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SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI


Homilía de monseñor José María Arancibia, arzobispo de Mendoza, en la Solemnidad del Corpus Christi (Plaza San Martín, Mendoza - 29 de mayo de 2005)



1. La Iglesia repite en oración ¡Quédate con nosotros, Señor!. Esta súplica se nos ha hecho familiar por varios motivos. Todavía está cerca la Pascua de Resurrección. Hemos sido invitados por el recordado Juan Pablo II, a vivir un año, dedicado a la Eucaristía. Nuestro año pastoral se ha inspirado en el texto bíblico de Emaús. Por encima de todo, es un consuelo pensar que caminamos en la vida por senderos escarpados, pero en los momentos más duros Jesús se hace encontradizo. Y entonces, no quisiéramos que se vaya de nuestro lado.

Pero ¿acaso Jesús no tiene decidido “quedarse”? ¿Tenemos que convencerlo que nos acompañe por el camino de la vida? La pregunta resulta irreverente y denota desconfianza. ¿Por qué volvemos, entonces, una y otra vez a reclamar que el Señor permanezca entre nosotros? Se trata de una necesidad nuestra, y muy sentida. No del proyecto de Dios. Jesús vino al mundo para que el mundo se salve por Él. No para una visita corta o una presencia transitoria. Entonces, la súplica, «Quédate con nosotros», es más bien un manera muy humana de sostener la fe y la esperanza en su promesa; en su presencia. Necesitamos creer con seguridad y firmeza en su Palabra: “ ... sepan que yo estoy con ustedes, todos los días, hasta el fin de los tiempos (Mt 28,20) –“... donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20)– Como el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes. Permanezcan en mi amor” (Jn 15,9). El una fiesta como ésta es hermoso escuchar y asentir con fe: “El que come mi cuerpo y bebe mi sangre vive en mi y yo en Él” (Jn 6,56).


2. En el camino hay discusiones y se hace la noche. El texto de Emaús menciona que los caminantes venían discutiendo por el camino (cf Lc 24,27). El evangelio de hoy recuerda que los discípulos discutían entre ellos, porque no lograban entender cómo podía Jesús darles a comer su cuerpo (cf Jn 6,52). En interesante que en ambas situaciones, el Señor sale al encuentro, para interesarse por aquellos hombres. Hoy en día ¿qué DISCUTIMOS por el camino de la vida? ¿Cómo lo hacemos? Es bastante sabido. A veces debatimos los problemas que nos afligen, para buscar juntos una solución. En tales casos, tenemos el gusto de resolver entre todos las cuestiones que nos afligen, sumando los aportes de cada persona o grupo. Otras veces, lamentablemente, la contienda revela intereses parciales o mezquinos; egoísmo o empecinamiento; incapacidad para dialogar y para hallar respuestas consensuadas; poco respeto para convivir y construir entre todos una comunidad. Sin juzgar ni echar culpas, reconozcamos la necesidad de aprender a discutir con mejor actitud, espíritu nuevo, porque enfrentamos problemas que son muy graves para todos.

Los peregrinos de Emaús quisieron retener a Jesús, porque “se hacía tarde y caía la noche” (Lc 24,29). ¿Qué significa ese momento? El atardecer trae consigo un poco de paz: es el tiempo del descanso, del encuentro en familia, o con amigos. Jesús se recogía en oración al Padre por las noches, y en una cena instituyó la Eucaristía. Pero fue traicionado y entregado en la oscuridad del huerto de los olivos; y a la hora de entregar su vida, las tinieblas ocultaron la luz del día. Hoy le pedimos a Jesús que nos acompañe, porque son muchas las oscuridades.  Necesitamos confiar más en Él. La Eucaristía es precisamente un misterio de LUZ (MND 11-18). Ante tantas palabras humanas que entorpecen la marcha, porque expresan ignorancia, superficialidad, mentiras y hasta ofensas, ansiamos la Palabra de verdad, que hace libre el corazón, y asegura los pasos sobre el recto camino. Cuando el ser humano se reconoce débil para los grandes ideales, para permanecer fiel al amor, o construir la amistad social, queremos comer un alimento que nos haga fuertes. Cada domingo, tenemos esa oportunidad: en la mesa de la Palabra, se ofrece esta luz divina; y en la mesa de la Eucaristía, comemos el pan consagrado, cuerpo de Jesús, que afianza los vínculos con Él y edifica a la comunidad en el amor.


3. Estamos agradecidos a la Iglesia y al Papa. En una celebración como ésta, el sentido eclesial es muy fuerte. Somos signo viviente de la comunión trinitaria que Jesús prolonga en la Iglesia, que es Su Cuerpo. Pero conociendo nuestras debilidades, suplicamos que por la Palabra y la Eucaristía, el mismo Señor siga edificando su Iglesia, que por la fuerza del Espíritu debe crecer en unidad, y ser para el mundo testimonio y signo eficaz de unidad.

Al recordado Juan Pablo II, a quien despedimos hace poco en asamblea orante, debemos agradecer su enseñanza y su ejemplo. Al comenzar el milenio, nos lanzó a vivir ante el mundo presente como “casa y escuela de comunión” (NMI 2001). Alentó nuestra esperanza, presentando de nuevo el misterio de la Eucaristía, que edifica la Iglesia-Comunión (EdE 2003). Invitó a la Iglesia a dedicar este año al misterio eucarístico (MND 2004), suscitando en todos, pastores y fieles, una revisión sincera de cuanto creemos, celebramos, vivimos y anunciamos a partir del sacramento. Y aún más allá de su enseñanza y estímulo pastoral, nos ha dejado su ejemplo conmovedor, celebrando y adorando la Eucaristía, con recogimiento y profunda devoción. Encuentro de nuevo la ocasión para rendirle nuestro homenaje filial y agradecido.

En esta fiesta queremos también ofrecer nuestra oración por el Papa Benedicto XVI. Hoy es precisamente el aniversario de su ordenación como obispo de Baviera (Alemania). Lamento que tantas opiniones estrechas hayan sembrado desconfianza hacia su persona y su servicio eclesial. Ha mostrado quizás la libertad de expresión, por el mundo entero; lo cual no justifica opiniones parciales y prematuras, que resultan ofensivas e injustas. Por el contrario, de su comentario al Evangelio, poco antes de ser elegido, recojo expresiones hermosas como éstas:

“El Señor nos dirige estas maravillosas palabras: «No los llamo siervos... sino que los llamo amigos» (Jn 15,14). Tantas veces sentimos que somos -como es verdad- siervos inútiles (cf Lc 17,10). Y no obstante, el Señor nos llama amigos, nos hace sus amigos, nos dona su amistad. El Señor define esta amistad en un doble sentido. No hay secretos entre los amigos: Cristo nos dice todo lo que escucha del Padre; nos dona su completa confianza y, con la confianza, también el conocimiento. Nos revela su rostro, su corazón. Nos muestra su ternura por nosotros, su amor apasionado que va hasta la locura de la cruz. Se confía a nosotros, nos da el poder hablar con su yo: «este es mi cuerpo...», «yo te absuelvo». Confía su Cuerpo, la Iglesia, a nosotros. Confía a nuestras débiles manos su verdad –el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santa; el misterio de Dios, que «tanto amó el mundo que le ha dado su Hijo Unigénito» (Jn 3,16). Nos ha hecho amigos, y nosotros ¿Cómo respondemos”.


4. Como obispo deseo renovar mis promesas. Por un favor de la providencia, puedo vivir este aniversario de mi ordenación y de mi llegada a Mendoza, en medio de ustedes. En otros años, también me he sentido acompañado.  Estoy contento de que sea una ocasión para sentirnos Iglesia de Cristo, congregada por el amor de Dios, en torno a la Eucaristía. Juntos veneramos el misterio de su pasión redentora. Comemos su Cuerpo entregado y su sangre derramada, para estar con Él y ser edificados en la unidad. Precisamos tomar el alimento que sana y reconforta. Tenemos que poner en las calles de nuestra vida cotidiana, su amor por la humanidad, que es capaz de convertir la tristeza en alegría, la división en comunidad, y el egoísmo en solidaridad. Doy gracias a Dios por el ministerio confiado; y a ustedes que me ayudan y acompañan. Pido perdón a Él y a ustedes por mis faltas y omisiones. Quiero expresar todo esto, renovando las promesas de mi ordenación episcopal, ahora y aquí, ante todos los presentes. Confío plenamente en la gracia de Dios, que es nuestra fuerza. Luego haremos juntos una sencilla oración, que han recibido. Les ruego que la sigan rezando por la Iglesia, que es comunión y misión, edificada por Dios en medio nuestro. 


Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza



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