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PASCUA 2005: UN MENSAJE PARA TODOS


Mensaje de monseñor José Maria Arancibia, arzobispo de Mendoza
para la Pascua 2005


¿Cuál es el mensaje central de la Pascua cristiana? No es otro que Jesús Resucitado. “Ustedes lo crucificaron. Dios lo resucitó. Nosotros somos testigos.” (Cf. Hch 2,23-24). Así sonaba el primer sermón de la historia, en boca de Simón Pedro. La pregunta había sido planteada, de madrugada, a las mujeres ante el sepulcro vacío: “¿Porqué buscan entre los muertos al que está vivo?” (Lc 24,5).

En Pascua, los cristianos no tenemos otro mensaje que este: ¡La muerte no tiene la última palabra; la vida -solo la vida- tiene futuro! ¡Cristo ha resucitado!

Para el cristiano, la fe en la resurrección es luz, consuelo y seguridad. Todo esto en grado eminente. Pero es aún mucho más. Porque es una convicción profundamente religiosa, y al mismo tiempo, muy humana. Aunque parezca contradictorio, la fe en Cristo resucitado nos empuja a ponernos explícitamente en el ojo de muchas tormentas. El creyente no busca refugios. Más bien se atreve a dejar ciertas seguridades, para quedar muchas veces desnudo ante el misterio de la vida, como Cristo en la cruz, suspendido entre el cielo y la tierra. Allí encuentra la VIDA en abundancia.

Desde Jesús de Nazaret a nuestros días, nadie ha podido vivir la pascua como un mensaje tranquilizador de la conciencia. Todo lo contrario. Pascua es memoria activa: los hombres podemos matar y sepultar; Dios en cambio abrirá siempre los sepulcros y hará surgir la vida donde nosotros pusimos muerte. Vivir la pascua supone entonces entrar en sintonía con este compromiso inquietante de Dios con la vida humana. Implica mucho coraje para sobreponerse al miedo, a la inseguridad y al riesgo que ha significado siempre apostar fuerte por el ser humano, por su dignidad de persona, por el misterio fascinante que se esconde detrás de cada rostro. En particular, bajo el rostro de todos los crucificados de la historia: los más débiles, los pobres, los explotados y excluidos, aquellos ante los cuales nadie detiene la vista, porque no son dignos de atraer las miradas de una sociedad que tiene otros intereses.

Pascua contiene un mensaje profundamente humano. Es la afirmación más alta del valor y la dignidad del hombre, porque es el “sí” definitivo de Dios a la humanidad. No importa cuantos “no” hayan sido pronunciados. “Dios no ha hecho la muerte… Él ha creado todas las cosas para que subsistan” sentenciaba ya el sabio del Antiguo Testamento (Cf. Sab 2,13.14). Hace ya veinticinco años, lo expresaba también con fuerza el Papa Juan Pablo II hablando en París a la UNESCO: “Hay que afirmar al hombre por el mis­mo, y no por ningún otro motivo o razón: ¡únicamente por el mismo! Mas aún, hay que amar al hombre porque es hombre, hay que reivindicar el amor por el hombre en razón de la particular dignidad que posee.” (2/VI/1980).

Repasando algunos de los desafíos más acuciantes de la sociedad mendocina hoy, creo advertir un fondo común, una pregunta crucial detrás de cada interrogante particular: ¿vale la pena seguir apostando hoy por un proyecto común de humanidad? ¿Es posible reivindicar la causa del hombre, como un empeño común, en el que converjan las voluntades de todos los que componemos el cuerpo social? Pienso aquí, sobre todo, en desafíos tales como: una educación de calidad en todos sus niveles, integral y para todos; la superación de las condiciones de pobreza extrema; el empeño que supone soñar con el futuro de nuestros niños y jóvenes; la salud espiritual y psíquica de las personas en medio de exigentes condiciones de vida y de trabajo; el desarrollo de una sensibilidad ética centrada en bien común y en la solidaridad; la convivencia social de grupos con diversos intereses e inquietudes; el valor del diálogo, la tolerancia y el respeto, incluso en el disenso y la pluralidad de opciones; el sentido profundo de la sexualidad humana como expresión suprema del amor y de la donación de las personas; la superación de las condiciones que empujan a muchos a la delincuencia; las adicciones y a comportamientos antisociales, etc.

Tal vez conviene partir de algo muy sencillo: más allá de nuestras divergencias, todos compartimos la misma suerte, iguales perplejidades y muchos anhelos. Los que creemos en Cristo resucitado, lo adoramos de corazón y lo celebramos en el templo. Por eso mismo, queremos ofrecer a toda la sociedad nuestras personas, las mejores energías, y una inquieta creatividad, con toda esa auténtica pasión que despierta la causa del hombre. Así fue en Jesús de Nazaret; así ha sido en muchos de sus discípulos a lo largo de nuestra historia; esperamos que así lo sea también hoy, en medio nuestro.

Con este profundo sentido, les deseo: ¡Muy felices Pascuas de Resurrección para todos!


Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza



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