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EL SACERDOTE ES UN HOMBRE DE COMUNIÓN


Homilía de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, pronunciada durante la misa de ordenaciones sacerdotales (Basílica Nuestra Señora de Guadalupe, 30 de setiembre de 2005)



Queridos hermanos:

1. Nuevamente nos reunimos en este querido y tan nuestro Santuario de Guadalupe, para celebrar la alegría del don del sacerdocio. Aquel "no dejaré huérfano a mi pueblo" que recorre toda la historia de la salvación, hoy venimos a celebrarlo y agradecer. Dios es fiel a su promesa. La Iglesia "experimenta siempre el cumplimiento de este anuncio profético y con alegría, da continuamente gracias al Señor" (P.D.V. 1). Sin un profundo sentido de gratitud a la fidelidad de Dios no podríamos comprender ni vivir plenamente este momento eclesial de nuestra fe. Cristo, el Buen Pastor, es el sí de Dios a su Pueblo. Hoy vamos a ser testigos, vamos a participar sacramentalmente, del cumplimiento de esta promesa de Cristo a la Iglesia, a través del don del sacerdocio ministerial. El sacramento del orden es una acción sagrada que Cristo ha dejado en la Iglesia para permanecer él junto a su pueblo. Sacramento personal de su presencia. Cuánta necesidad de fe reclama esta realidad que vamos a celebrar, para comprender e introducirnos en este misterio de vida y de amor que es el sacerdocio. La gratitud de la fe es la única respuesta que nos permite descubrir y vivir la fidelidad y el amor de Dios manifestado en Jesucristo.
 

2. Vamos a ser testigos en este día de la realización de este proyecto de Jesucristo, El es "el mismo, ayer, hoy y lo será siempre" (Heb. 13, 8). Vamos a vivir y a gustar el hoy de su presencia sacramental y de su misión en la historia, que es la obra redentora del amor de Dios que no abandona a su pueblo, a "la obra de sus manos". Aquí tenemos que hablar de la primacía de la gracia y de la misión del Espíritu Santo, para disponernos a recibirlo y ser modelados por su obrar ontológico-salvífico. Al sacerdocio, como a la vida cristiana, la recibimos como don por medio del Espíritu Santo. Todo encuentro sacramental necesita de nuestra disponibilidad y preparación. Hoy de un modo especial, y mirando a nuestros diáconos, le decía a quién los presentaba: "Sabes si son dignos", es la pregunta con la que la liturgia nos introducía en este acontecimiento de gracia. Cuánta necesidad de un clima de oración y de disponibilidad requiere la obra de Dios en nosotros. Por ello digamos con fe: "Ven Espíritu Santo..... dulce huésped del alma.... riega nuestra aridez.... enciéndenos con el fuego de tu amor", y concédenos la gracia de abrirnos a la obra de tu amor para ser dignos de tu elección, y vivir con entrega total la misión de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.
 

3. Queridos diáconos, Sergio, Diego, Sebastián y Rodrigo, esta obra de Dios revelada en la misión de Jesucristo de acompañar a su pueblo, en esta mañana, aquí, por obra del Espíritu Santo y de la mediación sacramental de la Iglesia se va a hacer realidad en la persona, en la vida y en la historia de cada uno de ustedes. En un sentido van a dejar de pertenecerse, para ser parte y derecho de Dios para su pueblo. De un modo único y para siempre van a ser destinatarios de aquella palabra del Señor: "como el Padre me envió, así yo también los envío a ustedes" (Jn, 20, 21). Sabemos, por otra parte, cual es el motivo del Padre que inicia este movimiento que nos envuelve y nos define: "Tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo único" (Jn. 3, 16). Nuestro origen fontal es el amor del Padre, nuestro llamado y destino es la salvación del mundo. Recuerden que van a participar de un modo personal de esta misión que los constituye en sacerdotes de la Nueva Alianza. No dejen nunca de admirarse por este misterio del amor de Dios que se ha hecho elección y envío en la vida de ustedes. Han "sido tomados de entre los hombres" y hoy por la gracia de la ordenación sacerdotal "son puestos al servicio de los hombres" (Heb. 5, 1). Fuera de este contexto de fe y de gracia nuestra vida sacerdotal pierde la alegría del llamado, como también nuestro ministerio el sentido y la responsabilidad de su misión.
 

4. Contemplando a la Iglesia en su rica y fecunda definición de misterio de comunión misionera, les marcaría tres actitudes que siempre deben estar presentes en nuestra vida y ministerio. El sacerdote debe ser un hombre del misterio, de la comunión y de la misión. Ante todo, un hombre que vive la dimensión del misterio en su vida, es un hombre contemplativo de la obra de Dios. Su primera mirada nace en el silencio de la oración, y busca descubrir los signos de la presencia de Dios y no se detiene en sus pequeños intereses. Lee su vida desde Dios. Buscándolo a él, se encuentra a sí mismo y se descubre en lo único e irrepetible de su vocación. La oración nace del Espíritu, tenemos que prestarle el silencio. Buscar espacios y tiempos de oración es para el sacerdote el primer acto de caridad pastoral. En un sacerdote que reza se percibe la serenidad y el equilibrio, la firmeza y la misericordia de padre. Cuánta necesidad tiene el mundo de encontrar en nosotros el testimonio de la paternidad de Dios. Sean testigos de la amistad con Dios, para ser presencia viva del amor de Dios hacia los hombres. Queremos ver al Padre, va a ser siempre, como a Jesucristo, (Jn. 14, 8), una pregunta que nos compromete en nuestro ministerio. Creo que esta dimensión de misterio, que nos introduce en la intimidad del corazón del Padre, da a nuestro ministerio un profundo y cordial sentido de paternidad.
 

5. El sacerdote es un hombre de comunión, porque es ministro de la Nueva Alianza, que es signo de vida y de reconciliación. Van a ser ordenados ministros de esta nueva realidad que en la eucaristía se manifiesta como centro y fuente de la comunión. En su evangelio san Juan no nos ha dejado un relato de la institución de la eucaristía, pero sí nos narra a lo largo del cap. 13, todo el contexto sin el cual no es posible la eucaristía. Para nosotros, queridos sacerdotes, es importante tener presente este estilo y ejemplo del Señor que es un camino eucarístico. "Sabiendo que había llegado su hora, nos dice el texto,...y habiendo amado a los suyos....durante la cena se levantó de la mesa....y empezó a lavar los pies de sus discípulos; comprenden lo que acabo de hacer....les he dado el ejemplo" (Jn. 13). Y concluye dejándonos en este relato eucarístico el mandamiento del amor. No puede haber una espiritualidad eucarística sin la humildad del servicio y el signo de la reconciliación. La comunión tiene también, como en Cristo, un fuerte sentido esponsal. Amó a la Iglesia y se entregó a ella como a su esposa. La entrega de Cristo a la Iglesia, leemos en la Exhortación Apostólica, "se caracteriza por aquella entrega originaria que es propia del esposo hacia la esposa...Jesús es el verdadero esposo..." (P.D.V. 22). Queridos diáconos, ustedes tendrán que ser en Cristo esposos de la Iglesia. Hay un sentido esponsal en la vida del sacerdote, que nos habla de un amor fiel y oblativo a la Iglesia. Aquí adquiere todo su significado de entrega y de libertad nuestro celibato sacerdotal al servicio de la Iglesia. Creo que vivir esta dimensión de comunión como Cristo, esposo de la Iglesia, da a nuestra vida y ministerio una profunda madurez espiritual.
 

6. El sacerdote debe ser finalmente un hombre de la misión. La realidad de la misión expresa en la Iglesia su fidelidad al proyecto de Dios. Siempre debemos tener presente y escuchar al Señor que nos dice, con la fuerza de un mandato que nos urge y compromete como pastores: "para esto he venido...para que el mundo tenga vida" (Jn. 10, 10). La presencia de un espíritu misionero habla de la intensidad de nuestra fe y es un signo elocuente de la vitalidad de la Iglesia. Una Iglesia misionera es aquella que vive el gozo y la urgencia de ponerse en camino para anunciar a los hombres "lo que hemos visto y oído" (1 Jn. 1, 3). De esta Iglesia, así como lo ha querido el Señor, ustedes serán, queridos diáconos, sus pastores. Amen como definitivo lo concreto de su vida pastoral. Tendrán que ser animadores de este espíritu misionero en sus comunidades. Qué bueno que sintamos la alegría de evangelizar a nuestro hermanos. La mayor tentación de la Iglesia es instalarse y perder la urgencia de evangelizar, que es su identidad más profunda (cfr. EN. 4). Creo que en el fervor misionero de nuestro sacerdocio alcanza su madurez aquel espíritu de intimidad con Dios y de comunión, en el que se expresa la caridad pastoral de nuestro ministerio, y que es nuestra entrega total a la Iglesia compartiendo el don de Cristo al servicio de nuestros hermanos. No nos olvidemos que el Señor de un modo especial nos envía a evangelizar a los pobres; ellos siempre serán para nosotros una presencia y una pregunta que nos desafía. Nuestra cercanía al pobre y al que sufre debe nacer de una comprometida mirada de fe, que sabe descubrir "el rostro del Señor en aquellos hermanos nuestros con quienes El se ha identificado y desde quienes nos interpela (L.P.N.E. 27).
 

7. Queridos hermanos, nuestra Iglesia va a contar con cuatro nuevos sacerdotes. Esto nos llena de alegría y gratitud. Son muchas las necesidades, pero también es mucho lo que el Señor nos da. Pongamos en los brazos de nuestra Madre de Guadalupe el sacerdocio de Sergio, Diego, Sebastián y Rodrigo. Tengamos presentes también a todos nuestros sacerdotes que en este día celebran su aniversario de ordenación. Quiero valorar el trabajo de todos aquellos que llevan adelante esta tarea tan importante en la vida de la Iglesia, pienso en los profesores y superiores de nuestro Seminario, como el trabajo generoso y perseverante de nuestra querida OVE. No quiero olvidarme de reconocer y comprometer mi oración por las familias de estos diáconos, porque han sido ellos camino y providencia de Dios para realizar en sus hijos la misión de Jesucristo Sacerdote. Amén.


Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
30 de setiembre de 2005
Fiesta de San Jerónimo. Patrono de la Ciudad y la Provincia


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