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SÍNODO DE LOS OBISPOS 2005


Experiencia de la primera semana
José María Arancibia, arzobispo de Mendoza (9 de octubre de 2005)


Acabamos de completar la primera semana del Sínodo de los Obispos en Roma. Estoy participando con gusto en él, como parte de la delegación argentina, y me complace
compartir mi experiencia de estos días.

Estamos aquí unos 250 obispos, acompañados por un grupo de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, que nos ayudan a sentirnos pastores del entero pueblo de Dios. Con espíritu ecuménico han sido invitados 12 representantes de Iglesias no católicas, algunos de los cuales nos acompañan todo el tiempo.

Provenimos de todas las partes del mundo. De los cinco continentes, y de unas 120 conferencias episcopales. Hay iglesias cristianas muy antiguas, y otras muy recientes pero de gran vitalidad. Representamos a los países más ricos y a los más pobres. Los de mayoría católica y los de reconocida minoría. Algunos que gozan de una situación muy próspera, y otros que están padeciendo conflictos y problemas de toda índole.

El tema para el cual nos ha convocado el Papa Benedicto XVI es: la Eucaristía. Tesoro incomparable que no deja de asombrarnos. Don entregado a la Iglesia por el mismo Jesucristo, anticipando en la última cena, su muerte y resurrección, por la salvación del mundo. Admirable misterio, actualizado en cada Misa, que la fe cristiana descubre siempre más como razón de su alegría y esperanza. Dicho tema ha sido presentado, a su vez, de manera dinámica y cuestionadora: la Eucaristía es fuente y cumbre, tanto de la vida como de la misión de la Iglesia en el mundo.

Muchos son los frutos que de ella se pueden obtener, porque este regalo del amor de Dios está ofrecido precisamente a una humanidad que sufre por guerras, odios y divisiones; que tienen muchas riquezas, y por eso no termina de aceptar la pobreza, el hambre y la muerte, que brotan de la injusticia o la falta de solidaridad.

Los trabajos de la primera semana sinodal, se podrían resumir con una sola expresión: ante todo escuchar. Ha sido interesante en las primeras jornadas, tener unas pocas conferencias sobre el sentido del Sínodo, sobre su argumento principal, y sobre la historia misma de estas asambleas.

Precisamente en estos días, se cumplen 40 años de la institución del Sínodo, creado por el Papa Pablo VI en 1965, para que los obispos ejercitasen su común responsabilidad junto con el Papa, como pastores del pueblo de Dios.

Pero la tarea más importante de este escuchar, ha sido poner atención a las intervenciones de los miembros del Sínodo, que se han expresado en abundancia. Hasta ahora han tomado la palabra 149 participantes, que presentaron asuntos de su interés, leyendo ante la asamblea intervenciones de 6 minutos. A ello se ha sumado una interesante novedad, consistente en tiempos de diálogo libre y espontáneo, que dieron lugar a otras 107 presentaciones más breves. Esta nueva manera de escucharse unos a otros, introducida a pedido de los participantes, ha hecho que el intercambio resulte más ágil, directo y fraternal; por lo tanto más provechoso todavía.

El Papa Benedicto asiste a todas las sesiones. Preside la oración inicial por las mañanas, y luego sigue atentamente las intervenciones. Por las tardes, se hace presente cuando puede. A los peregrinos, les ha dicho que ésta es su principal ocupación, mientras dure el Sínodo.

En uno de los diálogos espontáneos, nos sorprendió tomando la palabra, para explicar un punto muy estudiado por él. Tuve la impresión de sentir a un verdadero teólogo y a un pastor, que comparte sencillamente con sus hermanos.

La manera de expresarse de cada padre sinodal, tiene que ver con la condición actual de su Iglesia, tanto al interno de ella, como en su relación con la sociedad, la nación y sus problemas. Así pues, los temas concretos tratados en las intervenciones, han resultado de una variedad muy amplia.

La Eucaristía, misterio de salvación y de comunión, ha dado pie para plantear aspectos doctrinales referidos a la fe de la Iglesia. Como también para tratar otros, en los cuales la misma Iglesia revisa su actividad evangelizadora, misionera, catequística y litúrgica.

La situación hodierna de tantas países y regiones, ha impulsado además a relacionar el don de la Eucaristía, pan espiritual para la vida del mundo, con: el hambre material y la pobreza; la miserable condición de tantos pueblos; la falta de recursos y de posibilidades; la carencia de valores humanos y espirituales: los graves problemas de salud, trabajo y educación; las injusticias sociales, los conflictos armados, la violencia y el terrorismo, etc.

Completando la semana primera de tareas, han quedado constituidos doce grupos o círculos menores, integrados por los participantes según las cinco lenguas principales. Una vez completada la escucha de presentaciones en el aula, estos grupos tendrán la misión de retomar los argumentos de su mayor interés, y preparar sobre ellos proposiciones que luego -reunidas y ordenadas- se presentarán al santo Padre. Éste es el trabajo más delicado que nos espera la semana próxima.

No es la primera vez que tengo la dicha de participar de un sínodo de obispos. Pero nunca termina uno de observar, de conocer y de aprender. Me siento viviendo una bella experiencia de Iglesia católica, dispersa por todo el orbe, en comunión de fe, de esperanza y de amor. Una Iglesia consciente de su responsabilidad misionera en un mundo, lleno de posibilidades, y a su vez agobiado de miserias que desdicen del ser humano creado por Dios a su imagen y semejanza, para vivir en paz y armonía fraternal.

Con tantos hermanos aquí presente, percibo la urgente necesidad de repasar juntos la grandeza de los dones de Dios, para que revisando aún nuestra responsabilidad de vivirlos y ofrecerlos, prestemos al mundo el servicio evangélico que Jesucristo nos ha encomendado.


Roma, 9 de octubre del 2005.
Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza


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