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JUAN PABLO II

(+ 2 de abril de 2005)

Homilía de monseñor José María Arancibia, arzobispo de Mendoza en la misa exequial por Juan Pablo II en la catedral de Loreto, 3 de abril de 2005



1. ¿Es apropiado en este día cantar ALELUYA? En verdad, esta exclamación gozosa pertenece a la Pascua, celebrada el domingo pasado. Todavía la cantamos, prolongando la celebración de este misterio. Necesitamos entonarla de corazón, una y otra vez, para expresar la fe y la esperanza en Cristo, muerto y resucitado por nosotros. Una fe que se intensifica y renueva, al confesarla  y testimoniarla. Más aún en momentos difíciles.

Ha partido el Padre; porque eso quiere decir “Papa”. Se ha ido el Pastor, guía de nuestro ministerio pastoral; lo había elegido el supremo Pastor, Jesucristo, para que prolongara en el tiempo el servicio de Pedro. Ha pasado a la casa del Padre eterno, en la Pascua, que significa “paso” de la muerte a la vida. Tránsito doloroso, pero libre y seguro, acompañado por el brazo fuerte de Dios. Vivido primero por el pueblo de la antigua alianza, y definitivamente por Jesús, el Hijo unigénito de Dios, y hombre verdadero. Así lo ha vivido ahora Juan Pablo II, en su persona. A través de toda una vida como sacerdote, obispo y Papa, entregada por amor a Dios y a los demás. También a través de muchas cruces, y la sufrida pasión de las últimas semanas, llevada con gran valor y plena confianza.


2. Su persona y su actuación han merecido el reconocimiento de líderes, naciones, gobiernos, instituciones internacionales y de otras religiones. En esta circunstancia, compartimos entre todos el dolor de su partida, y agradecemos las condolencias que ofrecen a la Iglesia Católica. La vida del Papa ha sido larga y fecunda. Las noticias recientes, como sucedió al cumplir 25 años de pontificado, recuerdan sus viajes, mensajes, visitas, encuentros; infinidad de intervenciones a favor de la entera humanidad. La enumeración podría ser bien larga. Me interesa destacar, ante todo, su invitación constante a poner la mirada y el corazón en Jesucristo vivo, única razón de nuestra esperanza.

El cardenal Wojtyla, recién elegido dijo en la plaza de san Pedro: “He tenido miedo de recibir este nombramiento, pero lo he hecho con espíritu de obediencia a Nuestro Señor y con confianza total en su Madre, la Virgen Santísima” (16-10-78). De inmediato comenzó su misión gritando al mundo con entusiasmo: “¡No tengan miedo. Abran las puertas al Redentor!”. Poco después presentaba a todos el misterio insondable de un Dios rico en misericordia (Dives in misericordia 1980). Me siento emocionado y lleno de gratitud, al recordar la vida de este padre y amigo, que llevó por todas partes el anuncio decidido del Evangelio de Jesucristo. El clima pascual de estos días, nos impulsa a renovar la fe en Jesucristo Salvador. La enseñanza de Juan Pablo II, profundamente evangélica, y el ejemplo de su vida, inspiran renovada esperanza en aquel que dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí aunque muera vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás” (Jn 11,25-26). ¡Qué agradecidos debemos estar de haber sido acompañados y sostenidos así en la fe cristiana! ¡Qué valioso su permanente esfuerzo de provocar la conversión a Jesucristo, que se ha de hacer comunión fraterna, efectiva y solidaria!


3. En las noticias y comentarios se destaca que el Papa ha muerto en la víspera del segundo domingo de Pascua, llamado por él mismo: domingo de la Divina Misericordia. Por este motivo, en la misa celebrada hoy en San Pedro de Roma, se recordó: “Fue este mismo Papa nuestro, tan querido, quien ha llamado a la Iglesia de hoy a ser casa de la misericordia, para acoger a todos aquellos que tienen necesidad de ayuda, perdón y de amor. Cuantas veces el Papa ha repetido en estos 26 años, que las relaciones entre los hombres y entre los pueblos, no se pueden basar sólo en la justicia, sino que deben ser perfeccionadas por el amor misericordioso, que es típico del mensaje cristiano”. Reconozcamos pues que así ha retomado y plenificado la propuesta del Papa Pablo VI, de construir una CIVILIZACIÓN DEL AMOR, llamada luego por él CULTURA DE LA VIDA, opuesta con firme decisión y en respetuosa lucha, a la cultura del odio y de la muerte.


4. El homenaje que ofrecemos al Papa, está hecho ante todo de oración, por él y por nosotros mismos; por el mundo y todas las necesidades que enfrento e iluminó. Una oración surgida de fe sincera y esperanzada en Cristo Resucitado, a quien predicó toda su vida y a quien siguió con perseverancia hasta el final. De allí brota una gratitud sentida, que se convierte en Eucaristía: la gran acción de gracias que el pueblo cristiano eleva con Él y en Él, como cantaremos dándole gloria. En nombre de todos, me atrevo a expresar nuestro agradecimiento, con estas palabras:


4.1. Juan Pablo II: gracias porque, a pesar de aquel temor confesado al principio, has vivido hasta el fin con valentía incuestionable, llevando por todas partes un mensaje de esperanza.


4.2. Gracias por ser hombre creyente, apasionado por Jesucristo; a quien seguiste y anunciaste incansablemente en todo el mundo; en verdad, has hecho de su Evangelio de salvación, la causa principal de tu vida y de todos tus desvelos.


4.3. Agradecemos tu apertura a todos los pueblos, razas, culturas y creencias; tus gestos y palabras cercanos a los problemas y conflictos de la humanidad; tu incesante llamado a buscar caminos de solución, superando motivos egoístas y mezquinos.


4.4. Valoramos tu relación amistosa con las religiones de la tierra, y queremos seguir tu ejemplo para avanzar en el diálogo respetuoso y en la cooperación compartida, para dar al mundo muchas razones de esperanza y de amor.


4.5. Has sido un auténtico defensor de la paz, fundada siempre sobre la verdad, y sobre la justicia, que se completa con el amor. No podemos olvidar que acompañaste a la Argentina en la búsqueda de la paz, en momentos tan difíciles como la guerra de Malvinas y el conflicto austral con Chile.


4.6. Lanzaste a la Iglesia católica en América, y luego a los otros continentes, a una evangelización nueva en su ardor, métodos y expresión. Gracias por haber provocado una revisión sincera de la vida cristiana y de la acción pastoral. La Iglesia en la Argentina, y en Mendoza, ha respondido trazando líneas pastorales. Nos hace mucho bien enfrentar los desafíos de hoy, trabajando desde nuestras fortalezas y debilidades.


4.7. Reconocemos tu coraje en denunciar toda forma de ataque a la vida humana, y todo atropello a su dignidad, desde el escondido momento de la concepción, hasta la muerte, precedida a veces de limitaciones y dolores, inexplicables para los criterios del mundo.


4.8. Agradecemos tus encuentros festivos y profundos con los jóvenes. Tu carisma ha recorrido el mundo entero. Nos sigue emocionando el llamado directo y enérgico dirigido a la juventud, para que descubra y viva ideales grandes, aun en medo de un cambio cultural que nos los favorece.   


4.9. Gracias por haber conducido a la Iglesia como pastor, suscitando una constante y decidida renovación, a través de tantas situaciones desafiantes para la fe y el amor cristiano. Gracias porque, a la vez, nos enseñaste a buscar una fidelidad completa y valiente a la Palabra y a los mandatos del Señor.


4.10. En el cielo, contemplas ahora con María, el rostro luminoso de Cristo Resucitado. Él te ha permitido compartir por entero su pascua, en la cual creíste y esperaste. Gracias también, entonces, por tu filial amor a María y tu enseñanza sobre Ella, para que la imitemos como buenos discípulos de Jesús, y cantores comprometidos de su misericordia, de generación en generación.  


Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza



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