|
MISA
CRISMAL - 2002
Homilía de Mons.
José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
en la Misa Crismal - 29 de marzo de 2002
Querido
sacerdotes, diáconos, seminaristas y consagrados/as,
fieles laicos que nos acompañan
1.
"Nos sentimos heridos y agobiados"
Me
permito empezar con estas palabras de la Oración por la Patria que
rezamos con el pueblo. Expresan un sentir sincero y compartido. Un
corazón abierto a Dios y entre nosotros. Confesamos dolor sincero
por la situación del país, y también por hechos graves de nuestra
Iglesia.
Cercanos
a nuestra gente, compartimos ellos tristeza y desconcierto, su
protesta justificada y hasta rebeldía; han perdido la confianza en
los dirigentes y aún en las instituciones; buscan razones para
levantar el ánimo y no perder las ganas de luchar; tanto los
jóvenes como los mayores, sienten temor por su futuro.
La
Iglesia vive también momentos de pena y aflicción; no sólo porque
estamos exigidos más allá de nuestras fuerzas, por un trabajo
pastoral desbordante, sino también porque no siempre damos
testimonio de una entrega fiel y completa a Dios. Algunos hermanos
han abandonado el camino emprendido; no podemos juzgar sus
decisiones personales; pero esto nos duele y entristece. Para muchos
ha sido causa de desaliento y duda, de cuestionamiento y quizás
hasta de escándalo. Si hoy en día el pueblo debe soportar tantas
penurias, como bien nos consta, es muy triste que deba sufrir
también a causa de sus pastores.
2.
"Precisamos tu alivio y fortaleza"
Como
cristianos, sacamos del corazón herido una oración fervorosa.
Intentamos que el sufrimiento no se convierta en abatimiento, sino
en súplica confiada. Pedimos ser consolados y fortalecidos, por
Jesucristo, Señor de la historia. El es el Hijo eterno de Dios
Padre, enviado para cumplir la promesa de salvación. Encarnado en
el seno de María la Virgen, a través de los misterios de su
pasión, muerte, resurrección, ha sido constituido SEÑOR. Por El
hemos sido bendecidos con toda clase de bienes espirituales; El nos
congrega y edifica como un templo; por la fe en El nos acercamos a
Dios con plena confianza (cf Ef 1,3; 2,21; 3,12). Digamos hoy, para
nosotros mismos, aquella frase de Pablo: "les pido por lo
tanto, que nos se desanimen a causa de las tribulaciones..."
(Ef 3,13).
En
este momento, es consolador dejar que el mismo Señor nos hable al
corazón: "Vengan a mí todos los que están afligidos y
agobiados, y yo los aliviaré" (Mt 11,28). En el Evangelio de
hoy se ha proclamado: "El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado por la unción. El me ha enviado a llevar la
Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y a
proclamar un año de gracia del Señor" (Lc 4,18-19).
3.
Ser agradecidos nos ayuda a esperar
De
varias maneras vamos reconociendo limitaciones y defectos. En la
crisis grave de la Argentina, hemos impulsado como pastores una
evaluación sincera de la situación del país, sin dejar de repasar
a conciencia nuestra vida eclesial y apostólica. Es saludable
descubrir y reconocer la verdad de cuanto somos y tenemos;
únicamente sobre esta base se edifica y se reconstruye algo
sólido. Mentir, engañar y ocultar, a sí mismo o a los demás, no
sirve de nada.
De
esa verdad forman parte también los dones, carismas y esfuerzos. Es
alentador reconocerlo. Por eso agradezco a ustedes el intenso
trabajo pastoral, y su testimonio de vida. Sé que se esfuerzan por
ser fieles a la vocación recibida, y a la tarea encomendada por la
Iglesia. Aprecio la dedicación especial de este tiempo de Cuaresma,
sobre todo en el sacramento de la reconciliación, y la constancia
que están poniendo para sostener a los fieles en la esperanza,
cuando los tiempos son tan críticos.
Es
bueno señalar aún otros signos alentadores: el 9 de marzo
realizamos con verdadero entusiasmo la Jornada "Juntos
caminamos", para iniciar el año pastoral y presentar el
diseño 2002. Veo allí un signo del Espíritu, que suscita en la
Iglesia una fe más adulta y más misionera. Más todavía: hoy es
mucha la gente que, en su familia y en su trabajo diario, lucha por
ser fiel al Evangelio; sin hacerse notar, sin esperar recompensa,
mantienen sus convicciones, soportan las pruebas con valentía, y
aún tienen fuerza para ser solidarios con los demás.
Reconozcamos
en todo ello la presencia del Señor y de su gracia, para que no
decaiga la esperanza, y podamos animarnos unos a otros en la
fidelidad.
4.
Renovar nuestras promesas es un llamado a la conversión
La
renovación litúrgica nos ha regalado esta ocasión de gracia que
es la Misa Crismal. Antes, el Obispo consagraba los óleos
acompañado sólo por los seminaristas, unos pocos sacerdotes y un
reducido de fieles. Hoy se expresa aquí la identidad y el dinamismo
de la Iglesia diocesana, y del presbiterio entero, reunido en torno
al Obispo. Al bendecir y consagrar los óleos, signos de Cristo el
Ungido y de nuestro ministerio, somos invitados a renovar las
promesas sacerdotales. Es el día en que Jesucristo instituyó la
Eucaristía y el Orden Sagrado. La carta del Santo Padre nos hace
sentir unidos a los sacerdotes del mundo entero; las palabras del
Obispo preparan esa renovación, en el mismo seno de la iglesia
diocesana.
Como
padre y pastor, me siento yo mismo llamado a conversión. Ruego a
Dios, y a ustedes, mis hijos y hermanos, que me perdonen si no los
he acompañado como verdadero padre, hermano y amigo. Disculpen si
no he sabido alentarlos y agradecerles su vida y su ministerio; si
he sido impaciente o intolerante en mis exigencias; como también si
no los he guiado y corregido a tiempo. Muy a menudo advierto que mi
tarea es muy difícil. Me alienta el afecto de ustedes y de mucha
gente. Me consuela la oración que tantos fieles ofrecen por su
Obispo y por los pastores.
Como
les dije al volver de Roma, he rezado por cada uno, en la tumba de
los Apóstoles. Si ahora me atrevo a exhortar a la conversión, es
porque todos hemos sentido el fuerte impulso del Espíritu: estamos
llamados y comprometidos a creer más intensamente en Jesucristo; a
vivir a fondo la comunión, que es la naturaleza y la misión de la
misma Iglesia; a emprender con actitudes nuevas la evangelización y
la promoción en Mendoza. Este es el ideal del Plan Diocesano, que
nos estimula y nos cuestiona.
Los
hechos dolorosos a los cuales hice alusión al comienzo, me impulsan
a recomendar con pasión, que nos animemos a crecer, ante Dios y
entre nosotros, en apertura, sinceridad y confianza. La comunión,
deseada, añorada y con frecuencia criticada en sus fallas, requiere
imperiosamente estas actitudes, buscadas con esfuerzo. Cuando la
gente me pregunta por la situación del país, me surge responder:
necesitamos un cambio, y hace falta reconocerlo; pero esa
transformación se realiza sólo con firmes convicciones y la
entrega generosa de cada uno. Así también lo pienso de nuestra
iglesia y del presbiterio diocesano.
Permítanme
completar mi mensaje, con algunas expresiones que ustedes mismos
formularon; creo que el Espíritu del Señor les inspiró estos
propósitos en la semana de pastoral:
Creemos
importante subrayar la prioridad del SER sobre el HACER en nuestra
vida presbiteral. De manera tal que nuestras acciones expresen cada
vez mejor lo que somos; hemos de afianzar la revisión constante de
nuestras responsabilidades"
"Destacamos
algunos acentos fundamentales:
-
disposición para el diálogo y fomento de la corresponsabilidad en
la misión común
-
favorecer la tolerancia y la comprensión, la discreción y el
respeto, sobre todo frente a situaciones difíciles; superar con
decisión los juicios rápidos, los comentarios inoportunos y la
crítica sin misericordia"
-
cultivar la disponibilidad real para el acompañamiento espiritual y
fraterno... asumir un estilo de vida personal y comunitario, austero
y solidario..." (Diseño
pastoral 2002, pp. 14-15).
La
Virgen del Rosario, ejemplo y modelo, aliente y acompañe con
maternal cariño las promesas que vamos a formular
Jueves 28 de marzo de 2002
Mons.
José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
|