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FIESTA DE LOS PESCADORES


Mensaje de monseñor José María Arancedo, obispo de Mar del Plata, en la tradicional Fiesta de los Pescadores el 31 de enero de 1999.


Queridos amigos:

1. Cada año se renueva con la Fiesta de los Pescadores ese clima de esperanza, a pesar de las dificultades, que es fruto de nuestra fe en Dios. Sabemos que El no abandona a sus hijos, pero qué importante que esta esperanza no se diluya, sino que comprometa a todos a crear las condiciones que hagan fecunda y previsible la fuente de trabajo y la inversión en esta noble y sacrificada tarea de la pesca. Al llegar al puerto de Mar del Plata para celebrar con ustedes esta Fiesta, siempre se me presenta el mundo del trabajo y de la empresa, como dos realidades que configuran lo que podemos llamar la escuela de una "cultura del trabajo" en nuestra ciudad. He utilizado tres palabras; escuela, cultura del trabajo y ciudad; cada una de ellas puede tener su autonomía, pero no son independientes, no se las debe, por lo mismo separar, porque juntas hacen al bien y a la calidad de vida de nuestra comunidad y, por lo mismo, comprometen el responsable ejercicio de la autoridad.


2.
El trabajo es una dimensión necesaria en la realización de la vida social y espiritual del hombre. Hay, por ello, un derecho al trabajo que hace a la dignidad de la persona y a la salud social de la comunidad; es, nos dice con fuerza el reciente Sínodo de América, "una responsabilidad ética de una sociedad organizada promover y apoyar una cultura del trabajo" (Sínodo, 54). La empresa, por su parte, es el ámbito económico que integra el trabajo, el capital y la tecnología, permitiendo, así, el desarrollo del hombre y la sociedad, a través de la producción de bienes y de la justa distribución de la riqueza obtenida. Aquí radica la importancia y el valor de la empresa. El verdadero empresario es un emprendedor creativo, que asume el riesgo de un rol social y económico, al producir bienes necesarios para el desarrollo de la sociedad y el bienestar del hombre.


3.
Estas dos realidades, del trabajo y la empresa, necesitan, sin embargo, de un tercer protagonista que es el Estado, encargado de las políticas de planificación global, no digo planificación total ni centralizada, de la economía. La función del Estado es la que sostiene con sus leyes el crecimiento armónico de las diversas variables y circunstancias que hacen al desarrollo integral de la producción. La planificación global que le compete al Estado debe consistir en una "coordinación justa y racional, en cuyo marco debe ser garantizada la iniciativa de las personas, de los grupos libres, de los centros y complejos locales del trabajo (L.E. 18). Es tan negativa una intervención del Estado que quite iniciativa y responsabilidad a los agentes de la vida social y económica, como su ausencia en aquella función que le es propia, la de garantizar el crecimiento equitativo, que permita crear y sostener las fuentes de trabajo, creando las condiciones de una sana competencia, que hacen al bien de la comunidad.


4.
En este ámbito de trabajo del Puerto, y siguiendo las líneas de pensamiento de la Doctrina Social de la Iglesia, me permito precisar algunos aspectos de la necesaria presencia del Estado, en orden a ofrecer seguridad al desarrollo de la actividad económica. La primera tarea del Estado es, nos dice la encíclica Centesimus Annus, "la de garantizar esa seguridad, de manera que quien trabaja y produce pueda gozar de los frutos de su trabajo y, por tanto, se sienta estimulado a realizarlo efi-ciente y honestamente". Como vemos, la presencia del Estado no sustituye al mercado ni a la iniciativa privada, sino que viene a darle seguridad y equidad social, por ello, concluye, (el Estado) tiene el deber de secundar la actividad de las empresas, creando condiciones que aseguren oportunidades de trabajo, estimulándolas donde sean insuficientes o sosteniéndolas en momentos de crisis" (CA 48).


5.
Conozco las dificultades por las que atraviesa la actividad pesquera local; ella reclama, entiendo, objetividad respecto al diagnóstico del recurso, disposición para aceptar las justas limitaciones que impone la realidad y decisión para encontrar soluciones equitativas que ayuden a paliar las dificultades presentes. En este sentido quiero recordar lo que les decía en esta misma ocasión hace un año: "lo que está en juego no es sólo la rentabilidad de un negocio, sino la preservación de un recurso natural y el cuidado del desarrollo integral del hombre y su familia. La realidad del puerto y de la pesca exige, por lo mismo, una comprometida respuesta para definir un modelo pesquero con su correspondiente ley, que privilegie y proteja, junto al interés nacional, las fuentes de trabajo y acompañe el desarrollo del sector; especialmente de aquellos que menos tienen y más padecen los cambios de las políticas macroeconómicas" (Mensaje 1 de febrero de 1998). Aquí cobra toda su importancia la función del Estado acompañando, con equidad y prontitud, aquellos sectores que ven peligrar su actividad o la estabilidad económica de sus empresas, mediante una correcta aplicación de las normas que, preservando el recurso en nuestro caso, valoren la importancia de las fuentes de trabajo con plantas procesadoras en tierra, por su alto contenido social. No se trata de oponer simplemente como grupos antagónicos a aquellos que, con diversidad de estructuras operativas, dan trabajo a la comunidad y operan en el marco de la ley. Hay un camino de diálogo respetuoso, como de ejercicio responsable de la autoridad que permiten, entiendo, sin prejuicios que enfrentan, considerar la justicia de los reclamos y aplicar las medidas necesarias para sostener la actividad pesquera, que tiene mayor incidencia social en estos momentos de crisis.


6.
Queridos amigos, en este año de preparación a la celebración de los 2.000 años del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, quiero invitarlos a todos a prepararnos para ingresar juntos al III milenio, con un fuerte sentido de pertenencia a una comunidad que espera lo mejor de cada uno de nosotros. En este sentido creo que sólo una conducta solidaria es la que permite sostener y acrecentar los lazos de pertenencia a una misma comunidad. La solidaridad es, por ello, la expresión madura y responsable de una comunidad, que vive la exigencia moral de asegurar el desarrollo integral de todos sus miembros, como también, el justo reclamo de sus derechos. Refiriéndose al mundo del trabajo el Sínodo de América afirma en una de sus proposiciones: "Es una responsabilidad ética de una sociedad organizada, promover y apoyar una cultura del trabajo (Sínodo de América 54). Aquí adquiere su necesario protagonismo político la presencia de la ciudad, como espacio de pertenencia a una comunidad, de referencia al desarrollo integral del hombre y de promoción de una cultura del trabajo. Un crecimiento económico sin solidaridad, quiebra los lazos de pertenencia a una comunidad y nos aísla; una solidaridad, por otra parte, sin crecimiento económico y la necesaria capacitación, carece de horizontes.


7.
La fe en un Dios creador y Padre de todos, que ha puesto las maravillas de la creación al servicio de sus hijos, para que la cuiden y se sirvan de ella, nos compromete a mirarnos como hermanos y a tener una conducta responsable frente al don de la naturaleza recibida. Que San Salvador, nuestro Santo Patrono, nos acompañe a lo largo de este año y nos proteja en los momentos de dificultad. Reciban desde esta banquina que es un símbolo de la historia y del trabajo en nuestra ciudad, la bendición de su Obispo que los acompaña como Padre y amigo, y que reza por ustedes y sus familias.


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2204, del 17 de marzo de 1999


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