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JUEVES SANTO 2002


Homilía de Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
para el Jueves Santo de 2002


1. En esta noche todas las celebraciones de la Eucaristía tienen un significado especial. Puede parecer la Misa de siempre. Tiene quizás el aspecto conocido: los mismos gestos, el lugar habitual, los rostros que ya conocemos. Además, es la misma celebración de cada domingo, a la cual son invitados los fieles; de cada día en cada parroquia e iglesia. ¿Qué tiene de nuevo? ES JUEVES SANTO: el día en que Jesús realizó la última cena, en la cual instituyó la Eucaristía, y el Sacerdocio para presidirla. Este es un regalo que sólo Dios podía ofrecernos. Nunca lo agradecemos bastante. Los signos visibles contienen o son un "misterio de fe", es decir: una presencia segura de Dios, fruto de su promesa y de su poder, que de algún modo se hace reconocible, pero que sólo el corazón del creyente descubre y aprovecha en la inmensidad de su riqueza. Por eso, después de cada consagración, aclamamos diciendo: ¡MISTERIO DE LA FE!

Jesús tuvo el deseo ardiente de comer aquella Pascua con sus discípulos (cf Lc 22,15). Ahora nosotros somos invitamos a querer con intenso ardor esta comida. Necesitamos descubrir al Señor aquí, y encontrarnos con El, porque la <comunión> sana y transforma [una palabra tan usado y todavía por desvelar].

Esta tarde la Misa no termina con una bendición y un envío, sino con una procesión y adoración. Con la Iglesia, prolongamos la celebración orando, para alabar, agradecer y compartir el amor de Dios.


2. La Palabra de Dios proclama el hondo sentido de esta celebración. Los textos expresan la fe y son anunciados para provocar aún una fe más intensa. La cena pascual judía (1ª Ex) era la memoria agradecida de una gran experiencia religiosa: Dios había liberado al pueblo elegido de una larga y penosa esclavitud. Con un rito familiar se hacía memoria de aquel hecho, pero sobre todo se agradecía la bondad de un Dios grande y poderoso. La primera comunidad cristiana comenzó muy pronto a celebrar el nuevo rito pascual (1ª. Cor), cumpliendo el mandato de Jesús en la última cena. Desde entonces lo hacemos "en memoria suya", y para "proclamar su muerte", hasta que El vuelva.


3. En el Evangelio (Jn 13): el mismo Señor lava los pies de los Apóstoles, expresando su amor vivido hasta el extremo, y exhortando a imitarlo. Juan no narra en su evangelio la institución de la eucaristía, sino que ofrece en su lugar esta escena. ¿Qué quiere decir?

Este es un gesto simbólico de Jesús. Una enseñanza en acción, más que en palabras. Su sentido es profundo y esperanzador: el AMOR de Dios es ofrecido, de un modo extraordinario e inesperado, para que podamos AMAR.

La narración es solemne: la "hora" ha llegado; Jesús que pasó derrochando amor, ahora ama hasta el extremo; en este "paso" hacia el Padre, tiene plenos poderes; aunque el diablo está haciendo la mayor fuerza (1-3). ¿Quién vencerá?

Jesús lava los pies de los doce, y con ello expresa: el amor me lleva a cumplir una misión en forma de servicio; he vivido entregándome, y termino dando hasta la vida; así manifiesta Dios su amor sin medida. Me hice amigo, hermano, siervo. Ahora, es preciso lavar los pies y subir a la cruz. Aunque no lo comprendan, es indispensable para ustedes. Dios lo ha querido, porque la humanidad precisa un cambio profundo, y no es capaz de hacerlo por sí misma; la malicia ha ganando su corazón (como el de Judas). Este lavado, como humilde servicio, simboliza la muerte en cruz, que es poderosa y ejemplar. Es para todos; nadie puede prescindir de él, como se le dice a Pedro; y nadie puede ofrecer algo mejor. Tampoco nosotros podemos dejarlo de lado o buscar la salvación en otro lugar o persona; aunque no lo comprendamos del todo.


4. A veces no descubrimos el sentido de la Misa, como tampoco el de la última cena que allí se conmemora. Contemplarla hoy como un gesto servicial de Jesús hacia nosotros lleno de amor, y en forma de lavado, es maravilloso.

La pasión y la cruz conmueven, pero cuando Jesús nos pide ir detrás suyo, y cargar con la cruz de cada día, no sabemos cómo hacerlo. Los sufrimientos de la vida resultan pesados y son temidos, difícilmente soportados. Muy pocas veces los relacionamos con el amor.

Hoy la entrega doliente de Jesús, nos aparece en su aspecto más expresivo de amor entregado, puesto a nuestro alcance y para nuestro beneficio. Para llamarnos al vivir el amor, Jesús no sólo dijo palabras preciosas; ante todo nos dio su ejemplo admirable y conmovedor; y ese ejemplo se convirtió en lavado necesario, que transforma y purifica. El Bautismo y la Eucaristía, como la Confesión, que perdonan y transforman, son frutos de la pasión y de la cruz, que capacitan para el amor verdadero. Hace falta volver una y otra vez sobre este saludable misterio, porque al igual que Pedro y los apóstoles nos cuesta entenderlo y gustarlo. La fe lucha interiormente con la mezquina forma de pensar y de vivir, tan propia de las personas humanas. Pero Dios nos invita a vivir aquello mismo que El ofrece y regala, con su caridad inmensa y llena de misericordia.


5. El jueves santo, los cristianos volvemos con entusiasmo a soñar con una manera de vivir en la que domina el amor. ¿Imposible? No para Dios, que todo lo hace posible, cuando no es capricho ni pretensión humana, sino parte de su proyecto: restaurar la miseria del mundo. ¿Muy difícil? ¿Tanto que la espesa trama de la corrupción e irresponsabilidad no logra ser rota? Así parece decirlo el comentario de cada día, en este tiempo tan duro de crisis que pasamos. Sin embargo, desde el misterio de este día, el gesto amigable y cercano de Jesús nos dice solamente: ¡déjense lavar por mí, que estoy aquí sirviendo! Meditemos en esta celebración en la esperanza de un cambio que Dios mismo provoca, desde lo profundo del corazón, y que tiene como fruto, nada menos que ganar en amor, venciendo todo lo que a él se opone (odio, violencia, venganza, egoísmo, etc). Oremos por tanta gente que quiere y necesita volver al amor.


Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza



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