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FIESTA DIOCESANA
2002
Mensaje de Mons.
José María Arancibia, arzobispo de Mendoza,
pronunciado en
fiesta de Nuestra Señora
del Rosario, patrona de la arquidiócesis,
el 6 de octubre,
y
que
llevó por lema
“Con María, por la patria, la Iglesia de Mendoza canta y reza”
1. ¡Bienvenidos!
Recibimos
a las comunidades, y a todos los aquí presentes, con inmensa alegría.
Los abrazamos con sincero y cordial afecto. Sabemos que muchos han
debido hacer un gran esfuerzo para venir.
Este año nuestra
fiesta es más austera. Muy simple en ornamentación y movimiento
escénico. Son tiempos difíciles. No podemos, ni queremos, ocultar la
crisis del país, que tanto nos preocupa. Hasta tuvimos que pensar bien
si hacíamos o no esta la fiesta tan apreciada. Decidimos hacerla,
porque la necesitamos. Este es un encuentro de hermanos que expresan
con alegría su fe y esperanza. Venimos a rogar juntos por la patria y
a fortalecer el espíritu para seguir luchando como cristianos.
Tenemos además una
riqueza para compartir: somos nosotros mismos. Agradecidos por la
vida y la salud. Con ganas de compartir nuestros esfuerzos. Ricos por
el don valioso de la fe en Cristo, que permite descubrir el amor de
Dios. Jesús ha prometido estar en medio nuestro. Su promesa no falla.
El es nuestra esperanza. La presencia maternal de María nos alienta a
renovar nuestra fe en Jesús y en su Palabra. Vivamos este momento con
plena intensidad.
2. Vivimos tiempos difíciles pero
maravillosos. Parece una contradicción, y es
verdad. Por un lado no nos cansamos de comentar nuestras dificultades,
que son muchas y duraderas. Pero somos gente creyente. La maravilla es
que Dios ofrece aún signos en este tiempo; porque El llama, y hace
posible, vivir a fondo grandes valores y virtudes, que transforman la
historia. En medio de una profunda crisis, Dios suscita una respuesta
generosa. Si ansiamos un cambio, Dios mismo lo quiere antes de
nosotros; más todavía, quiere producirlo con nosotros y a través
nuestro. Esta es una ocasión providencial. Por eso alentamos la serena
confianza que genera la cercanía del Señor, y nuestra disposición a
seguirlo con mayor entrega de fe y de amor.
3. Nos duele la Patria argentina.
Por eso nos consuela recordar que Jesús de Nazaret lloró por la suya.
Aquel dolor lo llevó hasta morir en la cruz, donde lo acompaña María
(Evangelio: Jn 19,25-27). Ella refleja y concentra la tristeza de una
humanidad que, llegando al colmo de su rebeldía, crucifica al Hijo de
Dios, nacido de sus entrañas. ¿Estaba María desesperada? ¿Es símbolo
de una humanidad sin horizonte? Ella estaba de pie junto a la cruz.
Es la misma Señora que escuchó al Ángel, y se declaró servidora. La
que guardó la Palabra, aunque no entendía y sufría al escucharla. La
mujer feliz porque creyó y obedeció. Es la que creyó que la cruz daba
lugar a la resurrección, porque así se cumplía el proyecto de Dios.
Confió que Jesús se levantaría del sepulcro, y la humanidad con El.
Sabía que era preciso estar en oración con los apóstoles, para ser
transformados por el Espíritu.
Este es el curso de
las cosas de Dios, que María señala al pie de la cruz. Queremos ser
discípulos, y -como Juan- recibir de nuevo a María en casa. Cualquier
cruz se comprende desde la Palabra, a la cual María fue completamente
fiel. Ella tiene mucho que enseñarnos. Tenemos que crecer en fe y
esperanza, para encarar este tiempo arduo y doloroso, como auténticos
cristianos. Mendoza es la casa de María; con Ella, entonces, de pie
junto a la cruz, confiemos que Dios engendra vida plena por la fuerza
del Espíritu.
4. Nuestra esperanza provoca
conversión, y se expresa en un cambio decidido. A menudo no
encontramos en dónde apoyar nuestra esperanza. ¿En quién se puede
confiar? ¡Muchas personas nos han defraudado!. Siendo sinceros,
debemos reconocer que tampoco nosotros hemos cumplido siempre nuestro
deber. Ni ponemos en práctica lo que exigimos a los demás.
Una mirada de fe,
descubre en Jesús ambas cosas: la miseria de los hombres, que
destruyen la obra de Dios y se destruyen a sí mismos; y al mismo
tiempo, una muerte asumida que se vuelve vida plena. Ese fue el
principal servicio de Jesús, Dios y hombre verdadero, para transformar
el mundo. Renovemos la confianza en El.
Los acontecimientos de
este último tiempo del país nos han humillado y entristecido. Una
buena actitud cristiana, impide echar culpas en los demás, sin admitir
las propias. Todo lo que daña a la Nación y a la Iglesia, exige un
sincero examen de conciencia. Nadie queda dispensado de hacerlo. Nunca
nos ha hecho bien condenar y arrojar piedras, sin reconocer las
propias culpas; sin voluntad de cambio. Aún los pastores, reconocemos
y nos avergonzamos del mal que causamos al pueblo de Dios; queremos
cambiar y reparar el daño provocado. “Nuestra misión nos exige una
creciente identificación con Cristo y una constante purificación de
nuestros pecados. No le tenemos miedo a la verdad. Le tememos a
nuestra dureza de corazón” (CEA 28-IX-02). Pero el arrepentimiento y
la conversión requieren la gracia de Cristo Salvador. Por eso nos hace
bien este momento de súplica confiada que culmina en la Eucaristía.
5. Construir la Nación que queremos.
La situación grave de la Argentina ha sido descripta y comentada de
mil maneras. Casi todos saben algo de ella; y todos la sufren.
Algunos conocen las causas que la provocan e insinúan soluciones. Ha
llegado el momento de pasar del lamento a una actitud más
constructiva: que ante todo requiere convicción sobre qué Argentina
queremos; luego la voluntad y el esfuerzo decidido de construirla. Las
quejas reiteradas, y las muchas protestas, no ayudan. Precisamos
convicciones firmes, que orienten reformas importantes en el orden
político-social, y actitudes comprometidas para reconstruir la Nación.
La responsabilidad es de todos.
El pueblo de Dios ha
rezado mucho por la Patria en este tiempo. Orando ha puesto su
confianza en Dios, fuente de toda razón y justicia; al mismo
tiempo, ha crecido en seguridad sobre los grandes valores humanos y
cristianos que fundan una sólida vida comunitaria, en paz y justicia:
la pasión por la verdad, para que nadie se engañe ni engañe a los
demás; el compromiso por el bien común; la auténtica libertad, que
superando las ataduras del egoísmo y el rencor, se juega por el amor,
la amistad social y la solidaridad con los pobres; el diálogo
respetuoso, sincero; la responsabilidad compartida para luchar con
esperanza (ver Oración por la Patria, julio 2001).
Los obispos argentinos
han ofrecido diversos mensajes. Confío que sean de provecho. Me alegra
mucho en estos meses, la mayor conciencia que surge en el laicado
católico, porque va descubriendo su lugar, y la necesidad de
participar en la reconstrucción del país. Con esperanza, entonces, me
parece importante recordar, algunos valores indispensables, que deben
convertirse en compromisos positivos de acción laical:
“Frente a la cultura
de la dádiva, promover la cultura del trabajo, el espíritu de
sacrificio, el empeño perseverante y la creatividad.
Frente a la corrupción
y la mentira, promover el sentido de justicia, el respeto por la ley y
la fidelidad a la palabra dada.
Frente a la
fragmentación social, promover la reconciliación, el diálogo y la
amistad social.
Sólo buenos
ciudadanos, que obren con inteligencia, amor y responsabilidad, pueden
edificar una sociedad y un Estado más justos y solidarios” (CEA
28-IX-02, 6).
Siguiendo las líneas
trazadas en el Plan Diocesano de Pastoral, nos comprometemos a
impulsar esta transformación, desde una tarea pastoral renovada y
actualizada; a través de una predicación y una catequesis que
comprometan la vida entera. Con María, pedimos al Señor que sostenga
en nosotros la fe y la esperanza, para vivir a fondo el amor.
Mons.
José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
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