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MISA CRISMAL 2003


Homilía de Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
en la Misa Crismal - 15 de abril de 2003


1. Dios dispone todas las cosas para bien de quienes lo aman

Estamos reunidos de nuevo como presbiterio diocesano de esta Iglesia particular. Después de un encuentro de oración fraterna, nos disponemos a bendecir los óleos y a celebrar la Eucaristía. Traemos hasta el altar del Señor la alegría de un servicio intenso y el dolor de la prueba. 

Durante la Cuaresma ofrecimos de manera especial: el pan de la Palabra, que es fuente permanente de vida; y el signo de la reconciliación, que devuelve la comunión con Dios y con los hermanos. Nos aguardan las celebraciones del triduo sagrado, para repartir por todos lados los dones de amor y de misericordia, que Jesús ofrece como fruto de su pascua. Al mencionar estos servicios, tan propios de nuestra vocación sacerdotal, nos alegramos de haber sido elegidos para representar en medio del pueblo el amor pastoral de Cristo. Ofrezcamos al Señor el esfuerzo y el cansancio; nuestros límites por no llegar a todos; las tristezas y angustias de la gente, que nos confían por ser ministros del Señor. En medio de jornadas agotadoras, es un gozo tomar conciencia de que participamos del ministerio salvador de Jesucristo, Cabeza y Pastor de su Iglesia, para expresar y revivir su caridad pastoral, por la cual Él mismo se dona sin medida (cf PDV 24,5). Supliquemos hoy que el Espíritu Santo reavive el don que a Él nos configura,  conformándonos y animándonos con su caridad pastoral (cf PDV 15,5).

No han faltado en estos días pruebas y humillaciones. Sé que muchos se han sentido señalados y cuestionados. Burlados en el respeto fraterno. Muchos fieles se han visto defraudados en la confianza depositada en sus pastores. Con varios de ustedes he compartido estos sentimientos de vergüenza y desconcierto. Menciono esto, buscando en Dios la fortaleza que sólo El sabe dar. Quisiera de corazón llevar consuelo a todos. No tengo para ello, más que las palabras de la Sagrada Escritura: «Sabemos que Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio» (Rom 8,28). «Feliz el hombre que soporta la prueba, porque después de haberla superado, recibirá la corona de Vida que el Señor prometió a los que lo aman» (Sant 1,12). «Porque es una gracia soportar, con el pensamiento puesto en Dios, las penas que se sufren injustamente ...  porque también Cristo padeció por ustedes, y les dejó un ejemplo a fin de que sigan sus huellas» (1Pe 2,19.21).


2. Por encima de todo confiamos en Cristo sacerdote eterno y con Él caminamos

Muchas cosas nos agobian y perturban. A veces la carga desmedida del ministerio; la poca comprensión o gratitud que recibimos, o que brindamos; los propios pecados; el cansancio y el alejamiento de gente buena; la indiferencia religiosa; la piedad superficial, sin compromiso de vida; mucho más la mentira y la hipocresía. Últimamente, hemos compartido el dolor de una guerra inexplicable.

Es verdad también que la gente recurre al sacerdote, porque  confía en el signo que somos, movida por su fe sencilla y su confianza en la Iglesia; por eso atiende a nuestra predicación y pide los sacramentos, sabiendo bien que llevamos el tesoro del ministerio en vasijas de barro. 

Más allá de cualquier resultado consolador o desolador del ministerio, la Palabra nos invita a poner los ojos en Jesucristo, y a emprender con Él un camino seguro:

Por lo tanto, hermanos, tenemos plena seguridad de poder entrar en el Santuario, por la sangre de Jesús, siguiendo el camino nuevo y viviente que él nos abrió a través del velo del Templo, que es su carne. También tenemos un Sumo Sacerdote insigne al frente de la casa de Dios. Acerquémonos, entonces, con un corazón sincero y llenos de fe, purificados interiormente de toda mala conciencia y con el cuerpo lavado por el agua pura. Mantengamos firmemente la confesión de nuestra esperanza, porque aquel que ha hecho la promesa es fiel. (Hebr 10,19-23)  

La misma confianza puesta en Jesús sumo sacerdote, que purifica y encamina nuestros pasos, nos alienta a vivir en fraternidad, preocupados y atentos unos de otros

«Procuremos animarnos unos a otros para poner en práctica el amor y las buenas obras; no abandonemos nuestras reuniones, como algunos tienen por costumbre, sino fortalezcámonos mutuamente, tanto más cuanto que ya ven que el día se acerca». (Hebr 10,24-25)

¡Recibamos este mensaje con fe y esperanza!. Confiando en esta Palabra, renovemos nuestro compromiso fraterno de querernos y ayudarnos en toda circunstancia; y renovemos juntos las promesas sacerdotales, animados por el Espíritu que nos consagró al Señor. No lo elegimos nosotros a Él, sino que Él nos eligió y nos envió por todas partes. No es nuestra la iniciativa que hace crecer el Reino, desde el germen seguro que es la Iglesia. Él es el único sacerdote de la nueva Alianza. La única piedra sobre la cual se edifica su casa. Sólo Él concede el crecimiento cuando plantamos y regamos.


3. Cristianos peregrinos en la misma senda, y sacerdotes signos del único Pastor

Por último propongo que nos sintamos responsables unos de otros, en el camino del Señor. Ante muchos problemas y conflictos que vive la Iglesia, en especial de sus sacerdotes, todos hemos sufrido mucho, y se espera la conducción sabia y paternal del Obispo. Hay pleno derecho para ello y así lo acepto. Sin embargo, todos somos peregrinos en esta vida, nos necesitamos mutuamente, y juntos compartimos el único sacerdocio de Jesucristo. La Iglesia se goza de nuestras virtudes y llora nuestras defectos. Ruega constantemente por la santidad de sus ministros, en todos los órdenes. Aun la gracia del episcopado, no se contiene en un reciente de barro especial.     

En las situaciones difíciles que nos toca vivir, percibo que algunos me consideran demasiado indulgente, y otros demasiado exigente. Sólo puedo asegurarles que he procurado alentar siempre la ayuda fraterna, y acompañarlos, alentarlos y corregirlos, con actitud respetuosa e imparcial. No me resulta fácil. Debo reconocer cada día las incertidumbres y perplejidades propias del momento y de este oficio, como también mi falta de habilidad y de virtud. La Iglesia me pide ser padre, hermano y amigo de los presbíteros; al mismo tiempo me encomienda decisiones muy delicadas, orientadas al bien común, que afectan la vida de los demás. Aún buscando el bien, no tengo seguridad de lograrlo; por eso me confío a la constante oración de todos, y yo mismo ruego a Dios que me asista. Reconozco una permanente necesidad de escuchar y de aprender. No teman, pues, decir lo que sienten, en cualquier ocasión. Manifiesten lo que viven y necesitan, con franqueza y a quien corresponde. Al compartir la misión de padres y pastores, sabemos que es imposible consolar y ayudar, a quien no se abre y no confía. De mi parte, renuevo el compromiso de escucharlos con afecto fraterno, y de acompañarlos en cualquier circunstancias. Y aunque no pueda explicar siempre mi modo de obrar, prefiero ser parco en mis comentarios, por respeto a las personas. Gracias por las palabras de comprensión y cercanía que me brindan; gracias por las oraciones dedicadas en los peores momento. Por ustedes pido todos los días.

Nos disponemos a renovar ahora nuestra consagración sacerdotal; pidiendo perdón a Dios y a los hermanos por nuestras muchas faltas; confiando en la fuera del Espíritu que nos ha marcado para siempre, y que hoy renueva el corazón con su alegría y su paz.


Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza



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