|
VIERNES
SANTO 2002
1.
Como patria argentina estamos viviendo una crisis grave y
profunda. Esto nos afecta y entristece a todos. Las familias
están sufriendo mucha la pobreza, están tristes, y desconfían de
todo y de todos. La situación es tan generalizada, que la mayoría
de la gente la siente muy pesada sobre sí, y no sabe cómo salir de
ella; el futuro aparece para todos incierto y oscuro.
Este
es el principal tema de las conversaciones de cada día. Nos
quejamos y lamentamos, con fundada razón. Criticamos mucho a la
dirigencia de cualquier ámbito o nivel, porque nos sentimos
defraudados. No es ésta la manera de vivir la democracia, que
durante largo tiempo soñamos. El bien común de la Nación está
profundamente afectado por gravísimos problemas. Nos falta
dirigentes capaces, decididos y responsable, para salir de semejante
crisis. Estos comentarios repetidos en uno y otro momento, en
cualquier lugar, nos desalientan, y hacen aún más pesada la carga.
Se
le pide a la Iglesia que señale los males que nos afectan, y que
hable con valentía, sobre todo a los políticos. Procuramos
hacerlo, desde hace tiempo. Ante todo impulsando una intensa
oración por la Patria. Señalando asimismo el sufrimiento de la
gente, algunas causas, y actitudes que no pueden faltar, tanto en
los dirigentes como en el pueblo. Los Obispos han intervenido
incluso en el llamado "diálogo argentino", ofreciendo lo
que nos corresponde: un ámbito apropiado, donde se recuerden
valores humanos y espirituales; son las fuerzas políticas,
económicas, empresariales y financieras, las que pueden y deben
encontrar acuerdos y soluciones. Sin embargo, hasta hoy se ven muy
pocos resultados. Por eso volvemos en estos días, con mayor
intensidad, a pedir la ayuda de Dios. Confiamos en el auxilio divino
que invocamos confiadamente.
2.
No podemos quedar encerrados en el dolor y los lamentos. Somos
creyentes. La semana santa nos da la ocasión de volver la mirada
hacia Dios. ¿Qué nos sucede cuando observamos la situación
actual a la luz de la fe? Hoy, viernes santo, proclamando la pasión
de Jesús, y ponemos la mirada en este ROSTRO DOLIENTE del Señor.
¿Qué encontramos en él?
En
la cruz contemplamos al mismo Dios, que asumió el rostro del
hombre, y ahora se muestra cargado de dolor. No es un dolor
cualquiera, sino el que ha provocado el pecado. Tampoco fueron
pecados personales de Jesús, que era absolutamente inocente. Sino
la tragedia de mentiras, envidia, traición y maldad que se echaron
sobre él, para condenarlo atropelladamente a una muerte injusta y
horrible. "A aquel que no conoció pecado, Dios lo identificó
con el pecado a favor nuestro, a fin de que nosotros seamos
justificados por él" (2 Cor 5,21). Así lo explica la Palabra
de Dios, indicando la misteriosa identificación de Jesús con el
pecado, y a su vez la alentadora finalidad de ese plan: hacer
posible entre nosotros la justicia.
Uno
puede preguntar: ¿cuál fue el sufrimiento más grande de Jesús en
la pasión y en la cruz?
Algunos
pensarán: los azotes; otros cargar con la cruz, recibir tantas
burlas y ofensas; el encuentro con su madre, los clavos penetrando
su cuerpo... Pero en realidad su mayor dolor, fue sentirse
abandonado por Dios; es decir, la experiencia espantosa de soledad
que sigue al pecado. Él, que no tenía pecado alguno, quiso llegar
hasta el fondo de las consecuencias del mal. En sus últimos
momentos gritó las palabras del salmo: "Dios mío, Dios mío,
por qué me has abandonado" (Mt 27,46).
Contemplando
este "rostro doliente", nuestra crisis se ve todavía más
grave y desoladora. Porque la cara de Jesús padeciendo en la cruz,
asume y expresa el dolor de muchos hermanos, que hoy padecen
angustia y desconcierto, en parte por sus pecados, pero mucho más
aún por una estructura injusta y de pecado que los aprisiona y
esclaviza.
3.
Sin embargo, la pasión del Señor y su muerte, al mismo que nos
descubre la gravedad del pecado, manifiesta la grandeza del amor
de Dios que nos quiere salvar de cualquier pecado y de la
muerte.
Jesús
que rezó con aquellas palabras "Dios mío, Dios mío por qué
me has abandonado", probablemente haya rezado también otras
del mismo salmo, que expresan sufrimiento y confianza en Dios:
"En
ti confiaban nuestros padres,
confiaban,
y los ponías a salvo;
a
ti gritaban, y quedaban libres,
en
ti confiaban, y no los defraudaste.
No te quedes lejos, que el peligro está cerca
y
nadie me socorre" (Sal 21,5-6.12).
Desde aquella cruz, padeciendo el castigo que no merecía, mostró
la grandeza del corazón de Dios, y su generosa misericordia,
diciendo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que
hacen" (Lc 23,34).
Las
primeras comunidades escucharon y meditaron el anuncio de la pasión
y muerte de Jesús, descubriendo allí el "paso" de Dios,
misterioso y consolador, que se convierte en causa de salvación:
Cristo
Jesús "dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias,
con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la
muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión. Y, aunque era Hijo
de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos, qué
significa obedecer. De este modo, él alcanzó la perfección, y
llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le
obedecen" (Hebr 5,7-9).
Por
lo tanto, de la cruz del Señor brota también la esperanza, porque
el rostro doliente de Jesús, deja lugar al rostro glorioso y bello
del Resucitado. Los que reconocen su malicia y confían en su El,
obtienen el perdón y la misericordia. Los que tienen ansia de
cambio y de transformación, encuentran en El la vida nueva y el
amor en plenitud.
4.
Algunas sugerencias para la vida cristiana en camino de
conversión:
-
Conviene seguir meditando, que cualquier pecado lleva consigo la
ruina y fealdad de quien lo comete (incluso por omisión), como
también de otros a quienes dicho mal puede alcanzar. Jesús lo
muestra en su rostro doliente. El pecado no es de épocas pasadas.
Aflige y destruye hoy. Nadie puede considerarse dispensado de esta
reflexión. No tiene sentido echar siempre la culpa sólo a los
demás.
-
No hay amor auténtico sin una entrega, de algún modo
"crucificada", porque siempre supone corregir, reparar,
encauzar nuestras faltas, errores o malas tendencias, con esfuerzo
personal y la gracia de Dios. Nadie cumple su misión en la vida, y
alcanza felicidad verdadera, sin renuncia y sacrificio, libremente
aceptado; el egoísmo y la comodidad no son principio de vida sana y
dichosa.
-
La cruz es siempre fuente de vida, para quienes descubren allí el
gesto de Dios que sale al encuentro de la miseria humana. De manera
que, todo el que la admira y abraza recibe alivio, consuelo y
fortaleza, que brotan del costado abierto de Cristo.
Viernes 29 de marzo de 2002
Mons.
José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
|