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JUEVES
SANTO 2003
Homilía de Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
para el Jueves santo - 17 de abril de 2003
1. Según la tradición, en este día la
Iglesia Católica hace memoria de un doble y maravilloso misterio:
Cristo instituye la Eucaristía y el sacerdocio ministerial. Más
todavía, en uno y otro don, Jesús manifiesta abiertamente el amor
infinito del Padre por nosotros, la riqueza de su corazón paternal.
Pongamos deseo intenso en descubrirlo con nuevos ojos. Estemos prontos
a un renovado asombro por tanta gracia. La Iglesia, al comenzar el
tercer milenio, y conciente de la situación actual del mundo, invita a
contemplar con mayor dedicación y profundidad el rostro de Cristo,
para experimentar a fondo su amor, y para ser testigos de ese amor
“remando mar adentro en las aguas de la historia” (EDE 6; cf NMI).
2. Hoy no cerramos los ojos al drama
histórico de la humanidad. Al contrario, la Palabra nos introduce
y echa luz sobre él. En el Evangelio proclamado: Jesús comienza su
despedida conmovedora; había pasado haciendo el bien; predicando la
Buena Nueva del Reino, curando, consolando, perdonando, con gestos de
amor inmenso. En la última cena, su actitud de amor y de entrega
llegaba al extremo: ofrece libremente su vida, aceptando morir en la
cruz por todos. Mientras tanto, en extraño contraste, el diablo había
convencido a Judas para que lo entregara; por eso no todos estaban
limpios; y cuando Jesús quiere lavar los pies a todos, Pedro no
comprende e intenta rechazarlo. Aquellos momentos iluminan nuestro
tiempo: todos los avances de la ciencia y de la técnica, el progreso
de comunicaciones sociales, la educación extendida para superar la
ignorancia, son grandes logros de la humanidad; pero estos subsisten,
lamentablemente, con: el afán desmedido de poder, muchas formas de
injusticia, el desprecio de la vida ajena, la guerra destructora, el
descuido de los pobres y más débiles, etc.
3.
La Palabra de Dios proclamada: despierta y acreciente la fe en
el misterio de Jesús. En el Evangelio (Jn 13): el Señor
se echa por tierra para lavar los pies de los Apóstoles, en actitud de
servicio humilde y emocionante, no fácil de comprender. Enseguida lo
repetiremos, con ardiente deseo de penetrar su sentido y de imitarlo
con la vida. ¿Cuál es su significado?
Jesús
realiza un signo, como tantos otros, trasmitidos sobre todo por
Juan. Es una acción simbólica que permite conocer su persona y su
misión. Su sentido es profundo y esperanzador: el amor que siempre lo
ha impulsado, lo lleva por fin a completar el mandato del Padre. Ha
vivido entregándose, y termina dando hasta la vida; así manifiesta el
amor insondable de Dios, que se inclina sobre una humanidad sucia y
obstinada. Se dispone a lavar para significar precisamente que su vida
entera ha sido un servicio, que culmina subiendo a la cruz para
limpiar a la humanidad de todo pecado, con su propia sangre. Todos
necesitan esta purificación; nadie puede prescindir de Él y de su
servicio. A Pedro le cuesta entenderlo. También a nosotros, que no
confiamos en el Señor o recurrimos poco a Él.
Sin
embargo cuando aceptamos este misterio salvador nos llenamos de gozo y
esperanza. Señor Jesús, reconozco y te
agradezco que me lavaste por entero en el bautismo, haciéndome bajar
contigo a la muerte, para resurgir contigo por siempre como hijos de
Dios. Me consuela tu misericordia, porque aún bautizado y lavado, cada
día vuelvo a ensuciar mis pies, metido en el trajín cotidiano; porque
cuesta vivir tu Palabra, pero puedo recurrir al sacramento de la
penitencia para ser purificado. Admiro más que nada la Eucaristía, que
celebrada en la Iglesia nos hace pueblo sacerdotal que se ofrece
contigo cada día, para seguirse lavando, fortificando y creciendo en
comunión, a fin de ser testigos de tu amor en medio del mundo.
4. Tenemos tiempo suficiente para
prolongar nuestra oración, mientras realizamos el lavatorio de los
pies, celebramos la Misa, y luego hacemos la solemne reserva. Les
propongo rezar hoy por los sacerdotes, a quienes Jesús
instituye como signos e instrumentos suyos, para que ofrezcan a la
gente el amor y la salvación de Dios, a través de la predicación y los
sacramentos. Los tiempos recientes nos han urgido más que nunca a
renovar la necesidad de seguir al Señor, en fidelidad, alegría y
santidad de vida. No han traído también la prueba dolorosa del
descrédito y la sospecha, no siempre merecidas.
Roguemos también por los gobernantes, actuales y futuros, que
tienen que jugarse por el bien común, con integridad de vida y
auténtica vocación de servicio. Nos toca elegirlos y acompañaros con
responsabilidad ciudadana. No ayuda la mera crítica y el lamento. No
tiene sentido hacerse a un lado. Todos debemos esforzarnos, a la luz
de cuanto consideramos bueno, valioso y honesto. El pueblo entero debe
cultivar con empeño aquellos valores que encuentra ausentes, o que
exige a los demás y a sus autoridades.
La gran
alegría de este día, consiste en descubrir que Jesús nos convoca a
seguir el ejemplo de su amor generoso, humilde y abnegado. Esta
es la vocación cristiana. Para vivirla nos ofrece su salvación, que se
actualiza en su Palabra y en los sacramentos de la fe. Así nos concede
un corazón nuevo, para ser entusiastas constructores de una
civilización, centrada en la paz y en el amor, que sólo El hace
posible, entre las aguas agitadas de este mundo.
Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
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