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SÍNODO DE LOS OBISPOS 2005
LA EUCARISTÍA EN LA VIDA Y MISIÓN DE LA
IGLESIA
El
Sínodo de La Eucaristía, que fue convocado por Juan Pablo II y
ratificado Benedicto XVI, concluyó el 23 de octubre con una solemne
misa en Roma, presidida por el Santo Padre y concelebrada con los 250
obispos
al mismo.
Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza, hace un balance
general en la siguiente entrevista, parte de cual, fue publicada en el
diario Los Andes
– Hace
cuarenta años concluía el Concilio Vaticano II. Hoy, la Iglesia
celebra este XI Sínodo sobre el tema de la Eucaristía. ¿Qué conexión
ve usted entre ambos hechos eclesiales?
– Mis
recuerdos personales me emocionan al conectar un hecho con otro hecho.
Hace 40 años, asistía yo a la clausura del Concilio, en la plaza de
San Pedro. Era un joven sacerdote que cursaba su licenciatura, y tenía
grandes expectativas sobre la aplicación del Vaticano II. Ahora me
toca asistir a este Sínodo, con el gozo de ser parte de la renovación
de la Iglesia, entonces comenzada.
Pero
además, encuentro una relación muy interesante entre ambos
acontecimiento. El Concilio fue la expresión de una Iglesia, que
queriendo ser más fiel a Jesucristo, revisó su vida y su misión a la
luz de la Palabra de Dios, y de su valiosa tradición. Fue también un
signo de la responsabilidad pastoral compartida por todos los obispos,
que unidos al Papa -cabeza del colegio apostólico-, buscaban juntos
los mejores caminos para guiar al pueblo de Dios, por el camino del
Evangelio. Precisamente el Sínodo se creó, al terminar el Concilio,
para seguir fieles en esa búsqueda colegial. Así realiza, entonces,
este mes de octubre su décimo-primera reunión ordinaria, sobre un tema
central como el de la Eucaristía.
– Al
inicio del Sínodo, el Papa usó una expresión muy elocuente sobre la
relación Eucaristía-Iglesia. Dijo: “La Eucaristía podría considerarse
también como una «lente» a través de la cual podemos verificar
continuamente el rostro y el camino de la Iglesia.” ¿Cómo ha reflejado
el Sínodo de la Eucaristía el rostro de la Iglesia universal?
– Este
Sínodo ha mostrado una Iglesia Católica, que repartida por todo el
mundo, expresa su fe común en la Eucaristía, como regalo incomparable
de Dios, y se llena de gozo por ello. Un pueblo de Dios, que asombrado
y agradecido por el don recibido, comparte también su preocupación por
los frutos que Dios quiere ofrecer al mundo de hoy, precisamente a
través de la Eucaristía: ante todo, el encuentro de cada persona
humana con el amor de Dios, que por la muerte y resurrección de Jesús,
ofrece gratuitamente la reconciliación, su amistad, que es vida
eterna, y la verdadera paz.
–
Un conocido teólogo italiano, hoy obispo de Chieti, Mons. Bruno Forte,
ha señalado en diversas ocasiones que Sacrosanctum concilium ha sido
la escuela en la que el Concilio aprendió todo lo que después dijo en
Lumen gentium. Él mismo, en su intervención en el Sínodo, volvió a
recordar el valor de una “eclesiología eucarística”. ¿En qué medida
refleja su propia experiencia pastoral y el camino eclesial de nuestra
Iglesia diocesana?
– Me
complace responder como pastor, a esa pregunta. He estudiado en la
teología los misterios de la fe, y los he explicado con gran gusto.
Pero apelar a la experiencia eclesial, me parece realmente bello.
Dando
gracias a Dios, y a tanta gente creyente de verdad, puedo decir que
nuestras comunidades se reconocen a sí mismas, en la Eucaristía. Y, a
su vez, se sienten creciendo, cuando la celebran, Incluso al reconocer
sus propias debilidades. Porque entonces se abren más todavía a la
gracia que brota de la Pascua de Jesús. Una expresión muy
significativa es la Misa dominical, y la celebración de las grandes
fiestas, cuyo centro es la Eucaristía. Allí están todos invitados, sin
excepción alguna, y todos representados. Todos convocados por el mismo
Dios, y presididos por Cristo Resucitado. Los sacerdotes somos signos
pobres de su presencia en la Iglesia. Él mismo nos alimenta con el Pan
de la Palabra. Nos hace vivir su única y definitiva Pascua, para
seguir pasando de la muerte a la vida. Y nos da de comer su Cuerpo y
su Sangre. De otra manera, no podríamos “caminar con hambre bajo el
sol”. Esta es la hermosa expresión de una canción, que da entender
nuestra necesidad y hambre de la Eucaristía. La vida cristiana no se
entiende sin esta celebración. Como tampoco se entiende la Iglesia,
que salió del costado abierto de Cristo crucificado.
En
nuestras Misas hay también muchas ausencias. Lugares vacíos. Y eso nos
pesa en el corazón. Hasta nos avergüenza, porque indica que no
valoramos del todo este regalo de Dios, y que no tenemos suficiente
espíritu misionero. Asimismo, el hambre material y espiritual que
sufre tanta gente, también nos conmueve en cada Eucaristía, porque
quiere decir que aún no brotan de este sacramento, los frutos de amor
a los cuales está destinado.
–
Conmemorando los cuarenta años de la reforma litúrgica, Juan Pablo II
habló de pasar de la renovación a una profundización de la reforma
litúrgica. Indicó también algunas preguntas para un especie de examen
de conciencia eclesial al respecto. ¿En qué medida cree usted que el
Sínodo puede ayudar en este cometido eclesial?
– El
Sínodo ha dado ocasión, ante todo, para dar gracias por la reforma que
introdujo el Concilio Vaticano II. No siempre sabemos reconocer y
agradecer. Esta vez, los participantes o han hecho sinceramente, y de
variadas maneras. De la reforma que dispuso el Vaticano II, han
derivado, muchos bienes para vida de la Iglesia universal. Lo digo con
convicción, aunque sé que algunos grupos pequeños todavía dudan de
ello. Quienes hemos celebrado la vieja liturgia tenemos alguna
experiencia. Hoy en día hay un aprecio grande por la Palabra de Dios,
que en cada Misa es anunciada con rica variedad y en la lengua del
lugar, incluso es casi siempre explicada y comentada. Los fieles
cristianos pueden participar en una liturgia de manera vivencial, más
consciente, activa y provechosa.
Todo
esto nos ayuda a valorar la gracia de la Eucaristía, en todas sus
ricas dimensiones y aspectos. Más aún, a sentirnos interpelados por
esta comida tan especial, que a nadie puede dejar indiferente,
encerrado en sí mismo, triste o desalentado. Tengo la convicción y la
esperanza, de que cuanto brote de este Sínodo, ayudará a una
participación todavía más consciente y fructífera de sacerdotes y
fieles laicos, en la Misa de cada domingo y de cada día.
– Este
ha sido el primer Sínodo del Papa Benedicto XVI. ¿Qué impresión tiene
usted del nuevo Papa?
–
Reconozco haber participado de este Sínodo, con una mirada atenta, y
hasta curiosa, sobre el nuevo Papa, Benedicto XVI. Considero un
privilegio haber estado estos días cerca suyo. Haber rezado cada
mañana, un cuarto de hora con él, antes de empezar los trabajos. Haber
participado con el Papa, y los obispos de mundo entero, de la santa la
Misa celebrada solemnemente al comenzar y al finalizar el Sínodo, y en
la adoración ante el Santísimo Sacramento. Me impresiona como un
hombre sereno, que escucha y presta atención; sencillo y cordial; que
se expresa sobriamente; pero que ha mostrado en sus expresiones un
pensamiento muy profundo, al mismo tiempo que una cálida actitud de
pastor.
– Esta
vez, el Sínodo introdujo algunas novedades en su modo de trabajo. Me
refiero especialmente a la hora de discusión libre en el aula. ¿Cree
que se ha mejorado la dinámica del Sínodo?
–
Seguro que la dinámica del Sínodo ha mejorado. Y como es una
estructura viva, al servicio de la Iglesia, se tendrá que seguir
renovando. La experiencia de diálogo, y de buscar caminos juntos, es
necesariamente dinámica. Siempre necesita completarse, actualizarse.
Bien lo estamos experimentado en Mendoza, con nuestro Plan de
Pastoral, que quiere ser un proyecto de todos y para todos. La hora
diaria de discusión libre, que menciona, ha sido una buena muestra de
ello. En los Sínodos anteriores, sólo se podía hablar, después de
inscribirse previamente, de entregar la ponencia escrita, y luego
aguardar su turno. Esto da lugar a intervenciones más pensadas y
maduras. Aunque siempre existió el dialogo libre en los grupos menores
por lengua. Pero esta hora ofrecida ahora cada día, ha permitido
superar cierta formalidad, quizás demasiado rígida, permitiendo un
intercambio más directo y espontáneo, que completa las ponencias
escritas. Es cierto que conversar entre 250 personas, no es siempre
fácil, mas aún si son de culturas e idiomas diferentes.
–
¿Cuáles han sido los principales aportes al Sínodo de las Iglesias de
América Latina, a partir de la vida y experiencia eucarísticas del
catolicismo latinoamericano?
– A mi
manera de ver, nuestras Iglesias de América Latina han aportado el
maravilloso tesoro de su piedad popular, nacida de una fe sincera, y
expresada de muchísimas formas en torno a la Eucaristía. En general,
las nuestras son comunidades formadas por gente sencilla, pobre, y no
siempre bien atendida pastoralmente. Pero en ellas se está dando una
mayor participación de fieles laicos, que se sienten responsables de
la acción pastoral. Como también un mayor número de diáconos
permanentes, cada vez más apreciados. Acosadas nuestras Iglesias por
una secularización creciente, y por la actividad persistente de las
sectas, no han perdido su amor a la Eucaristía. Aunque necesitan una
catequesis más completa de iniciación a los sacramentos, como parte de
un proyecto amplio de renovada evangelización y de misión. A su vez,
los muchos y graves problemas culturales, sociales y políticos,
obligan a reconocer, más todavía, la estrecha y apremiante relación
que debe existir entre la participación de la Eucaristía y la
promoción de una vida más humana; es decir más justa y solidaria, en
nuestros países.
– En
muchas intervenciones se ha hecho referencia a la ausencia de Dios en
la vida moderna, y del impacto que esto tiene para la fe y la
celebración de la Eucaristía (el “secularismo”). ¿Qué nos puede decir
al respecto? ¿La Iglesia está “angustiada” por esta pérdida del
sentido religioso? ¿En qué medida, la Eucaristía (“remedio de
inmortalidad”, según la conocida expresión de San Ignacio de Antioquía),
puede remediar esta situación?
– A mi
juicio, en este Sínodo la Iglesia se ha mostrado preocupada. Diría que
ha reconocido problemas graves relacionados con su vida y misión en el
mundo actual. Pero no vive esta situación con angustia. Han sido muy
destacados también los motivos de esperanza. No sólo por la Palabra de
Dios, anunciada y meditada cada día, sino también por los testimonios
de mucha gente valiente, de fe sólida, de vida entregada y
comprometida, que se alimenta de la Eucaristía. De obispos,
sacerdotes, diáconos y ministros, que con sacrificios, y mucha
alegría, hacen lo posible para que el pueblo no se vea privado de este
Pan admirable, y de las gracias renovadoras que de él manan. Me han
impresionado profundamente algunas experiencias de lugares donde las
guerras, varias formas de persecución, y la extrema pobreza, exigen
actitudes heroicas a misioneros y cristianos.
– En
los primeros días del Sínodo se escuchó mucho hablar de “abusos”, de
una fuerte tendencia a la banalización del culto. Algunos han hablado
incluso de una “reforma de la reforma litúrgica”. ¿Cuál es su parecer
al respecto? ¿Cree usted que debemos profundizar el sentido religioso
y sagrado del Misterio eucarístico?
– Es
verdad que se mencionaron abusos. Como la aplicación inadecuada de la
reforma litúrgica, por parte de los celebrantes. Aunque se reconoce
que muchas veces los mueve el celo de procurar una mayor y más activa
participación de los fieles. Se ha mencionado asimismo, la poco
preparación que alcanzan los niños, los jóvenes, y sus respectivas
familias, para vivir plenamente los sacramentos de iniciación
cristiana, en las condiciones actuales de nuestro tiempo. Una y otra
vez se ha mencionado la necesidad urgente de ofrecer a los fieles una
introducción pedagógica adecuada a los misterios de la fe, que les
permita gustarlos y hacerlos fructificar, en medio de una cultura
materialista. Sin embargo, fueron mencionados también numerosos
intentos y ejemplos de esfuerzos interesantes y valiosos de
evangelización y de catequesis para la vida de la Iglesia. En este
sentido, miramos los errores y peligros, más como un desafío para
seguir creciendo, que como algo meramente negativo. Más aún, cuando se
trata de los dones de Dios dados para curar y fortalecer nuestra
debilidad.
– En
su intervención en el aula del Sínodo, Usted hizo referencia a algunas
luces en la vida eucarística de la Iglesia: la abnegación de los
sacerdotes, ministros y agentes de pastoral, como también la fe del
pueblo de Dios. ¿Podría profundizar este aporte suyo?
–
Estoy convencido. Nunca las sombras no pueden ocultar la luz que
brilla. Aún en el intento de hacer una sincera autocrítica, no podemos
olvidar la admiración y gratitud que debemos. Primero a Dios, y luego
a tantas personas y comunidades. El espíritu crítico, tan
desarrollado, y a veces exacerbado, nos hace un poco derrotistas.
Jesús y el Padre trabajan siempre, como dice el Evangelio. Dios es
Padre providente, y pastor misericordioso. Ha prometido estar presente
con nosotros, y nos asiste en todo momento. La obra del Reino es suya.
Nosotros no somos más que servidores. Por lo demás, aunque la reciente
crítica fuerte a la Iglesia se vale de hechos reales, tenemos que
agradecer a Dios, porque también son reales y concretos los hechos de
vida fiel y abnegada, tanto de sacerdotes como de laicos. Conozco y
valoro el espíritu de servicio generoso, desinteresado, y a veces
escondido, que mueve a sacerdotes, diáconos y fieles, en la misión que
cumplen en torno a la Eucaristía.
– La
prensa mundial, también aquí en Mendoza, concentró su atención en dos
temas: la validez del celibato ante la escasez de sacerdotes; el
delicado -y también doloroso- tema de los divorciados vueltos a casar,
y el impedimento de recibir la Comunión. ¿Qué nos puede decir usted
acerca de estos puntos? ¿En qué medida se hicieron eco en el Aula del
Sínodo?
– Uno
y otro tema fueron objeto de muchas intervenciones y ponencias.
Expresan el dolor de pastores, familias, comunidades y personas,
frente a situaciones muy delicadas. No obstante, es poco verídico
centrar el trabajo del Sínodo sobre esas cuestiones. Porque forman
parte de un planteo más positivo, entusiasta y desafiante, mucho más
amplio, que hace la Iglesia.
En
algunos lugares faltan sacerdotes. En otros lugares, los hay
suficientes, como fruto de la vitalidad misma de las familias
cristianas y de las comunidades. Concentrar en el celibato la razón de
la falta de sacerdotes, como si fuera el único problema, no parece
correcto. Cuenta mucho más la problemática actual de la fe, en una
cultura secularizado y materialista; de la crisis que vive el
matrimonio y la familia en el mundo; de la nueva manera de concebir y
vivir los valores, los compromisos de vida, y aún la sexualidad. Nos
hemos dejado cuestionar aún sobre nuestro testimonio y entusiasmo para
vivir la consagración celibataria, y sobre nuestra pastoral con los
jóvenes.
–
Mons. John Atcherley, Arzobispo de Wellington ha sido el primer
Prelado en proponer formalmente la Comunión para los divorciados
vueltos a casar. “Hay quienes, dijo, su primer matrimonio ha terminado
tristemente. Nunca han abandonado la Iglesia, pero actualmente están
excluidos de la Eucaristía”, ¿qué comentarios podría hacernos de este
punto, y cómo fue recibido?
– La
preocupación por el matrimonio y la familia apareció repetidas veces
en el Sínodo. Para la fe católica, el matrimonio es una vocación muy
hermosa que, sellada por el sacramento, hace de los esposos signos
vivos de Cristo y de su amor siempre fiel. El Sínodo nos ha hecho más
conscientes de las fragilidades e incertidumbres que hoy rodean a
quienes quieren vivir cristianamente la vocación matrimonial. Hemos
querido mostrarles la Eucaristía como una fuente viva para animarlos y
fortalecerlos en el difícil y también hermoso compromiso que el
matrimonio supone. En este contexto ha aparecido la preocupación por
los divorciados vueltos a casar. Es un tema delicado. Entiendo que la
prensa haya dado importancia a la cuestión, porque hay gente que sufre
por ello. Así se manifestó también cuando se aguardaba la elección de
un nuevo Papa. Sobre este punto, tuvimos ocasión de repasar, una vez
más, la enseñanza de la Iglesia, retomada varias veces en el último
tiempo. La Iglesia manifiesta al respecto su preocupación, y su
disposición para acompañar en cuanto puede a las personas en su
delicada situación. Aunque no puedan recibir la comunión, no están
excluidos de la vida de la Iglesia. Pero, al mismo tiempo, siente la
necesidad de ser fiel a la enseñanza de Jesús sobre la indisolubilidad
del matrimonio entre cristianos. Como señala el Mensaje final, los
obispos no podemos, en este punto, sino permanecer obedientes al
mandato de Cristo. Hay un párrafo en el Mensaje especialmente dirigido
a estos hermanos y hermanas. Creo que es bueno leerlo detenidamente:
“Les pedimos que participen en la Misa dominical y escuchen
frecuentemente la Palabra de Dios para que alimente su vida de fe, de
caridad y de conversión. Deseamos decirles que estamos cercanos a
ellos con la oración y la solicitud pastoral. Juntos pedimos al Señor
obedecer fielmente a su voluntad.”
– La
Arquidiócesis de Mendoza está actualizando su Plan de Pastoral. ¿La
experiencia del Sínodo tuvo para usted alguna repercusión al respecto?
–
Confieso que, en la experiencia de estas semanas, me he sentido
confirmado en la urgencia de seguir buscando formas adecuadas de una
nueva evangelización. Nueva en su ardor, métodos y expresión. Desde
esta experiencia, valoro más que nunca la propuesta del Episcopado
Argentino, “Navega Mar Adentro” (2003), y nuestra perseverancia en
trazar planes y programas, que nos impulsen a una pastoral más
participada y orgánica. Orientada por supuesto a obra misionera más
intensa y extendida, que se exprese en una rica vida espiritual,
ligada necesariamente al compromiso efectivo por la transformación del
mundo. Queremos vivir una comunión con Dios y una confianza en Él, que
nos impulse a trabajar con mucho coraje, por la justicia, la
fraternidad, la solidaridad y la paz.
–
Monseñor: su participación en el Sínodo lo tomó con un poco de
sorpresa. ¿Qué le ha regalado la Providencia con esta “sorpresa”? ¿Qué
trae a Mendoza, el Obispo Arancibia, como fruto de esta participación
en el Sínodo?
– Es
verdad que me tomó de sorpresa. Aunque fue una agradable sorpresa. Y
espero que muy provechosa también. Aunque tuve que estudiar a último
momentos los materiales de preparación. Confieso que vine preocupado
por las cosas que dejaba en Mendoza, ya que tenía estas semanas bien
programadas y con bastante trabajo. Pero reconozco que en una
oportunidad como ésta, he podido ejercitar mente y corazón, para
pensar y sentir con la Iglesia universal. Con la del mundo entero, que
cree en Jesucristo, unida por la misma fe, gustando a su vez la
comunión, significada y servida por el Papa, dentro de una gran
diversidad de lenguas, razas, y situaciones.
Es muy
alentador, compartir la misma creencia, y así también la búsqueda de
caminos para fortificarla en el camino de estos tiempos. Siempre he
tenido devoción por la figura de Pedro, cuya tumba y memoria veneramos
en Roma. Nunca como esta vez, me ha impresionado su testimonio de
varón elegido, creyente y humilde, que renueva su fe y amor por
Jesucristo. Desde aquí fue que Pedro, acompañado por la otra figura
gigante de Pablo, enfrentó con mucho coraje un mundo hostil, que los
llevó a derramar su sangre por Cristo. Ellos eran conscientes de que
servían al Señor, y que anunciaban al mundo el don más inusitado y
admirable: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo
Jesucristo, muerto y resucitado por nuestra salvación. El camino de la
Iglesia en esos días no es fácil. A cada momento se siente obligada a
reconocer sus límites, su pobreza Pero precisamente por eso renueva su
confianza en el Señor. El proyecto de hacer de la humanidad una
fraternidad, donde es posible hasta de lavarse los pies unos a otros,
es Suyo. Parece ideal, utópico, pero es Suyo, y por ello posible. Solo
ésta puede ser la expectativa, el sueño anhelado, de quienes creemos
en la Eucaristía, que actualiza el misterio de la Pascua de Jesús.
–
Usted ha participado en otros Sínodos, tomando en cuenta la opinión de
algunos que piensan que la Iglesia hoy no estaría acompañando la
problemática del hombre actual, o al menos sería insuficiente para
aquellos que por diferentes motivos quedan fuera de las normas,
comparando con su experiencia en este Sínodo, ¿qué nos puede decir al
respecto?
– El
Sínodo es siempre una fuerte experiencia de la catolicidad de la
Iglesia. “Católico” quiere decir: universal. Es decir: el aula del
Sínodo es como una caja de resonancia en la que se escuchan las voces
de los hombres y mujeres de los cinco continentes. La impresión que me
queda esta vez, es la de una Iglesia que, impulsada fuertemente por la
fe y la Eucaristía, vive inmersa y comprometida con el hombre
concreto. Una Iglesia “a la intemperie”. Piense usted que cada obispo
lleva al Sínodo no solo un cúmulo de bonitas ideas, sino la
experiencia viva de sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos y
catequistas, en fin: de esa inmensa y silenciosa multitud de obreros
entregados día a día al servicio del Evangelio. Créame que yo, en
estas semanas, he recordado muchas veces a Mendoza, a sus sacerdotes,
a los seminaristas, a los catequistas; en fin: los rostros concretos
de la evangelización. Es verdad que, sobre todo en los países de
occidente, se notan rasgos de una cultura que se aleja del Evangelio,
que intenta vivir como si Dios no existiera, o que incluso se muestra
hostil al mensaje cristiano. La Iglesia no tiene otra oferta entre sus
manos que la de Cristo: el anuncio de la bondad de Dios, de su gracia
que sana y eleva al hombre, de la dignidad de las personas. Las
dificultades no nos desaniman. Al contrario, nos comprometen más con
la verdad de Cristo, que es la que tenemos que proponer a todos. No,
nuestras propias ideas.
– En
una mirada integradora y haciendo una síntesis, según su visión, ¿qué
es lo nuevo que aporta este Sínodo de la Eucaristía al hombre
postmoderno de hoy?
– Le
respondo con unas palabras que el Papa empleó para reseñar la herencia
de Juan Pablo II: “Él deja una Iglesia más valiente, más libre, más
joven. Una Iglesia que mira con serenidad al pasado y no tiene miedo
del futuro.” El hombre posmoderno es un hombre un tanto caído y
desilusionado. Todos tenemos hoy la fuerte tentación de recluirnos en
un espacio reducido y confortable, al amparo de tanta agresividad
deshumanizante. La Eucaristía es hogar y alimento para los cansados.
Pero también es la memoria de Cristo; sacramento que celebra su amor y
su entrega total. Nos empuja a vivir como Él vivió. Cuando todos se
recluyen, los que pierden son los más débiles: los pobres, los
enfermos, los excluidos. La Eucaristía nos trae la paz y el consuelo
de Dios, pero también nos enseña a ser solidarios, a tener la
esperanza bien alta y comprometida con los que sufren. Esta es la
novedad permanente del Evangelio que la Eucaristía nos permite vivir y
celebrar cada día. Es Cristo. |