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CARTA DE NAVIDAD 2002


De Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza,
para todas las comunidades de la arquidiócesis


Queridos hermanos y hermanas:
Con este mensaje quiero llegar a todos ustedes. Está próxima la Navidad del Señor Jesús. Cada año, su venida despierta esperanza y alegría en la Iglesia, y en todos los hombres de buena voluntad. Así se cumple la profecía de: “El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz … Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre: «Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz»” (Is 9, 1.5).
Imitemos el gesto humilde de la Virgen Madre, cargado de fe y de ternura: ella toma al Niño-Dios en sus brazos, lo envuelve en pañales y lo acuesta en el pesebre. ¡Recibamos así a Jesús, el Señor, que viene a nosotros pobre y humilde, pero con la riqueza y el poder de Dios! Recibamos en nuestra pobreza al Hijo de Dios hecho hombre. Procuremos ayudarnos unos a otros, para vivir esta Navidad con fe y esperanza. En Jesús se encuentra la paz verdadera, que el mundo no conoce ni puede dar. Esta es la certeza serena y duradera que Dios mismo ofrece a los creyentes.
Como ciudadanos y como cristianos hemos vivido un año cargado de dificultades y desafíos.  Se percibe en todas partes un clima de desconfianza y de sospecha, de inseguridad y de franco desaliento, por la mentira y corrupción reinantes. Les propongo volver a la Palabra de Dios. Si nos acercamos a ella con fe, el mismo Señor, nos abre los ojos, como a los discípulos de Emaús, para descubrir Su presencia, y despertar en nosotros actitudes y gestos nuevos.
Durante el Adviento hemos escuchado con frecuencia al profeta Isaías. Su mensaje de esperanza sorprende aún hoy. Al presentar el DISEÑO PASTORAL 2003, he propuesto algunos de esos textos inspirados, que Dios dirige a un pueblo “herido y agobiado”:
“Nos hemos convertido en una cosa impura … nuestras culpas nos arrastran como el viento … Pero tú, Señor, eres nuestro padre; nosotros somos la arcilla, y Tú, nuestro alfarero: ¡todos somos la obra de tus manos!” (Is 64, 5.7).
“¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo, dice Dios! Hablen al corazón de Jerusalén y anúncienle que su tiempo de servicio se ha cumplido, que su culpa está pagado … Como un pastor, el Señor apacienta su rebaño, lo reúne con su brazo.” (Is 40,1-2.11).
Así nos habla la Biblia de Aquel que es el motivo y el centro de todos nuestros anhelos e ilusiones: de Jesucristo, el Hijo de Dios que nació de María Virgen por obra del Espíritu Santo, y ha llegado a ser “uno de nosotros”. Él es nuestra esperanza. Él es la luz que ha vencido las tinieblas. Como pastor de la Iglesia en Mendoza les digo: Confíen en Jesucristo para siempre, Él es la Roca eterna sobre la que nos apoyamos. Confiemos en la obra buena que Él mismo está completando entre nosotros.
Hace unos días, católicos y miembros de otros credos, con representantes de la sociedad mendocina, nos comprometimos a trabajar por el bien común, a través del diálogo y construyendo la paz. Decíamos entonces: Más allá de muchos lamentos, protestas, e incluso de posibles proyectos, necesitamos reforzar una convicción interior a favor de la paz. Actitud profunda que no se confunde con el silencio, ni la resignación; tampoco es mera cautela, ni miedo para reclamar u obrar. Al contrario, es alentador observar que crece en nuestra patria el deseo de muchas personas y sectores, que quieren comprometerse con una cambio tan necesario como costoso, pero emprendido con gran respeto, en diálogo paciente, y a través de esfuerzos compartidos.
Invito pues a todos ustedes, a comprometerse en Navidad con este cambio. El nacimiento del Señor es un tiempo propicio para suplicar a Dios el coraje necesario y cambiar; pero más aún para comprender en qué dirección debe ir ese cambio tan deseado. Precisamos contagiarnos de la generosidad de Jesucristo, quien siendo fuerte se hizo débil, siendo grande se hizo pequeño, siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8,9).
El diseño pastoral 2003 que estamos ofreciendo, impulsa y orienta el compromiso de vida y acción de las comunidades cristianas en Mendoza, las cuales -para cumplir su misión- buscan afianzar su fe en Cristo, y servir a todos en la evangelización y la promoción. Les ruego recibirlo, estudiarlo y aplicarlo, como proyecto que expresa y hace crecer una Iglesia “en comunión”.
A todos les deseo con afecto una feliz y santa Navidad. No se dejen abatir por los problemas, ni den lugar al desaliento. Abramos el corazón a la gracia del Señor Jesús, que viene a salvarnos en esta Navidad. Él trae la luz y la fuerza para lograr aquellas actitudes y gestos inéditos, que el momento presente reclama con tanta urgencia. Nuestra Madre, la Virgen, y San José nos animan a entrar en el misterio de la Navidad con aquella humildad y despojo interior que caracteriza a los hombres y mujeres de fe. De este modo, el Señor hará obras grandes en nosotros. Nada hay imposible para Dios. Con mi bendición
Diciembre 2002


Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza



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