SUSCRIPCIONES

Inicio

Nosotros

Noticias

Actualidad

Santa Sede

Iglesia en la Argentina


Documentos


Santoral

Ediciones AICA

 

Copyright © 2006 AICA.
Todos los derechos
reservados.

 

 

 Documentos

 
   

SÍNODO DE LOS OBISPOS 2005


LA EUCARISTÍA EN LA VIDA Y MISIÓN DE LA IGLESIA


El Sínodo de La Eucaristía, que fue convocado por Juan Pablo II y ratificado Benedicto XVI, concluyó el 23 de octubre con una solemne misa en Roma, presidida por el Santo Padre y concelebrada con los 250 obispos al mismo. Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza, hace un balance general en la siguiente entrevista, parte de cual, fue publicada en el diario Los Andes

 

– Hace cuarenta años concluía el Concilio Vaticano II. Hoy, la Iglesia celebra este XI Sínodo sobre el tema de la Eucaristía. ¿Qué conexión ve usted entre ambos hechos eclesiales?

– Mis recuerdos personales me emocionan al conectar un hecho con otro hecho. Hace 40 años, asistía yo a la clausura del Concilio, en la plaza de San Pedro. Era un joven sacerdote que cursaba su licenciatura, y tenía grandes expectativas sobre la aplicación del Vaticano II. Ahora me toca asistir a este Sínodo, con el gozo de ser parte de la renovación de la Iglesia, entonces comenzada.

Pero además, encuentro una relación muy interesante entre ambos acontecimiento. El Concilio fue la expresión de una Iglesia, que queriendo ser más fiel a Jesucristo, revisó su vida y su misión a la luz de la Palabra de Dios, y de su valiosa tradición. Fue también un signo de la responsabilidad pastoral compartida por todos los obispos, que unidos al Papa -cabeza del colegio apostólico-, buscaban juntos los mejores caminos para guiar al pueblo de Dios, por el camino del Evangelio. Precisamente el Sínodo se creó, al terminar el Concilio, para seguir fieles en esa búsqueda colegial. Así realiza, entonces, este mes de octubre su décimo-primera reunión ordinaria, sobre un tema central como el de la Eucaristía.

 

– Al inicio del Sínodo, el Papa usó una expresión muy elocuente sobre la relación Eucaristía-Iglesia. Dijo: “La Eucaristía podría considerarse también como una «lente» a través de la cual podemos verificar continuamente el rostro y el camino de la Iglesia.” ¿Cómo ha reflejado el Sínodo de la Eucaristía el rostro de la Iglesia universal?

– Este Sínodo ha mostrado una Iglesia Católica, que repartida por todo el mundo, expresa su fe común en la Eucaristía, como regalo incomparable de Dios, y se llena de gozo por ello. Un pueblo de Dios, que asombrado y agradecido por el don recibido, comparte también su preocupación por los frutos que Dios quiere ofrecer al mundo de hoy, precisamente a través de la Eucaristía: ante todo, el encuentro de cada persona humana con el amor de Dios, que por la muerte y resurrección de Jesús, ofrece gratuitamente la reconciliación, su amistad, que es vida eterna, y la verdadera paz.

 

Un conocido teólogo italiano, hoy obispo de Chieti, Mons. Bruno Forte, ha señalado en diversas ocasiones que Sacrosanctum concilium ha sido la escuela en la que el Concilio aprendió todo lo que después dijo en Lumen gentium. Él mismo, en su intervención en el Sínodo, volvió a recordar el valor de una “eclesiología eucarística”. ¿En qué medida refleja su propia experiencia pastoral y el camino eclesial de nuestra Iglesia diocesana?

– Me complace responder como pastor, a esa pregunta. He estudiado en la teología los misterios de la fe, y los he explicado con gran gusto. Pero apelar a la experiencia eclesial, me parece realmente bello.

Dando gracias a Dios, y a tanta gente creyente de verdad, puedo decir que nuestras comunidades se reconocen a sí mismas, en la Eucaristía. Y, a su vez, se sienten creciendo, cuando la celebran, Incluso al reconocer sus propias debilidades. Porque entonces se abren más todavía a la gracia que brota de la Pascua de Jesús. Una expresión muy significativa es la Misa dominical, y la celebración de las grandes fiestas, cuyo centro es la Eucaristía. Allí están todos invitados, sin excepción alguna, y todos representados. Todos convocados por el mismo Dios, y presididos por Cristo Resucitado. Los sacerdotes somos signos pobres de su presencia en la Iglesia. Él mismo nos alimenta con el Pan de la Palabra. Nos hace vivir su única y definitiva Pascua, para seguir pasando de la muerte a la vida. Y nos da de comer su Cuerpo y su Sangre. De otra manera, no podríamos “caminar con hambre bajo el sol”. Esta es la hermosa expresión de una canción, que da entender nuestra necesidad y hambre de la Eucaristía. La vida cristiana no se entiende sin esta celebración. Como tampoco se entiende la Iglesia, que salió del costado abierto de Cristo crucificado.

En nuestras Misas hay también muchas ausencias. Lugares vacíos. Y eso nos pesa en el corazón. Hasta nos avergüenza, porque indica que no valoramos del todo este regalo de Dios, y que no tenemos suficiente espíritu misionero. Asimismo, el hambre material y espiritual que sufre tanta gente, también nos conmueve en cada Eucaristía, porque quiere decir que aún no brotan de este sacramento, los frutos de amor a los cuales está destinado.

 

– Conmemorando los cuarenta años de la reforma litúrgica, Juan Pablo II habló de pasar de la renovación a una profundización de la reforma litúrgica. Indicó también algunas preguntas para un especie de examen de conciencia eclesial al respecto. ¿En qué medida cree usted que el Sínodo puede ayudar en este cometido eclesial?

– El Sínodo ha dado ocasión, ante todo, para dar gracias por la reforma que introdujo el Concilio Vaticano II. No siempre sabemos reconocer y agradecer. Esta vez, los participantes o han hecho sinceramente, y de variadas maneras. De la reforma que dispuso el Vaticano II, han derivado, muchos bienes para vida de la Iglesia universal. Lo digo con convicción, aunque sé que algunos grupos pequeños todavía dudan de ello. Quienes hemos celebrado la vieja liturgia tenemos alguna experiencia. Hoy en día hay un aprecio grande por la Palabra de Dios, que en cada Misa es anunciada con rica variedad y en la lengua del lugar, incluso es casi siempre explicada y comentada. Los fieles cristianos pueden participar en una liturgia de manera vivencial, más consciente, activa y provechosa.

Todo esto nos ayuda a valorar la gracia de la Eucaristía, en todas sus ricas dimensiones y aspectos. Más aún, a sentirnos interpelados por esta comida tan especial, que a nadie puede dejar indiferente, encerrado en sí mismo, triste o desalentado. Tengo la convicción y la esperanza, de que cuanto brote de este Sínodo, ayudará a una participación todavía más consciente y fructífera de sacerdotes y fieles laicos, en la Misa de cada domingo y de cada día.

 

– Este ha sido el primer Sínodo del Papa Benedicto XVI. ¿Qué impresión tiene usted del nuevo Papa?

– Reconozco haber participado de este Sínodo, con una mirada atenta, y hasta curiosa, sobre el nuevo Papa, Benedicto XVI. Considero un privilegio haber estado estos días cerca suyo. Haber rezado cada mañana, un cuarto de hora con él, antes de empezar los trabajos. Haber participado con el Papa, y los obispos de mundo entero, de la santa la Misa celebrada solemnemente al comenzar y al finalizar el Sínodo, y en la adoración ante el Santísimo Sacramento. Me impresiona como un hombre sereno, que escucha y presta atención; sencillo y cordial; que se expresa sobriamente; pero que ha mostrado en sus expresiones un pensamiento muy profundo, al mismo tiempo que una cálida actitud de pastor.

 

– Esta vez, el Sínodo introdujo algunas novedades en su modo de trabajo. Me refiero especialmente a la hora de discusión libre en el aula. ¿Cree que se ha mejorado la dinámica del Sínodo?

– Seguro que la dinámica del Sínodo ha mejorado. Y como es una estructura viva, al servicio de la Iglesia, se tendrá que seguir renovando. La experiencia de diálogo, y de buscar caminos juntos, es necesariamente dinámica. Siempre necesita completarse, actualizarse. Bien lo estamos experimentado en Mendoza, con nuestro Plan de Pastoral, que quiere ser un proyecto de todos y para todos. La hora diaria de discusión libre, que menciona, ha sido una buena muestra de ello. En los Sínodos anteriores, sólo se podía hablar, después de inscribirse previamente, de entregar la ponencia escrita, y luego aguardar su turno. Esto da lugar a intervenciones más pensadas y maduras. Aunque siempre existió el dialogo libre en los grupos menores por lengua. Pero esta hora ofrecida ahora cada día, ha permitido superar cierta formalidad, quizás demasiado rígida, permitiendo un intercambio más directo y espontáneo, que completa las ponencias escritas. Es cierto que conversar entre 250 personas, no es siempre fácil, mas aún si son de culturas e idiomas diferentes.

 

– ¿Cuáles han sido los principales aportes al Sínodo de las Iglesias de América Latina, a partir de la vida y experiencia eucarísticas del catolicismo latinoamericano?

– A mi manera de ver, nuestras Iglesias de América Latina han aportado el maravilloso tesoro de su piedad popular, nacida de una fe sincera, y expresada de muchísimas formas en torno a la Eucaristía. En general, las nuestras son comunidades formadas por gente sencilla, pobre, y no siempre bien atendida pastoralmente. Pero en ellas se está dando una mayor participación de fieles laicos, que se sienten responsables de la acción pastoral. Como también un mayor número de diáconos permanentes, cada vez más apreciados. Acosadas nuestras Iglesias por una secularización creciente, y por la actividad persistente de las sectas, no han perdido su amor a la Eucaristía. Aunque necesitan una catequesis más completa de iniciación a los sacramentos, como parte de un proyecto amplio de renovada evangelización y de misión. A su vez, los muchos y graves problemas culturales, sociales y políticos, obligan a reconocer, más todavía, la estrecha y apremiante relación que debe existir entre la participación de la Eucaristía y la promoción de una vida más humana; es decir más justa y solidaria, en nuestros países.

 

– En muchas intervenciones se ha hecho referencia a la ausencia de Dios en la vida moderna, y del impacto que esto tiene para la fe y la celebración de la Eucaristía (el “secularismo”). ¿Qué nos puede decir al respecto? ¿La Iglesia está “angustiada” por esta pérdida del sentido religioso? ¿En qué medida, la Eucaristía (“remedio de inmortalidad”, según la conocida expresión de San Ignacio de Antioquía), puede remediar esta situación?

– A mi juicio, en este Sínodo la Iglesia se ha mostrado preocupada. Diría que ha reconocido problemas graves relacionados con su vida y misión en el mundo actual. Pero no vive esta situación con angustia. Han sido muy destacados también los motivos de esperanza. No sólo por la Palabra de Dios, anunciada y meditada cada día, sino también por los testimonios de mucha gente valiente, de fe sólida, de vida entregada y comprometida, que se alimenta de la Eucaristía. De obispos, sacerdotes, diáconos y ministros, que con sacrificios, y mucha alegría, hacen lo posible para que el pueblo no se vea privado de este Pan admirable, y de las gracias renovadoras que de él manan. Me han impresionado profundamente algunas experiencias de lugares donde las guerras, varias formas de persecución, y la extrema pobreza, exigen actitudes heroicas a misioneros y cristianos.

 

– En los primeros días del Sínodo se escuchó mucho hablar de “abusos”, de una fuerte tendencia a la banalización del culto. Algunos han hablado incluso de una “reforma de la reforma litúrgica”. ¿Cuál es su parecer al respecto? ¿Cree usted que debemos profundizar el sentido religioso y sagrado del Misterio eucarístico?

– Es verdad que se mencionaron abusos. Como la aplicación inadecuada de la reforma litúrgica, por parte de los celebrantes. Aunque se reconoce que muchas veces los mueve el celo de procurar una mayor y más activa participación de los fieles. Se ha mencionado asimismo, la poco preparación que alcanzan los niños, los jóvenes, y sus respectivas familias, para vivir plenamente los sacramentos de iniciación cristiana, en las condiciones actuales de nuestro tiempo. Una y otra vez se ha mencionado la necesidad urgente de ofrecer a los fieles una introducción pedagógica adecuada a los misterios de la fe, que les permita gustarlos y hacerlos fructificar, en medio de una cultura materialista. Sin embargo, fueron mencionados también numerosos intentos y ejemplos de esfuerzos interesantes y valiosos de evangelización y de catequesis para la vida de la Iglesia. En este sentido, miramos los errores y peligros, más como un desafío para seguir creciendo, que como algo meramente negativo. Más aún, cuando se trata de los dones de Dios dados para curar y fortalecer nuestra debilidad.

 

– En su intervención en el aula del Sínodo, Usted hizo referencia a algunas luces en la vida eucarística de la Iglesia: la abnegación de los sacerdotes, ministros y agentes de pastoral, como también la fe del pueblo de Dios. ¿Podría profundizar este aporte suyo?

– Estoy convencido. Nunca las sombras no pueden ocultar la luz que brilla. Aún en el intento de hacer una sincera autocrítica, no podemos olvidar la admiración y gratitud que debemos. Primero a Dios, y luego a tantas personas y comunidades. El espíritu crítico, tan desarrollado, y a veces exacerbado, nos hace un poco derrotistas. Jesús y el Padre trabajan siempre, como dice el Evangelio. Dios es Padre providente, y pastor misericordioso. Ha prometido estar presente con nosotros, y nos asiste en todo momento. La obra del Reino es suya. Nosotros no somos más que servidores. Por lo demás, aunque la reciente crítica fuerte a la Iglesia se vale de hechos reales, tenemos que agradecer a Dios, porque también son reales y concretos los hechos de vida fiel y abnegada, tanto de sacerdotes como de laicos. Conozco y valoro el espíritu de servicio generoso, desinteresado, y a veces escondido, que mueve a sacerdotes, diáconos y fieles, en la misión que cumplen en torno a la Eucaristía.

 

– La prensa mundial, también aquí en Mendoza, concentró su atención en dos temas: la validez del celibato ante la escasez de sacerdotes; el delicado -y también doloroso- tema de los divorciados vueltos a casar, y el impedimento de recibir la Comunión. ¿Qué nos puede decir usted acerca de estos puntos? ¿En qué medida se hicieron eco en el Aula del Sínodo?

– Uno y otro tema fueron objeto de muchas intervenciones y ponencias. Expresan el dolor de pastores, familias, comunidades y personas, frente a situaciones muy delicadas. No obstante, es poco verídico centrar el trabajo del Sínodo sobre esas cuestiones. Porque forman parte de un planteo más positivo, entusiasta y desafiante, mucho más amplio, que hace la Iglesia.

En algunos lugares faltan sacerdotes. En otros lugares, los hay suficientes, como fruto de la vitalidad misma de las familias cristianas y de las comunidades. Concentrar en el celibato la razón de la falta de sacerdotes, como si fuera el único problema, no parece correcto. Cuenta mucho más la problemática actual de la fe, en una cultura secularizado y materialista; de la crisis que vive el matrimonio y la familia en el mundo; de la nueva manera de concebir y vivir los valores, los compromisos de vida, y aún la sexualidad. Nos hemos dejado cuestionar aún sobre nuestro testimonio y entusiasmo para vivir la consagración celibataria, y sobre nuestra pastoral con los jóvenes.

 

– Mons. John Atcherley, Arzobispo de Wellington ha sido el primer Prelado en proponer formalmente la Comunión para los divorciados vueltos a casar. “Hay quienes, dijo, su primer matrimonio ha terminado tristemente. Nunca han abandonado la Iglesia, pero actualmente están excluidos de la Eucaristía”, ¿qué comentarios podría hacernos de este punto, y cómo fue recibido?

– La preocupación por el matrimonio y la familia apareció repetidas veces en el Sínodo. Para la fe católica, el matrimonio es una vocación muy hermosa que, sellada por el sacramento, hace de los esposos signos vivos de Cristo y de su amor siempre fiel. El Sínodo nos ha hecho más conscientes de las fragilidades e incertidumbres que hoy rodean a quienes quieren vivir cristianamente la vocación matrimonial. Hemos querido mostrarles la Eucaristía como una fuente viva para animarlos y fortalecerlos en el difícil y también hermoso compromiso que el matrimonio supone. En este contexto ha aparecido la preocupación por los divorciados vueltos a casar. Es un tema delicado. Entiendo que la prensa haya dado importancia a la cuestión, porque hay gente que sufre por ello. Así se manifestó también cuando se aguardaba la elección de un nuevo Papa. Sobre este punto, tuvimos ocasión de repasar, una vez más, la enseñanza de la Iglesia, retomada varias veces en el último tiempo. La Iglesia manifiesta al respecto su preocupación, y su disposición para acompañar en cuanto puede a las personas en su delicada situación. Aunque no puedan recibir la comunión, no están excluidos de la vida de la Iglesia. Pero, al mismo tiempo, siente la necesidad de ser fiel a la enseñanza de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio entre cristianos. Como señala el Mensaje final, los obispos no podemos, en este punto, sino permanecer obedientes al mandato de Cristo. Hay un párrafo en el Mensaje especialmente dirigido a estos hermanos y hermanas. Creo que es bueno leerlo detenidamente: “Les pedimos que participen en la Misa dominical y escuchen frecuentemente la Palabra de Dios para que alimente su vida de fe, de caridad y de conversión. Deseamos decirles que estamos cercanos a ellos con la oración y la solicitud pastoral. Juntos pedimos al Señor obedecer fielmente a su voluntad.”

 

– La Arquidiócesis de Mendoza está actualizando su Plan de Pastoral. ¿La experiencia del Sínodo tuvo para usted alguna repercusión al respecto?

– Confieso que, en la experiencia de estas semanas, me he sentido confirmado en la urgencia de seguir buscando formas adecuadas de una nueva evangelización. Nueva en su ardor, métodos y expresión. Desde esta experiencia, valoro más que nunca la propuesta del Episcopado Argentino, “Navega Mar Adentro” (2003), y nuestra perseverancia en trazar planes y programas, que nos impulsen a una pastoral más participada y orgánica. Orientada por supuesto a obra misionera más intensa y extendida, que se exprese en una rica vida espiritual, ligada necesariamente al compromiso efectivo por la transformación del mundo. Queremos vivir una comunión con Dios y una confianza en Él, que nos impulse a trabajar con mucho coraje, por la justicia, la fraternidad, la solidaridad y la paz.

 

– Monseñor: su participación en el Sínodo lo tomó con un poco de sorpresa. ¿Qué le ha regalado la Providencia con esta “sorpresa”? ¿Qué trae a Mendoza, el Obispo Arancibia, como fruto de esta participación en el Sínodo?

– Es verdad que me tomó de sorpresa. Aunque fue una agradable sorpresa. Y espero que muy provechosa también. Aunque tuve que estudiar a último momentos los materiales de preparación. Confieso que vine preocupado por las cosas que dejaba en Mendoza, ya que tenía estas semanas bien programadas y con bastante trabajo. Pero reconozco que en una oportunidad como ésta, he podido ejercitar mente y corazón, para pensar y sentir con la Iglesia universal. Con la del mundo entero, que cree en Jesucristo, unida por la misma fe, gustando a su vez la comunión, significada y servida por el Papa, dentro de una gran diversidad de lenguas, razas, y situaciones.

Es muy alentador, compartir la misma creencia, y así también la búsqueda de caminos para fortificarla en el camino de estos tiempos. Siempre he tenido devoción por la figura de Pedro, cuya tumba y memoria veneramos en Roma. Nunca como esta vez, me ha impresionado su testimonio de varón elegido, creyente y humilde, que renueva su fe y amor por Jesucristo. Desde aquí fue que Pedro, acompañado por la otra figura gigante de Pablo, enfrentó con mucho coraje un mundo hostil, que los llevó a derramar su sangre por Cristo. Ellos eran conscientes de que servían al Señor, y que anunciaban al mundo el don más inusitado y admirable: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo Jesucristo, muerto y resucitado por nuestra salvación. El camino de la Iglesia en esos días no es fácil. A cada momento se siente obligada a reconocer sus límites, su pobreza Pero precisamente por eso renueva su confianza en el Señor. El proyecto de hacer de la humanidad una fraternidad, donde es posible hasta de lavarse los pies unos a otros, es Suyo. Parece ideal, utópico, pero es Suyo, y por ello posible. Solo ésta puede ser la expectativa, el sueño anhelado, de quienes creemos en la Eucaristía, que actualiza el misterio de la Pascua de Jesús.

 

– Usted ha participado en otros Sínodos, tomando en cuenta la opinión de algunos que piensan que la Iglesia hoy no estaría acompañando la problemática del hombre actual, o al menos sería insuficiente para aquellos que por diferentes motivos quedan fuera de las normas, comparando con su experiencia en este Sínodo, ¿qué nos puede decir al respecto?

– El Sínodo es siempre una fuerte experiencia de la catolicidad de la Iglesia. “Católico” quiere decir: universal. Es decir: el aula del Sínodo es como una caja de resonancia en la que se escuchan las voces de los hombres y mujeres de los cinco continentes. La impresión que me queda esta vez, es la de una Iglesia que, impulsada fuertemente por la fe y la Eucaristía, vive inmersa y comprometida con el hombre concreto. Una Iglesia “a la intemperie”. Piense usted que cada obispo lleva al Sínodo no solo un cúmulo de bonitas ideas, sino la experiencia viva de sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos y catequistas, en fin: de esa inmensa y silenciosa multitud de obreros entregados día a día al servicio del Evangelio. Créame que yo, en estas semanas, he recordado muchas veces a Mendoza, a sus sacerdotes, a los seminaristas, a los catequistas; en fin: los rostros concretos de la evangelización. Es verdad que, sobre todo en los países de occidente, se notan rasgos de una cultura que se aleja del Evangelio, que intenta vivir como si Dios no existiera, o que incluso se muestra hostil al mensaje cristiano. La Iglesia no tiene otra oferta entre sus manos que la de Cristo: el anuncio de la bondad de Dios, de su gracia que sana y eleva al hombre, de la dignidad de las personas. Las dificultades no nos desaniman. Al contrario, nos comprometen más con la verdad de Cristo, que es la que tenemos que proponer a todos. No, nuestras propias ideas.

 

– En una mirada integradora y haciendo una síntesis, según su visión, ¿qué es lo nuevo que aporta este Sínodo de la Eucaristía al hombre postmoderno de hoy?

– Le respondo con unas palabras que el Papa empleó para reseñar la herencia de Juan Pablo II: “Él deja una Iglesia más valiente, más libre, más joven. Una Iglesia que mira con serenidad al pasado y no tiene miedo del futuro.” El hombre posmoderno es un hombre un tanto caído y desilusionado. Todos tenemos hoy la fuerte tentación de recluirnos en un espacio reducido y confortable, al amparo de tanta agresividad deshumanizante. La Eucaristía es hogar y alimento para los cansados. Pero también es la memoria de Cristo; sacramento que celebra su amor y su entrega total. Nos empuja a vivir como Él vivió. Cuando todos se recluyen, los que pierden son los más débiles: los pobres, los enfermos, los excluidos. La Eucaristía nos trae la paz y el consuelo de Dios, pero también nos enseña a ser solidarios, a tener la esperanza bien alta y comprometida con los que sufren. Esta es la novedad permanente del Evangelio que la Eucaristía nos permite vivir y celebrar cada día. Es Cristo.


Agencia Informativa Católica Argentina
Bolívar 218, 3er. piso, 1066 Buenos Aires,
Tel. (011) 4343-4397 (líneas rotativas) - Fax: (011) 4334-4202
E-mail: info@aica.org - Sitio en Internet http:// www.aica.org
Copyright © 1996 / 2006 AICA. Todos los derechos reservados.