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SIGNOS QUE ATENTAN
CONTRA LA DIGNIDAD DEL HOMBRE
Mensaje de
Navidad del obispo de Mar del Plata,
monseñor José María Arancedo.
Queridos
hermanos:
1.
La
fiesta de Navidad adquiere este año de preparación a la celebración del Gran Jubileo de
los 2.000 años del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, un particular relieve para
nuestra vida de cristianos. No debemos perder de vista, ante todo, el significado
religioso de lo que celebramos, para que podamos vivir con un renovado compromiso y
gratitud el recuerdo de aquel Nacimiento que transformó la historia, en un antes y en un
después de Jesucristo. Quiero invitarlos, por ello, a vivir esta Navidad en un clima de
oración y de reflexión, que nos disponga con sinceridad a revisar la fidelidad de
nuestras vidas con el evangelio, y nos anime a ser protagonistas decididos de su mensaje
de amor, de justicia y de solidaridad con nuestros hermanos.
La
fiesta de Navidad adquiere este año de preparación a la celebración del Gran Jubileo de
los 2.000 años del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, un particular relieve para
nuestra vida de cristianos. No debemos perder de vista, ante todo, el significado
religioso de lo que celebramos, para que podamos vivir con un renovado compromiso y
gratitud el recuerdo de aquel Nacimiento que transformó la historia, en un antes y en un
después de Jesucristo. Quiero invitarlos, por ello, a vivir esta Navidad en un clima de
oración y de reflexión, que nos disponga con sinceridad a revisar la fidelidad de
nuestras vidas con el evangelio, y nos anime a ser protagonistas decididos de su mensaje
de amor, de justicia y de solidaridad con nuestros hermanos.
2.
Celebramos
un acontecimiento histórico, que sabemos necesita de la luz de la fe para ser comprendido
en toda su plenitud. "La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios, nos dice
el Catecismo de la Iglesia Católica, es el signo distintivo de la fe cristiana"
(Cat. nº 463). Esta es la profunda convicción que la Iglesia ha recibido de los
apóstoles y que hoy nos trasmite como una verdad que debe ser vivida y proclamada:
"todo el que confiesa a Jesucristo manifestado en la carne, procede de Dios" (1
Jn. 4,2). Comencemos, por ello, haciendo un acto de fe en el "misterio de la
encarnación", que nos permita descubrir ese designio del amor de Dios, que nos
envió a su Hijo "para que tuviéramos Vida por medio de El" (1 Jn. 4,9), y para
hacernos discípulos de su evangelio. Renovemos a los pies del pesebre, el contenido y el
compromiso misionero de nuestra fe cristiana.
Celebramos
un acontecimiento histórico, que sabemos necesita de la luz de la fe para ser comprendido
en toda su plenitud. "La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios, nos dice
el Catecismo de la Iglesia Católica, es el signo distintivo de la fe cristiana"
(Cat. nº 463). Esta es la profunda convicción que la Iglesia ha recibido de los
apóstoles y que hoy nos trasmite como una verdad que debe ser vivida y proclamada:
"todo el que confiesa a Jesucristo manifestado en la carne, procede de Dios" (1
Jn. 4,2). Comencemos, por ello, haciendo un acto de fe en el "misterio de la
encarnación", que nos permita descubrir ese designio del amor de Dios, que nos
envió a su Hijo "para que tuviéramos Vida por medio de El" (1 Jn. 4,9), y para
hacernos discípulos de su evangelio. Renovemos a los pies del pesebre, el contenido y el
compromiso misionero de nuestra fe cristiana.
3.
Debemos reconocer con dolor que el mensaje del evangelio que hemos recibido, a pesar del
esfuerzo y de los muchos testigos que han vivido con entrega su fe, no ha trasformado
totalmente la realidad de una sociedad que presenta signos que atentan contra la dignidad
del hombre. No podemos dejar de pensar, en este clima de oración y reflexión, en las
consecuencias negativas y dolorosas de una creciente concentración de riquezas que junto
a una injusta distribución del ingreso, aumenta el flagelo de la desocupación y la
exclusión social. No dudo en afirmar que es una ofensa moral a la humanidad y una
claudicación de los valores cristianos, acostumbrarnos a vivir en un mundo en crecimiento
pero con excluidos. Es más, algunas cifras proyectivas de organismos internacionales,
lejos de aportar correcciones, parecerían mostrar con cierto determinismo fatalista, la
persistencia o agravamiento de estos índices de pobreza y marginalidad. Esta realidad no
nos debe llevar a un estado de desaliento o impotencia, sino, por el contrario, debe ser
un motivo de mayor compromiso con el mensaje de nuestra fe, para iluminar y acompañar con
su aporte, el camino del hombre y la sociedad.
Debemos reconocer con dolor que el mensaje del evangelio que hemos recibido, a pesar del
esfuerzo y de los muchos testigos que han vivido con entrega su fe, no ha trasformado
totalmente la realidad de una sociedad que presenta signos que atentan contra la dignidad
del hombre. No podemos dejar de pensar, en este clima de oración y reflexión, en las
consecuencias negativas y dolorosas de una creciente concentración de riquezas que junto
a una injusta distribución del ingreso, aumenta el flagelo de la desocupación y la
exclusión social. No dudo en afirmar que es una ofensa moral a la humanidad y una
claudicación de los valores cristianos, acostumbrarnos a vivir en un mundo en crecimiento
pero con excluidos. Es más, algunas cifras proyectivas de organismos internacionales,
lejos de aportar correcciones, parecerían mostrar con cierto determinismo fatalista, la
persistencia o agravamiento de estos índices de pobreza y marginalidad. Esta realidad no
nos debe llevar a un estado de desaliento o impotencia, sino, por el contrario, debe ser
un motivo de mayor compromiso con el mensaje de nuestra fe, para iluminar y acompañar con
su aporte, el camino del hombre y la sociedad.
4.
Las
causas de esta situación de crisis que comprometen la paz y el desarrollo integral del
hombre, no son sólo técnicas o coyunturales, sino y sobre todo, morales. La técnica es
un instrumento que manejamos; la vivencia del orden moral es la que engendra una conducta.
Cuando los valores dejan de ser el fundamento de la cultura y la referencia moralmente
exigente del comportamiento humano, se instala en la sociedad una mentalidad
individualista y de dominio, que bajo el pretexto de la libertad, prescinde de la
responsabilidad social, justifica actitudes, y adquiere, por lo mismo, consecuencias
devastadoras, sobre todo para quienes son más vulnerables. La tarea evangelizadora de la
Iglesia no puede quedarse sólo en la denuncia de estos efectos negativos, sino que debe
llegar a las raíces desde las cuales nace una cultura. Por ello es necesario
"alcanzar y transformar con la fuerza del evangelio los criterios de juicio, los
valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes
inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad..." (E.N. 19, citado en Plan
Diocesano de Pastoral nº 48). Aquí, a este nivel, debe llegar la verdad del evangelio
para crear hombres nuevos, capaces de transformar el mundo.
Las
causas de esta situación de crisis que comprometen la paz y el desarrollo integral del
hombre, no son sólo técnicas o coyunturales, sino y sobre todo, morales. La técnica es
un instrumento que manejamos; la vivencia del orden moral es la que engendra una conducta.
Cuando los valores dejan de ser el fundamento de la cultura y la referencia moralmente
exigente del comportamiento humano, se instala en la sociedad una mentalidad
individualista y de dominio, que bajo el pretexto de la libertad, prescinde de la
responsabilidad social, justifica actitudes, y adquiere, por lo mismo, consecuencias
devastadoras, sobre todo para quienes son más vulnerables. La tarea evangelizadora de la
Iglesia no puede quedarse sólo en la denuncia de estos efectos negativos, sino que debe
llegar a las raíces desde las cuales nace una cultura. Por ello es necesario
"alcanzar y transformar con la fuerza del evangelio los criterios de juicio, los
valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes
inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad..." (E.N. 19, citado en Plan
Diocesano de Pastoral nº 48). Aquí, a este nivel, debe llegar la verdad del evangelio
para crear hombres nuevos, capaces de transformar el mundo.
5.
Queridos
hermanos, somos depositarios como Iglesia, de este mensaje de Dios, que se hace anuncio de
amor y de paz en la noche de Navidad. Este mensaje, que está llamado a transformar el
corazón del hombre, necesita de nuestra generosidad y de nuestro compromiso misionero
para que sea conocido y vivido. Nuevamente los invito, por ello, a formar parte de esta
gran movilización espiritual de la Misión Diocesana, para iniciar juntos el camino hacia
la celebración del Gran Jubileo de los 2.000 años del nacimiento de Nuestro Señor
Jesucristo. Recuerden que hay en la Iglesia un lugar que les pertenece por el bautismo, y
que los compromete para una tarea evangelizadora ante el mundo. Reciban la seguridad de mi
afecto y oraciones, junto a mi bendición de Padre y Obispo.
Queridos
hermanos, somos depositarios como Iglesia, de este mensaje de Dios, que se hace anuncio de
amor y de paz en la noche de Navidad. Este mensaje, que está llamado a transformar el
corazón del hombre, necesita de nuestra generosidad y de nuestro compromiso misionero
para que sea conocido y vivido. Nuevamente los invito, por ello, a formar parte de esta
gran movilización espiritual de la Misión Diocesana, para iniciar juntos el camino hacia
la celebración del Gran Jubileo de los 2.000 años del nacimiento de Nuestro Señor
Jesucristo. Recuerden que hay en la Iglesia un lugar que les pertenece por el bautismo, y
que los compromete para una tarea evangelizadora ante el mundo. Reciban la seguridad de mi
afecto y oraciones, junto a mi bendición de Padre y Obispo.
Mons. José
María Arancedo, obispo de Mar del Plata
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2196, del 20 de enero de 1999
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