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CON SANTIAGO: RENOVEMOS EL CAMINO


Homilía de monseñor José María Arancibia, arzobispo de Mendoza, al presidir la fiesta patronal en honor de Santiago Apóstol (27 de julio de 2005)


Jer 1,4-10; Jn 14,1-9


1. Reconozcamos nuestros miedos e inquietudes

Santiago y los demás apóstoles eran varones maduros. Casi todos ellos, pescadores, hechos a la dureza de esa vida. Religiosos de corazón, además, y sensibles a la promesa de un Mesías, salvador. Sin embargo, Jesús tuvo que calmarlos varias veces, diciendo: No se inquieten - No tengan miedo. La vida de aquellos hombres había cambiado mucho. ¿Podrían confiar en este Mesías cercano y humilde? ¿Dejarlo todo para seguirlo? ¿Aceptar la misión que les encomendaba? ¿Soportar como Él, y por Él, la indiferencia de unos y el rechazo de otros?

También nosotros tenemos nuestros miedos y preocupaciones. No siempre reconocidas. Pocas veces compartidas. Pero allí están, en el fondo del corazón, y a veces invadiendo todo lo que pensamos y hacemos. Las encuestas sobre «valores» en la Argentina, revelan que apreciamos de verdad la familia, pero que ésta sufre grandes cambios, que preocupan bastante. Que queremos el país, pero criticamos mucho a sus autoridades, y desconfiamos cada vez más de las instituciones. Que valoramos la democracia, como la mejor forma de gobierno, pero que estamos en descuerdo con muchas actuaciones, por experiencias dolorosas y razones graves.

De la desconfianza que aumenta, no pueden brotar sino inquietudes y temores. Aún quien piense en positivo y se sienta optimista, no deja de experimentar alguna forma de incertidumbre. Padres y madres se preocupan por el futuro de sus hijos. Los hijos ven envejecer a sus padres, y perder la fuerza o el dominio de sí. Como personas, nos inquieta la soledad, la tristeza, el desamparo, la enfermedad y la muerte. En cuanto comunidad, sentimos temor e impotencia por la falta de seguridad, por la dificultad en obtener justicia, por la audacia y el triunfo de los deshonestos. Los atentados violentos que sacuden el mundo, hacen casi utópico soñar y trabajar por la paz, a pesar de la maravilla del universo comunicado y globalizado.

Pero no he querido mencionar estas preocupaciones para asustarlos, sino para encontrar más motivos de volver los ojos hacia el Señor y acrecentar nuestra confianza en Él.


2. Renovemos nuestra fe y confianza en Jesucristo: Camino, Verdad y Vida

El Señor no consoló a los discípulos con palabras comunes. Los invitó una y otra vez, con mucha comprensión, a creer en Él. Puesto que eran gente religiosa, acostumbrados a leer las Escrituras y rezar con ellas, los llevó a reconocer en su persona el cumplimiento de las antiguas promesas. Aún los que no conocían las profecías del pueblo judío, podían descubrir en Jesús, el poder único de Dios, expresado como bondad, sabiduría, perdón. Él era el signo más expresivo y eficaz del amor de Dios, que busca, reconcilia y reúne a sus hijos, sin distinción ninguna, movido únicamente por su amor paternal y misericordioso.

En el Evangelio proclamado, Jesús alienta a sus seguidores a poner toda su confianza en Él, porque es CAMINO, VERDAD Y VIDA. Frase hermosa y bien conocida. Simbólica y llena de profundo significado.

> Cristo es la VERDAD, no sólo porque rechaza y supera toda forma de mentira, sino porque muestra a Dios en su grandeza, y muestra también el verdadero rostro del hombre. Él nos revela la intimidad de Dios, y el proyecto divino sobre la dignidad humana con toda su riqueza y hermosura. Nadie que confía realmente en Él, puede despreciar a hombre alguno o tenerse a sí mismo por nada.

> Es CAMINO,  porque nadie se encuentra con Dios de mejor forma que a través de Él. La fe en Jesucristo es la manera más segura y eficaz de encontrar a Dios. De dar pasos firmes en la vida, sin temores ni vacilaciones. Aceptando y cumpliendo su Palabra, la vida se nos va afianzando como sobre roca firme, y hallamos el sendero seguro de la felicidad que nunca terminará. Por eso, queremos conocerlo y amarlo siempre más.

> Jesús es VIDA, porque posee y trasmite la vida misma de Dios; que no sólo permanece para siempre, sino que es plenitud de gozo, bondad, amor y donación generosa. Vida que no se opone sólo a la muerte física, sino a las miserias que de alguna manera se parecen a ella; como toda forma de idolatría, y cualquier rebeldía contra Dios, expresada en tantas figuras de pecado, que ha inventado la historia humana. La consciencia de haber faltado contra Dios, no acompleja, sino que engrandece, cuando acudimos a Cristo, Redentor y fuente de vida nueva, confesando sinceramente nuestro error o desvío. 


3. Volvamos a confiar en la belleza del camino que es la vida cristiana

En el Evangelio, Jesús se presenta como Camino. Las primeras comunidades creyeron en el Señor que así se había mostrado. Más todavía, usaron esta hermosa palabra «Camino», para designar la misma vida cristiana; el nuevo estilo que daban a su existencia. Habían decidido  seguir a Jesús en todo, a pesar de la incomprensión y el rechazo de muchos. El mismo Pablo, reconoció que antes de su conversión perseguía a muerte a los “seguidores del Camino” (cf Hech 22,4). Una vez convertido, es decir dispuesto él mismo a seguir el Camino, se manifiesta contento de hacer de su vida un servicio a Dios . Confiesa entonces que en su nueva vida, ha puesto su esperanza en Dios y confía por completo en Su ley. Que tiene una consciencia irreprochable ante Dios y ante los hombres: Y que la expresa haciendo ofrendas y limosnas (cf Hech 24,14-17).

Este es el camino que Jesús alienta a elegir, aunque sea estrecho, y se deba dejar la vía ancha y cómoda (cf Mt7,13). Es un camino seguro, bien afirmado. Hace crecer a las personas que lo emprenden y las une en amistad. Es el camino de la ley de Dios; de los diez mandamientos; de las bienaventuranzas del monte, que dan felicidad auténtica y duradera. En la fiesta de Santiago, que dio la vida por anunciar y ser testigo del Camino, queremos renovar la esperanza en esta hermosa vocación cristiana. Todas las inquietudes y temores encuentran entonces consuelo y razón para la esperanza. El amor que crece -afirma el mismo san Juan- engendra cada vez mayor confianza, y echa fuera al temor (cf 1 Jn 4,17-18). Entonces, si tenemos la sinceridad de reconocer muchos temores en la vida, tengamos también la audacia de afianzar el camino con toda clase de palabras y de obras buenas. 


SANTIAGO, patrono de esta ciudad desde su fundación:

-Ayúdanos a sentir la voz de Jesús que nos repite ¡No tengan miedo, crean en mí!  

-Queremos descubrir la presencia cercana y consoladora de Jesús, Camino, Verdad y Vida.

-Acompaña a cada familia de Mendoza, y a toda esta comunidad, para que supere sus temores con la confianza que brota del cumplimiento de los preceptos del Señor.

-Alienta la esperanza de este pueblo, y ensancha su corazón, para que sea capaz de vivir el Camino del amor y de la paz.


Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza



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