La imagen adecuada de la Navidad no es Papá
Noel con su trineo y los renos, ni siquiera el arbolito cargado de
luces y regalos, sino la Virgen María con el Niño Jesús entre sus
brazos. En el oriente cristiano el icono de la Madre de Dios se
expresa en dos modelos fundamentales: “la Virgen de la ternura”,
representación en la que el Niño rodea cariñosamente el cuello de su
Madre y estrecha el rostro contra su mejilla, y “la que muestra el
camino”, porque en este esquema la Madre sostiene sobre un brazo a
su Hijo mientras lo señala con la otra mano, ofreciéndolo al
reconocimiento y al amor de los fieles. En occidente, en cambio, y a
lo largo de siglos –sobre todo a partir del 1400– se multiplicaron
las representaciones pictóricas de maría con el Niño: ella lo
amamanta, lo acuna en su regazo, el mismo que a veces sirve de trono
al pequeño rey; Jesús lo abraza o lo acaricia, recibe una flor, una
fruta, un regalo cualquiera; se inclina juguetón hacia lo que tiene
delante: un corderito o un pastor, los tesoros de los reyes magos,
un santo de cualquier época ubicado allí en perfecto anacronismo,
su primo Juan el Bautista, niño como él.
De un modo o de otro, esa multitud de imágenes
entre las que se cuentan obras maestras del arte universal vienen a
ilustrar la afirmación de San Pablo: “cuando llegó la plenitud del
tiempo Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer”, y la de San Juan:
“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.
El Hijo de Dios se hizo hombre, carne, niño.
Carne designa, en el lenguaje bíblico, la condición de la criatura,
la fragilidad humana, que salta a la vista en la pequeñez e
indefensión del niño. He aquí el gran misterio de Navidad. El
Hijo eterno, que en la trinidad recibe todo el Padre, asume la
naturaleza humana en la forma infantil. Es engendrado sin
intervención de varón, por la acción del Espíritu Santo, pero se
desarrolla durante nueve meses en el seno de su Madre y después de
su alumbramiento (que es en realidad el alumbramiento del mundo,
porque él es la luz del mundo) crece como crecen los niños en edad,
en estatura, en comprensión de la realidad del hombre, y del mundo.
Despliega entonces en términos infantiles su relación eterna con el
Padre y el Espíritu lo va preparando a la misión mientras aprende
humanamente de María y de José. En la Nochebuena Dios fue un bebé,
un Dios hecho asequible, a nuestra medida, enteramente hombre.
¿Existe una manera más convincente de demostrar que Dios es amor?
Los Evangelios muestran que Jesús manifestaban
poseer un conocimiento profundo y original sobre el ser y la
dignidad de los niños, un conocimiento tal que no podía proceder
sino de sus propias vivencias infantiles, de haber experimentado
como niño la riqueza del amor, el seguro refugio, la gratitud y la
confianza en la relación con María y con el Padre eterno. De allí
surge una actitud innovadora ante la infancia que es propia del
cristianismo. En el mundo contemporáneo del Señor los niños se
contaban, al igual que las mujeres, entre las cosas de poco precio;
así ocurría en Israel tanto como en los que pueblos paganos. Los
textos evangélicos revelan esa mentalidad encarnada incluso en los
apóstoles; éstos no pueden entender que Jesús preste atención a los
niños y se ocupe de ellos, y por eso pretenden alejarlos. Él, en
cambio, deja que se acerquen, considera que están más cerca de Dios
que los adultos y declara que el que no vuelve a hacerse como niño
no entrará en el Reino, que es preciso achicarse para ser grande. Es
decir, que hay que aprender de nuevo a decir “Abbá”, a llamar de
veras a Dios ¡Padre!
Del Niño Jesús aprendemos a ocuparnos de los
niños, no para proclamar retóricamente sus derechos, sino para
respetar y reivindicar efectivamente su dignidad, injuriada con
tanta frecuencia por el maltrato, el abuso, el abandono, la miseria,
el escándalo q les arrebata la inocencia o la fe. ¡Clama al cielo la
masacre cotidiana de los inocentes! Algo más aprendemos del Dios
hecho niño. El hijo de Dios se hizo hombre, es decir: niño, para q
el hombre adquiera la dignidad de hijo de Dios, de niño de Dios. El
nos hace participar de sus sentimientos filiales, nos educa en la
dependencia espontánea y gozosa respecto de nuestro Padre Dios, en
el abandono confiado a su cuidado, a su beneplácito. Se ha llamado
“infancia espiritual” a esta actitud, pero no se la debe interpretar
como la postura ñoña, infantiloide, de quien rehúsa hacerse cargo de
la gravedad de la vida y de la seriedad de sus compromisos.
Significa más bien vivir agradeciendo y suplicando los dones del
cielo, sin astucia mundana, dispuestos siempre a compartir lo
recibido con generoso desprendimiento, conservar la candidez de la
fe q nos da acceso al Misterio, acompasarnos al tiempo de un Dios q
tiene tiempo para nosotros y cuya presencia plenifica cada instante.
Si dejamos crecer en el fondo del alma una gracia semejante,
habremos comprendido el espíritu de la Navidad.
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
(Publicado en “El Día”, de La Plata)