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Mensaje de Pascua
Mensaje de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe
de la Vera Cruz, para la Pascua 2005
Queridos amigos:
Quiero celebrar
junto a ustedes la alegría del mensaje de la Pascua. ¿Qué celebramos?
Celebramos un acontecimiento religioso que está llamado a tener
consecuencias personales pero también sociales. La fe en Dios no es un
hecho privado sin referencia a la vida de una comunidad, por el
contrario debe iluminar y transformar nuestra conducta y nuestras
relaciones. En la Pascua celebramos el triunfo del bien sobre el mal,
de la gracia sobre el pecado, del amor sobre el odio. Esto nos llena
de alegría y de esperanza y, al mismo tiempo, se nos presenta como
una invitación y un desafío para hacerlo realidad en nuestras vidas y
en la sociedad. Para esto he venido, nos dice Jesucristo, para que el
mundo tenga vida. Esto es lo que celebramos, la posibilidad de una
vida nueva que nace en Cristo Resucitado y que es para el hombre un
camino de verdad, de justicia y de paz. Por ello desde la Pascua
podemos decir que es posible un mundo nuevo porque el mal, en su raíz,
ha sido vencido, y ya no tiene un poder absoluto sobre el hombre. Pero
este don de la Pascua se nos presenta como un ofrecimiento a nuestra
libertad y necesita, por lo mismo, de nuestra libre aceptación. Dios
no impone, ofrece. La Pascua alcanza su plenitud cuando la vida y el
mensaje de Jesucristo entra en nuestros corazones. El mundo necesita
la presencia de ese Cristo vivo en nosotros, para transformar esta
sociedad herida por los males de la pobreza, la violencia y la
intolerancia. Que seamos, Señor, un instrumento de tu paz, de tu vida
y de tu amor, para recrear contigo este mundo que amamos y lo
encomendaste a nuestro cuidado.
En este contexto de
la celebración de la Pascua no puedo dejar de referirme a un tema que
nos ocupa por su importancia y gravedad, dado que ataca a la vida en
su etapa más indefensa, me refiero al aborto. La doctrina permanente
de la Iglesia sobre esta materia, la defensa de la vida desde el seno
de la madre, debemos considerarla como un acto de verdad, de justicia
y de amor. Es un acto de verdad en primer lugar; la verdad no depende
de nosotros, está ahí, y aunque nos sorprenda nos obliga a valorarla y
a ponernos a su servicio, no nos está permitido moralmente ignorarla.
Es también un acto de justicia; a la justicia pertenece dar a cada uno
lo que le corresponde y en el momento preciso, en nuestro caso el
primer derecho que debe atender la justicia es el derecho a la vida
del ser naciente. En esta doble certeza se fundamenta la sabiduría de
una sana legislación. Y finalmente es un acto de amor; el amor dice
referencia al otro, no sólo a uno mismo, y este amor, como todo amor,
tiene una dimensión oblativa que se alegra por el bien del otro y
cuida de su desarrollo. Frente al misterio de la vida no cabe otra
actitud moral. Puede parecer dura esta doctrina frente a una cultura
que parte de la libertad del hombre como de un absoluto creador y, por
lo mismo, le cuesta aceptar los límites que nos impone una realidad
objetiva. Este planteo doctrinal de la Iglesia, que se fundamenta en
razones científicas, filosóficas y teológicas, es lo que me compromete
a predicarlo, con la firmeza, el respeto y la seriedad que merecen,
porque es una exigencia de orden moral que hace a la dignidad del
hombre y a la cultura de un pueblo.
Queridos amigos,
reciban de su Obispo este mensaje de Pascua para vivir la alegría de
la Resurrección del Señor que nos señala un camino de esperanza y de
solidaridad, para juntos caminar y reconstruir los lazos de una
sociedad herida pero que nos pertenece y a la que nos debemos. Que el
Señor Jesús y Nuestra Madre de Guadalupe, a quién visitaremos
próximamente en su Fiesta mayor los acompañen. Felices Pascuas.
Santa Fe de la Vera Cruz, Pascua de 2005.
Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de
la Vera Cruz |