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SÍNODO DE LOS OBISPOS 2005
 

la eucaristía fuente y cumbre de la vida y de la misión de la iglesia


Experiencia de la segunda semana
José María Arancibia, arzobispo de Mendoza (16 de octubre de 2005)

 

Al comenzar la segunda semana de trabajo sinodal, todavía debíamos escucharnos más unos a otros. Muchos estaban inscritos aún, para dar su opinión sobre el tema: LA EUCARISTÍA FUENTE Y CUMBRE DE LA VIDA Y DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA. Proseguimos pues este paciente ejercicio de diálogo, tan interesante como provechoso. Así dieron su aporte unos 80 miembros el Sínodo, y a su vez intervinieron 42 en el diálogo libre, que despertó de nuevo expresiones de agradecimiento por la familiaridad y confianza que permite.

Debo reconocer que me impresionaron mucho algunos testimonios en torno a la vivencia eucarística de persona y comunidades. Por ejemplo: sacerdotes y obispos que debieron celebrar la Misa a escondidas, y en condiciones límites, durante bastante tiempo, porque estaban encarcelados o eran perseguidos. Párrocos y misioneros que hacen cientos de kilómetros los domingos, para ofrecer la Eucaristía a comunidades pobres y alejadas. Fieles devotos que recorren enormes distancias, a menudo sin medios de trasporte, para participar con gozo de la Eucaristía y de la catequesis. Comunidades materialmente muy pobres, que celebran la Eucaristía con la riqueza de su fe entusiasta, de su música y su canto. Jóvenes que quieren aprender a orar, y se animan a pasar largo tiempo en adoración, ante Jesús sacramentado. Pastores y fieles cristianos que buscan en la Eucaristía la luz y la fuerza para resistir en medio de situaciones tremendas y conmovedoras: largas guerras civiles seguidas de muerte, destrucción y orfandad; migraciones masivas de pueblos expulsados de sus tierras; hambre, miseria, y desocupación; epidemias interminables.

Con este mismo espíritu enviamos sendos telegramas de saludo y solidaridad a las comunidades de Guatemala y de Pakistán, que sufren en estos días terribles consecuencias del terremoto y las inundaciones.

Entre los testimonios finales, escuchamos con vivo interés a once delegados fraternos, provenientes de Iglesias no católicas que celebran la Eucaristía. Ha sido emocionante para todos, oír sus expresiones de gratitud por haber sido invitados, al tiempo que manifestaban su fe en Jesucristo y en la Eucaristía, junto con el dolor de no poder celebrar juntos el sacramento de su muerte y resurrección, que es principio de unidad y reconciliación.

La etapa del intercambio general ha terminado a mitad de la semana, escuchando a los 25 “auditores”: laicos y laicas, sacerdotes, religiosos y religiosas, que sin ser miembros del Sínodo de Obispos, nos acompañan en todas las deliberaciones. Ellos dieron también su parecer sobre el argumento, desde muy distintos quehaceres y profesiones, y como gente venida de los cinco continentes. Algunos fueron muy aplaudidos por la sinceridad de sus expresiones, y por la audacia que reflejaban sus experiencias de vida.

¿Qué sigue ahora? El paso siguiente, consiste en la elaboración de proposiciones, doctrinales o prácticas, elaboradas en 12 grupos, que se han formado en torno a la cinco lenguas principales: italiano, inglés, francés, español y alemán. Como ayuda para comenzar las conversaciones, el obispo de Venecia, Cardenal Ángel Scola, ofreció un resumen de todo lo presentado hasta ahora, que fue muy apreciado y agradecido. Así, pues, en la segunda mitad de la semana, dichos grupos o círculos deben preparar de común acuerdo propuestas que ayuden a la Iglesia en este momento, a vivir plenamente el misterio de la Eucaristía.

Desafío y cuestionamiento que la Iglesia quiere vivir sencilla y francamente, tanto hacia dentro como hacia fuera. La Eucaristía es un don divino y precioso, que no siempre conocemos y valoramos. Es presencia actual de Jesús que entrega su vida para salvar del pecado y de la muerte; y que desde allí nos urge a respetar y defender la vida humana, con mucho mayor responsabilidad. Es el sacramento del amor y la reconciliación, que nos exige trabajar con esperanza y empeño para superar odios, rencores, enemistados, y toda forma de injusticia. Es el pan de los débiles y de los peregrinos, que queremos aprovechar más intensamente para animarnos a construir en este mundo una civilización del amor, y una cultura siempre más respetuosa de la vida. Sobre todo, una cultura solidaria, que gustando del amor de Dios, no se olvide de los pobres, débiles y sufrientes de ninguna condición.
 

Círculos menores

El Círculo Menor ha compartido, primero de todo, la preocupación por el hambre de pan material, y el hambre de Dios, en el mundo actual. Profunda necesidad, terrena y divina, relacionada con la Eucaristía. Vivimos una cultura secularizada. Sin embargo, el misterio de la Encarnación Redentora y de la Eucaristía, nos invitan a confiar plenamente en un Dios comprometido con la historia humana.

Agradecemos la reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II. Bajo su guía, debemos seguir renovando nuestro proceso evangelizador, celebrativo y pastoral. Nos duele que la Eucaristía, don inmenso de amor de Dios, no sea conocido, valorado, y bien celebrado, y así dar frutos abundantes de la vida eterna. Nos preocupa seriamente que por la falta de sacerdotes, tantas comunidades no puedan celebrar la Eucaristía cada domingo. Pero queremos agradecer y estimular a los sacerdotes, que con esfuerzo generoso ofrecen la Eucaristía en tantas lugares. Nos sentimos aún más obligados a acompañarlos. Agradecemos también a los diáconos y a los fieles laicos que les ayudan, incluso llevando la Palabra y la Comunión a sitios donde ellos no llegan con frecuencia.

Somos conscientes de la necesidad de incrementar y profundizar la catequesis, en todos los niveles, como una auténtica mistagogía para los sacramentos de iniciación, estrechamente ligados entre sí. En tal sentido hemos propuesto renovar y profundizar los contenidos de la catequesis, incorporar a las familias con sus niños, y también revisar los materiales, a fin introducir al pueblo de Dios en todas las ricas y múltiples dimensiones del misterio eucarístico. Es preciso además ofrecer una catequesis sistemática a los adultos.

La celebración del domingo, como día del Señor, tiene que convocar a los fieles a la santa Misa, no sólo como un precepto, sino como exigencia propia de la vida cristiana. Para una celebración activa y fructuosa, será necesario atender al anuncio de la Palabra, seguida de homilías bien preparadas; al sentido de los signos y gestos cargados de hondo sentido, como a la riqueza de los textos utilizados por la tradición eclesial. La comunidad es despedida en cada misa dominical, con un mandato misionero, que ha de suscitar su consciencia apostólica, su compromiso de vida y su deber de caridad comprometida.

La fuerza renovadora de la Pascua, y por tanto de cada Eucaristía, no se celebra únicamente para provecho personal de cada participante. Sino que la conversión y la vida eterna que crece en los corazones, mueve a compartir e imitar el mismo amor misericordioso de Dios. Así pues, conscientes de las necesidades, crisis y conflictos del mundo actual, nos alienta confiar en los frutos de renovación personal y comunitaria que brotan de la Eucaristía. Al comer el Cuerpo y beber la Sangre del Señor, que les da nueva vida, los fieles crecen necesariamente también en el compromiso social, para defender la vida humana, y los valores de la familia, la justicia, la solidaridad y la paz.

Hemos tratado además el complejo tema de la inculturación, movidos por la preocupación de fomentar la participación fructuosa de todos los fieles, según las diversas culturas. Anhelamos que las Conferencias Episcopales sigan trabajando en este sentido, guiados por las recientes pautas de la misma Iglesia.

 

Roma, 16 de octubre del 2005.
Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza


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