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106º PEREGRINACIÓN Arquidiocesana A LA BASÍLICA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE


Homilía de monseñor José María Arancedo, obispo de Santa Fe de la Vera Cruz
(Domingo 10 de abril de 2005)



Queridos hermanos:

1. Hoy nos convoca en Guadalupe nuestra fe en Dios, tomados de la mano de nuestra Madre. En este día nos moviliza la conciencia de sabernos hijos de Dios y la certeza de sentirnos protegidos por María. Este fue el encargo que Jesús le confió a ella al pie de la Cruz y al que hoy nosotros venimos a testimoniar y agradecer, porque la hemos visto y sentido madre. La fe se vive en lo concreto de la vida, en las circunstancias de cada historia personal, en la cual vamos descubriendo nuestra condición de hijos de Dios y damos nuestros primeros pasos de encuentro con el Señor, sobre todo en la intimidad de la oración y de la familia. En esta historia de peregrinos, que es parte de la historia cristiana de Santa Fe, la presencia de nuestra Madre en Guadalupe es una referencia que ha expresado nuestra identidad católica, alimentado nuestra devoción y conservado nuestra fe.


2. Cuántas historias se han vivido a los pies de este Santuario. Cuántas oraciones, silencios, y porque no lágrimas, hemos traído a la casa de nuestra Madre. Cuánto consuelo hemos recibido en este Santuario, que nos ha devuelto la alegría de la esperanza en nuestro caminar por momentos difícil. Por ello con cuánto reconocimiento venimos hoy a expresarle nuestra gratitud, y tal vez sea yo como Obispo el primero, que he aprendido de ustedes a conocerla y amarla en este camino de Guadalupe, como una riqueza más que he recibido en  esta Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz.


3. Hemos peregrinado en este año dedicado a la Eucaristía, bajo el lema: "María, mujer eucarística, únenos a Jesús y entre nosotros". ¿Qué le pedimos como discípulos de Jesucristo, su Hijo, a nuestra Madre?. Que nos haga vivir y gustar lo que Jesús nos enseñó en el Evangelio, que es el camino que da sentido a nuestras vidas. Por ello le decimos en primer lugar que nos una a Jesús, que es la fuente de nuestra vida e, inmediatamente, que como testimonio de esta unión a Cristo, nos una más entre nosotros. La verdadera devoción a María nos debe llevar necesariamente a un encuentro vivo con Jesucristo. Ella nos vuelve a decir hoy, como les dijo a aquellos primeros discípulos: "Hagan todo lo que él les diga" (Jn. 2, 5). María es nuestra primer catequista. A lo largo de este año, y junto a toda la Iglesia queremos celebrar, adorar y contemplar a su Hijo en  este gran misterio de amor que nos dejó como testamento de su presencia, y en el que nos expresó el deseo de quedarse con nosotros, cuando nos decía: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo" (Mt. 26, 26); o en aquellas otras palabras que la Iglesia conserva y nos trasmite: "Yo soy el pan de Vida...el que coma de este pan...permanece en mí y yo en él" (cfr. Jn. 6 ).


4. Este acercarnos a Jesucristo en la Eucaristía, queridos hermanos, debe ser el comienzo de una vida nueva. Nuestra fe no puede ser sólo el asentimiento a una  doctrina, sino un camino de transformación que nos haga más semejantes a Él. Deberíamos poder llegar a decir con el apóstol: "no soy yo es Cristo quién vive en mí". Este es el ideal de nuestra vocación cristiana al que todos estamos llamados, y que se va construyendo a través de este camino sacramental de intimidad eucarística con Cristo. No podemos contentarnos con una difusa pertenencia sociológica a la Iglesia, debemos profundizar e interiorizar como cristianos este encuentro personal con Jesucristo que se ha querido quedar con nosotros como alimento, para fortalecernos y hacernos parte viva de su Cuerpo.


5. El es para nosotros el pan del peregrino que sostiene nuestra vida, por momentos balbuciente y cuántas veces dominada por el cansancio, pero llamada a ser transformada por el don de su presencia: "el que coma de este pan tendrá la vida eterna..." nos dice. Es por ello que desde la Eucaristía esta Vida Nueva de Cristo se convierte para el hombre en la posibilidad de un cambio real que dé sentido a nuestra vida. La Eucaristía es la invitación y la respuesta del Señor a la soledad del hombre, a quién le dice: "Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo" (Mt. 28, 20). Es precisamente en la participación de la celebración eucarística, en la Santa Misa,  donde este modo de presencia y acompañamiento del Señor alcanza su plenitud, en ella, además, expresamos la identidad de nuestro bautismo y fortalecemos los lazos de nuestra comunidad eclesial. La Eucaristía es , por ello, el sacramento que actualiza aquello que somos: hijos de Dios, discípulos de Jesucristo y miembros de su Iglesia.


6. Volver nuestra mirada a la Eucaristía es también recobrar la dimensión social de nuestra vida cristiana. El pan del peregrino se convierte en el pan de los hermanos. Desde la mesa eucarística debemos comprender que todo hombre es mi hermano, y decidirnos a actuar de una manera caritativa y solidaria. La Eucaristía es la mesa a la que Dios nos invita como hijos y nos reclama, con la fuerza del mandamiento nuevo, un comportamiento fraterno: "Ámense los unos a los otros, como yo los he amado" (Jn. 15, 12). No podríamos compartir la mesa del Señor y no sentir sus mismos sentimientos de amor y de servicio a nuestros hermanos, especialmente hacia aquellos más necesitados. Hoy el mundo tan herido por la agresión de un egoísmo que genera marginalidad y pobreza, como por enfrentamientos estériles que aíslan y comprometen el espíritu de solidaridad en aras de beneficios e intereses mezquinos, este mundo, que es nuestro mundo,  necesita de  hombres y mujeres eucarísticos que den testimonio de la presencia de un Cristo vivo, que ha venido a reconstruir y a sanar la obra de Dios, a través del diálogo fraterno y de la caridad comprometida.


7. Hoy este mundo tan ávido de consumismo y de un afán de lucro sin límites, necesita con urgencia recobrar el significado del Día del Señor, como día dedicado a Dios, al descanso del hombre y a la familia. Qué importante, incluso culturalmente para nuestra sociedad, es recobrar la santidad del domingo. Cuando hemos perdido de vista como cristianos que lo más importante del Domingo es la celebración del encuentro con el Señor, que se ha quedado para ser nuestro alimento y formar desde la Eucaristía la Iglesia, como sacramento de salvación para los hombres, cuando esto sucede no sólo se debilita la Iglesia sino también se empobrece el hombre y la sociedad. ¡Qué bueno sería decirle hoy a nuestra Madre que vamos a recuperar en nuestras comunidades el significado de la celebración de la Misa dominical, por que queremos sentarnos a la mesa con su Hijo, participar de su vida y formar juntos una Iglesia que sea orante, servidora y misionera!


8. En este día y a los pies de la Virgen no podemos dejar de recordar con gratitud y emoción a nuestro querido Papa Juan Pablo II. El tuvo hacia María Santísima una tierna y profunda devoción que lo acompañó desde su infancia hasta el momento de su muerte. El amor a la Virgen fue creando en él una clima espiritual que le permitió ir creciendo en esa intimidad con Dios, desde la cual fue descubriendo su vocación de entrega al servicio de la Iglesia y de la humanidad. Toda su vida estaba en las manos de la Virgen, a Ella se consagró; Ella sabemos lo cuidó y lo protegió. Hoy queremos desde Guadalupe rendirle nuestro homenaje como católicos y argentinos, a quienes de un modo especial nos acompañó en  momentos difíciles de nuestra Patria, y pedirle que interceda ante su Hijo por su eterno descanso. Por todo esto, gracias Juan Pablo II.


9. En este contexto e interpretando el pensamiento pastoral del recordado Papa, quisiera decirles a ustedes, querido jóvenes, con quienes él tenía una particular relación, que el Santo Padre les ha dejado a lo largo de todo su Pontificado un palabra de afecto y de cercanía espiritual, pero también un llamado a transformar sus vidas para transformar este mundo que les pertenece y que necesita de la presencia, el entusiasmo  y del compromiso de ustedes.  Creo que él  les diría hoy tomando las palabras del apóstol Juan: "Jóvenes, les he escrito porque son fuertes, y la Palabra de Dios permanece en ustedes, y ustedes han vencido al Maligno" (1 Jn. 2, 14). Cuánta necesidad tiene el mundo de una juventud que no claudique ante la oferta de mediocridad y violencia. Cuánta necesidad de una juventud que se comprometa con los valores de la verdad y la justicia, del bien y de la belleza, esto supone un triunfo que venza a la mentira y la inequidad, al odio y al desprecio de la dignidad del hombre y su armonía con la creación. Este es el mensaje que les ha traído Jesucristo, pero necesita de una juventud dispuesta y generosa. El Santo Padre les diría, queridos jóvenes, que este Evangelio de Jesucristo los está esperando, "no tengan miedo", él desea hacer realidad con ustedes la civilización del amor.    


10. Queridos hermanos, hemos venido a Guadalupe desde diversos lugares y circunstancias, y hemos dejado a los pies de la Virgen nuestras inquietudes, pedidos, promesas y  también nuestros agradecimientos. ¿Qué nos llevamos a nuestras casas y comunidades parroquiales?.  Ante todo regresamos con la certeza de que no caminamos solos, nos hemos vuelto a encontrar con el rostro de María que nunca nos abandona, porque nos reconoce como sus hijos, a quiénes Jesucristo le ha confiado su cuidado. En esta tarea maternal María ha manifiestado su fidelidad a la obra de Dios, que le fue confiada por su Hijo. Pero también regresamos con la experiencia de haber vivido un encuentro eclesial que debe fortalecer nuestros lazos de pertenencia y nuestra identidad religiosa. Del encuentro con Jesucristo nace la Iglesia. No somos miembros aislados, no tenemos vocación como cristianos solitarios  somos parte viva de este Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Así nos quiere ver nuestra Madre. Digámosle al despedirnos esta tarde que queremos comprometernos más con nuestra Iglesia concreta, que va creciendo en nuestros barrios y nos necesita, para hacer de ella, con nuestra presencia y trabajo, comunidades vivas que expresen la vida del Evangelio, y que sean un signo luminoso y creíble ante los hombres del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo. Este compromiso sería el mejor regalo que hoy le haríamos  a nuestra Madre aquí en Guadalupe. Amén.


Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

Santa Fe de la Vera Cruz, 10 de Abril de 2005

Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe



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