
intervención de María y que fue una anticipación de la sangre del
sacrificio pascual por el que se consumaron las bodas de la redención.
En la hora de la cruz, la Virgen dolorosa se hizo señora de la Merced,
obtuvo ser redemptionis ministra; desde entonces le corresponde
franquear generosamente, despachar, distribuir con afecto materno a
los hermanos de su Hijo, que también son hijos suyos, los beneficios y
mercedes que constituyen la redención.
Existe una innegable analogía entre la función mariana de administrar
la gracia redentora y el ministerio apostólico que se comunica en la
Iglesia mediante el sacramento del Orden Sagrado. San Pablo escribía a
los corintios: los hombres deben considerarnos simplemente como
servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios (1
Cor. 4, 1). El sacerdote católico es, por cierto, redemptionis
minister; le corresponde participar ministerialmente de la obra
redentora del Señor, que se cumple sin cesar, con plena actualidad, a
través de su acción sacerdotal. Es elegido, consagrado y enviado para
incorporarse al gran proceso del rescate de la humanidad que se
verifica en la historia hasta el retorno de Cristo: enorme epopeya
realizada en múltiples y minúsculos episodios de cada jornada, en los
misteriosos encuentros de la gracia con el corazón de los hombres que
el sacerdote debe preparar, favorecer, ejecutar.
Ejerciendo la función de enseñar, el sacerdote ofrece y pone al
alcance de todos las verdades eternas; no sólo las anuncia y explica
sino que también las aplica en concreto a la vida: demuestra que ellas
describen un camino, lo señalan, jalonan e iluminan. A él le compete
transmitir una sabiduría: la del Evangelio, una ciencia: la de los
santos; el contenido del magisterio sacerdotal es la revelación de
Dios, que pueden comprender fácilmente los sencillos, pero suele
quedar oculta a los sabios, a los presuntos sabios que se enriedan en
los torpes engaños del mundo. En nuestro babilónico presente, la
palabra de la predicación debe sonar con claridad, expresando sin
tapujos la verdad de la fe que esclarece el destino del hombre,
pronunciando sin miedo ni falsos respetos humanos la voluntad de Dios
en la que consiste del mismo hombre la perfección y la felicidad.
Como
pastor, el sacerdote ha de prestarse a escuchar, comprender y
acompañar, pero lo hará sin descuidar un certero discernimiento de las
situaciones, para orientar las conciencias de los fieles según la ley
de Dios, ayudándolos a sortear las modas caprichosas y las mañosas
justificaciones de lo injustificable, la blandura mendaz del
relativismo. En el discernimiento pastoral que los fieles solicitan al
sacerdote ha de filtrarse siempre la lumbre serena y el cálido vigor
del Espíritu Santo, para entusiasmarlos con la vocación de santidad
que han recibido, para animarlos a esa continua conversión que
desemboca en el anchuroso caudal de la Misericordia.
Como
ministro del culto divino, del sacrificio eucarístico, de la alabanza
y la súplica, como hombre del domingo, el sacerdote celebra el rescate
de la rutina cotidiana, de la igualdad tediosa de los días, de la
caída humana hacia la muerte, por medio y con la eficacia del misterio
pascual de Jesucristo, fuente de la Vida verdadera. En la gracia de
santificación que brota de los sacramentos se prefiguran los nuevos
cielos y la nueva tierra, asoma y despunta el orden de la resurrección
en el que triunfa definitivamente el amor de Dios.
Queridos hijos Osvaldo y Walter: Hoy, en este momento, se concreta, de
modo decisivo, la vocación que ustedes recibieron un día en la
misteriosa profundidad del trato personal con el Señor y que fue
afianzándose a lo largo de años de preparación y cultivo, bajo el
influjo de la gracia, configurando una historia de vida que puede
considerarse irrepetible. Esa historia registra aquel llamado que
Jesús les dirigió una vez, que se sintetiza en la palabra con que
llamó a los apóstoles: Sígueme. Una palabra que es invitación y
orden, que hoy muestra toda su eficacia al realizarse como unción que
toca lo íntimo del ser personal con el carácter irrevocable del
sacramento. A partir de hoy resonará cada día; es como si el Señor les
repitiera: ¡sé sacerdote!, te hago, te constituyo tal.
Efectivamente, así sucede, así sucederá. El don del sacerdocio que
ahora les confiero, participación del único sacerdocio de Cristo, es
una realidad sobrenatural que los transforma y que deben vivir y
experimentar en ese mismo nivel y orden, al que se accede y en el cual
uno se mantiene por la fe. Tendrán que renovar frecuentemente su fe,
con un acto explícito de nueva aceptación, de gozoso reconocimiento,
en el ser sacerdotal que han recibido y con el cual ha sido
configurada su personalidad. El Papa Juan Pablo II lo decía en el año
jubilar de su propia ordenación: debemos estar a menudo en oración,
meditando el misterio de nuestra vocación, con el corazón lleno de
admiración y gratitud hacia Dios por este don tan inefable (Carta
a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo de 1996).
Recuerden que, como enseña el Apóstol, hemos sido investidos
misericordiosamente del ministerio apostólico, y que llevamos ese
tesoro en recipientes de barro (2 Cor. 4, 1.7). Es menester empeñarse
cada día en la fidelidad a la gracia de la vocación, para que no vaya
abriéndose una grieta entre el oficio y la vida. No trabajarán de
sacerdotes, reservando esquizofrénicamente un sector de la existencia
como un coto privado, con otro fin, otras ocupaciones y preocupaciones
ajenas a la representación que ejercen de Cristo, a las exigencias del
ministerio pastoral. El celibato es, precisamente, el signo de esa
unidad total, sin reservas, al servicio de la redención del mundo.
¡Quiera el Señor que puedan mostrar ante los hombres de hoy,
inalterablemente, la libertad soberana de la gracia triunfando sobre
todas las flaquezas! ¡Que el fervor y el arrojo de la caridad con la
que sirvan a los hermanos, en especial a los más pobres y afligidos,
sea un testimonio convincente de la misericordia del Padre que perdona
y restaura! Trabajen con esperanza, sabiendo que uno planta y otro
riega, pero el que hace crecer es Dios; ustedes han de fatigarse en
una obra común, la obra de la Iglesia, que no puede ser adecuadamente
reflejada en estadísticas y cuyo fruto sólo podrá computarse cuando
desciendan los ángeles a cosechar la mies. Serán fieles obreros si se
afincan en el terreno espiritual, firme como una roca, que aportan la
humildad, la paciencia y la confianza, virtudes pasivas que labran
hondamente el alma y la vuelven disponible al solo servicio de la
gloria de Dios, a procurar sólo los intereses de Jesucristo.
En este
momento tan solemne, único en la vida, los encomiendo para siempre a
Nuestra Señora de la Merced: que ella les vaya enseñando, porque sabe
hacerlo, cómo se administran los tesoros de la redención.
Mons. Héctor Aguer,
arzobispo de La Plata
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