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FELICES LOS QUE TRABAJAN POR LA PAZ
Mensaje
de monseñor José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
con motivo de celebrarse el Día del Trabajador
(1 de mayo de 2005)
En primer lugar, a
Cristo el obrero de Nazaret, que trabajó hasta el fin para que la
justicia de Dios entrara en la vida de los hombres. En segundo lugar,
a hombres y mujeres concretos, de carne y hueso, cuyas vidas,
expectativas y heridas he podido conocer de tanto andar por esta
bendita tierra mendocina.
La imagen bíblica del
Dios campesino, que cuida y poda su viña, resulta cercana y
consoladora para quienes tantas veces experimentamos el cansancio de
una larga jornada, poblada de pequeños o grandes trabajos. Cuando un
sacerdote, y con él una comunidad reunida en torno al altar, pronuncia
las palabras de Cristo: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo",
experimenta que es su propio cuerpo, marcado por las huellas de la
fatiga diaria, el que queda también transformado por el amor redentor
de Cristo.
Esta es una
experiencia que no tiene parangón con nada. Es capaz de dar sentido a
todo, al trabajo y su fatiga, a la vida y también a la muerte. Yo,
simplemente, la ofrezco como mi testimonio personal de sacerdote y,
por lo mismo, trabajador en el campo inmenso de esta viña del Señor
que es la diócesis de Mendoza.
Sin embargo, es
difícil hablar hoy del trabajo. Cuando el mundo laboral comenzaba a
derrumbarse, en los años noventa, la Iglesia Católica -como otras
instituciones u organizaciones sociales- se hizo caja de resonancia de
muchas (demasiadas) historias dolorosas de personas y familias puestas
en jaque por la crisis. Fueron momentos de incertidumbre.
Me pregunto si han
dado lugar también a una sana autocrítica, especialmente entre los que
ejercemos algún rol como dirigentes sociales. También, los obispos y
sacerdotes.
No es posible un
crecimiento integral de la sociedad, en todo el complejo entramado de
relaciones que la componen, sin un parejo crecimiento moral. Mucho más
cuando la empresa tiene todo el sabor a una reconstrucción desde los
cimientos, como es el caso argentino.
Los hombres y mujeres
de fe tienen aquí un campo inmenso de acción. Respetando la dinámica y
autonomía propias de la sociedad civil, la fe cristiana ofrece dos
importantes puntos de referencia a la racionalidad humana en todas sus
formas (incluidas la política y la económica), a saber: Dios y el
hombre. La salud espiritual y moral de la sociedad depende en gran
medida de su real apertura en esta doble dirección.
Empeñados en restañar
tantas heridas, los cristianos y la Iglesia misma sólo necesitan
libertad para poder comunicar a todos esta experiencia realmente
transformante: creer en Dios es encontrar la fuente para el compromiso
más firme, sostenido y fecundo con la justicia y la dignidad de cada
persona.
Jesús lo expresó en
una de sus bienaventuranzas: "Felices los que trabajan por la paz,
porque serán llamados hijos de Dios".
Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
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