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UNA CULTURA QUE NIEGA EL VALOR RELIGIOSO


Palabras de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la inauguración de la VII Exposición del Libro Católico (31 de octubre de 2005)
 
 

“El buen libro, encuentro con los valores”, así reza el lema elegido para esta séptima exposición del libro católico en La Plata. El lema, o mote, o eslogan, tiene la propiedad de indicar en breves términos el asunto de una obra, la intención de una empresa, el pensamiento que preside una vida, un programa, una acción. Se corre un peligro al formularlo: incurrir en el lugar común o caer en la cursilería.

No sé hasta cuándo podremos dar cuerda a la imaginación para encontrar lemas que en las ediciones sucesivas de esta exposición proclamen los elogios del buen libro. Por lo menos este año tenemos asegurado un argumento sobre el cual puedo enhebrar algunos conceptos a modo de palabra inaugural.


El valor

En realidad, y más allá de cualquier apariencia, el tema es profundísimo. Se trata nada menos que del valor, cuya noción no es fácil de fijar, sobre todo si no se advierte que ha de identificarse con la noción clásica de Bien.

Al pensar en el valor, nos introducimos en el meollo de la reflexión ética. El valor designa la cualidad, la perfección del objeto bueno, aquello que lo hace digno de aprobación, de admiración, deseo y amor. Se refiere, por tanto, al ser. El valor es el bien, atributo del ser, en cuanto apetecible, conveniente para el sujeto y apto para perfeccionarlo. Por eso, incluye también una referencia necesaria al espíritu humano: debe ser reconocido y apreciado por un sujeto espiritual, al que le corresponde ratificarlo y concretarlo en la existencia. No se asusten: no pienso avanzar en la espesura de la filosofía de los valores.

Pero el lema de la exposición refleja una cierta vulgarización del tema. Quiero decir que mucha gente, en la actualidad, se hace lenguas de la importancia de los valores, y diserta sobre ellos a tiempo o a destiempo, superficialmente las más veces. Algo conviene decir, entonces, sobre el particular.


La naturaleza y el orden

Recordemos, ante todo, que hay tantas categorías de valor como modos del ser. En el ámbito humano se dan valores de orden físico, intelectual y moral. Existen valores de naturaleza social, jurídica, artística, económica, según sean los bienes deseados, alcanzados, disfrutados. El fundamento es la naturaleza humana, el orden de la Creación: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno”. He aquí el origen de todo valor, la fuente de toda valoración: la bondad del ser, obra del Creador.

A propósito de los valores, de su comprensión y vivencia, se pueden identificar varios problemas. Ante todo, la manía de relativizar, que se basa en una concepción subjetivista a ultranza. Se descarta la objetividad de los valores y la existencia de absolutos morales. Esta postura esconde la negación del Bien; es entonces cuando la personalidad pierde su Norte y queda a la deriva, o peor: rumbo al nihilismo. El inicio aparentemente inocuo de este trastorno ético, se verifica toda vez que la valoración se convierte en un gesto arbitrario de la libertad desarraigada de la verdad del ser. Incluso en los bienes esenciales de la condición humana resultan librados a una preferencia caprichosa de la subjetividad, a la moda, a los artilugios de toda clase de manipulación, a la imposición de las campañas mediáticas, y a los frecuentes extravíos de una presunta opinión general. En estos casos se produce una inversión total: los antivalores son asumidos y proclamados como valores, con el consiguiente resultado de una progresiva deshumanización. Esta descripción no configura una hipótesis meramente posible, sino que procede de una penosa constatación de hechos reales que se extienden en la vida social.


Discriminación axiológica

Existe también una variante del caso anterior, que podríamos calificar de discriminación axiológica. Con este adjetivo, axiológico, se suele designar el ámbito de los valores, lo que pertence a ellos, ya que axios en griego significa “lo que se impone por su peso, lo que tiene valor, todo lo que es digno y meriotorio”.

Una cultura en trance de decadencia moral, suele promover elecciones arbitrarias, segregadas de la adhesión al Bien. Y así, los mecanismos de propaganda, que consiguen rápido consenso, contraponen por ejemplo la verdad y la autenticidad, la tradición y el progreso, la autoridad y la libertad, el ideal y el placer, y como éstas muchas otras engañosas alternativas ante las cuales se induce a optar erradamente, frívolamente en nombre de un nuevo ethos que habría dado al traste las viejas, nobles y sólidas convicciones que brotan de la naturaleza humana y del conocimiento de sus inclinaciones esenciales reflejadas en una conciencia rectamente formada.


El valor religioso

La observación del panorama ético contemporáneo permite identificar otro desvío: el descuido, la preterición y aun la negación del valor religioso, que es también esencial en la cultura humana. Es este el efecto de la ideología y de la práctica del secularismo, cuadro en el que se sustituye la relación con Dios y la aspiración a una trascendencia absoluta por valores inmanentes que quedan desprovistos de su último fundamento.

La propuesta de nuevas formas de laicismo ético, por darle un nombre, tiene amplia acogida, incluso en ciertos círculos católicos. Por lo general, se ignora que se trata de antiguos planteos. Era esa aproximadamente la propuesta virtuosa que Pelagio hacía a comienzos del S. V a los hombres desilusionados por la corrupción vigente en el Imperio Romano que marchaba a su ruina. Bastan la libertad y la ley, la educación en el bien que debe hacerse, la proposición de los valores, como si el hombre pudiera alcanzar por su cuenta la perfecta realización de la estatura moral que corresponde a su condición humana sin necesidad de la Gracia Redentora de Cristo, que al elevarnos a la dignidad de hijos de Dios sana las heridas, herida de la ignorancia y del desorden en las pasiones, que son consecuencia de aquél pecado que menoscaba desde las raíces a nuestra naturaleza.

No es raro encontrar hoy día enfoques elogiosos pero pelagianos, y apelaciones un tanto genéricas, retóricas o líricas al mundo de los valores. Puede darse entonces, una especie de trasbordo inadvertido de mentalidad, que impide a los afectados por el mismo reconocer la originalidad de una ética cristiana. Al conocimiento del valor puede accederse por una vía estrictamente racional, pero también por una especie de vibración simpática, por una identificación con él a partir de la inclinación del espíritu que lo reconoce como bueno y deseable de practicar, digno de ser incorporado a la propia personalidad.


Descubrir los valores

Los valores suelen descubrirse en el proceso de maduración personal, en el encuentro con muchos de nuestros prójimos, con aquellos que los viven y que por tanto representan para nosotros modelos dignos de imitación.

Volviendo a nuestro lema, reconozcamos que también un buen libro puede ofrecernos la oportunidad de un encuentro con los valores.  Probablemente, todos tenemos la experiencia de que en efecto así sucede.

Para no abundar en demasía con estas reflexiones, me limito a un solo ejemplo, pero multiplicador. El pedagogo y académico español Alfonso López Quintás publicó, no hace mucho, el Libro de los Valores, en el cual presenta 12 categorías valiosas: gratitud, amistad, autenticidad, belleza, bondad, fidelidad, justicia, laboriosidad, libertad, paz, responsabilidad, solidaridad. Después de un breve esclarecimiento de cada uno de esos valores, nos ofrece para ilustrarnos un arsenal impresionante de testimonios entresacados de libros, libros de todos los géneros y de más de 100 autores. Desde clásicos paganos como Homero, Platón, Aristóteles, Séneca y Cicerón, hasta cristianos como Dante, Pascal, Tomás Moro, Peguy, Marcel, Guardini y Thibon, con Juan Pablo II y la beata Teresa de Calcuta integran la selección Hume, Voltaire, John Stuart Mill, Unamuno y Simón Waine. Abundan los literatos, sobre todo los poetas, de todas las épocas. Todas las citas son exhibidas como posibles encuentros con un valor, y con razón, porque todo lo que se ha dicho o escrito de verdadero o de bueno procede del Verbo de Dios y del Espíritu Santo.

Concluyo con una de esas citas, por demás elocuente, que viene al caso. Es la Canción 85 de Antonio Machado:
 

¿Tu verdad?

No, La Verdad

Y ven conmigo a buscarla.

La tuya, guárdatela.


Mons. Héctor Aguer,
arzobispo de La Plata


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